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El Vicepresidente de la Junta de Castilla y León lo ha dejado perfectamente claro: el objetivo de su partido es derogar el título VIII de la Constitución Española, el que sustenta la España Autonómica. Una posición que es legítima, que todo se decida desde Madrid. Legítima sí, pero constitucionalista desde luego que no. Sin embargo, desde que ser constitucionalista es sinónimo de ser de derechas, se nos pretende hacer ver que quienes quieren borrar media Constitución (también quieren prohibir los partidos nacionalistas no españoles) son sus más valiosos defensores. Serán los hechos alternativos esos.
Además de claridad, Vox aporta al PP mucho más que la imprescindible mayoría que necesitará para gobernar, le da algo de lo que están muy faltos: ideología. Cuando Juan García-Gallardo propuso suprimir las autonomías desde la vicepresidencia de una de ellas, no hacía más que expresar abiertamente el desdén con que la derecha española ha visto siempre el sistema autonómico: a lo sumo como una forma de tener poder para compensar el que realmente les importa, el único que debería existir: el del Gobierno de la Nación. Solo que los de Vox, no solo lo piensan, sino que lo dicen.
Nuestra derecha es más callada, por muy conservadora, por muy poco liberal y porque eso vende tan mal que mejor no decir. Vox sí lo hace, de ahí su éxito entre los votantes del PP, a quienes les habla de lo que piensan. Su programa es muy reconocible para ellos y para quienes tuvimos el adoctrinamiento ideológico que era entonces obligatorio en la escuela pública. Ya se sabe que adoctrinar en lo suyo, sea religión católica o nacionalismo iliberal español, no es adoctrinar sino “lo normal”.
A partir de ahora el PP y Vox gobernarán sin dudas, sin titubeos y “sin complejos” todas las instituciones en que consigan mayoría. Mejor que Feijoo vaya olvidando eso de gobierno del más votado. Lo que sí convendría que recuerde él y recordemos todos son las palabras del católico liberal francés, Charles de Montalembert: Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando soy fuerte os la niego en nombre de los míos.
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La semana pasada conocimos el último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático y, como otras veces, es pesimista sobre el calentamiento global. Solo que esta vez la advertencia suena a ultimátum, porque estos informes se emiten cada bastantes años, con lo que el próximo puede no ser ya una advertencia sino un informe de daños.
En Madrid un grupo consciente denominado “Rebelión Científica” quiso llamar la atención sobre la gravedad del hecho con un hecho de cuya gravedad posiblemente no fueron conscientes mientras pringaban de rojo las columnas y las escalinatas del Congreso de los Diputados.
En democracia siempre es difícil tomar decisiones impopulares a corto para obtener beneficios a largo, porque los políticos a los que votamos lo que se juegan cada 4 años no son las siguientes generaciones sino las siguientes elecciones, pero atacar un símbolo de la democracia por la ansiedad que causa la premiosidad con que se avanza es muy peligroso.
El ataque fue simbólico pero el Congreso es también un símbolo: el de la democracia. Que la pintura fuese biodegradable no le quita gravedad. También son reparables los agujeros que los disparos de Tejero dejaron en el artesonado del hemiciclo.
¿Dónde estará la frontera que estos activistas no admitirían contra el “lento y desesperante” sistema democrático? Un “experto” dijo en la radio ese día que harán falta medidas tan duras que -textualmente- “deberán ser dictatoriales”. ¿Es ese el límite? Me asombra que científicos, siempre enfrentados a problemas complejos, puedan pensar que para el del cambio climático sí hay una solución simple: el desprecio a la democracia y a sus símbolos. Un mal camino en el que, eso sí, no les faltarán aliados.
Yo, desde luego, prefiero dejar a mis hijos un planeta sobrecalentado en democracia que una tiranía en un planeta aún más sobrecalentado, porque ¡almas de cántaro! ¿cuántas dictaduras ha habido que se hayan ocupado del bien común?
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Siempre me asombra lo que sucede con las encuestas del CIS. Cuando se publica una aparecen tres tipos de personas: Los que no tenemos ni idea de sociología pero nos gustaría aprender algo, los que tampoco tienen idea pero ni les importa ni lo necesitan para ir por ahí dando lecciones de barra de bar (o de portada) y los únicos interesantes: los sociólogos profesionales, que suelen criticar también con gran dureza el trabajo de Tezanos “el infame”.
Mis pocos conocimientos sobre el tema me alcanzan para saber que lo caro de una encuesta es el trabajo de campo, lo de ir por ahí buscando gentes a quienes preguntar. Luego viene lo que no dudo que será difícil, pero mucho más barato, que es revisar las respuestas, diseccionarlas, compararlas, aplicarles la experiencia de cada profesional y sacar conclusiones. Lo que se llama con ignominia “la cocina”.
Es a esa “cocina” del CIS a la que se dirigen siempre los dardos, los tiros y aun los misiles mediáticos y políticos. Nunca se critican los datos mismos sino la interpretación que el centro público hace de ellos.
Sin embargo, los profesionales de la investigación sociológica no ignoran que los datos con los que el CIS hace su “cocina” son públicos y accesibles. Que se los pueden descargar y con las respuestas originales establecer sus propias interpretaciones que estarían libres de los sesgos ideológicos que atribuyen al gurú.
No entiendo que se usen los datos públicos del Banco de España, del INE, de la seguridad Social, del SEPE… que para eso están, pero no los del CIS. Nunca he visto una interpretación “libre” de los datos del CIS a cargo de alguno de esos profesionales que abominan del chef Tezanos. Insisto, no entiendo por qué.
He mirado algunas encuestas de las últimas elecciones en que se pudo verificar el resultado final, que son las de Castilla y León y no me parece para tanto escándalo.

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En la derecha española siempre hubo un sector al que la democracia le resultaba como mínimo incómoda. En el inicio de la Transición ese segmento era bien visible y notorio. Hablaban claro, acostumbrados a la libertad de expresión que siempre habían disfrutado (y que habían negado a los demás) y se les entendía todo fenomenal.
Estaban furiosamente en contra de que España fuese un Estado autonómico. No ocultaban su inquina contra Juan Carlos I, el Rey traidor. No les gustaba nada la laicidad del Estado, ni el divorcio, ni la reforma fiscal y unos votaron la Constitución con la nariz tapada mientras otros la rechazaron.
Afortunadamente el esfuerzo de los derechistas más inteligentes fue integrando a aquellos sectores ultras en la corriente de una democracia que se iba construyendo, lo que no fue mal servicio a España. El éxito fue tal que hasta hubo una refundación que dio a luz un partido de derechas normal, que incluso integró la palabra liberal en su ideario.
La cosa funcionó durante mucho tiempo. Pero la debilidad que supuso para el PP la pérdida del poder en 2018, junto con la efervescencia de partidos nacional-populistas en Europa y los EEUU, hizo que para esos sectores, siempre renuentes a la democracia, empezase a resultar mucho más atractivo estar fuera de la casa común de la derecha, diciendo abiertamente lo que siempre pensaron, que resignarse a estar arropados, pero callados, dentro de ella.
Y así ha sido que no es que haya aparecido ahora una extrema derecha nueva en España, sino que un sector que siempre estuvo vivo dentro del partido “de orden”, ahora está en la calle, con su propio logo, sus mensajes y sus exitosas papeletas de voto. Con ellos es con quien han pactado Mañueco, y antes Bonilla y Ayuso; con los que hasta ayer eran de los suyos, aunque ni ellos ni nadie imaginaba que fueran tantos.
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Es sabido que en cualquier guerra la primera víctima es siempre la verdad. La que tenemos en Ucrania no es una excepción. Saber lo que realmente está pasando allí es muy difícil para cualquiera.
Todos entendemos la dificultad de estar informados para los ciudadanos de la Rusia controlada por Putin. Es obvio que cuando hay una censura estricta y general conocer la verdad se hace imposible. Tan claro como que la ignorancia de su población es el objetivo mismo de un tirano que está utilizando las herramientas clásicas de desinformación, perfectamente visibles para quienes estamos fuera de su poder, pero muy eficaces hacia los rusos, prisioneros de su cárcel informativa.
Más complicado es entender que nosotros también estamos sometidos a una desinformación más sutil, pero desinformación al fin. Desde luego que no son situaciones equiparables porque aquí disponemos de una libertad de prensa que los idiotas desprecian y que en Rusia ha muerto, pero nuestro acceso a la información real también está mediatizado. Por un lado, por la lógica dificultad de obtener datos fiables en medio de la confusión de cualquier guerra, pero por otro lado por una irreprimible tendencia de nuestros medios a trasladarnos un relato heroico y sentimental que nos pegue a las pantallas, mostrando un pueblo ciertamente valiente y resistente que se defiende contra el abuso. El presidente Zelenski está aprovechando esa ventana de visibilidad que otros líderes agredidos nunca tuvieron y ojalá eso le salve la vida, pero en algún momento habrá que contar con el incomodísimo pero muy probable final de que Ucrania sea fagocitada por Rusia, como lo fueron Georgia o Crimea. Todos deseamos que no sea así, pero si ocurre no debería pillarnos enganchados al brillante espejismo y a su correlativa decepción, sino preparados anímicamente para los tiempos que vendrán después, que serán largos y difíciles. Pase lo que pase, eso seguro que es verdad.
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Me gusta la historia, pero en los libros: los clásicos latinos, de los que nos diferenciamos tan poco; el medievo, apasionante pero estúpidamente despreciado o la Ilustración, con sus grandes descubrimientos científicos y geográficos que ampliaron la mente y achicaron el mundo.
Me tocó vivir la muerte de Franco (nos dieron libre) y la Transición que hoy se desprecia hablando del “régimen del 78” como si hubiera habido uno mejor. He visto en directo dos golpes de Estado, uno en el Congreso y otro en el Capitolio.
He vivido el final de terrorismo vasco pero padecí demasiado cerca todo el horror que vino antes de aquella rueda de prensa de hace una ya década (en efecto, no fue ayer por la tarde). Las torres gemelas las vi caer en la tele de un bar de Bilbao y los trenes de Atocha reventados en otra de una ciudad del sur de Francia.
Recuerdo algunas guerras, no todas. La de Vietnam la escuchaba de chaval en “el parte” antes de verla en Apocalipse Now. No olvido la de antigua Yugoslavia y los horrores inimaginables que nos relataron. Recuerdo también los pozos de Irak ardiendo y el hundimiento del General Belgrano con cientos de soldados argentinos muertos en el mar helado de las Malvinas.
Después de miles de años tranquilo, va un volcán y erupciona. Hoy todavía salgo con mascarilla por culpa de una maldita pandemia que cambió el planeta entero y ahora resulta que voy a asistir, espantado, a otra guerra en Europa, muy cerca de Chernóbil, en la que se puede jugar con armas nucleares.
Estoy cansado de vivir tantos momentos históricos. Preferiría quedarme con el día (histórico solo para mí) en que mandé mi primer correo electrónico o aquel en el que un amigo me mandó un mensaje que apareció mágica y sorprendentemente en mi Nokia.
Supongo que no me puedo quejar, comparando con lo que vivieron mis padres y mis abuelos, pero siento que tengo sobredosis de historia. Que ya está bien.