Si quiere usted convertirse en un joderrollos solo tiene que subir a sus grupos de whatsapp los desmentidos de todos esos escándalos estupendos que suelen correr por las redes. Hay páginas como Maldito Bulo, donde los encontrará.
Hágalo y verá cómo el silencio (…cri, cri, cri…) acompaña a su aportación, en contraste con los animados comentarios y reenvíos que concitó en su momento el bulo ahora rebatido. Si por hacerlo cree que sus amigos piensan de usted que es un gilipollas, engreído y sabelotodo, está en lo cierto; es lo que están pensando. De ahí el silencio.
Por supuesto que hay auténticos profesionales de encontrar y rebotar fakes, la mayoría de las veces acompañados de apremiantes mensajes del tipo “¡compártelo antes de que lo eliminen!”. Divertidos, son los que aportan dinamismo a la trola y al engaño y -no le quepa duda- ellos sí que son populares. Incluso habrá visto que personas que se muestran cabales en su vida cotidiana, cuando están frente la pantalla del móvil se animan a compartir noticias increíbles que apestan a bulo. El “yo, por si acaso” es la justificación preferida que creen que les libra de quedar como idiotas crédulos pero que, sin que se den cuenta, lo coloca inevitablemente en el pelotón de quienes renuncian a pensar.
Saltar a cada instante de una cosa a otra nos impide reflexionar sobre ninguna
Puede que ese sea el problema. En su libro “Qué está haciendo internet con nuestras mentes” Nicholas Carr habla de cómo la inundación de información y su aceleración constante nos impide digerir lo leído, nos obliga a saltar a cada instante de una cosa a otra sin posibilidades de reflexionar sobre ninguna, convirtiéndonos en seres acelerados pero superficiales y manipulables. El dedo de compartir siempre es más rápido que el cerebro de pensar.
Leo en la edición de pago de El Correo de Bilbao una entrevista con el filósofo José Antonio Marina, en la que denuncia que “hay una especie de aceptación implícita: no me importa que me engañes con tal de que me des algo a cambio, sea diversión, halagos, premios…”. En efecto, mientras los bulos remuneran a quien los difunde haciéndolo parecer ante sus círculos como más inteligente, critico o enterado, la verdad castiga a los suyos con el silencio o incluso con el desprecio social. El novísimo concepto de la “verdad alternativa” no es ninguna broma sino un invento peligroso porque permite que la mentira sea incluso reivindicada y que el bulero mantenga intacto el prestigio social.
La palabra “gratis” se ha hecho muy poderosa
Y en medio de esa tormenta, los periódicos pretenden que la gente les pague por información veraz, contrastada y trabajada por profesionales. El intento es loable y decisivo para el futuro porque sin una prensa seria, no la de panfleto, será imposible que sobreviva la democracia misma. Pero la travesía se presenta muy difícil.
La aceleración informativa ha requerido que nuestra atención y nuestro tiempo se dediquen a la búsqueda rápida de la última banalidad y no a la reflexión pausada sobre lo cierto. Además, la palabra “gratis” se ha hecho muy poderosa; los propios medios la han fortalecido durante todo este tiempo y, por si fuera poco, la prisa ha rebajado nuestra exigencia y del mismo modo que pocos irían a comer a restaurantes si las hamburguesas con patatas fuesen gratis, los grandes medios van a tener dificultades para que sus muros de pago funcionen.
Yo, por mi parte, ya han visto que pago por alguno de los medios que leo a diario y seguramente pagaré por algunos más. No solo porque creo en la profesión del periodismo sino porque, como todos mis círculos saben, aunque no me lo digan, soy un gilipollas, engreído y sabelotodo.
