La sentencia contra ‘La Manada’ ha demostrado que el sistema judicial funciona, pero puesto que nunca podrá devolver lo perdido a la víctima, sobra el jolgorio festivo.
La sentencia buena es la que nos gusta. La debe dictar un juez o jueza, por supuesto, pero para que sea la buena no basta con que sea legal; nos tiene que gustar. La del Supremo contra la manada ha gustado tanto que hasta se vio a gente bailando en la calle e incluso escuché en la radio a muchas personas decir que “eran felices” al conocerla.
Yo no lo soy. ¿Se ha hecho justicia? No lo creo. Hacer justicia sería que la mujer violada en Pamplona por los individuos ahora condenados en el Supremo no hubiera sido violada y su vida hubiese seguido con normalidad tras la fiesta. Pero eso no paso. Pasó que fue violada, la alegría buscada se transformó en angustia y dolor y eso no lo cambiará nunca ninguna sentencia. No se puede echar el tiempo atrás. No se puede, por tanto, “hacer justicia”, tal y como tan exageradamente se ha escuchado estos días, del mismo modo que no resucitaremos a ningún asesinado, por muchos años de condena que les caigan a sus asesinos.
Lo que se puede y se debe hacer es aplicar la Ley; nada menos pero nada más que eso. Ante un delito, se ponen en marcha unos mecanismos jurídicos bien determinados y la sociedad aparta de sí a los indeseables que lo cometen. Es el procedimiento. Los jueces están para ejecutarlo y lo hacen; aplican la Ley, pero no “hacen justicia” porque es imposible. Que no podamos hacer otra cosa es una evidencia inapelable que puede ser motivo de resignación, pero no se entiende que cause alegría.
No seré yo quien quite la sonrisa a quienes la sentencia le haya hecho “felices” pero no puedo compartir tanto regocijo. La sentencia ha demostrado que el sistema judicial funciona, pero puesto que nunca podrá devolver lo perdido a la víctima, sobra el jolgorio festivo en torno a una desgracia, una más, irreparable por definición.
La enormidad del daño hecho a esta mujer y a otras que incluso fueron brutalmente asesinadas (recuerdo ahora de memoria a Laura Luelmo o a Diana Quer) me resulta tan abrumadora que no me anima a pensar en salas, togas y puñetas sino más bien a dudar de la especie a la que pertenezco. Después del horror, a los jueces es a quien corresponde realizar su trabajo, su terrible trabajo, y se lo dejo a ellos que son los que saben. No me interesa. Es más: me espanta. Por eso ni sigo los juicios ni juzgo las sentencias. Y, desde luego nunca me hacen feliz.
Pero tanto ha gustado la sentencia esta que resulta imposible no leer y escuchar declaraciones, no pocas de ellas estridentes: “espero que el fallo haya reparado en parte el dolor que ha sufrido tanto la víctima de la manada como su familia» ¿De verdad alguien puede pensar que un dolor íntimo, enorme, personal e inolvidable puede mitigarlo una sentencia? Leo también, de muchas bocas, que a partir de ahora los agresores “se lo pensarán dos veces” ¿De veras alguien ha creído en serio que los integrantes de ese grupo se lo pensaron una sola vez? ¿que quienes cometen estos actos terribles lo hacen con el código penal en la mano, valorando jurisprudencia, agravantes, atenuantes o eximentes?
Pero tanta efervescencia de satisfacción tenía, por lógica, que derivar en otras afirmaciones aún más preocupantes como la de que la sentencia estaba “cargada de condicionantes mediáticos” o, exactamente igual de mal, que “millones de mujeres por fin ha sido escuchadas por la Justicia”, como si las sentencia debieran dictarse por referéndum. Ha habido incluso críticas feroces contra la defensa por defender a los acusados, críticas a las que les faltaba un milímetro para afirmar que individuos así no deberían tener defensores. Afortunadamente no ha habido nada de eso y el Supremo ha juzgado con todas las garantías de un Estado democrático que, no lo olvidemos, adquieren su valor real cuando sirven para preservar los derechos de los delincuentes más abyectos y de las personas más impopulares, no de las que nos caen bien.
Tal vez sea la repugnancia y la rabia que causan estos delitos lo que nos anime a consolarnos así. Preferimos mirar a los jueces y pensar que una buena sentencia, una que nos guste, es hacer justicia, porque eso nos permite pasar página y ahorrarnos el espanto de saber que el dolor humano de cada víctima concreta es y será irremediable.

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