
Ayer en la sede de EiTB hubo una interesante jornada de reflexión sobre la televisión pública, sus problemas, sus oportunidades y su posible futuro. La cosa no pinta bien para nadie en el mundo de la televisión, tanto pública como privada, y así se analizó de forma clara, honesta y hasta descarnada en las conferencias y los debates posteriores.
No es mi intención hacer un repaso exhaustivo de lo mucho que se dijo pero sí me apetece rescatar una idea no por obvia menos olvidada. Lluis Borrell, un experto en análisis de medios internacionales, recordó así como de pasada que en el Reino Unido las televisiones comerciales tradicionales se consideran de servicio público puesto que utilizan el espacio radioeléctrico público, que les ha sido cedido por algo y para algo. Y ni dudan en atender esa función.
Por razones inapelables de física, en el espectro radioeléctrico cabe un número limitado de frecuencias -en las islas británicas y aquí- y consiguientemente un número también limitado de emisoras. Es el Estado quien concede las frecuencias a las empresas de televisión. Lo hace para garantizar el derecho a la información y para estimular la cultura y el pluralismo informativo. Pero en todo caso debe justificar por qué concede una licencia de emisión a una empresa y no a otra.
Es decir que, contra la interesada creencia que se ha instalado en la opinión pública de que las televisiones privadas son “dueñas” de su canal, que pueden hacer y emitir lo que les de la real gana y que están exentas de cualquier obligación que no sea la de ganar dinero para sus accionistas, hay que recordar que no es así, que lo mismo que un puesto en el mercado municipal o un taxi tienen una concesión y, en consecuencia, obligaciones para con sus usuarios, las cadenas privadas tienen también una concesión de algo que nos pertenece a usted y a mí, que es el espectro radioeléctrico, que no es del primero que llega. Y conviene recordar que si un día se les concedió esa licencia fue para que nos ofreciesen un servicio.
Ellas ya lo han olvidado pero conviene que nosotros no lo hagamos.
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| Maitena Burundarena |
Los pocos segundos que dedicamos mi mujer y yo a hablar de las declaraciones del alcalde de Valladolid le bastaron para hacer un comentario que me pareció demoledor.
“Supongo que las mujeres del PP serán conscientes de que alguien que dice eso de una ministra del PSOE dirá cosas probablemente muy parecidas, o peores, de ellas mismas”
No es mío, es de mi mujer. Y ahí queda
Cuando se exige a la que se dice izquierda abertzale que condene a ETA siempre surge la duda de qué forma debería adoptar esa condena para resultar creíble. No parece que después de tantas décadas de apoyo sumiso e incondicional a los asesinos la cosa se pueda solventar con unas palabras breves en una rueda de prensa (de esas sin preguntas que ellos inauguraron y que ahora tienen tantos adeptos). Sin duda haría falta algo más sólido y permanente.
En todo caso esa rueda de prensa, tan insuficiente, tampoco ha llegado. De momento tenemos que conformarnos con declaraciones crípticas, que exigen una interpretación no ya voluntariosa sino casi entregada del receptor, al estilo de las predicciones de las reinas televisivas del Tarot: “
Estás en un momento de cambio en el que tu voluntad y tu atención pueden llevarte a una posición de mayor autoconciencia y felicidad” o “
No reprima sus sentimientos, disfrute de la vida. Juegue a la lotería, le podría tocar, procure aislar los problemas laborales de su vida privada”. La última entrega de este horóscopo abertzale, tan enigmático e inconcreto como los demás, la hemos tenido con una
entrevista a Arnaldo Otegi en El País.
Pues resulta que ¡albricias! la fórmula ya estaba inventada desde 1983, ¡y por el propio Otegi! nada menos. La da a conocer Florencio Domínguez hoy en El Correo: Cuando Otegi, entonces miembro de una cosa llamada ETA Político Militar VIII Asamblea pro KAS (sic), quiso ser admitido en ETA militar (la auténtica, la fetén) se le exigió una rectificación no ya nítida sino casi «orwelliana» de su pasado, que Domínguez ha recuperado oportunamente. Era ésta:
«Con el sabor amargo de siete años de historia, los militantes consecuentes de la Organización p-m nos vemos en la obligación de aceptar nuestra responsabilidad histórica y la total autocrítica como parte integrante que hemos sido de este proceso». «Hemos reconocido nuestra equivocación y comprendido que sólo una asunción de la ideología y del marco organizativo y político que propugna KAS puede propiciar nuestra incorporación al proceso revolucionario vasco»
Eso firmó para ser admitido. Nada de retruécanos y frases misteriosas, de interpretación oscura y polisémica. Se conoce que en ETA no eran aficionados a la videncia. Blanco y en botella; así lo dijeron Otegi y los suyos entonces. A mí me bastaría con que adaptasen aquella declaración para aceptarles en la casa de la democracia. Podrían decir, por ejemplo:
«Con el sabor amargo de 50 años de historia negra, los militantes consecuentes de la izquierda abertzale nos vemos en la obligación de aceptar nuestra responsabilidad histórica y la total autocrítica como parte integrante que hemos sido de este proceso de generación de terror en la sociedad vasca». «Hemos reconocido nuestra equivocación y comprendido que sólo una asunción de la voluntad de la ciudadanía vasca, expresada elección tras elección durante décadas, y del marco institucional democrático que los vascos se ha dado a sí mismos en libertad puede propiciar nuestra incorporación a la vida política»
Reconozco que no es literariamente brillante pero para qué inventar lo que ya está inventado, y por el propio interesado además. No hay que pensar tanto sólo es ponerse a ello.
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| Foto: guardian .co.uk |
La semana pasada mi mujer compró un electrodoméstico que financió en el mismo establecimiento. Mientras realizaba los trámites pude leer, junto al pupitre de la empleada, los requisitos para contratar esa financiación. Había dos modelos bien diferentes: uno para nacionales y otro para inmigrantes. El texto estaba escrito con una claridad inmisericorde. No se lo reproduciré pero era prácticamente imposible que un inmigrante con trabajo y con todos sus papeles en regla pudiese acceder a la financiación de una lavadora. Si no cumplía esas dos condiciones ya ni hablamos.
Hoy leo que la canciller alemana Angela Merkel ha dicho en Postdam que”la perspectiva de una sociedad multicultural, de vivir juntos y disfrutar del otro ha fracasado totalmente”. Parece que ha dicho también que «Quienquiera que no aprenda inmediatamente alemán, no es bienvenido» pero lo que más me ha impresionado ha sido la claridad teutónica con que ha señalado el auténtico origen del problema: “a principios de los 60 nuestro país convocaba a los trabajadores extranjeros para venir a trabajar a Alemania y ahora viven en nuestro país (…) Nos hemos engañado a nosotros mismos. Dijimos: ‘No se van a quedar, en algún momento se irán”
Parece que a los europeos no nos gusta ahora que haya tantos convecinos que no se sientan integrados en nuestra comunidad, que no aprendan inmediatamente el idioma (en el tiempo libre que les permiten sus jornadas de 12 y más horas) y que mantengan sus propias religiones, sus costumbres y sus grupos nacionales o étnicos.
Y ¿qué les hemos ofrecido para que se integren? ¿qué facilidades les hemos dado para acceder a viviendas dignas?¿y a créditos?¿y a derechos laborales?¿les hemos ayudado a sentirse ciudadanos?¿les hemos apoyado para que aprendan el idioma?¿Para que sean como nosotros?
¿No es más cierto que los hemos utilizado como mano de obra barata y sin derechos? Que les hemos hecho sentir con toda claridad que están aquí de paso y que “esperábamos que un día se fuesen” -como dice Merkel?. Después de considerarlos ajenos a los derechos que los nacionales sí teníamos, ¿nos escandalizamos ahora de que no se “sientan” miembros de nuestra comunidad?
Todo ser humano procura legítimamente mantener sus sentimientos de pertenencia, sean éstos étnicos, religiosos, ideológicos o futbolísticos. Es lógico, por tanto, que los inmigrantes no renuncien a su cultura original pero es que las sociedades europeas les han dejado gélidamente claro a cada minuto que no eran miembros de ellas. Lo que cabía esperar es que se resguardasen de ese frío social apiñándose entre ellos para darse calor. Es una actitud propia de todos los seres vivos. Lo verdaderamente asombroso es que aún así tanta buena gente haya adquirido una integración como la que sí tienen millones de inmigrantes en Europa, por muy escasa que les parezca a la Sra. Merkel y a sus Juventudes.
Si no fuese porque sé que es imposible pensaría que el cartel de la tienda lo había escrito la canciller alemana. ¡Igual de clarito, oiga!
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| Foto web RTVE |
Como ya es costumbre, el desfile de las Fuerzas Armadas ha sido ayer el escenario en el que un grupo de energúmenos patrioteros se ha explayado con gritos e insultos al Presidente del Gobierno de España. Lo de siempre, solo que este año parece que la pitada ha debido resultar tan brutal que no ha podido ser gentilmente ignorada por lo que algunos de los asistentes, incluido el Rey, han manifestado públicamente su disgusto.
Cada 12 de octubre nos encontramos con que “hay que hacer” un acto típico castrense en el que un céntrico paseo de la capital acoge un desfile militar al uso: con sus uniformes, sus cañones, sus tanques, los siempre vistosos caballos, la cabra de la legión y todo eso.
Al desfile asiste, como es lógico, lo más granado de la clase política en el palco y el público que quiere en las aceras. Ese es el problema: que mientras la clase política que sigue el acto desde el palco pertenece a la generación que no se ha sentido en general vinculada al mundo de la milicia, a la que durante gran parte de su vida vieron (con razón) como columna vertebral de la dictadura, buena parte del público que quiere asistir sí se siente vinculado -y de qué forma- precisamente con aquella imagen de ejército represor y antidemocrático que si bien no corresponde con la realidad de la actual milicia española, se mantiene viva en la conciencia de todos los asistentes, los del palco (los forzosos) y los de la acera (los voluntarios).
La desafección emocional de unos y la impostada pasión chusquera de los otros ejercen el mismo efecto que la gasolina y las cerillas. Y claro,
cada año es lo mismo. Sea de forma espontánea u organizada, que me da igual, un grupo de personas que asisten -esos sí entregados-, se dedica a abuchear a pitar y a escandalizar. Y en medio de esa batalla incruenta (por ahora) desfilan uniformados unos jóvenes para los que el ejército es algo completamente diferente a lo que significó para la generación de los abucheadores y abucheados. ¿Qué pensarán los soldados?
De entre las tareas que el ejército de España tiene por delante la de cambiar su propia imagen no es de las más fáciles. Lo que está claro es que no faltarán quienes quieran impedírselo.

Las formas de relación humana han cambiado poco a lo largo de la historia del hombre. Bajo la tecnología y la modernidad subyacen plenamente vivas las mismas actitudes y hasta las mismas tácticas que seguramente utilizaban los seres humanos de Atapuerca antes de que sus huesos se convirtiesen en fósiles.
La maledicencia siempre se disfrazó de generoso servicio a la tribu, a la religión verdadera, a la patria o a la justicia, según las épocas. Hoy se arropa con apelaciones a la libertad de información y otros conceptos también de gran nobleza, pero sus tácticas básicas no han cambiado en nada, aunque entonces se emplease el susurro y hoy se usen las nuevas tecnologías.
Alguien dice que un político socialista intercedió para evitar que otro de ideología nacionalista fuese relevado de su
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Cuando despareció la cultura de la escasez los consumidores estrenaron el poder de decidir. Pasaron de ser simples compradores agradecidos a quien cubriese su apremiante necesidad a convertirse en inmisericordes jueces, atentos solo a su propia conveniencia o capricho. La costumbre nos ha hecho olvidar la revolución que supuso pasar del mostrador de la tienda al lineal del supermercado. A falta de prescriptor, los productos tuvieron que empezar a ser convincentes por sí mismos. Y a fe que lo hicieron.
Las herramientas para conseguirlo fueron muchas y variadas pero podríamos agruparlas en torno a lo que se denomina marketing o mercadotecnia (La RAE recomienda la grafía márquetin pero a mí me gusta usar una españolización más burra acentuando la a).
El márketing trata de cómo obtener los objetivos satisfaciendo a consumidores o clientes que se encuentran ahí fuera, dispersos y atentos a sus propias cosas. En un contexto de libre oferta ideológica como el que vivimos era inevitable (y lógico) que los principios, métodos y técnicas del márketing acabasen siendo utilizados en la confrontación política.
No me parece mal que así sea y, de hecho, las técnicas modernas de comunicación y persuasión política han dado algunas de las campañas más creativas. Sin embargo en la política democrática es peligroso atenerse ciegamente a las herramientas del márketing y sólo a ellas, haciendo como si detrás de cada opción lo único que hubiese fuera un producto. Conviene no ignorar que los partidos políticos son también un mundo de sentimientos de pertenencia, de lealtades, de ambiciones, de generosidad, de ilusión y casi diría ¿por qué no? de amor/odio. Un montón de cosas sobre las que las técnicas de mercadotecnia entienden poco.
Tiene razón Pepe Blanco cuando dice que se ha cumplido el objetivo y que ahora el PSOE en Madrid “está en mejores condiciones de ganar que hace tres meses». Una vez más Blanco demuestra que es lo suficientemente inteligente como para que la realidad no le deje nunca atrás. Bien por él.
Pero también es cierto que quienes adujeron razones exclusivamente de márketing para promover una candidatura, se han encontrado con la paradoja de que la tormenta ha servido como revulsivo y como impulso para que el otro candidato esté ahora mucho mejor posicionado que antes.
En todo caso, no puedo estar de acuerdo con quienes se hinchaban a reclamar airadamente a los partidos democracia interna y cuando ésta se ejerce auguran toda clase de desgracias ¿En qué quedamos? Yo me voy a quedar en el PSOE y deseando ver a Tomás Gómez como Presidente de la Comunidad de Madrid.
Cuando leí el titular de que un 70% de vascos (y vascas) no habían oído hablar del Debate de Política General que celebramos en el Parlamento el pasado jueves, me extrañé. Como tengo costumbre de leer los titulares al derecho y al revés me pareció raro que nada menos que un 30% se hubiesen interesado por el debate. Me parecían muchísimos.
Así que me molesté en revisar el contenido del estudio, que es fácilmente
accesible en la página Irekia del Gobierno, y ya con los datos en la mano comprobé que de entre ese 30% que “habían oído hablar del debate” solo el 5% se había interesado mucho, un 23% bastante, un 48% poco y un 24% nada. No me fue difícil calcular que, puesto que se habían realizado 1000 entrevistas telefónicas las personas que habían manifestado mucho interés fueron 15 (quince), 69 dijeron haberse informado bastante y 216 se informaron poco o nada.
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En las últimas semanas ETA nos ha perpetrado tres comunicados, tres ya, en los que el contenido de interés, si existe, se encuentra en dosis homeopáticas, indetectables para el ser humano normal.
Este goteo de textos triunfales pero sin apenas contenido tiene que ver con que, asumida su derrota policial, ETA necesita, o al menos pretende, tutelar las consecuencias de su desaparición.
Nadie duda de que el fin del terrorismo está cerca y que traerá consecuencias. La mayoría serán muy positivas para el conjunto de la sociedad vasca pero sin duda también las habrá, y sin duda serán perturbadoras, en el seno de las distintas sensibilidades y opciones del nacionalismo. Esa tormenta política es lo que ETA va a intentar mediatizar y cada comunicado es una borrasca que busca producir movimientos en ese entorno.
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En España tenemos una cierta tendencia a pensar que a partir de cierto tamaño las entidades se mantienen por sí mismas, que nada puede hacerlas desaparecer y que, por tanto, todo esfuerzo que se haga para su sostenimiento es una pérdida absurda de tiempo y de dinero, eso cuando no un engaño urdido por taimados individuos o grupos para “sangrarnos”. Algo de esto sabe la iglesia católica que lleva décadas comprobando, primero asombrada y más tarde resignada, la tacañería de los fieles de la catolicísima España.
Evidentemente tamaña estupidez no se sostiene ni de lejos. Las cosas existen, las buenas y las malas, porque alguien, tal vez usted mismo, decide asignarles dinero, recursos o ambas cosas.
Desde hace meses Televisión Española ha dejado de emitir publicidad. El resultado inmediato ha sido un remonte en las audiencias de la cadena, tan alentador como inútil desde el punto de vista de los ingresos. Es claro, las buenas audiencias agradan pero de poco sirven si ya no pueden “venderse” a quienes las compraban: los anunciantes, cuyo dinero permitía mantener la cadena y adquirir o producir nuevos programas.
La simple e indiscutible admonición “mejor sin anuncios”, parece que fue argumento suficiente para retirar la publicidad de TVE. Suficiente y popular lo ha sido -sin duda- pero razonable ya no estoy tan seguro. Las nuevas fórmulas de financiación de TVE: 547 millones de euros de presupuesto público, un canon a pagar por las teles privadas (90 millones ) y otro por los operadores de telecomunicaciones (220 millones)se han mostrado, de momento, insuficientes para sostener la televisión pública, de entrada porque nos son fáciles de cobrar pero es que, además, las autoridades de la competencia de la Unión Europea están revisando con lupa la idoneidad de este nuevo sistema y parece que pintan bastos.
Esto lo digo sin contar con que en un momento de necesidad de impulsar el consumo se cerró sin titubeos una de las ventanas más importantes de la publicidad, puede que bajo la percepción de que “a la publicidad nadie le hace caso”, idea errónea sobre la que
ya me he pronunciado previamente en este blog y sobre la que me da mucha pereza volver.
La televisión es un medio que precisa de audiencias importantes. Solo ellas justifican las grandes inversiones que el medio necesita. Expulsar a la pública del mercado es privarla del feedback que necesita para mantenerse viva en el pelotón de cabeza del mundo audiovisual. Es evidente que las cosas no se desploman de hoy para mañana y que la inercia tiene su papel pero también lo es que un medio tan caro no puede mantenerse en precario, a la espera de saber si su financiación va a llegar o no y cuándo lo hará.
El sarcófago de Tutankhamon mantuvo impecablemente su momia durante miles de años pero en realidad el faraón estaba muerto desde el año en que cumplió 18. Me gustaría que tal cosa no le sucediese a ninguna televisión pública.
Seguiremos informando…