Ya tenemos los bueyes

La feria ha sido entretenidísima, con sus regateos, los sustos de que me lo quitan, los voceros de cada ganadería proclamando las bondades de su producto, la música, los colores, la fiesta, hasta los bailes…todo ha ido como nunca y no hemos tenido un momento de aburrimiento. En una democracia televisada y sobre todo, televisiva, como la que vivimos, estas elecciones han sido un éxito sin precedentes. Un éxito de audiencia, ¿de qué otra cosa puede ser un éxito en la tele-ciber-política?

Nos hemos sacudido como nunca el aburrimiento, las parrillas han estado petadas. La definitivamente obsoleta ciudadanía se ha transformado por fin en brillante, dinámico y participativo “share”, ¡que no me vaya usted a comparar!

Pasado tan brillante espectáculo hoy podemos decir que regresamos a casa con un bonito ramillete de bueyes de diferentes colores, de distintas razas y con caracteres, fuerza y fiereza muy diversos también. ¡Una gloria de verlos oiga!, Aunque haya quien lamente que por culpa de la maligna ley D´Hont la variedad no sea aún mayor.

Con todo, el concurso ha sido reñido y, lo que es mejor para la caja mediática, la algarabía amenaza con prolongarse durante tiempo. Como digo: un éxito televisivo inapelable.

Ahora hay que arar. Aunque se nos despiste en medio de la euforia de esta fiesta de la democracia, era justamente para eso para lo que fuimos a escoger los bueyes ¿no? Para arar, y además en terrenos duros y pedregosos como no lo han sido nunca o casi nunca.

Habrá que elegir un presidente del Gobierno, no dos ni tres, solo uno. Habrá que aprobar un Presupuesto nuevo puesto que la Unión Europea ya ha dicho que el de Rajoy no vale, habrá que ofrecer alguna alternativa a esta recuperación empobrecedora, y habrá que conseguir financiación en los mercados para hacer esas tantas cosas que se han proclamado en la feria como inminentes e irrenunciables ¿ok?. Tan irrenunciables como el inicio de un proceso constituyente que tan solo necesita un simple acuerdo entre los nuevos electos que puedan presentarnos a la ciudadanía toda (perdón: a la audiencia). Pan comido.

Soy persona de imaginación escasa, cada día de menos, pero aún mantengo mi capacidad de asombro intacta, de forma que quedo, expectante, a la espera de la brillantez de las propuestas y soluciones que sin duda me aportarán los recién electos y que yo, cautivo de mi torpeza de heredero generacional de la “oprobiosa transición”, ni imagino por ahora.

No tengo duda alguna de la voluntad benéfica de ninguno de los electos. Es más tengo toda la confianza en su imaginación, destreza y capacidad para ofrecernos “algo” que no sean solo palabras, titulares y vehementes tertulias, cuyo tiempo ya terminó el domingo. Algo real que, además, deberán poner encima de la mesa antes de que llegue el frío y triste invierno político de la gran coalición o de la repetición de elecciones. Que ese descorazonador horizonte sí que lo imagino.

Siempre dispuesto a aprender, estoy deseando saber cómo lo van a hacer.

Un mensaje de la ciudadanía?

El ser humano, más que nada por la importancia que se da a sí mismo, tiene dificultades para entender la ciencia de la estadística que, por definición, desprecia el valor de lo individual y solo tiene en cuenta los resultados agregados, la muy desabrida.

El error más patético y común es creer que lo que yo conozco es representativo del todo, que lo que dice mi mujer es lo que piensan “las mujeres” y que mi cuñado, que es un hombre “de la calle”, representa él solo lo que piensa el “hombre de la calle”.

Pero sin llegar a esos extremos ridículos, pasa a menudo que detrás de los grandes números todos caemos en el error de ver una voluntad, un trazado o un itinerario hacia alguna supuesta “meta”, cuando lo cierto es que no hay tal, que no hay ninguna voluntad sabia y colectiva sino una mera agregación de intentos privados y, por lo común, egoístas.

    Pondré tres ejemplos:

1.- La evolución del ser humano se suele representar como un camino evolutivo “a mejor”, siendo nosotros, por supuesto, los últimos y los más guáis. Falso. Lo cierto es que cada especie fue la mejor adaptada a su momento (un momento de cientos de miles de años, por supuesto) pero ninguna fue superior ni mejor, solo que en cada época y en cada lugar alguna funcionaba mejor y por eso sobrevivió mientras lo hizo. De hecho lo normal ha sido que coexistiesen varias especies: antepasados idénticos a los que hemos votado el domingo vivieron a la vez que lo hacían el Homo erectus, el Homo neanderthalensis y el Homo floresiensis. Lo excepcional es que ahora estemos solos. Pero no es así porque seamos “mejores” sino por nuestra mejor capacidad de adaptación al entorno que nos tocó. Justo por la misma razón por la que se mantuvieron nuestros antepasados y “primos” en su propio entorno.

2.- Quienes hablan de la capacidad de generación de empleo y riqueza colectiva de las empresas suelen engañarnos haciendo ver como si ese fuese su objetivo. No hay tal. Como señala Adam SmithNo es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de lo que esperamos nuestra comida, sino de la consideración de su propio interés”. De forma que la virtud colectiva nace de la actitud egoísta de cada uno. Así es. Cada empresa busca su propio y exclusivo beneficio y las demás como si desaparecen. Es más: si son la competencia no solo aplaudirá su ruina sino que buscará provocarla a no ser que el Estado tenga suficiente poder para impedírselo. A los feudalistas del capital les gusta mucho la primera parte de las ideas de Smith pero abominan siempre de este corolario arbitral. Ningún poderoso quiere reglas.

3.- Tras las elecciones vuelvo a leer chorradas como que “Los ciudadanos quieren que se consensúen las políticas principales”, “el mensaje de las urnas” o “la voluntad del electorado”. Tontadas: tanto los que manifestamos respeto a quienes votan distinto a nosotros como quienes alardean de despreciarlos: “que parece mentira que haya gente que vote a esos”, todos, unos y otros, hemos votado para que ganen “los míos” o “los que yo quiero que ganen” y lo que hay es una suma estadística, un dato colectivo, una tendencia social pero nada que se parezca ni se acerque a una voluntad colectiva consciente.


Sería estupendo que fuese así porque eso nos convertiría en sabios por agregación. Solo que es mentira. Luce en los titulares y alimenta el ego colectivo pero es tan falso como que haya un camino de perfección en la evolución de los homínidos o que las empresas se esfuercen por el interés colectivo y la libre competencia. ¡Qué risa!

La izquierda yerma

Mi amiga Teresa suele decir que lo que auténticamente diferencia la vida de las personas es si tienen hijos o si no los tienen. No es una división moral, ni mucho menos. No tener hijos es una posición tan digna como la contraria y no hace a nadie ni mejor ni peor. Pero lo que sí hace es librarles de un buen montón de dificultades concretas que los padres y madres afrontamos cada día, a menudo con más voluntad que acierto.

Los niños (y las niñas) no vienen con un pan sino con el caos mismo debajo del brazo. La vida, imprevisible para todos, se complica y agrava sin cuento con esos locos bajitos; mientras son bajitos y también cuando crecen. Es así. No hay remedio y la cosa se va sobrellevando. Algunas veces tiene hasta gracia.

De todas las situaciones chuscas que enfrentamos los que somos padres no es rara la de tener que escucharles a nuestros amigos sin hijos estupendos consejos sobre la crianza adecuada de nuestras bestezuelas, demostrando un conocimiento teórico y una conciencia educativa encomiables que brillan especialmente alrededor de una mesa de adultos a la hora de los gin-tonics. La realidad suele ser menos lucida y desde luego las certezas, los métodos pedagógicos más vanguardistas y el aplomo se tambalean en cuanto llegan las llantinas nocturnas, las rabietas, las gamberradas, los suspensos, los accidentes, la primera borrachera, etc. Sobre todo mucho etcétera.

Igual que esas personas, hay una izquierda segura de sí misma, que sabe siempre cómo hacerlo, que da lecciones a cada momento, que concede y retira carnets de progresía. Es una izquierda que dice mantenerse intacta pese a que ha cambiado como nadie, pasando del estalinismo más feroz a defender con igual estruendo nada menos que la socialdemocracia, justo lo que siempre despreciaron.

Dice Torres Mora (sociólogo y socialista ¡qué le vamos a hacer!) que quienes acusaban a los traidores socialdemócratas de engañar al proletariado alejándolo de su destino histórico a cambio de un plato de lentejas (pensiones, educación, derechos, sanidad…y otras bagatelas) han pasado a presentarse ahora como los mejores defensores del plato de lentejas. Lo que hay que ver. Últimamente el marketing les ha acelerado y ya no hace falta retrotraerse a los tiempos del comunismo: hasta hace un año aplaudían orgullosos el régimen de Venezuela, del que ya no hablan y hace nada babeaban mirando a Tsipras, al que ahora ni mentan.

Solo hay una cosa realmente inamovible en esa izquierda pura, que no se casa con nadie, siempre segura de poseer la verdad (la que sea en cada momento), siempre a la vanguardia, siempre despreciando a la “clase trabajadora tonta”, que no les vota, siempre creyéndose la última cocacola del desierto. Es una cosa en la que ciertamente no han cambiado. Y es que nunca han conseguido nada. Nunca se ha enfrentado a la complejidad del caos de una sociedad como la que vivimos y sufrimos. Siempre se han movido en la reivindicación brillante y jamás en la pringosa y lenta gestión de lo cotidiano. Mientras despreciaban las “migajas” que consiguieron los blandengues del PSOE, ellos han podido presumir orgullosos de haber conseguido…???

En esta ocasión, en cambio, sí están a punto de lograr algo muy importante para ellos: que el Partido Popular vuelva a ganar las elecciones. Un éxito que les garantizará otra larga temporada de reivindicaciones contra una injusticia que, sin ninguna duda, vendrá.

Solo una cosa diferencia a esta izquierda de mis amigos sin hijos y es que éstos, hacia la segunda copa, suelen aceptar que sus consejos podrían no ser tan mágicos mientras que la izquierda yerma es, por el contrario, inasequible al desaliento y jamás duda de sus certezas (las que correspondan en cada momento, claro está).

Libres de todo compromiso de lograr algo alguna vez, pero implacables en la denuncia de lo que hayan hecho los demás, puede que debamos esperar un tiempo hasta que la izquierda fértil, la que -titubeante y llena de errores- avanza a pequeños pasos cotidianos hacia un mundo un poco más justo, vuelva a tener el apoyo y el poder para hacerlo. Cosa diferente es que la gente que peor lo está pasando pueda esperar tanto.

El disidente no vende

José Antonio Marina manifestó hace unos días su opinión de que al sistema educativo le vendría bien una evaluación del profesorado. No gustó tal propuesta al respetable e inmediatamente el filósofo se vio envuelto en un tumulto. Me molesté en seguir algunos de los comentarios en las redes sociales y no pude encontrar un solo razonamiento en contra de su propuesta. Atinado o no, no había ni uno. Solamente pude leer descalificaciones ad hominem que atacaban al autor. Marina se había transformado en un pispás de intelectual imprescindible en persona non grata y cuanto dijera quedaba, por consiguiente, invalidado.

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15ª entrega.- Gatos a la caza de aparcamiento

En Madrid, “rompeolas de todas las Españas” que dijera Antonio Machado, la pasión identitaria es mucho menor que la que arde en otras partes pero alguna sí que hay, y no faltan quienes se sienten orgullosos de considerarse “gatos”, que es el sobrenombre coloquial de los oriundos de la ciudad.

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13ª entrega. Las radiales: ¡antes muertos!

Así como la M30 y la M40 cumplen la función social de que los madrileños entren a trabajar todos a la misma hora y traten de hacerlo todos con su coche, las radiales, unas vías de peaje que se construyeron hace ya algunos años, tienen una utilidad ignota.

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12ª entrega. El autobusero ciego

Si a los que vamos en coche por la ciudad nos hacen pirulas y se nos cuelan por aquí y por allá, imagine lo que no les harán a los autobuses urbanos. No sé siquiera cómo es posible conducir un monstruo por las calles atestadas de coches y motos, mientras todo el mundo pelea por un palmo de espacio.

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11ª entrega. Los túneles sorpresa

Hay muchas avenidas en Madrid que alivian sus cruces con túneles bajo la calzada. Se nota que no son nuevos porque, aunque prácticos, suelen ser estrechos y un poco tétricos. Si es la primera vez, utilizarlos resulta toda una experiencia de conducción.
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