Antes de ponernos a buscar soluciones novísimas e imaginativas a nuestro amenazador desierto demográfico sería más práctico frenar el deterioro del problema. En este caso, el de una realidad social, económica, educativa y, sobre todo, laboral que, de hecho, penaliza a los jóvenes que pretenden tener hijos.
El ardiente deseo de discurrir con novedad

