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| Foto web RTVE |
Como ya es costumbre, el desfile de las Fuerzas Armadas ha sido ayer el escenario en el que un grupo de energúmenos patrioteros se ha explayado con gritos e insultos al Presidente del Gobierno de España. Lo de siempre, solo que este año parece que la pitada ha debido resultar tan brutal que no ha podido ser gentilmente ignorada por lo que algunos de los asistentes, incluido el Rey, han manifestado públicamente su disgusto.
Cada 12 de octubre nos encontramos con que “hay que hacer” un acto típico castrense en el que un céntrico paseo de la capital acoge un desfile militar al uso: con sus uniformes, sus cañones, sus tanques, los siempre vistosos caballos, la cabra de la legión y todo eso.
Al desfile asiste, como es lógico, lo más granado de la clase política en el palco y el público que quiere en las aceras. Ese es el problema: que mientras la clase política que sigue el acto desde el palco pertenece a la generación que no se ha sentido en general vinculada al mundo de la milicia, a la que durante gran parte de su vida vieron (con razón) como columna vertebral de la dictadura, buena parte del público que quiere asistir sí se siente vinculado -y de qué forma- precisamente con aquella imagen de ejército represor y antidemocrático que si bien no corresponde con la realidad de la actual milicia española, se mantiene viva en la conciencia de todos los asistentes, los del palco (los forzosos) y los de la acera (los voluntarios).
La desafección emocional de unos y la impostada pasión chusquera de los otros ejercen el mismo efecto que la gasolina y las cerillas. Y claro, cada año es lo mismo. Sea de forma espontánea u organizada, que me da igual, un grupo de personas que asisten -esos sí entregados-, se dedica a abuchear a pitar y a escandalizar. Y en medio de esa batalla incruenta (por ahora) desfilan uniformados unos jóvenes para los que el ejército es algo completamente diferente a lo que significó para la generación de los abucheadores y abucheados. ¿Qué pensarán los soldados?
De entre las tareas que el ejército de España tiene por delante la de cambiar su propia imagen no es de las más fáciles. Lo que está claro es que no faltarán quienes quieran impedírselo.
