Sin Categoría

No hay nadie que confíe en Rajoy?

Foto EFE

Al Presidente en funciones le han votado casi 8 millones de españoles, más que en las elecciones de diciembre. El éxito para el PP, y para el propio Rajoy, ha sido indiscutible.

Por eso mismo no parece muy normal que un ganador como Mariano despierte tan poca confianza entre los suyos, tanto entre sus propios correligionarios como en la variada y poderosa prensa de derechas. No se oye a nadie en el entorno conservador avanzar cuáles vayan a ser sus decisiones como ganador de los comicios y próximo presidente, ni se apuntan las maniobras que podría realizar para lograr su investidura. Menos aún se le supone medida de gobierno alguna. A lo más se comenta si la multa que nos van a poner, seguro, desde Europa será de cero euros o de muchos millones.

Lo llamativo de tan estruendoso silencio en torno a su paladín es que resuena sobre todo en los espacios de la derecha, donde debía reinar ahora el entusiasmo y la algarabía. Nada de eso ocurre. Nadie avanza hipótesis, ni hace propuestas, ni apela al héroe de Génova para que “haga algo”.

Como él mismo dice, Rajoy tiene derecho a gobernar pero también obligación de hacerlo y, sin embargo, nadie se dirige a él para preguntarle ¿qué va usted a hacer, presidente?.

Todas las miradas a izquierda y derecha se dirigen al PSOE y a Pedro Sánchez, que parece que hubiese ganado las elecciones en lugar de perderlas, a juzgar por el requerimiento constante que se le hace al socialista desde la prensa que no es suya, o sea toda ella, e incluso –pásmense- desde el propio gabinete del Gobierno en funciones.

A Sánchez no le están dejando disfrutar de su derrota, tanto apelar a sus ahora reconocidos patriotismo y sentido de Estado. Mientras, a Rajoy nadie de los suyos le dice nada, no sé si por un respeto reverencial o por simple desconfianza en que tenga capacidad alguna de salir de ningún atolladero del que no le saquen otros.

Si son tan pocos los que creen en la destreza de Mariano Rajoy para superar una primera votación, la de investidura, me asalta la inquietante duda de pensar en cómo creen los suyos que va poder gobernar y lidiar con su minoría amplia, pero minoría, en una cámara donde cabe imaginar que el PP se va a hinchar a perder votaciones. ¿Llamarán a Sánchez, una y otra y otra vez? Si yo fuese Rajoy estaría celoso.

“No a Iglesias”. Primer acto de campaña de Sánchez

Por fin el candidato del PSOE lo ha dicho: no hará presidente a Iglesias. Es la primera declaración clara y nítida de que el PSOE tiene intención de quedarse en su propio espacio, sea este el que sea que le asignen los votos ciudadanos.

En realidad se trata de la primera declaración electoral significativa de Sánchez en toda la campaña y parece obvio que ha venido obligada por unos sondeos que repetidamente indicaban que está en juego precisamente esa posibilidad: que Podemos obtenga más votos y escaños que el PSOE. Una opción tan repetida que el líder socialista ya no podía seguir ignorándola.

Es lógico, y legítimo, que cualquier candidato de un partido grande diga que su único objetivo es ganar. Sin embargo también es legítimo que los votantes sepan a qué atenerse respecto a lo que hará cada partido ante situaciones previsibles y, si puede ser, incluso ante las imprevisibles. Lo otro es esconder las cartas.

Finalmente Sánchez se ha visto obligado a hablar de lo que todo el mundo hablaba por la combinación de tres factores: la unanimidad de los sondeos (ya veremos si acertados o no) las declaraciones de destacados dirigentes socialistas y, sobre todo, la evidentísima y creciente desconfianza de los afiliados y simpatizantes socialistas hacia Iglesias.

Puede que Sánchez se equivoque de adversario al atacar al de Podemos pero es seguro que Iglesias se equivoca de amigos apelando a los militantes socialistas.

Con toda lógica los partidos quieren alcanzar el poder y no es defecto sino virtud que sean capaces de moverse de sus posiciones originales para negociar o acordar cosas con sus adversarios. Pero para poder moverse de una posición original es imprescindible tenerla y en los últimos tiempos no se sabía muy bien cual era la casilla de salida del PSOE, por lo que resultaba imposible saber cuánto se estaba alejando o no de ella.

Las declaraciones de Pedro Sánchez vuelven a colocar las cosas en su sitio y al PSOE en el suyo, aquel en el que sus votantes y militantes sientan que pisan terreno firme (aunque sea pequeño) y no arenas movedizas, por extensas y prometedoras que pudieran resultar.

También es posible que los estrategas del PSOE hayan calculado que a estas alturas estaban perdiendo más votos hacia la abstención que los que se pudieran escapar todavía hacia los morados, pero un PSOE que no se sabía lo que iba a hacer en un escenario tan de extremos como el que padecemos estaba dejando el mensaje de la moderación contra la aventura en manos exclusivas de Rajoy. Lo que tiene bemoles.

El domingo veremos si este inicio de campaña tan tardío le sirve o no.

El triunfo final de los socialdemócratas de mierda

Dos socialdemócratas fundadores
Una de las ventajas de la política 3.0 o 4.0 (que ya me he perdido) es la velocidad a la que suceden los cambios. Las grandes evoluciones históricas que antes iban asentándose poco a poco, casi como movimientos tectónicos, ahora se producen a la velocidad de los telediarios.

Es cosa que maravilla poder disfrutar de estos tiempos interesantes (o padecerlos, que decían los chinos) no a lo largo de toda una vida, sino a cámara ultrarrápida, que tengo yo yogures en la nevera de cuando izquierda y derecha eran conceptos obsoletos.

La última bomba es la conversión instantánea de Marx y Engels en dos señeros y primigenios representantes de la hasta ayer odiadísima socialdemocracia. Esta traición histórica a tantos millones de sinceros, auténticos y rudos comunistas es lo que explica que a algunos de ellos les vaya a costar tanto votar a su partido, o a lo que quede de él, en las próximas elecciones.

Un socialdemócrata leninista

Pero la marea histórica “es lo que tiene”, como decía Chus Lampreave, que uno ha de ser capaz de adaptarse a lo que los líderes determinan en cada momento. Tampoco es cosa que les resulte del todo novedosa a los comunistas de siempre, tan acostumbrados históricamente a grandes evoluciones ideológicas de carácter fuertemente retroactivo. Si acaso aceptaría que les pueda sorprender la velocidad a la que me refería al principio, pero no el cambio mismo.

Modificar el pasado para alterarlo y ajustarlo a las necesidades del líder del momento ha sido una de sus tradiciones más acendradas. En esa tarea tan revolucionaria que incluso revolucionaba la historia, el padrecito Stalin fue maestro indiscutible y precursor de herramientas tan actuales como Photoshop, aunque la inmensa mayoría de sus “correctivos” se aplicaran por métodos más tradicionales y expeditivos.

Un socialdemócrata estalinista

Nadie describió tan bien como George Orwell en “1984” la importancia de esa tarea “liberadora” de corrección a posteriori, que en su libro realizaba Winston Smith como funcionario del Ministerio de la Verdad.

Por boca del querido líder de Podemos hoy asistimos asombrados al privilegio de ser testigos de un momento histórico: aquel en el que los hasta ayer socialdemócratas de mierda, vencen por fin la batalla y se convierten en la auténtica referencia de la izquierda, no ya de hoy sino, como corresponde a la mejor tradición orwelliana, con carácter retroactivo, comenzando por el mismísimo autor de “El manifiesto comunista”. ¡Socialdemócratas del mundo, uníos!”.

Un socialdemócrata trostkista

Que la hasta ayer vil socialdemocracia ha sido la auténtica revolución que venció y trajo derechos y bienestar a los trabajadores es algo que no tiene disputa. Que por hacerlo fueron tildados durante
décadas de traidores a la misión histórica del proletariado, aliados objetivos del capital, al que servían con bagatelas para engañabobos como los derechos laborales, a la educación, a una jornada limitada, a la sanidad, a la vivienda digna, a las pensiones… y toda esa mandanga. Eso tampoco hay quien lo pueda negar sin que se le caiga la cara de vergüenza. El que la tenga.

Algunos creímos que la socialdemocracia estaba muriendo de éxito, precisamente porque lo mucho que logró se había convertido ya en un estándar que no discute en voz alta ni la misma derecha (excepto Rosell) pero ahora vemos que no se trataba de ningún fracaso sino de un éxito absolutamente histórico, que la disputa entre comunismo y socialdemocracia nunca existió, que por fin se ha sabido que desde el principio era la socialdemocracia lo que molaba.

Un socialdemócrata maoista

Grandes noticias para gentes como el antiguo militante del PSOE, Wenceslao Carrillo, que hoy ya puede descansar tranquilo sabedor de que su hijo no fundó otro partido sino otra forma de socialdemocracia.Los mencheviques salen de sus fosas comunes, rehabilitados, Lenin y Olof Palme, Gramsci y Fernando de los Ríos, Willy Brandt y Erich Honecker se abrazan hoy en el limbo de las libertades. ¡Albricias!. Lástima de tantos millones de muertos ¿qué muertos? ¡Ah, perdón! ¿En qué estaría yo pensando?

Un socialdemócrata que tenía un piolet

Visto que, de la mano del nuevo líder, volvemos a la más auténtica tradición de revisión y reescritura del pasado, yo si fuese Monedero me andaría con cuidado de dónde dejo el piolet.

Es por tu bien

El cigarrillo electrónico emite un vistoso e inocuo vapor de agua

El Parlamento Vasco ha decidido tomar el relevo de nuestras madres y abuelas a la hora de protegernos de malos hábitos y costumbres dañinas que nos empeñamos -tercos- en mantener. En consecuencia, el jueves pasado ha aprobado una ley muy pionera de Atención Integral de Adicciones y Drogodependencias. Tan pionera es que Euskadi se convierte en la primera Comunidad que no solo va a impedir que los fumadores le dañen a usted con el humo, prohibición perfectamente legítima, sino que tampoco permitirá que le den mal ejemplo utilizando vapeadores electrónicos en espacios públicos.

Los argumentos en favor de la prohibición han sido enternecedoramente maternales: Se han referido a los menores, almas cándidas que quedarán ahora protegidos de la horrenda contemplación de alguien emitiendo vapores inocuos mientras se envenena por dentro según su libre y consciente voluntad. También se apeló a la defensa de “los más desfavorecidos” sin que sea un servidor capaz de entender lo que signifique una expresión tan loable como vacía: tal vez se trataría de proteger a los pobres de que gasten lo poco que tienen en lo que no les conviene ¡vaya usted a saber!

Desdeñada “de saque” en esta ley tan integral la propia libertad individual de una persona adulta para hacer algo perfectamente legal y, sobre todo, perfectamente inocuo para los demás, la polémica se ha dirigido a determinar si los cigarrillos electrónicos sirven o no para desintoxicarse o si la Organización Mundial de la Salud los recomienda o rechaza como terapia. Es decir, si son buenos o malos para sus usuarios. En definitiva, volvemos a hacer leyes para promover las buenas costumbres e impedir las desviaciones. Ahora que la Iglesia pierde influencia, los parlamentos toman el relevo.

La ley es un alarde de pedagogía que se olvida de que esa misma palabra viene del griego “paidión” (niño) y agōgós ‘ (guía) porque se pensó para definir la forma en que una persona adulta conduce a otra que no lo es. O sea ustedes y yo, según deben de creer nuestros representantes.

Por supuesto que la Sociedad de Prevención del Tabaquismo se ha felicitado por la prohibición de la nicotina en los bares. Muy lógico, porque según los principios de la división del trabajo, su competencia se centra exclusivamente en ese veneno y nada tiene que decir contra el alcohol, las bebidas con sacarosa, la cafeína o las grasas saturadas, tan habituales en nuestras barras y terrazas.

Costó muchos años y mucho sufrimiento lograr que las libertades privadas venciesen a la imposición obligatoria de buenas costumbres sociales y que, en consecuencia, dejasen de ser perseguidos el ateísmo, la herejía, la homosexualidad, la infidelidad conyugal, los derechos de las mujeres, las minifaldas o los besos en el parque. Pero lamentablemente, y ahora con aires de sanísima modernidad, vuelve la tentación de utilizar la fuerza del Estado para obligarnos a mantener un comportamiento privado intachable. Hoy ha sido la nicotina pero un día vendrán con la ley en la mano a hablar del alcohol, de los tacones de aguja, del suicidio, de las carnes rojas, de la sal, de la TV, de los videojuegos, de los tejidos sintéticos o de las malas posturas, y apelarán a la OMS.

No soy de obligar pero sí recomendaría a nuestros parlamentarios leer a los políticos clásicos:

Ningún hombre puede, en buena lid, ser obligado a actuar o a abstenerse de hacerlo, porque de esa actuación o abstención haya de derivarse un bien para él, porque ello le ha de hacer más dichoso, o porque, en opinión de los demás, hacerlo sea prudente o justo.

“Sobre la libertad”, de John Stuart Mill fue publicado en 1859, solo 33 años después de que un pedagogo, el maestro Antonio Ripoll, fuese ahorcado en Valencia por negarse a “restituir su alma a las verdaderas ideas de nuestra santa religión”. Kontuz.

Publicado en eldiarionorte.es el 8 de abril de 2016

La ley electoral y el efecto Manoteras

Es muy fácil encontrar en toda España conductores bien informados de los graves y habituales problemas de tráfico que se forman en el madrileño nudo de Manoteras. Lo curioso es que muchísimas de esas personas jamás habrán conducido por ese lugar y la mayoría posiblemente tampoco lo hayan hecho en su vida por ninguna carretera de Madrid.

La evidente causa de tal paradoja es la sobrerrepresentación informativa de la capital en los partes de tráfico y en general en los medios de comunicación. Ese “efecto Manoteras”, sin embargo, pasa desapercibido para los madrileños, del mismo modo que los aficionados del Real Madrid y del Barcelona creen sinceramente que la atención de los medios hacia sus equipos es perfectamente lógica, aunque una lesión de uno de sus jugadores estrella pueda contar con más atención mediática que toda la Segunda División junta.

Ni madrileños, ni madridistas, ni culés suelen darse cuenta de la sorda reacción de rechazo y mala leche que suelen producir estos abusos informativos entre las personas que ni circulan por la M30 ni son aficionados de esos equipos.

Viene esto a cuento de la idea (muy madrileña también) de que cambiar la ley electoral para hacerla perfectamente proporcional (1 persona = 1 voto) fuese algo simple y sencillo que, de puro obvio, no requiriese prácticamente discusión, constituyendo una de esas pocas cosas innegables y urgentes que un próximo gobierno tendrá que impulsar, sin duda y con la aquiescencia general.

En medio de esa moda de “calentar y listo” que asola nuestra superficialísima opinión publicada no es raro que esta idea de lo fácil que es cambiar la ley electoral se haya convertido en una más de las muchas tonterías exitosas que padecemos.

Todos los sistemas electorales democráticos se enfrentan a una trilogía de conceptos enfrentados: la proporcionalidad, la territorialidad y la gobernabilidad. Lo que, en definitiva, diferencia las leyes electorales de cada país es la mayor o menor importancia que le dan a cada uno de esos tres conceptos incompatibles. Puesto que lo que se gana de uno habrá de detraerse de los otros, podrá haber cierto equilibrio pero atender a los tres es imposible por definición. Así tenemos sistemas como los anglosajones que dan todos los votos electorales de un territorio a un solo partido, aunque haya ganado por una sola papeleta, o la llamativa gobernabilidad a machetazos griega, que directamente “regala” 50 escaños al partido ganador.

Así que de fácil, nada. La evidente injusticia de que a los partidos nacionales menores les cueste cada escaño muchísimo más que a los grandes o a los territoriales, no sé si se corregiría desdeñando el peso electoral de quienes tienen fuertes representaciones en sus comunidades. 48.000 votos en Álava son, sin duda, tan dignos como 48.000 en toda España pero los primeros significan el 27% del electorado, mientras que los segundos son el 2%. ¿Realmente debe ser lo mismo en cuanto a representación?

Corregir los desequilibrios electorales haciendo que Madrid, Barcelona, Valencia y, muy por detrás, Alicante y Sevilla sean las provincias que manden a la hora de tomar las decisiones, podría hacer muy poca gracia a los ciudadanos de territorios menos poblados que quedarían irreversiblemente sin voz y que verían alejarse cualquier posibilidad de que se dedicasen recursos a su entorno.

El efecto Manoteras, entendido como el rechazo de quienes se sienten colonizados y despreciados por aquellos que se prevalen de su número, puede que sea una buena piedra en el camino de esa modificación electoral que se nos presenta estos días como como algo tan sencillo y fácil.

La cosa será, por el contrario, compleja y difícil como casi todas. Hay estudios sobre el tema como el muy interesante que presentó en 2009 el Grupo de Investigación en Métodos Electorales de la Universidad de Granada. Pero tiene muchos más de 140 caracteres…y así no hay manera.

¿Confías en lo que haga Pedro Sánchez?

Esa es la pregunta real que se va a hacer a los militantes socialistas. Aunque la redacción sea algo más elaborada en realidad la pregunta efectiva es esa. Era de esperar, porque de haberla expresado de forma tan obvia y descarnada como la del titular hubiese sido un cachondeo.

Un referéndum tiene por objeto discernir entre dos opciones claras y excluyentes entre sí. No sirve para la transacción y el matiz sino para la ratificación o no de una opción concreta y determinada.

Igual que pasaba con los duelos entre caballeros del siglo XIX, los refrendos políticos cuentan con la ventaja de resolver de forma inmediata y expeditiva cualquier polémica pero, como aquellos, en absoluto pueden ser parte de una negociación sino que son, justamente, la renuncia expresa y definitiva a ella.

De forma que cuando se trata de decidir sobre cuestiones complejas, por definición incompatibles con una dicotomía: Si-No, un referéndum se convierte en una herramienta inútil o, lo que es peor, en una trampa en la que, bajo la apariencia de escuchar al pueblo, lo que se hace es remover el río a ver lo que se pesca.

Solo en el caso de que el candidato Sánchez hubiese alcanzado un acuerdo suficiente para una investidura (con la imprescindible expresión de quiénes serían los socios que le votarían y cuáles los acuerdos mismos) esta consulta hubiera tenido sentido. Así lo hizo el SPD alemán en diciembre de 2013 con su militancia, a la que preguntó “sí o no” a la gran coalición que garantizaba ciertamente la constitución de una mayoría de gobierno efectiva y que podía ponerse en marcha enseguida, como así ocurrió. Nada que ver con la consulta interna del PSOE que más bien parece preguntar ¿vamos bien?

Ciertamente lo más probable es que cuando el Secretario General socialista planteó esta consulta creyese que, en efecto, a estas alturas iba a tener en la mano un acuerdo que le permitiría ser Presidente y era evidente que convocar a la militancia le facilitaría el camino frente a un Comité Federal renuente a pactos con los de Iglesias.

La realidad ha sido que, sin ese acuerdo de investidura en la mano pero habiendo prometido el referéndum, no le ha quedado a Sánchez más remedio que tirar adelante con lo que hay, que es bien poco.

El PSOE ha alcanzado y propuesto acuerdos con distintas fuerzas políticas para apoyar la investidura de Pedro Sánchez a la Presidencia de Gobierno. ¿Respaldas estos acuerdos para conformar un gobierno progresista y reformista?

Que los “acuerdos alcanzados” e incluso -nótese- los acuerdos “propuestos” sean objeto de refrendo es como preguntar si se desea que haga sol y buen tiempo. Una pregunta tan cómoda como inane. ¿Quién va a decir que no? Desde luego tampoco lo hará el Comité Federal del PSOE, para el que la consulta ha resultado un cartucho de pólvora mojada.

Sánchez está demostrando que es persona hábil e inteligente pero en esto de la consulta no ha estado fino. Desde el principio amenazaba con ser un error y lo ha sido. A veces las cosas sí son lo que parecen.

El nuevo tiempo político…en primavera

Comparto con la diputada y amantísima madre, Carolina Bescansa, su afirmación de que es preciso comprender el nuevo tiempo político en el que estamos entrando. El bipartidismo imperfecto que fue base de la transición política española ha caído para dar lugar, como dice Felipe González, a un pluripartidismo igual de imperfecto. Pero que, además, ha complicado la tarea de formar Gobiernos capaces de hacerse cargo de las dificultades. Y no olvidemos que todo Gobierno, siempre, sin excepción, tiene que hacerse cargo de dificultades.

El nuevo tiempo es tan real y cierto como los desafíos a los que la política se va a tener que enfrentar. Porque no hay nada novedoso ni estimable en ignorar los problemas o en pensar que todos tienen soluciones simples.

La acumulación de gestos y el abuso del postureo tiene entusiasmadas a las redes sociales y a la TV, que ha visto cómo se le abre una renovada oportunidad para meter la política en la parrilla, eso sí, a base de convertirla en espectáculo.

Pero lo que viene será algo más que eso. Algo más serio, profundo y duro. El nuevo tiempo no va a ser llevar los niños al escaño -me temo- ni tendrá que ver con corbatas o pajaritas. Se tratará de reconocer las dificultades que hay, que son enormes, aceptar que las soluciones no serán ni fáciles ni rápidas y tener la valentía de proponerlas, a riesgo de ser criticado. Se llama política y es trabajo duro e ingrato que, desde luego, no encaja en absoluto con este juego de buenos buenísimos y malos malísimos, perfecto para las pelis de Disney pero absolutamente inútil para la gente y para el país. Lo que viene se va a parecer inquietantemente a la hoy tan criticada transición.

Por eso sería ya hora de que a los buenos buenísimos de un lado, a los buenos buenísimos del otro lado, así como a los buenos buenísimos de los otros dos lados nuevos que han surgido ahora, se les vaya acabando ya la tinta roja de tanta raya que llevan pintada en las últimas semanas. Sin embargo temo que a estas alturas de la película no va a ser posible. No hay tiempo material para recular de las grandes palabras ni de los grandes desprecios. También sospecho que, en realidad, hay pocas ganas de hacerlo, de abandonar esa zona de confort, tan vieja, tan conocida y de patas tan cortas. Es comprensible que, con unas elecciones encima, nadie vaya a arriesgarse ahora a desdibujar su perfil llegando a acuerdos con “esa gente” así que tendremos que esperar a ver el resultado de las nuevas urnas para empezar a hablar en serio.

Probablemente con cartas parecidas a las que se repartieron el 20 de diciembre, el nuevo tiempo político tendrá que despegar definitivamente en primavera. Habrá pocos días, horas tal vez, para pasar el disgusto de ver que los malos no se habrán volatilizado, lidiar con el malestar de comprobar que el pueblo soberano no se aviene a darnos la razón y para sufrir la desazón de ver que el cielo está mucho más lejos de lo que creímos.

Quienes van a estar muy cerca, agobiantemente cerca, van a ser las autoridades europeas, que vendrán a recordarnos la exigencia de recortar unos 9.000 millones de euros del presupuesto que el PP aprobó. Estarán también ahí -intactos- los problemas internos que estamos aplazando en medio de esta negociación tan preelectoral y también tendremos encima la necesidad, menos urgente pero igual de ineludible, de repensar una estructura política que, ciertamente, no parece dar para más.

Entonces va a ser cuando empiece de verdad ese nuevo tiempo del que se habla, que tal vez no sea tan brillante y esplendoroso como imaginan los apóstoles de la novedad. Habrá acuerdo, se cumplirán las exigencias europeas, se empezará a regenerar la vida pública y sin duda tendremos que aprender a respetar y pactar con “los otros”, como hacen en con plena normalidad en 23 de los 28 países de la Unión Europea, en cuyos parlamentos no hay mayorías absolutas. Así que quienes desprecian que la transición fuese capaz de acercar a enemigos tan irreconciliables tendrán que pedir que los políticos viejunos les pasen los apuntes de entonces, porque el nuevo tiempo viene exigente y no va a admitir demoras.

Y lo que me he reído…

No me sumaré al coro de plañideras (y plañideros) hipócritas que andan por las redes encendidos, disparando contra la infumable “primicia” de los informativos de Antena 3 respecto a Podemos, la CUP, ETA y Venezuela.

No lo voy a hacer porque en esta edad de oro del periodismo militante que estamos viviendo, la indignación suena escandalosamente impostada. Hay tantas ocasiones cotidianas en todas las teles en que “es para darles, pero bien”, que no es cosa de ponerse ahora estupendos cuando la manipulación informativa me parece que adopta ya las formas del sirimiri vasco.

Lo que sí me parece completamente relevante es que la filtración de las imágenes de Álvaro Zancajo y Sandra Golpe avergonzados de lo que habían soltado, haya provenido de la propia Antena 3 a través de la aplicación periscope de su cuenta de twitter. Estar en las redes sociales mola, incluso mola mazo, así que lo que importa ahora es estar, siempre, de cualquier forma y a cualquier precio. Lo chusco es que eso es así incluso aunque se pegue uno un tiro en el pie.

Tampoco soy capaz de verle la gracia a la broma de las últimas horas, elevada a la categoría de acontecimiento mediático nacional, de engañar al presidente del Gobierno de España con una falsa llamada del nuevo presidente catalán.

En otros tiempos los medios de comunicación se consideraban responsables y garantes de lo que salía en sus páginas o en sus pantallas. A veces para bien y otras para mal, lo cuidaban, pero está visto que ahora lo que importa es la omnipresencia y el espectáculo, y a él se supedita todo. Se asume que quien quiera estar en las redes sociales parece que tuviese que renunciar a toda reflexión porque ahora la velocidad, el ingenio y el escándalo es lo que manda.

¿Cuál es el interés informativo de una falsa llamada a Rajoy?, ¿Denunciar la falta de control de las llamadas en la Moncloa? No lo creo. ¿Reírse del presidente? Muy probable. ¿Conseguir audiencia? ¿Petar las redes con el nombre de la emisora? De eso estoy seguro.

Es muy lamentable este triunfo de la frivolidad pero sobre todo lo es la pretensión de darle un barniz de prestigio y autenticidad que no merece. La estúpida adoración por el aplauso de la muchedumbre la bordaba Gila en aquel negrísimo monólogo de “me habéis matao al hijo, pero… lo que me he reído”.

Publicado en el diario norte.es el 22 de enero de 2016

Las marcas no negocian

Anuncios de prensa y TV, carteles, vallas, folletos en el buzón, luminosos en los edificios, webs, cuñas de radio, series patrocinadas, banners en los medios digitales como este, siluetas de cartón en la farmacia y en la tienda, llamadas telefónicas que preguntan por el Sr. Gorostiza, muchas gracias Sr. Gorostiza…sí Sr. Gorostiza, disculpe Sr. Gorostiza. ¡Parece una guerra! Y probablemente lo es.

En una sociedad tan abrumadoramente activa en comunicación lo normal es que haya buenos profesionales del marketing. Y los hay. Y también es normal que a ellos recurra todo aquel que quiera ser visto en medio de esa barahúnda de ruido.

Hace mucho que los paños no se venden en el arca, por buenos que sean. Por el contrario hay que airearlos, darles “visibilidad” determinar un “posicionamiento” correcto del producto y de la marca para así colocarlos en la “Short List” del “Target” con un buen “Storytelling”.

Vivimos sumergidos en una constante tormenta de mensajes que tratan de captar nuestra atención para después llevar nuestra voluntad a comprar, cambiar, contratar, adquirir, invertir, gastar, ahorrar…y, por supuesto, también a votar.

Los partidos políticos compiten como unas marcas más en el saturado campo de batalla de la atención y los sentimientos de los consumidores. Y para hacerlo necesitan generales expertos. Son éstos quienes se hacen con la dirección de las campañas y aplican allí toda su experiencia y conocimiento. Y la mayoría de las veces lo hacen muy bien.

Mientras dura la batalla todo va como la seda, incluso es entretenido. El problema viene cuando al final se hace presente y abrumadora la diferencia entre la batalla comercial y la política. Que es una diferencia enorme, inmensa, profunda, sideral.

En la guerra comercial el final es simple. Escandalosamente simple: todo el estruendo era para que usted tomase la decisión de comprar esto y no aquello. Cuando el lector láser del código de barras de la caja emite el pitido todo ha terminado, al menos hasta el siguiente acto de compra.

En la política pasa todo lo contrario, que cuando usted emite su voto es cuando empieza “la cosa”. La cosa esa de gobernar. Es entonces cuando toda la estrategia de convertir a los partidos en eficientes, ágiles, dinámicas pero simples marcas se convierte en una trampa. Una doble trampa, primero para sus propios dirigentes, que no han ofrecido un sentimiento o una idea de cómo afrontar las dificultades sino un producto concreto y cerrado, que algunos llaman “programa” y que iba a aportar “la solución”.

Por su parte los ciudadanos, muy acostumbrados a ejercer como consumidores, exigen que lo que se les ofreció se haga y se haga ya, que para eso han votado. ¿Dificultades?¿qué dificultades? Nadie me habló de dificultades. Exigen la garantía y se sienten engañados. Y con razón. Confunden el programa con el de un crucero por el Mediterráneo y se quejan de la comida, de la orquesta, de las sábanas y por supuesto de la tormenta que agita el barco y de la que nadie les previno. Y es lógico que lo hagan, que defiendan lo que compraron y que no se muestren dispuestos a aceptar “componendas” (infame término).

Por si fuera poco, después de haber convertido durante la campaña al adversario en enemigo irreconciliable y secular, merecedor de la desaparición inmediata, crisol de todos los males, a ver quién es el guapo que se anima a encabezar la traición a tan elevadísimos ideales y a las exigencias que eran innegociables hace unas semanas.

El marketing nació para el mercado y aunque la política tiene algo de mercado (persa incluso) hay que tener cuidado y entender la gran diferencia entre marcas y partidos políticos y es que mientras las primeras jamás se ven obligadas a negociar (son sancionadas si les pillan) el acuerdo, la renuncia y la concesión son justamente lo que constituye la esencia misma de la política. Las marcas no negocian pero los partidos están obligados a hacerlo. Hoy y siempre.

Me temo que en primavera tendremos oportunidad de ver si hemos aprendido algo esta vez o si vuelve la burra a los mismos trigos.

Publicado el 20 de enero de 2016 en el diario norte.es

Una conversación pintoresca … por ahora

Mira Mariano:

Cuando estuvimos juntos en la primera ronda de contactos, cuando te correspondía a ti la iniciativa, te limitaste a repetirme que simplemente el PSOE debía abstenerse en la votación de investidura para que pudieses ser Presidente de nuevo, puesto que habías ganado las elecciones. Ahí te quedaste. Cuando te preguntaba cuáles serían los siguientes pasos te limitabas a decir que “serías generoso”.

Te confieso que me resultó asombroso que no tuvieses nada más que ofrecer, incluso aunque yo te pudiera haber dicho que no, pero ¡algo!, tío. Si la estabilidad y la gobernabilidad de España te importaban tanto no entiendo por qué no pusiste sobre la mesa una propuesta completa, o al menos amplia, de pacto.

Nada dijiste sobre cómo gobernarías en absoluta minoría después de que los socialistas nos abstuviésemos, como querías. Ni sobre cuáles serían tus propuestas, con quién y cómo las pensabas acordar. Nada.

Tu silencio fue tan clamoroso que durante todos este tiempo todo el mundo ha estado hablando de mí y no de ti, que ganaste las elecciones y que se supone que debías ser el protagonista del momento.

No sé cómo es posible que ni siquiera en tu entorno político, mediático o empresarial hayan surgido propuestas concretas de cómo se podría avanzar. Sé que en tu partido hay mucha gente a la que le resulta difícil acordar nada con nadie y solo entienden el ordeno y mando pero ese es justamente el tiempo que se ha pasado y no me puedo creer que no tengas a tu alrededor gente cabal, con la que se pueda hablar y acordar. Otra cosa es que no sean tan ruidosos y no estén todos los días en danza. Yo también tengo de esos en mi partido, y también suelen ser discretos.

No te creas, como yo he tenido un resultado malísimo, también tengo mis problemas internos, y goooordos, como dice José Mota, pero no por eso me quedo paralizado –Mariano- que para eso estamos metidos en este lío.

Así que ahora que el Rey me ha encargado a mi la posibilidad de formar mayoría yo sí te voy a hacer a ti una propuesta. Muy generosa y muy arriesgada, sobre todo para mí. Es esta:

Tu, Mariano, no puedes ser ya Presidente del Gobierno. Y, con mis resultados, tampoco yo así que te propongo:

· Escoger un candidato a Presidente de tu partido que no nos chirríe a los socialistas.

· Nosotros escogeremos un Vicepresidente que no os cause urticarias a vosotros. Ninguna de las dos elecciones serán fáciles, sospecho que más la segunda que la primera, porque tienes un montón de hipersensibles gritadores. Pero esa es mi percepción, claro.

· Una vez escogidos, serán ellos dos (o ellas) quienes escogerán al resto de ministros. Ni tú ni yo, ni tampoco la dirección de nuestros partidos. Nos consultarán pero decidirán finalmente ellos por acuerdo mutuo.

· Marcaremos un protocolo de relación entre ambos que impida que el primero se prevalga de su jerarquía para imponerse.

· Establecerán un acuerdo escrito de programa de mínimos razonable para que el país marche, sobre todo en materia financiero-fiscal, de servicios públicos, de infraestructuras y de regulación justa del mercado laboral. Nada más pero nada menos.

· Establecerán también un listado de discrepancias serias sobre las que ni hay acuerdo ni se lo espera.

· Y con ese programa, que apoyaremos los dos, formarán un Gobierno que ambos partidos nos comprometeremos a mantener al menos durante la legislatura. Luego si quiere el de Ciudadanos que apoye también ese acuerdo, eso es cosa suya.

Con esa solución la mayoría está más que garantizada y se puede empezar a arreglar cosas pero desde el acuerdo. Tendríamos cuatro años de paz relativa pero de paz activa. Sería como una segunda transición que, como la primera, tendría un coro ruidosísimo alrededor que, no nos engañemos, soportaría sobre todo mi partido. Pero que sería eso: ruido. El poder desgasta pero la eterna oposición mata.

Además, piensa que eso de que los dirigentes del Gobierno no sean los mismos que quienes dirigimos los partidos puede ser una buena idea para estudiar como norma de aquí en adelante. Serviría para que los dirigentes pudiéramos hablar con la voz de nuestro partido pero para que los gobernantes tuvieran más cintura a la hora de negociar y acordar. Fíjate en el PNV que lo hace así desde siempre y le va muy bien.

No se te oculta que esta propuesta significa la creación de dos líderes que nos harán sombra a ti y a mí y quién sabe si también la cama, pero es lo que hay, Mariano. Además me reconocerás que te hago una propuesta supergenerosa con la que, encima, a mí me van a poner de chupa de domine después de haber dicho y repetido que no a la “gran coalición”.

Pero es que la otra salida son las elecciones anticipadas que pueden dar un resultado parecido, tú volverás a ganar sin mayoría, yo puede que pierda o que gane unos votos, depende de si Iglesias consigue mantener su autoridad omnímoda durante meses en esa ensaladilla que tiene de grupos y medios que cree que le apoyan pero que solo buscan audiencia. Rivera supongo que seguirá encelado con su ley D´Hont y en Cataluña te confieso que no sé lo que estará pasando para entonces. Seguro que poco bueno.

Es decir, que esta propuesta que te hago podría resultar muy parecida a la que tengamos que enfrentar en primavera. Pero para entonces será más difícil y tal vez la hagan otros porque haya sido el fin para nosotros dos.

Va a ser muy difícil pero hasta podría salir bien. ¿Qué me dices? Mariano.