Sin Categoría

¿Confías en lo que haga Pedro Sánchez?

Esa es la pregunta real que se va a hacer a los militantes socialistas. Aunque la redacción sea algo más elaborada en realidad la pregunta efectiva es esa. Era de esperar, porque de haberla expresado de forma tan obvia y descarnada como la del titular hubiese sido un cachondeo.

Un referéndum tiene por objeto discernir entre dos opciones claras y excluyentes entre sí. No sirve para la transacción y el matiz sino para la ratificación o no de una opción concreta y determinada.

Igual que pasaba con los duelos entre caballeros del siglo XIX, los refrendos políticos cuentan con la ventaja de resolver de forma inmediata y expeditiva cualquier polémica pero, como aquellos, en absoluto pueden ser parte de una negociación sino que son, justamente, la renuncia expresa y definitiva a ella.

De forma que cuando se trata de decidir sobre cuestiones complejas, por definición incompatibles con una dicotomía: Si-No, un referéndum se convierte en una herramienta inútil o, lo que es peor, en una trampa en la que, bajo la apariencia de escuchar al pueblo, lo que se hace es remover el río a ver lo que se pesca.

Solo en el caso de que el candidato Sánchez hubiese alcanzado un acuerdo suficiente para una investidura (con la imprescindible expresión de quiénes serían los socios que le votarían y cuáles los acuerdos mismos) esta consulta hubiera tenido sentido. Así lo hizo el SPD alemán en diciembre de 2013 con su militancia, a la que preguntó “sí o no” a la gran coalición que garantizaba ciertamente la constitución de una mayoría de gobierno efectiva y que podía ponerse en marcha enseguida, como así ocurrió. Nada que ver con la consulta interna del PSOE que más bien parece preguntar ¿vamos bien?

Ciertamente lo más probable es que cuando el Secretario General socialista planteó esta consulta creyese que, en efecto, a estas alturas iba a tener en la mano un acuerdo que le permitiría ser Presidente y era evidente que convocar a la militancia le facilitaría el camino frente a un Comité Federal renuente a pactos con los de Iglesias.

La realidad ha sido que, sin ese acuerdo de investidura en la mano pero habiendo prometido el referéndum, no le ha quedado a Sánchez más remedio que tirar adelante con lo que hay, que es bien poco.

El PSOE ha alcanzado y propuesto acuerdos con distintas fuerzas políticas para apoyar la investidura de Pedro Sánchez a la Presidencia de Gobierno. ¿Respaldas estos acuerdos para conformar un gobierno progresista y reformista?

Que los “acuerdos alcanzados” e incluso -nótese- los acuerdos “propuestos” sean objeto de refrendo es como preguntar si se desea que haga sol y buen tiempo. Una pregunta tan cómoda como inane. ¿Quién va a decir que no? Desde luego tampoco lo hará el Comité Federal del PSOE, para el que la consulta ha resultado un cartucho de pólvora mojada.

Sánchez está demostrando que es persona hábil e inteligente pero en esto de la consulta no ha estado fino. Desde el principio amenazaba con ser un error y lo ha sido. A veces las cosas sí son lo que parecen.

El nuevo tiempo político…en primavera

Comparto con la diputada y amantísima madre, Carolina Bescansa, su afirmación de que es preciso comprender el nuevo tiempo político en el que estamos entrando. El bipartidismo imperfecto que fue base de la transición política española ha caído para dar lugar, como dice Felipe González, a un pluripartidismo igual de imperfecto. Pero que, además, ha complicado la tarea de formar Gobiernos capaces de hacerse cargo de las dificultades. Y no olvidemos que todo Gobierno, siempre, sin excepción, tiene que hacerse cargo de dificultades.

El nuevo tiempo es tan real y cierto como los desafíos a los que la política se va a tener que enfrentar. Porque no hay nada novedoso ni estimable en ignorar los problemas o en pensar que todos tienen soluciones simples.

La acumulación de gestos y el abuso del postureo tiene entusiasmadas a las redes sociales y a la TV, que ha visto cómo se le abre una renovada oportunidad para meter la política en la parrilla, eso sí, a base de convertirla en espectáculo.

Pero lo que viene será algo más que eso. Algo más serio, profundo y duro. El nuevo tiempo no va a ser llevar los niños al escaño -me temo- ni tendrá que ver con corbatas o pajaritas. Se tratará de reconocer las dificultades que hay, que son enormes, aceptar que las soluciones no serán ni fáciles ni rápidas y tener la valentía de proponerlas, a riesgo de ser criticado. Se llama política y es trabajo duro e ingrato que, desde luego, no encaja en absoluto con este juego de buenos buenísimos y malos malísimos, perfecto para las pelis de Disney pero absolutamente inútil para la gente y para el país. Lo que viene se va a parecer inquietantemente a la hoy tan criticada transición.

Por eso sería ya hora de que a los buenos buenísimos de un lado, a los buenos buenísimos del otro lado, así como a los buenos buenísimos de los otros dos lados nuevos que han surgido ahora, se les vaya acabando ya la tinta roja de tanta raya que llevan pintada en las últimas semanas. Sin embargo temo que a estas alturas de la película no va a ser posible. No hay tiempo material para recular de las grandes palabras ni de los grandes desprecios. También sospecho que, en realidad, hay pocas ganas de hacerlo, de abandonar esa zona de confort, tan vieja, tan conocida y de patas tan cortas. Es comprensible que, con unas elecciones encima, nadie vaya a arriesgarse ahora a desdibujar su perfil llegando a acuerdos con “esa gente” así que tendremos que esperar a ver el resultado de las nuevas urnas para empezar a hablar en serio.

Probablemente con cartas parecidas a las que se repartieron el 20 de diciembre, el nuevo tiempo político tendrá que despegar definitivamente en primavera. Habrá pocos días, horas tal vez, para pasar el disgusto de ver que los malos no se habrán volatilizado, lidiar con el malestar de comprobar que el pueblo soberano no se aviene a darnos la razón y para sufrir la desazón de ver que el cielo está mucho más lejos de lo que creímos.

Quienes van a estar muy cerca, agobiantemente cerca, van a ser las autoridades europeas, que vendrán a recordarnos la exigencia de recortar unos 9.000 millones de euros del presupuesto que el PP aprobó. Estarán también ahí -intactos- los problemas internos que estamos aplazando en medio de esta negociación tan preelectoral y también tendremos encima la necesidad, menos urgente pero igual de ineludible, de repensar una estructura política que, ciertamente, no parece dar para más.

Entonces va a ser cuando empiece de verdad ese nuevo tiempo del que se habla, que tal vez no sea tan brillante y esplendoroso como imaginan los apóstoles de la novedad. Habrá acuerdo, se cumplirán las exigencias europeas, se empezará a regenerar la vida pública y sin duda tendremos que aprender a respetar y pactar con “los otros”, como hacen en con plena normalidad en 23 de los 28 países de la Unión Europea, en cuyos parlamentos no hay mayorías absolutas. Así que quienes desprecian que la transición fuese capaz de acercar a enemigos tan irreconciliables tendrán que pedir que los políticos viejunos les pasen los apuntes de entonces, porque el nuevo tiempo viene exigente y no va a admitir demoras.

Y lo que me he reído…

No me sumaré al coro de plañideras (y plañideros) hipócritas que andan por las redes encendidos, disparando contra la infumable “primicia” de los informativos de Antena 3 respecto a Podemos, la CUP, ETA y Venezuela.

No lo voy a hacer porque en esta edad de oro del periodismo militante que estamos viviendo, la indignación suena escandalosamente impostada. Hay tantas ocasiones cotidianas en todas las teles en que “es para darles, pero bien”, que no es cosa de ponerse ahora estupendos cuando la manipulación informativa me parece que adopta ya las formas del sirimiri vasco.

Lo que sí me parece completamente relevante es que la filtración de las imágenes de Álvaro Zancajo y Sandra Golpe avergonzados de lo que habían soltado, haya provenido de la propia Antena 3 a través de la aplicación periscope de su cuenta de twitter. Estar en las redes sociales mola, incluso mola mazo, así que lo que importa ahora es estar, siempre, de cualquier forma y a cualquier precio. Lo chusco es que eso es así incluso aunque se pegue uno un tiro en el pie.

Tampoco soy capaz de verle la gracia a la broma de las últimas horas, elevada a la categoría de acontecimiento mediático nacional, de engañar al presidente del Gobierno de España con una falsa llamada del nuevo presidente catalán.

En otros tiempos los medios de comunicación se consideraban responsables y garantes de lo que salía en sus páginas o en sus pantallas. A veces para bien y otras para mal, lo cuidaban, pero está visto que ahora lo que importa es la omnipresencia y el espectáculo, y a él se supedita todo. Se asume que quien quiera estar en las redes sociales parece que tuviese que renunciar a toda reflexión porque ahora la velocidad, el ingenio y el escándalo es lo que manda.

¿Cuál es el interés informativo de una falsa llamada a Rajoy?, ¿Denunciar la falta de control de las llamadas en la Moncloa? No lo creo. ¿Reírse del presidente? Muy probable. ¿Conseguir audiencia? ¿Petar las redes con el nombre de la emisora? De eso estoy seguro.

Es muy lamentable este triunfo de la frivolidad pero sobre todo lo es la pretensión de darle un barniz de prestigio y autenticidad que no merece. La estúpida adoración por el aplauso de la muchedumbre la bordaba Gila en aquel negrísimo monólogo de “me habéis matao al hijo, pero… lo que me he reído”.

Publicado en el diario norte.es el 22 de enero de 2016

Las marcas no negocian

Anuncios de prensa y TV, carteles, vallas, folletos en el buzón, luminosos en los edificios, webs, cuñas de radio, series patrocinadas, banners en los medios digitales como este, siluetas de cartón en la farmacia y en la tienda, llamadas telefónicas que preguntan por el Sr. Gorostiza, muchas gracias Sr. Gorostiza…sí Sr. Gorostiza, disculpe Sr. Gorostiza. ¡Parece una guerra! Y probablemente lo es.

En una sociedad tan abrumadoramente activa en comunicación lo normal es que haya buenos profesionales del marketing. Y los hay. Y también es normal que a ellos recurra todo aquel que quiera ser visto en medio de esa barahúnda de ruido.

Hace mucho que los paños no se venden en el arca, por buenos que sean. Por el contrario hay que airearlos, darles “visibilidad” determinar un “posicionamiento” correcto del producto y de la marca para así colocarlos en la “Short List” del “Target” con un buen “Storytelling”.

Vivimos sumergidos en una constante tormenta de mensajes que tratan de captar nuestra atención para después llevar nuestra voluntad a comprar, cambiar, contratar, adquirir, invertir, gastar, ahorrar…y, por supuesto, también a votar.

Los partidos políticos compiten como unas marcas más en el saturado campo de batalla de la atención y los sentimientos de los consumidores. Y para hacerlo necesitan generales expertos. Son éstos quienes se hacen con la dirección de las campañas y aplican allí toda su experiencia y conocimiento. Y la mayoría de las veces lo hacen muy bien.

Mientras dura la batalla todo va como la seda, incluso es entretenido. El problema viene cuando al final se hace presente y abrumadora la diferencia entre la batalla comercial y la política. Que es una diferencia enorme, inmensa, profunda, sideral.

En la guerra comercial el final es simple. Escandalosamente simple: todo el estruendo era para que usted tomase la decisión de comprar esto y no aquello. Cuando el lector láser del código de barras de la caja emite el pitido todo ha terminado, al menos hasta el siguiente acto de compra.

En la política pasa todo lo contrario, que cuando usted emite su voto es cuando empieza “la cosa”. La cosa esa de gobernar. Es entonces cuando toda la estrategia de convertir a los partidos en eficientes, ágiles, dinámicas pero simples marcas se convierte en una trampa. Una doble trampa, primero para sus propios dirigentes, que no han ofrecido un sentimiento o una idea de cómo afrontar las dificultades sino un producto concreto y cerrado, que algunos llaman “programa” y que iba a aportar “la solución”.

Por su parte los ciudadanos, muy acostumbrados a ejercer como consumidores, exigen que lo que se les ofreció se haga y se haga ya, que para eso han votado. ¿Dificultades?¿qué dificultades? Nadie me habló de dificultades. Exigen la garantía y se sienten engañados. Y con razón. Confunden el programa con el de un crucero por el Mediterráneo y se quejan de la comida, de la orquesta, de las sábanas y por supuesto de la tormenta que agita el barco y de la que nadie les previno. Y es lógico que lo hagan, que defiendan lo que compraron y que no se muestren dispuestos a aceptar “componendas” (infame término).

Por si fuera poco, después de haber convertido durante la campaña al adversario en enemigo irreconciliable y secular, merecedor de la desaparición inmediata, crisol de todos los males, a ver quién es el guapo que se anima a encabezar la traición a tan elevadísimos ideales y a las exigencias que eran innegociables hace unas semanas.

El marketing nació para el mercado y aunque la política tiene algo de mercado (persa incluso) hay que tener cuidado y entender la gran diferencia entre marcas y partidos políticos y es que mientras las primeras jamás se ven obligadas a negociar (son sancionadas si les pillan) el acuerdo, la renuncia y la concesión son justamente lo que constituye la esencia misma de la política. Las marcas no negocian pero los partidos están obligados a hacerlo. Hoy y siempre.

Me temo que en primavera tendremos oportunidad de ver si hemos aprendido algo esta vez o si vuelve la burra a los mismos trigos.

Publicado el 20 de enero de 2016 en el diario norte.es

Una conversación pintoresca … por ahora

Mira Mariano:

Cuando estuvimos juntos en la primera ronda de contactos, cuando te correspondía a ti la iniciativa, te limitaste a repetirme que simplemente el PSOE debía abstenerse en la votación de investidura para que pudieses ser Presidente de nuevo, puesto que habías ganado las elecciones. Ahí te quedaste. Cuando te preguntaba cuáles serían los siguientes pasos te limitabas a decir que “serías generoso”.

Te confieso que me resultó asombroso que no tuvieses nada más que ofrecer, incluso aunque yo te pudiera haber dicho que no, pero ¡algo!, tío. Si la estabilidad y la gobernabilidad de España te importaban tanto no entiendo por qué no pusiste sobre la mesa una propuesta completa, o al menos amplia, de pacto.

Nada dijiste sobre cómo gobernarías en absoluta minoría después de que los socialistas nos abstuviésemos, como querías. Ni sobre cuáles serían tus propuestas, con quién y cómo las pensabas acordar. Nada.

Tu silencio fue tan clamoroso que durante todos este tiempo todo el mundo ha estado hablando de mí y no de ti, que ganaste las elecciones y que se supone que debías ser el protagonista del momento.

No sé cómo es posible que ni siquiera en tu entorno político, mediático o empresarial hayan surgido propuestas concretas de cómo se podría avanzar. Sé que en tu partido hay mucha gente a la que le resulta difícil acordar nada con nadie y solo entienden el ordeno y mando pero ese es justamente el tiempo que se ha pasado y no me puedo creer que no tengas a tu alrededor gente cabal, con la que se pueda hablar y acordar. Otra cosa es que no sean tan ruidosos y no estén todos los días en danza. Yo también tengo de esos en mi partido, y también suelen ser discretos.

No te creas, como yo he tenido un resultado malísimo, también tengo mis problemas internos, y goooordos, como dice José Mota, pero no por eso me quedo paralizado –Mariano- que para eso estamos metidos en este lío.

Así que ahora que el Rey me ha encargado a mi la posibilidad de formar mayoría yo sí te voy a hacer a ti una propuesta. Muy generosa y muy arriesgada, sobre todo para mí. Es esta:

Tu, Mariano, no puedes ser ya Presidente del Gobierno. Y, con mis resultados, tampoco yo así que te propongo:

· Escoger un candidato a Presidente de tu partido que no nos chirríe a los socialistas.

· Nosotros escogeremos un Vicepresidente que no os cause urticarias a vosotros. Ninguna de las dos elecciones serán fáciles, sospecho que más la segunda que la primera, porque tienes un montón de hipersensibles gritadores. Pero esa es mi percepción, claro.

· Una vez escogidos, serán ellos dos (o ellas) quienes escogerán al resto de ministros. Ni tú ni yo, ni tampoco la dirección de nuestros partidos. Nos consultarán pero decidirán finalmente ellos por acuerdo mutuo.

· Marcaremos un protocolo de relación entre ambos que impida que el primero se prevalga de su jerarquía para imponerse.

· Establecerán un acuerdo escrito de programa de mínimos razonable para que el país marche, sobre todo en materia financiero-fiscal, de servicios públicos, de infraestructuras y de regulación justa del mercado laboral. Nada más pero nada menos.

· Establecerán también un listado de discrepancias serias sobre las que ni hay acuerdo ni se lo espera.

· Y con ese programa, que apoyaremos los dos, formarán un Gobierno que ambos partidos nos comprometeremos a mantener al menos durante la legislatura. Luego si quiere el de Ciudadanos que apoye también ese acuerdo, eso es cosa suya.

Con esa solución la mayoría está más que garantizada y se puede empezar a arreglar cosas pero desde el acuerdo. Tendríamos cuatro años de paz relativa pero de paz activa. Sería como una segunda transición que, como la primera, tendría un coro ruidosísimo alrededor que, no nos engañemos, soportaría sobre todo mi partido. Pero que sería eso: ruido. El poder desgasta pero la eterna oposición mata.

Además, piensa que eso de que los dirigentes del Gobierno no sean los mismos que quienes dirigimos los partidos puede ser una buena idea para estudiar como norma de aquí en adelante. Serviría para que los dirigentes pudiéramos hablar con la voz de nuestro partido pero para que los gobernantes tuvieran más cintura a la hora de negociar y acordar. Fíjate en el PNV que lo hace así desde siempre y le va muy bien.

No se te oculta que esta propuesta significa la creación de dos líderes que nos harán sombra a ti y a mí y quién sabe si también la cama, pero es lo que hay, Mariano. Además me reconocerás que te hago una propuesta supergenerosa con la que, encima, a mí me van a poner de chupa de domine después de haber dicho y repetido que no a la “gran coalición”.

Pero es que la otra salida son las elecciones anticipadas que pueden dar un resultado parecido, tú volverás a ganar sin mayoría, yo puede que pierda o que gane unos votos, depende de si Iglesias consigue mantener su autoridad omnímoda durante meses en esa ensaladilla que tiene de grupos y medios que cree que le apoyan pero que solo buscan audiencia. Rivera supongo que seguirá encelado con su ley D´Hont y en Cataluña te confieso que no sé lo que estará pasando para entonces. Seguro que poco bueno.

Es decir, que esta propuesta que te hago podría resultar muy parecida a la que tengamos que enfrentar en primavera. Pero para entonces será más difícil y tal vez la hagan otros porque haya sido el fin para nosotros dos.

Va a ser muy difícil pero hasta podría salir bien. ¿Qué me dices? Mariano.

Ya tenemos los bueyes

La feria ha sido entretenidísima, con sus regateos, los sustos de que me lo quitan, los voceros de cada ganadería proclamando las bondades de su producto, la música, los colores, la fiesta, hasta los bailes…todo ha ido como nunca y no hemos tenido un momento de aburrimiento. En una democracia televisada y sobre todo, televisiva, como la que vivimos, estas elecciones han sido un éxito sin precedentes. Un éxito de audiencia, ¿de qué otra cosa puede ser un éxito en la tele-ciber-política?

Nos hemos sacudido como nunca el aburrimiento, las parrillas han estado petadas. La definitivamente obsoleta ciudadanía se ha transformado por fin en brillante, dinámico y participativo “share”, ¡que no me vaya usted a comparar!

Pasado tan brillante espectáculo hoy podemos decir que regresamos a casa con un bonito ramillete de bueyes de diferentes colores, de distintas razas y con caracteres, fuerza y fiereza muy diversos también. ¡Una gloria de verlos oiga!, Aunque haya quien lamente que por culpa de la maligna ley D´Hont la variedad no sea aún mayor.

Con todo, el concurso ha sido reñido y, lo que es mejor para la caja mediática, la algarabía amenaza con prolongarse durante tiempo. Como digo: un éxito televisivo inapelable.

Ahora hay que arar. Aunque se nos despiste en medio de la euforia de esta fiesta de la democracia, era justamente para eso para lo que fuimos a escoger los bueyes ¿no? Para arar, y además en terrenos duros y pedregosos como no lo han sido nunca o casi nunca.

Habrá que elegir un presidente del Gobierno, no dos ni tres, solo uno. Habrá que aprobar un Presupuesto nuevo puesto que la Unión Europea ya ha dicho que el de Rajoy no vale, habrá que ofrecer alguna alternativa a esta recuperación empobrecedora, y habrá que conseguir financiación en los mercados para hacer esas tantas cosas que se han proclamado en la feria como inminentes e irrenunciables ¿ok?. Tan irrenunciables como el inicio de un proceso constituyente que tan solo necesita un simple acuerdo entre los nuevos electos que puedan presentarnos a la ciudadanía toda (perdón: a la audiencia). Pan comido.

Soy persona de imaginación escasa, cada día de menos, pero aún mantengo mi capacidad de asombro intacta, de forma que quedo, expectante, a la espera de la brillantez de las propuestas y soluciones que sin duda me aportarán los recién electos y que yo, cautivo de mi torpeza de heredero generacional de la “oprobiosa transición”, ni imagino por ahora.

No tengo duda alguna de la voluntad benéfica de ninguno de los electos. Es más tengo toda la confianza en su imaginación, destreza y capacidad para ofrecernos “algo” que no sean solo palabras, titulares y vehementes tertulias, cuyo tiempo ya terminó el domingo. Algo real que, además, deberán poner encima de la mesa antes de que llegue el frío y triste invierno político de la gran coalición o de la repetición de elecciones. Que ese descorazonador horizonte sí que lo imagino.

Siempre dispuesto a aprender, estoy deseando saber cómo lo van a hacer.

Un mensaje de la ciudadanía?

El ser humano, más que nada por la importancia que se da a sí mismo, tiene dificultades para entender la ciencia de la estadística que, por definición, desprecia el valor de lo individual y solo tiene en cuenta los resultados agregados, la muy desabrida.

El error más patético y común es creer que lo que yo conozco es representativo del todo, que lo que dice mi mujer es lo que piensan “las mujeres” y que mi cuñado, que es un hombre “de la calle”, representa él solo lo que piensa el “hombre de la calle”.

Pero sin llegar a esos extremos ridículos, pasa a menudo que detrás de los grandes números todos caemos en el error de ver una voluntad, un trazado o un itinerario hacia alguna supuesta “meta”, cuando lo cierto es que no hay tal, que no hay ninguna voluntad sabia y colectiva sino una mera agregación de intentos privados y, por lo común, egoístas.

    Pondré tres ejemplos:

1.- La evolución del ser humano se suele representar como un camino evolutivo “a mejor”, siendo nosotros, por supuesto, los últimos y los más guáis. Falso. Lo cierto es que cada especie fue la mejor adaptada a su momento (un momento de cientos de miles de años, por supuesto) pero ninguna fue superior ni mejor, solo que en cada época y en cada lugar alguna funcionaba mejor y por eso sobrevivió mientras lo hizo. De hecho lo normal ha sido que coexistiesen varias especies: antepasados idénticos a los que hemos votado el domingo vivieron a la vez que lo hacían el Homo erectus, el Homo neanderthalensis y el Homo floresiensis. Lo excepcional es que ahora estemos solos. Pero no es así porque seamos “mejores” sino por nuestra mejor capacidad de adaptación al entorno que nos tocó. Justo por la misma razón por la que se mantuvieron nuestros antepasados y “primos” en su propio entorno.

2.- Quienes hablan de la capacidad de generación de empleo y riqueza colectiva de las empresas suelen engañarnos haciendo ver como si ese fuese su objetivo. No hay tal. Como señala Adam SmithNo es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de lo que esperamos nuestra comida, sino de la consideración de su propio interés”. De forma que la virtud colectiva nace de la actitud egoísta de cada uno. Así es. Cada empresa busca su propio y exclusivo beneficio y las demás como si desaparecen. Es más: si son la competencia no solo aplaudirá su ruina sino que buscará provocarla a no ser que el Estado tenga suficiente poder para impedírselo. A los feudalistas del capital les gusta mucho la primera parte de las ideas de Smith pero abominan siempre de este corolario arbitral. Ningún poderoso quiere reglas.

3.- Tras las elecciones vuelvo a leer chorradas como que “Los ciudadanos quieren que se consensúen las políticas principales”, “el mensaje de las urnas” o “la voluntad del electorado”. Tontadas: tanto los que manifestamos respeto a quienes votan distinto a nosotros como quienes alardean de despreciarlos: “que parece mentira que haya gente que vote a esos”, todos, unos y otros, hemos votado para que ganen “los míos” o “los que yo quiero que ganen” y lo que hay es una suma estadística, un dato colectivo, una tendencia social pero nada que se parezca ni se acerque a una voluntad colectiva consciente.


Sería estupendo que fuese así porque eso nos convertiría en sabios por agregación. Solo que es mentira. Luce en los titulares y alimenta el ego colectivo pero es tan falso como que haya un camino de perfección en la evolución de los homínidos o que las empresas se esfuercen por el interés colectivo y la libre competencia. ¡Qué risa!

La izquierda yerma

Mi amiga Teresa suele decir que lo que auténticamente diferencia la vida de las personas es si tienen hijos o si no los tienen. No es una división moral, ni mucho menos. No tener hijos es una posición tan digna como la contraria y no hace a nadie ni mejor ni peor. Pero lo que sí hace es librarles de un buen montón de dificultades concretas que los padres y madres afrontamos cada día, a menudo con más voluntad que acierto.

Los niños (y las niñas) no vienen con un pan sino con el caos mismo debajo del brazo. La vida, imprevisible para todos, se complica y agrava sin cuento con esos locos bajitos; mientras son bajitos y también cuando crecen. Es así. No hay remedio y la cosa se va sobrellevando. Algunas veces tiene hasta gracia.

De todas las situaciones chuscas que enfrentamos los que somos padres no es rara la de tener que escucharles a nuestros amigos sin hijos estupendos consejos sobre la crianza adecuada de nuestras bestezuelas, demostrando un conocimiento teórico y una conciencia educativa encomiables que brillan especialmente alrededor de una mesa de adultos a la hora de los gin-tonics. La realidad suele ser menos lucida y desde luego las certezas, los métodos pedagógicos más vanguardistas y el aplomo se tambalean en cuanto llegan las llantinas nocturnas, las rabietas, las gamberradas, los suspensos, los accidentes, la primera borrachera, etc. Sobre todo mucho etcétera.

Igual que esas personas, hay una izquierda segura de sí misma, que sabe siempre cómo hacerlo, que da lecciones a cada momento, que concede y retira carnets de progresía. Es una izquierda que dice mantenerse intacta pese a que ha cambiado como nadie, pasando del estalinismo más feroz a defender con igual estruendo nada menos que la socialdemocracia, justo lo que siempre despreciaron.

Dice Torres Mora (sociólogo y socialista ¡qué le vamos a hacer!) que quienes acusaban a los traidores socialdemócratas de engañar al proletariado alejándolo de su destino histórico a cambio de un plato de lentejas (pensiones, educación, derechos, sanidad…y otras bagatelas) han pasado a presentarse ahora como los mejores defensores del plato de lentejas. Lo que hay que ver. Últimamente el marketing les ha acelerado y ya no hace falta retrotraerse a los tiempos del comunismo: hasta hace un año aplaudían orgullosos el régimen de Venezuela, del que ya no hablan y hace nada babeaban mirando a Tsipras, al que ahora ni mentan.

Solo hay una cosa realmente inamovible en esa izquierda pura, que no se casa con nadie, siempre segura de poseer la verdad (la que sea en cada momento), siempre a la vanguardia, siempre despreciando a la “clase trabajadora tonta”, que no les vota, siempre creyéndose la última cocacola del desierto. Es una cosa en la que ciertamente no han cambiado. Y es que nunca han conseguido nada. Nunca se ha enfrentado a la complejidad del caos de una sociedad como la que vivimos y sufrimos. Siempre se han movido en la reivindicación brillante y jamás en la pringosa y lenta gestión de lo cotidiano. Mientras despreciaban las “migajas” que consiguieron los blandengues del PSOE, ellos han podido presumir orgullosos de haber conseguido…???

En esta ocasión, en cambio, sí están a punto de lograr algo muy importante para ellos: que el Partido Popular vuelva a ganar las elecciones. Un éxito que les garantizará otra larga temporada de reivindicaciones contra una injusticia que, sin ninguna duda, vendrá.

Solo una cosa diferencia a esta izquierda de mis amigos sin hijos y es que éstos, hacia la segunda copa, suelen aceptar que sus consejos podrían no ser tan mágicos mientras que la izquierda yerma es, por el contrario, inasequible al desaliento y jamás duda de sus certezas (las que correspondan en cada momento, claro está).

Libres de todo compromiso de lograr algo alguna vez, pero implacables en la denuncia de lo que hayan hecho los demás, puede que debamos esperar un tiempo hasta que la izquierda fértil, la que -titubeante y llena de errores- avanza a pequeños pasos cotidianos hacia un mundo un poco más justo, vuelva a tener el apoyo y el poder para hacerlo. Cosa diferente es que la gente que peor lo está pasando pueda esperar tanto.

No echemos la culpa a los demás, Sr. Guibelalde

El diario norte.es

El presidente de la patronal guipuzcoana ha corregido el evidente patinazo de haber dicho que nuestros jóvenes no tienen hambre, para manifestar su preocupación por la falta de estímulo y de iniciativa que demuestra, a su juicio, esa generación.

Aunque, como él mismo ha reconocido, la expresión era muy desafortunada el Sr. Guibelalde tiene razón cuando dice “No echemos la culpa a los demás, el problema lo tenemos en casa”.

Así es. Tenemos una sociedad con empresas que no son capaces de ofertar empleos aceptables para los jóvenes que esa misma sociedad ha procreado. ¡Vaya si tenemos el problema en casa!

Hemos apostado claramente por competir en precio, empeorando las condiciones laborales por debajo de lo que les dijimos a los jóvenes que encontrarían si se esforzaban. La mujer de mi amigo Damián lo resume muy bien: “les hemos engañado” dice. Y ahora que vamos viendo sólo las primeras consecuencias de la pérdida de esperanza, resulta que nuestros empresarios se asustan. No sé qué otra cosa creían que podía pasar.

No solamente es que no haya vocaciones empresariales, como señala con preocupación, sino algo más que el presidente de los empresarios debería haber visto: tampoco hay vocación de montar familias y de tener hijos. Si no que mire los datos demográficos de su provincia. Los jóvenes dejan pasar el tiempo, y el arroz, mientras piensan: ¿Para qué? ¿para meterme en problemas cuando no sé si tendré o no algún ingreso mañana?

Si eres mujer, ni hablamos. Una vez desmontados los derechos laborales (con gran contento de nuestras empresas que aún querrían apretar más) ampliadas las jornadas laborales (las más no declaradas) y dinamitados los tímidos balbuceos de conciliación, cada vez serán menos las que estarán dispuestas a tirar por el desagüe sus años de carrera y de esfuerzos en formación. Porque, chicas listas, saben bien que tener hijos no les permitirá competir en una carrera profesional ya inmisericorde, de la que una jornada reducida o una baja larga les suponen de hecho su exclusión definitiva.

Con lo que no estoy de acuerdo con el presidente de los empresarios es con que la educación y la universidad no se hayan adaptado a las necesidades de las empresas. Lo han hecho bastante bien, atendiendo a lo que el mercado demandaba y olvidando otros lujos “absurdos” en los que antes se perdía tanto tiempo y esfuerzo. La prueba más evidente de ello son los textos llenos de impresionantes faltas de ortografía y con sintaxis imposibles que escriben nuestros licenciados, ingenieros y también muchos de nuestros directivos de empresa. Desde luego que la educación se ha adaptado.

Así que, puesto que hemos escogido crecer y competir en base a la generalización de trabajadores pobres, ahora a las empresas les toca apechugar y no quejarse tanto. Esa decisión viene muy bien para crear empleo mal pagado y sin esperanza, justo lo que ellas hacen y lo que nuestros jóvenes que, “viven tan bien y que tienen el futuro asegurado” no aceptan.

Pero tranquilidad. Es cuestión de esperar un poco y no ponerse nerviosos porque el periodo de transición pasará rápido. De entre nuestros jóvenes preparados, unos aceptarán la frustración, se limitarán a prolongar su adolescencia indefinidamente y a consumir al momento los bienes que puedan pagarse ¿para qué ahorrar? Mientras otros se irán fuera, a una hora de vuelo o a quince, y volverán de turistas de vez en cuando.

Lo peor es que, de seguir así, la próxima generación ya habrá perdido todo estímulo para estudiar y prepararse. Al fin y al cabo el mercado laboral no apunta intención alguna de recompensarles por ese esfuerzo y, consecuentemente, no lo harán. Del mismo modo que los salarios se han adaptado a las exigencias de un mercado que no está dispuesto ya a pagar lo que antes pagaba, los trabajadores adaptarán su formación a lo que al fin y al cabo van a recibir. El resultado en productividad de este círculo vicioso es evidente: If you pay peanuts, you get monkeys.

La buena noticia es que aquellos y aquellas que, teniendo todo en contra, se empeñen en una formación de alto nivel será por vocación, sin esperanza de vivir de ello, así que tal vez estudien Latín y humanidades. No le servirán de mucho a las empresas guipuzcoanas que queden en pie pero, veamos la parte buena, no harán faltas de ortografía.