Las bodas son un acto social bastante peculiar. En una sociedad en la que la edad y el entorno laboral determinan casi en exclusiva nuestras relaciones, asistir a una boda es a veces la única ocasión que tenemos para relacionarnos con familiares a los que nunca vemos. Además, en las bodas se produce una rara agregación de personas de diferentes generaciones, algo muy poco común en la actualidad y que evoca modos de diversión propios de otros tiempos.
Pero no me quiero perder por otros caminos que los que corresponden a esta guía así que a lo que estamos.
Atención los varones cuando se avecina una boda. Tened en cuenta que lo que para la mayoría de nosotros no es más que apuntar la fecha en la agenda, para ellas es el inicio de un proceso extraordinariamente complejo y, además, mucho más largo.
A ti te basta con afeitarte, ponerte un traje y una corbata. Si tienes costumbre de vestirlos habitualmente ni notarás el cambio. A lo sumo estrenarás corbata, le darás una pasada de betún a los zapatos y listo. Tal vez por eso en alguna ocasión te habrás sorprendido de los plazos, de varios meses, con que se suelen comunicar las invitaciones. Pero tiene su explicación.
Ese tiempo es el que suelen necesitar ellas para poner en marcha el zafarrancho nupcial. Todo un conjunto de actividades que, además de afectar gravemente a la cuenta bancaria, suelen ser causa de importantes trastornos en la vida de pareja por lo que conviene estar preparados.
El proceso se inicia con innumerables llamadas a las amigas y familiares de parecida edad para acordar el atuendo que cada una va a llevar al acto. Ten en cuenta que no pueden coincidir ni en el color ni en los complementos, no digamos ya en el vestido, algo que sería casus belli. Estas llamadas tienen también por objeto desplegar un servicio de inteligencia en toda regla para conocer lo que puedan llevar otras invitadas menos cercanas. Para ello no durarán en recurrir sin pudor a dependientas de conocidas boutiques, peluqueras, madres, primas, tías. etc. Estas relaciones servirán más adelante para la imprescindible recolección de bolsitos minúsculos, pañuelos, fulares, zapatos, joyitas y un sinfín de otras bagatelas.
Pertrechadas de la información necesaria se inicia el proceso de localización o compra del vestido, que constituye el núcleo duro del zafarrancho y que conlleva visitas reiteradas, y según se acerca la fecha más angustiosas, a diversas tiendas. Estas visitas puede hacerla sola o con amigas. Puede que te toque acompañarla a una de tales razzias pero ten la absoluta seguridad de que no será en esa salida en la que compre el vestido. Lo hará en otro momento, sola o con una amiga pero nunca contigo. Ese día, si llega, ármate de paciencia y, sobre todo, evita a toda costa decirle que todo le queda bien. Es lo peor que puedes hacer. Tú dile que ese le queda bien, que ese otro no, que con aquel está impresionante… pero no olvides que estará estresada y con el ánimo frágil, sobre todo si tiene que enfrentarse a la crueldad de desechar tallas que en otros tiempos pudo lucir con plena tranquilidad.
Con el vestido comprado o tomado prestado de alguna amiga o familiar comienza el repaso de todo lo que haya llevado a cualquier boda de los últimos 10 años para no repetir nada (pero ni un anillo) que las demás ya hayan podido ver, en la seguridad de que todas ellas recordarán sin excepción cada elemento que las demás lucieron. Es por eso que cuando una “amiga” se dirige a ella en la ceremonia y le dice algo como ¡Que bien te sienta ese collar que traes a las bodas! Tú piensas -incauto- qué chica más amable, mientras ella balbucea entre dientes… hija de puta.
Si tu pareja es de las más pijas dará por hecho que le vas a informar del traje que llevarás tú así que díselo con tiempo para que te pueda corregir, que lo hará, y es mejor que no sea en el último momento para evitar que se monte un pollo. Extraordinariamente cómodas para los tíos son las bodas muy formales de la familia directa porque te vale con alquilar un chaqué y se acabó.
La última parte del zafarrancho es la complejísima ordenación de visitas a la peluquería, donde agotan juntas las horas más cercanas al evento, apuradas por la prisa y por el temor a que se produzcan fenómenos meteorológicos adversos.
Soy consciente de que todo esto es un verdadero horror pero –amigos- hay que pasar por ello así que mejor saberlo de antemano.
Una última sugerencia. Si quieres conseguir que tu chica te adore no le digas nada pero asegúrate de llevar en el bolsillo de tu americana una caja con parches para las ampollas de los pies. Los zapatos femeninos de fiesta no suelen ser precisamente ortopédicos y pasadas unas horas, torturada por el dolor, la cajita te convertirá automáticamente en un benefactor de la humanidad.