Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que las tareas “propias” de hombres y de mujeres estaban muy bien definidas: Los hombres no cuidaban de los bebés, ni entraban en la cocina mientras que las mujeres no pisaban los bares, ni trabajaban fuera de casa una vez casadas. Conviene recordar que hasta avanzados los años 70 en España una mujer casada, aunque tuviese ingresos propios, necesitaba legalmente el permiso de su marido para disponer de su propia cuenta bancaria o para viajar al extranjero. Era así y lo era para desgracia de todas y de todos.
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Precisamente una de las tareas propias de la mujer casada, que salvo rarísimas excepciones no trabajaba fuera de su hogar, eran las compras. Con lo que su economía familiar les permitía compraban la ropa para los hijos varones y para el marido y si alguien les acompañaba en la búsqueda y selección eran las hijas o los chicos cuando éramos pequeños.
Aquello no solo tuvo como consecuencia generaciones de hombres perfectamente ineptos para el mundo del textil, que afortunadamente ya vamos remontando, sino que creó unos estándares en los sistemas y en los horarios de venta que han saltado por los aires con la incorporación de la mujer a la educación y a la vida laboral. La auténtica revolución de fondo que nos trajo el final del siglo XX.
Ahora que tanto hombres como mujeres, casados o solteros, trabajan (cuando pueden hacerlo) los horarios comerciales de antaño ya no sirven porque ya pocos y pocas disponen de los días laborables para comprar, como sí pasaba antes. Estos días asistimos en Bilbao a una polémica muy lamentable sobre la apertura en festivos en la que los gritos, improperios y amenazas no dejan que se oigan voces partidarias de que se pueda llegar a un acuerdo que regule cabalmente una realidad que nos viene imparable. Tan imparable y profunda como esa misma revolución que ha venido de la mano de las mujeres y que, entre otras muchísimas cosas, ha hecho que comprar la ropa ya no sea tarea “propia” de las madres, afortunadamente para todas y para todos.
Reconocer la realidad y adaptarse a ella siempre será mejor que negarla hasta el momento final en que inevitablemente nos pase por encima, porque entonces lo hará arrasando con todo.
