Madrid tendrá aire limpio. Seguro

Y cuando ocurra la ciudad será mejor, más rica y más bella aún y habrá entonces quienes recuerden con pudor las tonterías que se dicen hoy, tan parecidas a las que yo escuchaba en aquel Bilbao sucio y oscuro de mi juventud.

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Los tiranos simpáticos

No se deje engañar, al principio todos son muy simpáticos y razón tienen cuando señalan lo mucho malo que hay pero no se crea nunca que su intención es renovar y reparar las estructuras de poder que funcionan tan mal como dicen, ni siquiera suelen tratar de controlarlas, como hicieron quienes sí las deterioraron. Ellos lo que buscan es sencillamente suprimirlas.
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El PSOE tiene suerte

Y, por supuesto no me refiero a los números de la lotería, que le han supuesto otro aluvión de pulgas al perro flaco. Lo digo porque cuando el Partido Socialista se encuentra más debilitado, sin líder, sin saber de firme quién podría serlo a la vuelta de primavera, con un segmento de su militancia aún encendido por lo sucedido con Pedro Sánchez y con todo el partido sumido de hecho en la incertidumbre, justo ahora en que se encuentra en la posición más vulnerable, sus adversarios y competidores van a distraerse y le dejarán algún tiempo para reponerse.

Podemos, que ha constituido su principal enemigo electoral, no solo se dispone a celebrar el mes que viene en Carabanchel una asamblea reconstituyente de hecho, sino que va a hacerlo a tortas y eso no va a haber ya quien lo pare. La pelea entre las esencias quicememeras, la deseada y al mismo tiempo despreciada transversalidad, el hiperliderazgo de Iglesias y los tradicionales tics depuradores de las izquierdas revolucionarias terminarán seguramente mal. Por si fuera poco todo ello irá aderezado con el imprescindible ingrediente de la bronca en twitter, de forma que la alternativa más visible al PSOE se debilitará, tanto entre los votantes que esperaban algún resultado concreto, inexistente por ahora, como entre los más comprometidos con la causa.

Mientras Monedero, más tradicional, lo achaca todo al intento impenitente del sistema por acabar como sea con ellos, Miguel Urbán, el anticapitalista, borda el motivo de la desafección: «El problema es que la gente no entiende el debate que estamos teniendo porque no lo entendemos ni nosotros mismos«. Ole!

Por ese lado el PSOE ganará un rato de tranquilidad que, si sabe aprovechar, puede que tacita a tacita parlamentaria le reporte una cierta recuperación de su imagen de izquierda útil. Todo sea que los socialistas sean capaces de aprovechar esa tregua evitando hacer de su congreso un auto de fe con hogueras y capirotes. Está por ver que lo consigan, pero oportunidad tienen.

Por el lado contrario el PSOE tiene un PP cuyo único propósito es mantener a Rajoy a toda costa, 12 años o los que sean, porque de otro modo tendría que afrontar un debate sobre sí mismo que no quiere acometer, como bien ha visto Aznar, y también a levantar alfombras que mejor sería ni tocar. El poder es el asidero que permitirá a los populares aplazar cualquier discusión y, precisamente por eso, no lo soltarán, aunque corran el riesgo de tener que apoyarse tanto en el grupo parlamentario socialista que desdibujen su propio proyecto, como atinadamente ha señalado Gabriel Elorriaga.

El PSOE es un partido grande al que, por eso mismo, le costará levantarse de la lona pero con el inicio de la legislatura ha sonado la campana salvadora. Si es capaz de aprovechar esa pausa para ponerse en pie, aun tambaleante, será difícil que vuelvan a derribarlo. Veremos.
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Un punto para McDonald’s

Hace unos días utilizaba el término “gorilización” para referirme al proceso de deterioro de la modernidad por el que la tan aplaudida como temida robotización se queda a medias.

Consiste en que una vez automatizados los procesos, en lugar de sustituir a trabajadores normales por máquinas, se les sustituye por otros trabajadores simplemente peor pagados y con menos derechos, ya que la preparación de los nuevos solo precisa que sepan cumplir el manual.

Dado que las máquinas requieren una considerable inversión y que la legislación laboral actual convierte a los seres humanos en elementos fácilmente desechables, muchas empresas están aprovechando esas condiciones tan tentadoras para apuntarse a la gorilización, ya que, establecidas las rutinas, el valor añadido de las personas es perfectamente irrelevante y solo cuenta su precio laboral, cuanto más bajo, mejor. ¿Para qué gastar en máquinas caras habiendo trabajadores baratos?

Sin embargo nada menos que McDonald’s me ha causado una grata sorpresa. En algunos de sus establecimientos han optado por suprimir el mostrador de pedidos, donde una persona realizaba el trámite de teclear tu comanda y han instalado unos paneles automáticos donde el propio cliente hace su pedido y simplemente se sienta a la mesa después.

Las personas no han desparecido, siempre hay un camarero ayudando a los torpes como yo a teclear mi pedido en la máquina y, además, otras personas se ocupan de llevarlo a las mesas.

Un trabajo que podía ser robotizado (el de teclear el pedido) lo ha sido efectivamente y el trabajo de atender a los clientes personalmente (que antes no existía) se reserva para personas de carne y hueso, que te hablan y te ayudan si has olvidado algo. Con mucha amabilidad, por cierto.

El ambiente ha cambiado, los centros están más limpios, el trabajo de quien te atiende seguirá siendo duro -supongo- pero no es tan inhumano como estar con un micro detrás del mostrador. No hay colas y los patosos no corremos el riesgo de volcar la bandeja.

Lo que podía hacer el robot lo hace el robot y yo me siento a ser atendido por una persona que mejora el servicio. Quedarán muchas cosas por cambiar pero al menos he encontrado un ejemplo de una empresa que, pudiendo hacerlo, no apuesta por la gorilización sino por crear un servicio nuevo y mejor apoyándose en el valor que pueden aportar las personas. Un punto para McDonald’s.

Publicado en El Diario Norte.es

Entre 2014 y 2016 colaboré con una columna semanal de opinión en la edición vasca de El Diario.es.

La mayoría eran comentarios sobre la vida local de Bilbao. La titulé «la baldosa suelta» porque esa es una característica muy propia de mi ciudad y especialmente incómoda en los muchos días de lluvia que tenemos en el Norte.

Al ser una sección de actualidad a mayoría de las columnas ha perdido totalmente el interés por lo que solo he dejado unas pocas, las que me parecía que aún decían algo.

Los iluminados reivindican su inhumanidad

Lo que distingue a los iluminados de los ilustrados es la certeza. Mientras estos buscan la verdad en medio de un mundo que saben lleno de sombras, de ignorancias, de desconocimiento y lleno también de errores propios y ajenos, aquellos simplemente saben cómo son las cosas. No pierden su tiempo ni su esfuerzo en buscar la verdad puesto que ya la tienen y no necesitan buscar más.

Las explicaciones de los ilustrados tratan de elevarse desde la ignorancia para llegar al conocimiento y aún así siempre van cargadas de incómodas dudas. Nada que ver con los argumentos de los iluminados que descienden rápidos y ágiles desde LA VERDAD para adoctrinar sobre las miserias de una realidad que no tiene, ni puede tener, secretos para ellos.

Pero la certeza es un arma tan poderosa como exigente: no permite titubeos, no acepta el matiz, gusta de la simplicidad y exige fidelidad total. Si LA VERDAD es más valiosa que la propia vida de quienes la poseen no digamos de la de aquellos que, tercos, se niegan a abrazarla.

Los ideólogos de LA VERDAD no solo pueden sino que deben manifestarse inflexibles y no perder ni una sola ocasión de remarcar públicamente su valor auténtico, su fuerza y su frescura frente a los despreciables y blandos ignorantes que aún dudan, que aún creen legítimo el punto de vista del otro, que entienden sus motivos, sus debilidades o simplemente su humanidad.

Por eso, cuando fallece una persona que se sentaba a su lado, fuera cercana o adversaria, los imperfectos y titubeantes ilustrados manifiestan dolor, mientras los iluminados perfectos aprovechan para no hacerlo.

Ya no basta con preguntar

Los historiadores no pueden entrevistar a los muertos así que tienen que apañárselas mediante fórmulas diferentes para investigar y descubrir cómo eran las sociedades objeto de su estudio, sus costumbres, modos de vida y hasta sus sentimientos.

Uno de ellos, el neoyorkino Allan Lichtman, es profesor de la American University y ha desarrollado un método para predecir los resultados electorales de su país mediante un cuestionario de 13 sencillas preguntas que hace no a la gente sino a la realidad, como buen historiador.

Lichtman ha analizado detalladamente todas las elecciones americanas desde 1860 y parece que su método, el que se valoran los resultados de elecciones intermedias, si el candidato repite o no y otras cuestiones, funciona bastante bien para predecir el resultado.


Por supuesto acertó en la elección de Trump pero, sobre todo, también lo hizo en todas las elecciones anteriores de los últimos 32 años. Algo tendrá este agua…

En medio del creciente descrédito de los sondeos políticos, el sistema de Litchman mueve a reflexión. No se trataría, claro, de desechar la fórmula de preguntar a las personas vivas pero sí de reflexionar sobre la posibilidad de que el sistema actual de sondeos políticos deba adaptarse a una sociedad desensibilizada por el uso y abuso de encuestas.

Del mismo modo que las autoridades sanitarias se muestran preocupadas por la amenaza de una creciente ineficacia de los antibióticos, tras décadas de uso masivo y útil, tal vez los sociólogos deban empezar a pensar en que para saber lo que piensa la gente ya no basta con ir y preguntar. Porque puede que no les digan toda la verdad, oculten parte de ella, se hagan los distraídos o directamente mientan, que todo puede ser.

No sería extraño que el abuso sea una de las causas de que se nos estén mellando la herramientas demoscópicas. Todos los medios, del más prestigioso al más militante, nos atizan con sondeos a cada poco. Las redes sociales, que todo lo amplifican y aplanan, ayudan a que los rebotemos y les demos difusión cuando nos gustan o nos sirven sus predicciones. Así, de la mano de nuestros amigos y seguidores y ayudados por la tecnología que selecciona en base a nuestros gustos, reforzamos las mismas cosas, las mismas ideas e idénticas concepciones o creencias, llegándonos a creer que nuestro mundillo es “el mundo”. Los twiteros piensan que todo gira en torno al pajarito azul, donde hay millones de personas compartiendo lo que les gusta pero también hay otros muchos millones de personas que… no están.

La prensa seria, que se lee sobre todo a sí misma, también cae en el espejismo de pensar que ocupa el espacio central de la plaza pública, cuando cada vez está más en la periferia; la buena, la fetén, la prestigiosa, pero la periferia al fin.

Un sondeo que no atina no es relevante pero cuando ningún sondeo acierta es la demoscopia la que amenaza con dejar de servir. Quizás se trate de volver a revisar los sistemas de exploración, de entender que vivimos una sociedad compleja, cambiante, muy espectacularizada, en la que las mismas encuestas son a menudo parte del mismo estruendo que no deja escuchar.

El ejemplo de Lichtman puede ser una más de las muchas ventanas nuevas que la sociología tendrá que ir abriendo para mirar una realidad más polifacética que nunca y, de esa forma seguir sirviendo como herramienta para entendernos a nosotros mismos, porque está visto que ya no basta con preguntar.

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