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Los iluminados reivindican su inhumanidad

Lo que distingue a los iluminados de los ilustrados es la certeza. Mientras estos buscan la verdad en medio de un mundo que saben lleno de sombras, de ignorancias, de desconocimiento y lleno también de errores propios y ajenos, aquellos simplemente saben cómo son las cosas. No pierden su tiempo ni su esfuerzo en buscar la verdad puesto que ya la tienen y no necesitan buscar más.

Las explicaciones de los ilustrados tratan de elevarse desde la ignorancia para llegar al conocimiento y aún así siempre van cargadas de incómodas dudas. Nada que ver con los argumentos de los iluminados que descienden rápidos y ágiles desde LA VERDAD para adoctrinar sobre las miserias de una realidad que no tiene, ni puede tener, secretos para ellos.

Pero la certeza es un arma tan poderosa como exigente: no permite titubeos, no acepta el matiz, gusta de la simplicidad y exige fidelidad total. Si LA VERDAD es más valiosa que la propia vida de quienes la poseen no digamos de la de aquellos que, tercos, se niegan a abrazarla.

Los ideólogos de LA VERDAD no solo pueden sino que deben manifestarse inflexibles y no perder ni una sola ocasión de remarcar públicamente su valor auténtico, su fuerza y su frescura frente a los despreciables y blandos ignorantes que aún dudan, que aún creen legítimo el punto de vista del otro, que entienden sus motivos, sus debilidades o simplemente su humanidad.

Por eso, cuando fallece una persona que se sentaba a su lado, fuera cercana o adversaria, los imperfectos y titubeantes ilustrados manifiestan dolor, mientras los iluminados perfectos aprovechan para no hacerlo.

Ya no basta con preguntar

Los historiadores no pueden entrevistar a los muertos así que tienen que apañárselas mediante fórmulas diferentes para investigar y descubrir cómo eran las sociedades objeto de su estudio, sus costumbres, modos de vida y hasta sus sentimientos.

Uno de ellos, el neoyorkino Allan Lichtman, es profesor de la American University y ha desarrollado un método para predecir los resultados electorales de su país mediante un cuestionario de 13 sencillas preguntas que hace no a la gente sino a la realidad, como buen historiador.

Lichtman ha analizado detalladamente todas las elecciones americanas desde 1860 y parece que su método, el que se valoran los resultados de elecciones intermedias, si el candidato repite o no y otras cuestiones, funciona bastante bien para predecir el resultado.


Por supuesto acertó en la elección de Trump pero, sobre todo, también lo hizo en todas las elecciones anteriores de los últimos 32 años. Algo tendrá este agua…

En medio del creciente descrédito de los sondeos políticos, el sistema de Litchman mueve a reflexión. No se trataría, claro, de desechar la fórmula de preguntar a las personas vivas pero sí de reflexionar sobre la posibilidad de que el sistema actual de sondeos políticos deba adaptarse a una sociedad desensibilizada por el uso y abuso de encuestas.

Del mismo modo que las autoridades sanitarias se muestran preocupadas por la amenaza de una creciente ineficacia de los antibióticos, tras décadas de uso masivo y útil, tal vez los sociólogos deban empezar a pensar en que para saber lo que piensa la gente ya no basta con ir y preguntar. Porque puede que no les digan toda la verdad, oculten parte de ella, se hagan los distraídos o directamente mientan, que todo puede ser.

No sería extraño que el abuso sea una de las causas de que se nos estén mellando la herramientas demoscópicas. Todos los medios, del más prestigioso al más militante, nos atizan con sondeos a cada poco. Las redes sociales, que todo lo amplifican y aplanan, ayudan a que los rebotemos y les demos difusión cuando nos gustan o nos sirven sus predicciones. Así, de la mano de nuestros amigos y seguidores y ayudados por la tecnología que selecciona en base a nuestros gustos, reforzamos las mismas cosas, las mismas ideas e idénticas concepciones o creencias, llegándonos a creer que nuestro mundillo es “el mundo”. Los twiteros piensan que todo gira en torno al pajarito azul, donde hay millones de personas compartiendo lo que les gusta pero también hay otros muchos millones de personas que… no están.

La prensa seria, que se lee sobre todo a sí misma, también cae en el espejismo de pensar que ocupa el espacio central de la plaza pública, cuando cada vez está más en la periferia; la buena, la fetén, la prestigiosa, pero la periferia al fin.

Un sondeo que no atina no es relevante pero cuando ningún sondeo acierta es la demoscopia la que amenaza con dejar de servir. Quizás se trate de volver a revisar los sistemas de exploración, de entender que vivimos una sociedad compleja, cambiante, muy espectacularizada, en la que las mismas encuestas son a menudo parte del mismo estruendo que no deja escuchar.

El ejemplo de Lichtman puede ser una más de las muchas ventanas nuevas que la sociología tendrá que ir abriendo para mirar una realidad más polifacética que nunca y, de esa forma seguir sirviendo como herramienta para entendernos a nosotros mismos, porque está visto que ya no basta con preguntar.

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Qué va a pasar con el PSOE en Cataluña?

La ruptura de la disciplina de voto del grupo parlamentario por parte de los diputados y diputadas del PSC ha abierto otro frente de dificultades para el PSOE, por si tuviera pocos.

La primera consecuencia parece que podría ser una revisión del protocolo entre los dos partidos, hermanados nada menos que desde 1978.

Ciertamente, que el PSC pueda participar y votar en los órganos de dirección del PSOE pero que no se sienta después obligado a cumplir lo acordado apelando a que son un partido distinto suena raro, pero tiene su explicación: el protocolo establece que el PSOE renuncia a existir como tal en Cataluña, lo que significa que los ciudadanos de Cataluña que se sienten socialistas españoles y, por tanto, del PSOE, no pueden afiliarse a su partido y deben hacerlo al PSC. Sus fichas de militantes no están en Ferraz, pero sin duda esas personas existen. Por tanto, que el PSC tenga derecho a votar en los órganos Federales del PSOE no es más que el normal reconocimiento a la representación de todos los ciudadanos que viviendo en Cataluña son socialistas.

Es por eso que, si se abre ahora el protocolo, no va a resultar tan fácil acotar el ajuste a que simplemente el PSC deje de tener representación en los órganos del PSOE y que la cosa se quede ahí.

No va a ser fácil porque muchos de los militantes del PSC, que lo son porque no se les permite ser afiliados catalanes del PSOE, podrán levantarse inmediatamente para reclamar su voz en Ferraz, como les correspondería si viviesen en cualquier otra parte de España. Y con razón.

Se puede poner así en marcha un peligroso tobogán y volcada la primera ficha del dominó puede ser imposible parar la caída de todas las demás.

Para reconocer el derecho de los militantes catalanes del PSOE habría que saber cuántos y quiénes son y para hacerlo el PSOE tendría que abrir un censo de afiliados en Cataluña que podría romper el del PSC en dos. Caída esa ficha la siguiente es que el PSOE existiría efectivamente en aquella tierra.

La distinción entre militantes catalanes del PSOE y del PSC abriría un buen roto al socialismo en Cataluña y de ahí a que ambos partidos se presenten a las elecciones en listas diferentes hay un trecho peligrosamente corto.

La dirección del PSC ha pedido al PSOE comprensión ante las especiales dificultades que atraviesa Cataluña, apelando a la actual deriva independentista, y tiene sus razones pero otros socialistas creen, por el contrario, que nada aclararía tanto el panorama como un movimiento nítido que establezca dónde está cada cual en esa grave polémica. La duda que cabe es ¿cuántos de estos últimos son catalanes y están ahora afiliados al PSC?

Menudo lío! Al PSOE le está pasando, como dice el refrán, que a perro flaco todo son pulgas.

Rajoy gana sin combatir

Rajoy se ha hecho con el monopolio de la moderación, por eso gana las elecciones. Porque ese campo inmenso, aburrido y electoralmente fértil ha sido ruidosamente abandonado por el resto de sus oponentes, que se lo han dejado a él solo y a su partido.

Es obvio que ni el Presidente del PP ni los suyos han hecho movimiento alguno para conquistar ese segmento tan deseado del cuerpo electoral. Todo lo contrario: el PP y sus dirigentes se mantienen impertérritos en sus posiciones de derecha pura. Nada hay que haga pensar en una evolución hacia posiciones más centristas del partido que va a volver a gobernar España. Ni falta que les hace.

Ha sido la torpeza ajena y no la virtud propia lo que ha regalado al PP el espacio de la moderación percibida. Del que se está apropiando sin esfuerzo alguno. Como decía Trillo: ¡Manda huevos!

Las ardorosas izquierdas (siempre en plural) han decidido subirse al monte a pelear entre ellas por el grial de la autenticidad, mientras dejaban el campo libre a quien lo quisiera ocupar. Veremos cómo regresan de esa guerra y cuánto tardan luego en recuperar el voto más templado, si es que lo hacen. De momento parece que ni les interesa.

Porque la cosa pinta que va a continuar por el mismo camino. El PSOE, como siempre que sufre una bronca interna, transmite en la calle con toda claridad (incluso en directo) que la pelea entre los “auténticos” y los “pragmáticos” tiene todavía recorrido y que nos esperan todavía muchos titulares, gritos, pancartas y tal vez hasta expulsiones. Nada que se parezca a la tranquilidad, desde luego.

En Podemos la autenticidad también florece estos días vigorosa, los titubeos neosocialdemócratas se han volatilizado y regresan los mensajes del miedo de los poderosos, de la toma de la calle y el orgullo por los escraches a políticos y periodistas de la “casta”. Tampoco aquí reinan ni el sosiego ni la paz.

Por si fuera poco, en las comunidades autónomas en las que el PP no gobierna gracias a acuerdos de izquierdas pintan bastos para sus presidentes. Así que el estruendo de la Villa y Corte puede extenderse pronto al resto del país.

Cuando oigo decir a tantos que no entienden cómo es posible que el PP, en pleno momento procesal por sus casos de corrupción y tras una legislatura marcada por una política indisimulada de derecha pura, obtenga tanto apoyo popular (y creciendo) siempre me entra la duda de si no lo entienden o es que no lo quieren entender. A mi me parece bien fácil: cuando uno abandona un terreno valioso lo normal es que otro lo ocupe. Incluso aunque no haya hecho nada para merecerlo.

Ya lo decía Sun Tzu hace 2.500 años “los verdaderamente hábiles en la guerra someten al ejército enemigo sin batallar”. Es lo que está haciendo Rajoy.
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El reality Comité Federal del PSOE. Transparencia o nudismo?

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El programa televisivo Gran Hermano fue pionero en establecer que es socialmente lícito convertir la intimidad en un espectáculo y de hecho transformó la propia TV. Otros formatos basados en el mismo principio cotilla lo han ido sustituyendo en lo alto de los índices de audiencia pero siempre manteniendo el formato de que unas personas actúan supuestamente con toda naturalidad delante de las cámaras. Como si éstas no estuviesen ahí, grabándolo todo.

Naturalmente tal cosa es falsa: los programas que aparentan naturalidad están guionados, los protagonistas representan un papel asignado y pautado e incluso algunas veces quienes muestran su intimidad son en realidad actores. Pasa también en esos interminables debates ruidosos y faltones, en los que los famosetes se desuellan mutuamente.

El último reality ha sido el Comité Federal del PSOE, en el que, supuestamente a puerta cerrada, lo socialistas discutían de sus importantes cuitas y donde cada cual opinaba delante de sus compañeros para llegar a alguna resolución final. Como así fue.

Si alguno de los intervinientes creyó que podía hablar libremente durante el debate porque lo que se juzgaría iba a ser la resolución final se equivocaba. Estaba en un reality más, en el que lo que dijese en cada momento sería valorado y analizado públicamente después. La intimidad del PSOE había saltado por los aires. Los miembros de su Comité Federal ya saben que será así en adelante. Importará lo que acuerden pero importarán sobre todo las ocurrencias, los zascas, las críticas, los tonos de voz y todo lo accesorio, como pasa en el resto de realitys.

Es obvio que las grabaciones se han hecho públicas porque alguien del PSOE, alguien dentro del propio Comité, se ocupó de obtener laboriosamente la exclusiva y la ha pasado a los medios. Quién sabe a cambio de qué. Quizás solo de vanidad.

Llegados a este punto lo lógico sería que a partir de ahora la propia organización del PSOE grabase con buena calidad las intervenciones, mejor aún con cámaras, los miembros del Comité acudiesen convenientemente maquillados y se seleccionase a alguien que condujese los debates para que se ajustasen bien a las necesidades del directo. Que el público pudiese votar desde casa y expulsar a algunos miembros de la sala sería ya el colmo de la transparencia. Incluso podría estudiarse la venta de la exclusiva.

Lo que es evidente es que, a partir de ahora, los miembros del Comité Federal socialista van a tener que preparar sus intervenciones cuidando bien el guión, pensando no tanto en convencer a sus correligionarios como en brillar ante la audiencia, «que tanto les quiere y a quien tanto deben». Eso sí, las decisiones reales tendrán que tomarse en otro sitio.


Cómo nos suena esto a los vascos

Primero se crean las consignas
La realidad compleja es siempre incómoda y podría no darte
la razón siempre, así que nada hay mejor para llevar el agua a tu molino que
simplificarla con unos eslóganes, preferentemente que rimen, cosa muy útil
puesto que el objeto es que puedan ser recordados y repetidos. Cada día es más
fácil, al lado de las escuetas pintadas y dianas de otros tiempos, los 140
caracteres de Twitter son casi un ensayo.
Después se etiqueta a
los contrarios con ellas
Si conviene banalizar la realidad y convertirla en algo
explicable en blanco y negro, más aún es preciso etiquetar a los adversarios y
colocarlos en una posición perfectamente simple, obviamente en la negra, de
forma que no quepa para ellos calificación alguna que no sea la que tu consigna
haya establecido: txakurra, asesino, txibato, Señor X, da igual. Lo importante
es encerrar todo lo que significa tu adversario en una jaula muy pequeña y muy
maloliente. Que sea verdad o mentira es perfectamente irrelevante.
A continuación se les
“cosifica”
Una vez etiquetada, la persona que pudo ser tu adversario
deja de tener carácter humano, ya no es alguien sino “algo” y ese algo es solo
y exclusivamente la etiqueta que le hayamos asignado. Ya no hay historia, no
hay recuerdo de nada positivo, ni siquiera neutro. Ese individuo nació con la
etiqueta cosida a la ropa como una estrella amarilla y punto.
Se establecen
espacios físicos excluyentes
Los nostálgicos del franquismo llamaban “zona nacional” a algunos
barrios de Madrid, los nacionalistas radicales vascos tenían sus “pueblos y
barrios”, donde mandaban “las cuadrillas”. Se trata de presentar como una
“provocación” la mera presencia de alguien no afecto en esos lugares y
justificar así una reacción violenta contra él. Si esos espacios son
universitarios mejor que mejor, porque tienen el marchamo de la cultura y el
conocimiento. Sin olvidar que suelen estar llenas de personas cultas y
respetuosas, que se apartarán del tumulto que has montado.
Se organizan
manifestaciones “espontáneas”
Una vez establecido que la presencia de ese tipo en el
espacio vedado es una provocación, queda plenamente justificado que “la gente”
reaccione violentamente, le agreda y le quiera expulsar de ese sitio donde -obviamente-
no debería haberse atrevido a entrar.
Se niega toda
responsabilidad
Si se ha seguido el manual, a estas alturas ya no hace falta
reivindicar la agresión como propia, aunque todo el mundo sepa que así es. Por
el contrario, aunque los eslóganes, las consignas y los gritos sean los que tú
mismo has sembrado y cultivado, siempre podrás alegar que se trata de
manifestaciones de autenticidad popular en las que no tienes nada que ver.
Faltaría más. Si la agresión se va de las manos esta actitud de falso pero
declarado alejamiento hacia los protagonistas del abuso es especialmente
conveniente para evitarte mayores problemas.
Se responsabiliza al
agredido
¿Cómo va uno a oponerse a una manifestación tan genuina y
popular? Si te preguntan, que te preguntarán, deberás manifestar de entrada tu
contrariedad, deplorando “los hechos”, lamentándolos y manifestando tu sincera
desazón (el diccionario ofrece un buen ramillete de palabras blandas para esto)
para acto seguido y, ahora sí con toda rotundidad, criticar al agredido por
provocador y convertirlo en agresor virtual. Culparle de cualquier cosa mala
que haya pasado recientemente es una táctica infalible, vale desde un asesinato
hasta un motín en el CIE de Aluche.
Siguiendo este manual, que los vascos demócratas conocemos
de sobra por haberlo padecido, te harás primero con la calle, y después cuando
el miedo se haya instalado en los corazones de tus vecinos, habrás vencido.
Ahora que empieza la campaña de vacunación contra la gripe,
es buen momento para vacunarse también contra las ideologías del odio y de la
amenaza, que siempre se inician como “espontáneas” manifestaciones populares y
que siempre acaban muy mal. Para ello recomiendo un libro que habla de Euskadi
pero que puede servir perfectamente a cualquiera como antídoto contra la
tiranía del grito y la capucha. Se titula “Patria” y lo ha escrito Fernando
Aramburu.

El Ayuntamiento de Badalona se anticipa

Escribo esto un 12 de octubre, nada más subir de la frutería de mi barrio, donde he comprado unos puerros y un pimiento que me faltaban para las alubias. Al entrar con mi bolsa leo que el Ayuntamiento de Badalona, lo mismo que mi verdulero, ha decidido empezar a abrir en festivos. Excelente noticia. Ya va siendo hora de que las Administraciones no exijan a sus ciudadanos que tengamos que pedir horas libres (o darlas en caso de empresarios y autónomos) para hacer trámites y consultas.

Las discusiones que nuestros líderes mantienen sobre fiestas e identidades nacionales quedan en el más absoluto ridículo cuando a uno le toca pasarse una mañana entera sin trabajar para obtener un papel en su Ayuntamiento, que deberá entregar luego en la Diputación, en el departamento autonómico de Educación o incluso a menudo en el propio Ayuntamiento. Trámite que casi siempre es en papel, en persona y en día y horario laborables, por supuesto.

Es obvio que los motivos por los que ese consistorio catalán ha abierto hoy al público nada tienen que ver con la comodidad y el servicio a sus vecinos, pero si hoy se puede (por los motivos que sean) no veo la razón por la que no podamos considerar este acto como un oportuno experimento de lo que podría ser una buena práctica en nuestras Administraciones Públicas. Una práctica que se adaptaría, por fin, a las necesidades de una sociedad que ni es tan simple ni se mueve de forma tan sincronizada y previsible como pasaba hace 50 años.

El día que nuestras Administraciones se organicen para atendernos, sea on line o en persona, también en días festivos (como si se tratase de un auténtico servicio público) y pongan para ello en marcha sus turnos, sus compensaciones laborales, sus acuerdos y lo que sea necesario para preservar los derechos de los empleados públicos, habrán entrado en una modernidad en la que en mi barrio ya hace tiempo que están la panadera, el frutero, el verdulero, el del asador de pollos y todos los bares. Ese día tendremos todos algo que celebrar, sea o no 12 de octubre.

Prietas las filas

La democracia es siempre un sistema político lleno de
debilidades, en el que todo es cuestionable y donde hay pocas certezas. Por si
fuera poco es norma que las opiniones se puedan expresar libre y públicamente en
medio de una algarabía de voces que los partidarios del autoritarismo suelen
señalar con desprecio. Sin embargo ese estruendo es parte indisociable de una
democracia y su reducción es siempre el primer síntoma de su enfermedad.
Los partidos políticos, que tanto contribuyen a la “creación
de la opinión pública” son también más o menos ruidosos en función de su mayor
o menor democracia interna pero en todos ellos funciona una suerte de censura
hacia el discrepante, en unos casos por autoritarismo, porque simplemente nadie
tiene que hablar en contra de quien manda y en otros, más sutiles, porque la
expresión de una discrepancia aun considerada “legítima” podría causar el debilitamiento
del colectivo en caso de ser expresada externamente.
Esta última es la justificación que muchos militantes
socialistas están utilizando para arremeter contra cualquiera de sus compañeros
que ose expresar una opinión discrepante.
Como el PSOE ha sido siempre un partido democrático y
plural, no hay ningún socialista que se atreva a decirle a otro militante que
lo que defiende es abominable y que no debería ni pensarlo (bueno, alguno sí
que hay). Lo que no es óbice para que haya muchos socialistas que piensen
exactamente eso: que lo que opinan algunos de sus compañeros es intolerable,
inaceptable y una traición.
Pero como no es presentable impedirle pensar lo que quiera
al compañero de al lado (y seguir creyéndose uno mismo defensor de la libertad
de expresión), se apela a la inconveniencia absoluta de cualquier idea o
expresión pública que no sea la oficial. La fortaleza hacia fuera sirve así para acallar la discrepancia de dentro.
El PSOE, acostumbrado a abrirse públicamente en canal en
cada congreso y que hace ostentosamente públicas sus elecciones primarias, para
contento de los medios de comunicación y también para orgullo de sus militantes
más libertarios, se está convirtiendo, sorprendentemente, en un entorno cerrado
y sectario en el que, no ya la descalificación rotunda, sino la expresión de la
más leve discrepancia, especialmente en las redes sociales, asegura que una legión
de vigilantes de la ortodoxia se abalanzarán airados, críticos (y a menudo faltones)
sobre el impío.

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Que un partido caracterizado por ser aquel de todos los de
España en el que la libertad se ha podido ejercer con más brío se esté
convirtiendo ahora en un entorno tan coactivo es una mala noticia para España y
para el PSOE.

El fin del bipartidismo también era esto

El fin del odiado bipartidismo parece que es, por ahora, la
única buena noticia de este tiempo político. La irrupción de nuevos partidos
con considerable representación parlamentaria hizo caer, por fin, una de las
peores características de la política española, a decir de la mayoría de
analistas.
Los grandes males del bipartidismo eran tan obvios que ni siquiera
hacía falta proclamarlos. De hecho solo preguntar por ellos era ya hacerse sospechoso
así que todo quedaba solucionado con una apelación genérica a los innegables
males de la política, de la transición, a la corrupción y demás indignidades, todas
ellas causadas -faltaría más- por el bipartidismo.
Cada cual podía, por tanto, hacer su propio menú personal de
los males del bipartidismo. Me avergüenza un poco que siento “tantos” y “tan
evidentes” se me hayan ocurrido tan pocos pero humildemente les ofrezco los
míos: la tendencia a un reparto invasivo de las instituciones, la pérdida de la
pasión política y el distanciamiento del votante, la creación de aparatos
poderosos que cierran la puerta a la renovación…el aburrimiento y la falta de
tensión informativa (ese dolía sobre todo a los medios) en fin, según los
escribo me entran dudas de que se vayan a solucionar así que no sigo.
Destruida bicha semejante, llegaría sin duda el advenimiento
de las soluciones imaginativas, de la frescura, la limpieza y la pasión
política que despuntaba en columnas, editoriales y barras de bar.
Pero, sobre todo, el nuevo escenario iba a promover la
necesidad de acuerdos multilaterales para gobernar, alejadísimos de rodillos
parlamentarios o de convalidaciones de mero trámite en las Cortes de los
Decretos Ley gubernamentales. La democracia, ahora sí, en acción.
Nadie nos explicó que en un ecosistema muy repartido, cada
grupo político ocuparía un espacio menor, más concreto, más definido y más
cómodo (para sus militantes) del que no tendría ningún incentivo para moverse.
Todo lo contrario, ya que siempre habría votantes en disputa con los grupos ideológicamente
contiguos.
Así, la lealtad a los principios se ha convertido en
marchamo de honor para los leales y paradójicamente la necesidad de acuerdos
globales choca ahora de lleno con la satisfacción de unos militantes encantados
en su nueva, y estrecha, zona de confort. En tales condiciones no es difícil
que el arreglo se confunda fácilmente con la traición y, en todo caso, lo que
queda claro es que del multipartidismo no han surgido acuerdos automáticamente
sino más bien líneas rojas.
Tampoco hay que olvidar que la misma opinión pública que
exige a los políticos que cedan y se pongan de acuerdo, machaca sin piedad a
aquel que cede (no hay más que ver lo que dicen ahora de Ciudadanos) supongo
que todo el mundo debe pensar que acordar es conseguir que “el otro” haga lo
que yo digo o que me deje hacer a mí lo que me parezca (tal y como atinadamente
plantea Rajoy).

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Pocos creían que habría terceras elecciones. Ahora es
prácticamente seguro que las habrá. Lo que está en duda es qué sucederá antes:
que nuestros partidos aprenderán, por fin, a moverse en un panorama de 4 y
añadidos o que volverá el bipartidismo.  Este
año perdido podría ser el doloroso principio de un tiempo realmente nuevo o una
experiencia fallida no menos dolorosa. Lo iremos viendo en diciembre.

Sánchez tendría que empezar a hablar de terceras elecciones

Hace unos días Ramón Jáuregui, socialista por el que tengo una nada secreta admiración, publicaba un artículo titulado “No basta abstenerse” lleno de sentido común, como siempre hace, y perfectamente inadecuado al momento interno que vive el PSOE.

Una inoportunidad que a Ramón le acompaña hace ya tiempo como precio por su libertad, y que le sitúa como persona apreciadísima dentro de su partido pero a la que todo el mundo quiere un poquito alejada.

En ese texto Jáuregui choca frontalmente con la posición oficial del PSOE y de su Secretario General que sostiene, con toda razón, que la responsabilidad de gobierno no es de su partido sino del PP y que es a Rajoy, y no a él mismo, a quien se debe preguntar lo que va a hacer para conseguir su investidura y evitar las terceras elecciones.

La táctica de Sánchez es moralmente impecable: el PSOE es lo contrario que el PP, los votantes han decidido que sea oposición y no tiene intención alguna de apoyar ni con su voto ni con su abstención la investidura de Rajoy y “No es No”.

Sin embargo, aunque irreprochable, esa postura tiene fecha de caducidad y ésta es ya inminente.

Porque el líder socialista no puede seguir sosteniendo esa convicción, tan legítima que se ha hecho firme entre su militancia más activa, y pensar simultáneamente que no se va a ver ante la convocatoria de unas terceras elecciones.

No puede ignorar, porque todo el mundo lo sabe de sobra, que el PP de España es el que es; nada que ver con otros partidos de la derecha europea que, sin ninguna duda, se habrían movido desde la primera convocatoria para conseguir acuerdos de gobierno. Esto aquí no pasa, y además se da por descontado que no va a pasar hasta el punto de que toda la opinión pública, especialmente la de la misma derecha, exige a Sánchez una responsabilidad que ni espera de Rajoy.

En consecuencia, puesto que nadie alberga esperanza alguna de que el PP sea capaz de resolver por sí mismo la papeleta en la que le han puesto sus propios resultados, si la investidura fracasa todo el mundo le echará la culpa al PSOE.

Es, precisamente, ese vértigo de resultar injusta pero socialmente culpable la única arma con que cuenta el PP para torcer el “No es No” de Sánchez. Por tanto, si quiere desarmar a sus adversarios y seguir siendo coherente con sus militantes el Secretario del PSOE debería empezar a hablar de la convocatoria de terceras elecciones. Lo que resulta insostenible es seguir aparentando que se tiene algún misterioso conejo en la chistera.

El único problema es que, una vez bien instalada, la consigna del “No es No” puede sobrevivir a unas terceras o a unas cuartas elecciones…así hasta que alguien consiga una mano de cuatro reyes. Es la táctica que decían de Clemente: la del “patadón p’alante” de la que Ramón Jáuregui no es partidario, y yo tampoco.