¿Competitividad o salarios?


Interesante editorial del número 332 del informe mensual del servicio de estudios de la Caixa. No lo reproduzco entero pero sí este párrafo que me ha llamado la atención y en el que entre las características de las empresas competitivas figura…vaya por Dios… que pagan mejores salarios.
Siempre me había preguntado ¿cómo es posible ser competitivos expulsando de la empresa a los mejores?

Pero no es imprescindible estar en la élite tecnológica para demostrar buenas calificaciones en competitividad. La capacidad de exportar es quizás el signo externo más visible de la fortaleza competitiva de una compañía. Y no es nada fácil. En Estados Unidos, apenas el 4% de los cinco millones y medio de empresas es capaz de exportar, mientras que en Alemania la cifra asciende al 12% y en España se sitúa alrededor del 6%. Se trata de comparaciones delicadas, ya que el tamaño y la apertura de una economía influyen en las cifras. Eso sí, las empresas exportadoras se distinguen por tener mayor tamaño que la media, ser más intensivas en el uso del capital, tener más productividad y pagar mejores salarios. Se trata de características que también encontramos en empresas tal vez menos orientadas al exterior o en empresas de servicios, pero que destacan por su capacidad competitiva.

Aquí está el enlace para leerlo entero

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Informe Mensual, núm 332 – Febrero 2010 Editorial

Todavía hay clases

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La crisis no perdona y tampoco lo hace una sociedad en la que haber tenido, o haber sido, es cada día menos un seguro de bienestar. En otros tiempos la movilidad social era muy baja. Quien tenía la suerte de nacer en una familia aristocrática tenía prácticamente asegurado, salvo catástrofe, un futuro de razonable bienestar, bien entendido que razonable bienestar era como mínimo uno o varios pisos enormes en la mejor parte de la ciudad, 4 ó 5 personas de servicio, una vida social activa, la “temporada” de tres meses en algún lugar de la costa y algunas otras ventajas y gabelas. Todo eso, por supuesto, sin pegar un palo al agua… en el sentido laboral. El refrán “quien tuvo retuvo” era de estricta aplicación a las clases altas y de ahí no se bajaba así como así. Aun con inmensas diferencias de fortuna entre ellos, quienes un día habían sido grandes mantenían su posición social con más o menos agobio.

Por el contrario los humildes a lo más que podían aspirar era a dejar a su prole colocada en algún buen oficio y a ser propietarios de una de las casas baratas cerca de la fábrica. Sobre quién era más o menos feliz no me atreveré a opinar porque habría de todo, como en botica.

Las clases medias, bien por negocios o por formación, fueron ganando terreno y con los años su enorme incremento las convirtió en el sustento del Estado, del comercio y del bienestar. Parecía como si por la escalera solo se pudiera subir, auque los escalones más altos continuaran reservados a las familias de sangre.

Los padres esperaban y normalmente conseguían que sus hijos vivieran mejor que ellos. Ahora los que presumen de conocer el futuro dicen que los jóvenes de hoy serán los primeros que vivirán peor que sus padres. No sé si tal cosa ocurrirá pero, de ser cierta la noticia publicada hoy en El País, sí parece que el blindaje de los más afortunados se resquebraja y coloca a la intemperie a personas de abolengo.

Si no me creen vean la noticia que nos informa de la creación de una llamada Fundación Marquesa de Balboa Ancianos Solitarios Venidos a Menos, cuyos fines declarados son: «atender y cuidar a pobres vergonzantes y ancianos solitarios venidos a menos, que vivan solos o en condiciones precarias, con su familia o con personas a quienes también estorban, o en residencias que tienen deficientes condiciones de higiene y en donde, además les traten mal, atendiendo primero a las mujeres, y preferentemente a las que tuvieron una buena posición, con preferencia a las personas de la condición social que tuvo la extinta Excma. Sra. Marquesa de Balboa, que necesitan ayuda y no se atreven a solicitarla o no lo consiguen” (sic) ¡Tela marinera!

Hay que señalar que si la largueza económica de las patronas (todas ellas damas) se corresponde con la que han tenido a la hora de redactar los fines a los que dedicarán sus desvelos, no va a haber condesa, duquesa, grande o pequeña de España y aun gentilhombre en apuros que no encuentren en la fundación el apoyo y sustento que precisen.

Me cabe, sin embargo, la duda de cuál será la asignación que estas señoras considerarán mínima, toda vez que el estándar de algunas personas comienza a contar a partir del mayordomo.

Es tan estupenda la noticia que me gustaría que de verdad sea cierta y que no se desmienta mañana o pasado. En todo caso, sea una broma o no, he de confesar que la iniciativa y sobre todo el término “venidos a menos” me han despertado una irreprimible sensación de ternura. De verdad que sí. Se lo juro por Snoopy.

Microsupersticiones


Ya están en casa los cordones de San Blas de este año, obsequio de una persona que nos demuestra así su cariño y atención.

La de los cordones de San Blas es una tradición muy instalada en Vizcaya y especialmente en Bilbao. De niños mi abuela jamás permitió que faltásemos a la cita en el Arenal. Allí se compran unos cordones de algodón que son bendecidos en nombre del Santo en la cercana iglesia de San Nicolás. El cordón se lleva atado al cuello durante 9 días después de los cuales hay que quemarlo. Mano de santo contra los catarros y otras afecciones de garganta. Nótese que aquí en Bilbao, ciudad de muchas humedades y poco sol invernal, tal protección no es cosa de despreciar.

Me encantan las pequeñas supersticiones, curiosas unas, divertidas otras, pero que se extienden casi universalmente por toda España. Y siempre vinculadas a algún santo, alguna virgen u otro personaje del imaginario católico. Hay muchas personas que solo se acercan a la iglesia de su pueblo en los días señalados por estas tradiciones pero que -por supuesto- ese día no faltan.

Admira la persistencia de tradiciones y ritos que aunque la iglesia haya adoptado como propios, todo el mundo sabe que nada tiene que ver con ella. Y aún extraña más que esas costumbres sobrevivan con tanto vigor en una sociedad indudablemente ilustrada y laica como es la nuestra. Es posible una de las razones del éxito de tales usos locales estribe, precisamente, en lo ingenuos y entretenidos que resultan.

Agua bendita


Hace unos meses comentaba en este blog mi enorme disgusto por el desastre que estaba sufriendo el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Ya hacía mucho tiempo que veníamos oyendo malas noticias sobre el humedal pero la combustión espontánea de la turba que había comenzado como consecuencia de la extrema sequía, amenazaba con acabar definitivamente con aquel espacio en el que todavía viven algunos recuerdos íntimos de mi afición por la ecología -que mantengo- y de mi juventud -que no mantengo tan bien.

Pero han llegado buenas noticias; las lluvias caídas durante este invierno en el cauce del Cigüela simple y llanamente han devuelto el agua a las tablas y, con ella, muy pronto, después de años y años, la vida volverá a llenar las pozas y a explotar entre los carrizos. Una bendición.

Me he alegrado de saberlo. Tal vez lleve a mi hija a ver los ánades, las fochas, las cigüeñuelas, los patos colorados… como los que yo vi. He pensado que quizás deba darme prisa, antes de que la mano del hombre vuelva a agostar esa zona de La Mancha por regar los extensísimos cultivos de los que comemos. No sé lo que al fin pasará pero parece que la naturaleza nos ha concedido a los hombres una segunda oportunidad. Espero que sepamos aprovecharla, también por mi hija.

Pero, de todas las sensaciones que me ha traído la buena noticia me he quedado con la extraña inquietud de pensar que lo que los hombres hemos destruido con mucho esfuerzo y trabajo durante años, la tierra lo ha recuperado en unas semanas de lluvias. Intensas pero tampoco desastrosas. Así de simple.

Es posible que a esa turbera ya apagada, que hoy se esconde de nuevo bajo el manto de agua y que empezó a formarse hace 300.000 años aún le queden otros 300.000 o más. Tal vez sea que esa zona que los hombres dimos en llamar las tablas de Daimiel durante un pequeño suspiro de su larga vida esté destinada a ser lo que es, un magnífico humedal estepario. Lo queramos nosotros o no. Estemos nosotros ahí o no.

Es probable que lo importante y lo poderoso sea la laguna y no nosotros. Eso es lo que he pensado.

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Tortilla estatal

En Euskadi la manipulación política del lenguaje ha sido una estrategia utilizada profusamente desde el entorno nacionalista. Otro día que tenga más ganas me extenderé sobre este tema, que es una de las características más notables de la actividad política vasca. Hoy me conformo con señalar una de las palabras claves de ese vocabulario, posiblemente la principal: España.

Es tal la terquedad con la que los nacionalistas han evitado siempre nombrar el vocablo “maldito” que a menudo han entrado de lleno en el campo del ridículo, lo que ha sido aprovechado no pocas veces por los mismos humoristas de la televisión vasca.

El sustituto preferido para evitar el término España y derivados ha sido siempre “El Estado” o “estatal”, para negar así la existencia de un país real y reducirlo a una mera estructura administrativa. O sea que error sí pero inocencia ninguna.

Han sido tantos años que han conseguido que algunos ya consideren que “estatal” es sinónimo de “español”. Una vez extendida semejante estupidez nos podemos encontrar, por ejemplo, con que la selección española es denominada “el combinado estatal” como si fuese un cóctel institucional, o cuando se dice “hay una borrasca centrada en el Estado” como si se tratase de problemas en los ministerios, y otras cosas del mismo cariz.

Pero incluso en este país en el que la política tiene a veces un gran componente risible (si no fuera por algunas cosas) nunca había visto algo como lo de la fotografía. Les juro que es real aunque he borrado el nombre del establecimiento. Está en Bilbao y la tortilla española que hacen es excelente.
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La maquinita independentista


Qué bien se lo han pasado los independentistas catalanes. Han echado una partida en la videoconsola del referendum y han conseguido partida gratis, que todos hablemos de ellos.

Sin ningún riesgo de que lo que hacen tenga consecuencia alguna, como cuando jugamos en la maquinita o en la videoconsola, han preguntado si quieren que Cataluña sea un estado soberano pero también social y democrático. Y ya puestos, también integrado en la Unión Europea. Así -todo incluido- como en los hoteles del Caribe.

Conozco a muchas mujeres a las que les apasionan los bebés pero también conozco otras a las que no les gustan ni los pañales ni las noches en vela y que responderían con un sí rotundo si les preguntasen: ¿Querría usted tener un hijo pero sin embarazo, y que naciese ya con 18 años y la vida solucionada? Seguro que responderían que sí. Pero claro, no puede ser. Ni que los niños nazcan con 18 años ni que las naciones ya salgan del paritorio de la historia como democráticas. Ah! y sociales y por supuesto con los deberes de integración europea, que tanto costaron a España, ya aprobados. La verdad es que ya puestos a ello podían haber puesto en la papeleta …y que en la Cataluña independiente haga siempre buen tiempo… No veo por qué no, puesto que tienen la misma capacidad de ofertar una meteorología favorable que el resto de las condiciones de la papeleta.

Las naciones -todas- se han creado siempre contra la diversidad, con pretensiones uniformadoras y enfrentadas fieramente al imprescindible enemigo, exterior o interior, militar, político o cultural. Y sin excepción necesitan acabar con la libertad o con la vida de los no afectos. Siempre es así. Pasa que luego, después de muchas generaciones, si todo va bien, poco a poco y no sin dificultades va llegando la democracia.

Pero todo esto es muy desagradable, estropearía la alegría soberanista y, por eso, se obvia, se hace como si no existiera. Al fin y al cabo por un euro nos dan tres vidas en la maquinita y si nos matamos no pasa nada. Es estupendo hacer política sin ninguna responsabilidad real, seguros de que lo único que nos puede pasar en última instancia es que nos aparezca el cartel:

GAME OVER
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Publicitarios ¿Locos molestos?

Siempre que sale a relucir la relación de la publicidad con la televisión, la primera sale perdiendo. Considerada como el malo de la película (nunca mejor dicho porque nos la interrumpe) son escasísimas las ocasiones en que tenemos la oportunidad de escuchar alguna reflexión que vaya más allá del topicazo.


Es un lugar común considerar la publicidad como una actividad propia de gente rara, que gasta cantidades enormes e irresponsables de dinero en procurar que seamos molestados constantemente con sus mensajes. “Nadie hace caso de la publicidad” es un mantra que se repite desde la corrección política por más que choque brutalmente con la evidencia de que las grandes empresas que tienen grandes beneficios hacen siempre mucha y buena publicidad.

Si a la publicidad “no le hace caso nadie” y sin embargo es lo que sostiene el imperio de los medios; además de los clubes de fútbol, la Super Bowl, la NBA, las grandes ligas, la fórmula1, las olimpiadas, etc. solo podemos deducir que quienes se dedican a una actividad tan estúpida han de ser unos frikis a los que no vale la pena intentar entender. Basta con sacarles el dinero.

Tamaña sandez solo se sostiene en el fondo por la tranquilidad de espíritu que nos provoca. A nadie nos gusta reconocer que somos seducidos y nos resulta más grato creernos que nuestras decisiones son fruto de una razonada, seria y profunda reflexión. Aceptar, por el contrario, que somos seres volubles, caprichosos, engreídos, nada asertivos y, por tanto, carne de cañón de los creadores de necesidades que pueblan el mundo de la publicidad es algo profundamente hiriente, que tendemos a negar siempre.

Pero me asombra ver que los altos directivos de los medios a menudo sostienen ese mismo razonamiento. Conseguida la prohibición de publicidad en TVE abogan ahora por extenderla a las autonómicas, alegando competencia desleal especialmente en un momento de crisis publicitaria. Sin duda piensan que se van a repartir el pastel de la inversión que iba a la televisión pública. Yo lo dudo, como dudaría de que porque a mi vecino le prohíban cultivar pimientos en su huerta, en la mía vayan a brotar más.

Porque de eso se trata. Para los publicitarios, que no son ningunos locos, un medio es una ventana de oportunidad para llegar a su público y en absoluto una oportunidad para tirar el dinero, como asombrosamente parecen pensar los dueños de los grandes grupos mediáticos. Si les cierran una ventana buscarán otra salida, que no necesariamente tendrá que ser aumentar la saturación de las demás ventanas. Tengan en cuenta que se trata de gentes “raras”, que nunca dan nada por sentado.

Si quisiéramos hacer una reflexión cabal sobre la publicidad (que no estoy seguro de que queramos) deberíamos aceptar, de entrada, que es la publicidad lo que hace que simplemente exista prensa libre. Así de claro, así de grande y así de rotundo. Cuando vean un periódico o una emisora sin anuncios yo les invito a que se pregunten: Y esto ¿quién lo paga? porque tengan la absoluta seguridad de que alguien lo paga, y de ahí salen, como cerezas, las siguientes dudas ¿por qué?, ¿para qué? y un incómodo etcétera con el que les dejo a ustedes solos para que lo roan.

Mejor sería que entendiéramos de una vez por todas que vivimos en una sociedad de consumo y que en esta sociedad la publicidad es un sector industrial y económico tan importante que, como decía, sostiene la existencia de los propios medios y hace posible efectivamente la libertad de prensa. Pero es que, además, la publicidad es una actividad económica enormemente creadora de valor añadido, en la cual la investigación y el desarrollo formaron siempre parte de su misma esencia; mucho antes de que estallase la moda de hablar de I+D+i en las empresas convencionales. La publicidad es una mina de personas acostumbradas a ejercitar su imaginación como a respirar porque siempre han necesitado adaptarse a un entorno que cambia constantemente y en el que lo que hoy funciona mañana es rechazado.

La publicidad, además, constituye un sector creador neto de riqueza ya que, aportando el valor de la creatividad y de la imaginación, impulsa indiscutiblemente a los sectores a los que sirve (sus clientes) y de los que se sirve (medios de comunicación, artes gráficas, diseño industrial, fotografía, producción, relaciones públicas y muchos otros). En el mundo de la publicidad están algunos de los más extraordinarios profesionales creativos de toda la industria. Convendría que la sociedad los tratase con un poco más de respeto y dejase de considerarlos unos locos manirrotos y molestos.

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Litrar


Esta semana estaba hablando con mi hijo adolescente de sus cosas cuando de pronto pronunció una palabra que interrumpió la conversación: “litrar”. Al oírla contesté algo así como ¿qué has dicho? ¿litrar? ¡Un nuevo verbo!…¡y de la primera conjugación!… ¡¡Litrar!!. Los dos estallamos en una carcajada. Les había oído decir “hacer litros” como descripción de esa actividad lúdica típica de los jóvenes que no pueden beber alcohol pero que aún así lo beben. Sin embargo la creación de un nuevo verbo me pareció que era la certificación definitiva -la consolidación- de una forma de ocio que ha arrasado incontestablemente entre los adolescentes.


Él sabe, porque se lo he dicho, que me parece mal que lo haga y yo también sé que me hace caso a veces y otras veces no. El deporte, que practica con asiduidad y pasión, resulta una disuasión más efectiva que su padre pero tampoco es infalible, las cosas como son.

Transitar por la línea fronteriza entre las buenas y las malas costumbres, entre la rebeldía y la aceptación de la autoridad, me temo que ha sido parte inherente del comportamiento de los jóvenes de todos los tiempos. A veces esas conductas tienen consecuencias terribles y otras veces –afortunadamente- queda en sustos y poco más.

No voy a decir que me parezca bien que los jóvenes beban. No me lo parece. Y tampoco negaré los problemas que crea la práctica del botellón en los espacios públicos pero antes de descolgar la espada flamígera de la condenación eterna de los adolescentes prefiero reflexionar sobre el modelo de ocio que hemos creado en esta sociedad que es el que es y ha pasado siempre por el consumo colectivo de alcohol.

Si una actividad ha adquirido tanta solidez y extensión social como para que de lugar incluso a la creación de nuevos verbos como ese asombroso “litrar” convendría que reconociésemos que estamos ante un fenómeno que merece una atención más profunda que la de la pura y simple condena sin matices. A esa reflexión podría ayudarnos recordar cómo utilizábamos nuestro tiempo cuando teníamos su edad.

¿Consumidor versus ciudadano?

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Hace muchos años, en pleno franquismo, existió un programa en LA TELEVISIÓN (la única que había) que supuso una auténtica revolución en un país en el que el NO-DO era casi un informativo.

El programa de marras se llamaba «35 millones de españoles». Lo presentaban brillantemente Alfredo Amestoy y José Antonio Plaza (que hablaba inglés porque había sido corresponsal en Londres). Los viejos lo recordarán bien.

En aquel programa se inició la defensa de los consumidores en España y, más aún, creo que se despertó la propia conciencia de serlo en un país que se la gente se estaba estrenando como compradora tras décadas de pobreza en las que se pagaba por lo que había y a callar. Hasta las panaderías se llamaban entonces «despachos de pan» que es un nombre que lo dice todo.

El régimen admitió aquel programa porque sin duda prefería gobernar a consumidores que a ciudadanos. El consumidor exige ser bien tratado, y que aquello por lo que paga sea lo acordado y no lo concedido. Defiende sus derechos evidentes, pero su responsabilidad no va mas allá de su cartera. El consumidor forma parte de la cadena productiva y económica pero no de la cadena del poder. Con Franco podías quejarte de la leche pero no del patrón. Podías exigir que el pan tuviera su peso pero no podías exigir democracia.

Han pasado más de treinta años y aun hay muchos que viven más cómodos en el papel de consumidor que en el de ciudadano. No me refiero a tantas personas que desde asociaciones consumeristas pelean con mucho esfuerzo y mérito para defender a los demás.

Hablo de las muchísimas personas instaladas en la queja y aun en la exigencia, pero que no quieren ni oír hablar de de ninguna responsabilidad, de ningún compromiso incómodo: Quieren pagar pocos impuestos o mejor ninguno (como todos)…pero no admiten ni una sola rebaja en los servicios públicos que les atienden a ellos. Exigen energía barata…pero sin nucleares, ni térmicas, ni presas, ni grandes gaseros, ni plantas de ciclo combinado, ni refinerías, ni tampoco molinos. Quieren cobertura de móvil en todo momento y lugar…pero sin antenas.

Han extendido, en definitiva, su cómoda condición de consumidores a todos los ámbitos de la vida, incluso a la política, especialmente a la política. Su lema es «puesto que pago…tengo derecho» y no se sienten concernidos por las decisiones que sus exigencias implican. De eso que se ocupen otros -piensan-.

No me extraña que el régimen los prefiriese a los ciudadanos.