Aquellas personas que rodearon pacíficamente el Congreso y accedieron a él son solo una pequeñísima muestra de todos los ciudadanos sensatos que son inmensa mayoría en toda España. Un país plagado de gente razonable, respetuosa y seria.
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En solo cuatro años quienes recuperaban orgullosos el discurso de Julio Anguita de las dos orillas amenazan con ahogarse en la suya.
Comunistas de siempre disfrazados de novísimo movimiento popular y franquistas que por fin vuelven a mirar de frente al sol marcan inevitablemente la agenda a los partidos moderados. Sus soluciones son tan tentadoramente sencillas que resultan invencibles a la hora de lograr titulares, retuits y clics.
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En mi artículo de esta semana en VozPópuli reivindico la necesidad de las palabras, de una en concreto, sin la que no podríamos distinguir una parte peligrosa de la realidad.
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No tragar o no callar ante lo que proponía y defendía el nacionalismo vasco radical te hacía “parte del conflicto” así que para no serlo mucha gente calló y tras años de podredumbre tomó forma en Euskadi un discurso biempensante y socialmente muy exitoso, que era a un tiempo protector e inmoral.
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Nuestros diputados no pasan las necesidades angustiosas de tantos pensionistas y seguramente no necesitan más dinero, pero lo que sí necesitan es que al menos las personas que deberían hacerlo tengan la valentía pública de reconocer su trabajo y no subirse a alimentar el pin pan pun contra ellos.
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Cataluña no será un país independiente, pero si un día lo fuese, con seguridad no sería una democracia. Porque inevitablemente necesitaría haberse deshecho antes de la influencia, de los derechos o de la presencia misma de la mitad de sus habitantes actuales.
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Como temía el airado monje ciego de Umberto Eco en “El Nombre de la Rosa” la comedia es peligrosa porque la risa ahuyenta el miedo y todas las formas de opresión necesitan mantener el miedo intacto, es su arma principal y nada la oxida y neutraliza tanto como una carcajada a tiempo.
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Ninguna de las de “El Libro” es una religión de paz. Todas ha sido, o son, más o menos belicosas con “el infiel”. Más belicosas, y aun salvajes, cuando han podido y menos cuando las circunstancias o la propia sociedad no se lo ha permitido. Es la sociedad, que evoluciona y en la que inevitablemente se integran sus propios fieles, la que arrastra a las religiones hacia la tolerancia, pero nunca de buen grado.
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Miguel mandó la semana pasada un whatsapp muy breve: “Me voy a urgencias. Posible trasplante”. Llevaba ya mucho tiempo atado a un aparato de oxígeno que, en los conciertos clásicos a los que solemos acudir juntos apagaba para que el rumor del motorcito no molestase. Este fin de semana hemos ido a verle. Se recupera bien mientras se acostumbra a usar su nuevo pulmón.
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