Sin Categoría

El superacelerador de hadrones, los tertulianos y mi amigo Juan Carlos

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El pasado miércoles se inició el que los científicos han denominado como el experimento más grande de la historia de la humanidad. La Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) puso en marcha el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) que está ubicado bajo tierra entre Suiza y Francia. Nada menos que 27 kilómetros de túnel, 130 toneladas de helio líquido para enfriar 1.600 enormes imanes hasta los -271º C. 6.000 millones de euros invertidos en una obra en la que han colaborado 10.000 científicos de 80 países, según leo en la prensa. Una pasta y un lío del demonio.

Todo esto es bastante desmesurado, lo reconozco, y también tengo que reconocer que el tema me sobrepasa. Ya me costó un considerable esfuerzo aprobar, hace muchos años, la asignatura de física newtoniana en una época en la que solo te hablaban al final del último curso de que un tal Einstein había empezado a poner en cuestión todo el temario que acababas de estudiar. Ahí me quedé. Tal vez por eso, décadas después tuve dificultades graves para seguir el hilo de la “Historia del tiempo” de Stephen Hawking.

Apenas sé nada y comprendo aún menos sobre mecánica cuántica, teoría de cuerdas, el bosón de Higgs o la inflación cósmica. Pero procuro aliviar la vergüenza de mi ignorancia echando mano del respeto por aquellos que saben más que yo, que son tantos. Pero hay una cosa que sí se, de la que estoy seguro y que me complace defender: la pasión humana por el conocimiento. Esa sí que existe. Y no solo existe sino que es una fuerza imparable, arrolladora, equiparable solo al instinto de supervivencia y al sexo.

El afán de conocimiento es, además, algo de lo que nos podemos sentir orgullosos, porque es una pasión bien humana y bien positiva. Todo lo contrario que el orgullo de la propia ignorancia, que tan a menudo se asoma a los medios de comunicación y que es una de las actitudes humanas que más me irritan.

No voy a reprochar a los tertulianos y comentaristas de radio y televisión que sepan tan poco como yo mismo de lo que se juega en el CERN pero sí que se atrevan a juzgar aquello de lo que nada conocen. Están tan acostumbrados a emitir sentencias y juicios inapelables basados en el único criterio de “sonar bien” al respetable e ignorante público, que no han dudado en lanzarse a despreciar el experimento del acelerador basándose en la pregunta-admonición de ¿Y eso para qué sirve? Los menos imprudentes de ellos (una minoría) manifestaban su asombro con cierta cautela para no meter la pata e incluso ponderaban las muchas cosas que se han inventado o desarrollado tras ese tipo de experiencias científicas. Algo es algo. Pero la mayoría de los que he oído y visto juzgaba y condenaba el experimento (y la inversión) con la alegría y el desparpajo de quien -como decía Machado- “desprecia cuanto ignora”.

La pregunta ¿Y eso para qué sirve? Se pronunciaba no desde el respeto o la curiosidad sino desde el desprecio y la soberbia. Asombra que los experimentos científicos sin los que jamás hubiesen existido la radio y la televisión merezcan tanto desdén de los idiotas a los que estos mismos medios han dado la posibilidad de difundir sus bobadas de forma tan multitudinaria como eficaz.

A mi amigo Juan Carlos, que es un viejo aficionado y un entrañable fan del equipo Ferrari nadie le pregunta “¿Para qué sirve la Fórmula 1? Es evidente: La Fórmula 1, las carreras de caballos, las traineras de mi mar Cantábrico, el Tour de Francia o la final de los 100 metros lisos sirven para saber quién llega primero. Solo para eso. Nada más y nada menos que para eso. Para saber quién es el campeón. Si luego, además, los bólidos que tanto apasionan a Juan Carlos sirven como banco de pruebas para mejorar la seguridad o el funcionamiento de mi coche y del tuyo, mejor que mejor. Pero la Fórmula 1 (en la que también se gasta un dineral) no existe “para” mejorar los coches. Esa es una consecuencia, no un objetivo.

Me pregunto lo siguiente ¿Por qué la pasión por llegar el primero merece una consideración social tan alta que cualquier esfuerzo, incluso económico y aun de vidas humanas, es automáticamente excusado y justificado, mientras que la pasión por el saber (la Ciencia) tiene que justificar su esfuerzo y su inversión para que no se la considere un despilfarro inútil?

Prefiero terminar con un pensamiento positivo. Si tantos países, tantas universidades, tantos científicos y tanto dinero se han podido dedicar a un gran experimento como el del acelerador de hadrones, será porque, aunque la mayoría de los medios de comunicación lo ignoren, en este planeta aún está presente y sano el mismo afán de conocimiento humano que movió a Newton, a Ptolomeo, a Copérnico a Galileo, a Einstein y a tantos otros que incluso pagaron con su vida por ejercer la más noble de las pasiones humanas.

Puede que sea solo que la estulticia es más visible que el conocimiento. Eso espero.

Hasta el útimo minuto

Esta semana está surgiendo una cierta polémica a cuenta de la prohibición de publicar sondeos y encuestas electorales en los cinco días anteriores a las elecciones. Parece que se ha destapado de pronto un deseo muy “sentido” que hacer públicas las previsiones de voto ciudadano hasta el mismo momento de las elecciones. Con objeto de reforzar tal reivindicación se dice incluso que disponer de encuestas es un derecho de los ciudadanos.

Son sobre todo los responsables de empresas dedicadas a la realización de tales encuestas y algunos medios de comunicación quienes mantienen una postura más rotunda a favor de la eliminación de la actual prohibición. Una Asociación Nacional de Empresas del ramo (ANEIMO) se ha planteado ya iniciar trámites para que se revoque esa disposición electoral que data de 1985. Hasta ahora no se ha visto, sin embargo, ninguna manifestación de ciudadanos reivindicando tal derecho, aunque todo podría ser.

No les falta razón a quienes dicen que intentar imponer barreras es una batalla perdida en el mundo de Internet y el último ejemplo evidente han sido los sondeos que periódicos de Andorra o el Reino Unido han publicado sobre las elecciones en España. Seguramente esta es una prohibición a la que el tiempo y las circunstancias han hecho perder casi toda su fuerza. Sin embargo antes de derogar normas conviene repasar qué problemas han podido evitarse con ellas. No vaya a ser que aparezcan después.

Dicen algunos sociólogos que los sondeos no condicionan el voto. Puede ser, pero fue la opinión contraria la que estuvo sin duda en el origen de la norma que ahora se quiere derogar. Que los sondeos, sobre todo los muy cercanos al acto mismo de votar, podían condicionar efectivamente el voto. Imaginemos que no hubiese existido tal prohibición.

Imaginemos que en cada elección hubiésemos estado siendo bombardeados con los resultados de innumerables encuestas y sondeos hasta última hora. ¿Seguro que no influirían en el comportamiento de los electores? Hacer una buena encuesta es complejo, caro y requiere de tiempo y de una buena dosis de conocimiento y profesionalidad. Pero publicar los resultados de una encuesta falsa es muy fácil, tanto que podrían hacerse cientos de ellas en los últimos días de campaña. Cientos. La tentación sería muy grande y el único límite sería entonces la honestidad profesional de las empresas demoscópicas. Una honestidad que no tengo ningún motivo para creer mayor que la de los políticos o los medios de comunicación que encargan los sondeos.

¿Quién distinguiría entonces las pocas honestas de las muchas compradas? ¿Quién evitaría que políticos con más dinero que complejos utilizasen a empresas con más necesidad que prestigio para convencerme a última hora de que ni opción política es marginal? ¿Quién evitaría el deterioro de la credibilidad del conjunto del sector, señores de AENIMO?

Es posible que nada de esto hubiese ocurrido, pero también es posible que sí. Y a uno las cautelas de ciudadano escéptico le previenen contra quienes quieren hacerle pasar por evidencias indiscutibles lo que no son sino opiniones razonables.

Pena de cámara

El domingo pasado me pilló una manifestación de la izquierda abertzale entrando en Bilbao. Hacía una mañana espléndida y los alrededores de mi casa, que son de mucho ambiente en las mañanas festivas, estaban llenos de gente paseando o tomando el vinito, el vermú y el pincho en la calle con la familia o los amigos.

Enseguida se escucharon los pelotazos de goma de los antidisturbios mientras muchos manifestantes corrían por la zona. Se les distinguía bien por su actitud, obviamente, y también por su indumentaria que resultaba bastante uniforme. Más uniforme de la que se suele ver entre los jóvenes –me sorprendió-.

Pero lo que me llamó la atención fue que, excepción hecha de los manifestantes, la mayor parte de las personas que estaban en la calle se inquietaron bien poco. Algo más apartados del centro de las amplias aceras, eso sí, los vecinos mantuvieron las posiciones y los vermús en la mano (antes muertos) mientras contemplaban el “espectáculo” que, además de los pelotazos y alguna carrera, incluyó el volcado de contendores de basura en la calle, ¿cómo no?

Era algo extraño ver como tres grupos de personas compartían la calle con una extraña normalidad. Unos intentando levantar una revolución a base de destrozar mobiliario urbano, otros persiguiendo a los primeros en cortas carreras y los más, mirando lo que pasaba con su consumición en la mano o incluso sin detener el ritmo del paseo dominical.

Un día me dijo un periodista amigo, al que aprecio por su bonhomía y por su inteligencia, que los vascos éramos tan opulentos que hasta teníamos un grupo terrorista local. No he podido olvidar aquella frase y la volví a recordar nítidamente el pasado domingo.

Es una idea perturbadora y tremenda para un país en el que miles de personas no tienen libertad. Es muestra de una vergonzante anestesia moral colectiva pero es también una forma de decir que, pese a tanto sufrimiento y tanta sinrazón lo que hay detrás de esos vándalos y de quienes les mandan es nada. Como mucho el deseo de imponer a los demás lo de uno piensa y temo que en algunos casos, la pura y simple excitación de la falsa batalla contra la policía.

Es como una comedia, una performance. Sale cara porque luego hay que reponer lo que se rompe, pero todo el mundo sabe que es mentira. Que nadie está haciendo una revolución. Que no hace falta dejar el vermú.

Cuando la algarada se alejó y antes de que los mismos ciudadanos retirasen los contenedores del centro de las calzadas pude ver cómo una niña de 10 ó 12 años, que paseaba con su padre, depositó cuidadosamente el envoltorio de sus patatas fritas dentro de un contendor de papel, aunque éste se encontraba volcado y cruzado en la calzada. En medio de la destrucción gratuita y retadora de los “revolucionarios” el ritmo de la ciudad seguía su curso sin interrupción y la actitud cívica de aquella niña desmentía el mensaje de levantamiento popular airado que los chicos extrañamente uniformados querían hacer creer.

Pena de cámara para haber captado aquel momento. Mi amigo periodista no me lo perdonará.

¡QUE VIVAN LAS CAENAS!

Cada día es más habitual que en las manifestaciones públicas los participantes utilicen disfraces, muñecos y hasta realicen representaciones teatralizadas que animan y aportan imágenes interesantes a los medios de comunicación que cubren el acto.

Es normal que tales imágenes presenten de forma ridícula o amenazadora a quienes se señala como enemigos de aquello que se reivindica. Sin embargo el País Vasco es especial. También en esto somos un poco confusos.

Mientras miraba la fotografía de Javier Hernández publicada en el diario El País el pasado 16 de diciembre, que ilustra una manifestación contra el tren de Alta Velocidad, a mi mismo me entraron extrañas dudas. Ese muñeco de aspecto terrorífico y amenazador, tan magníficamente realizado por cierto, no parece querer representar a la ministra de Fomento, ni a la consejera de Transportes del Gobierno Vasco. ¿Qué es entonces lo que representa? ¿Será Torto, el compañero ciclópeo de Basajaun y los demás gentiles de la mitología precristiana vascoaragaonesa?

A estas alturas no me sorprende que en Euskadi haya un movimiento contrario al tren de alta velocidad, aunque sí pueda parecerle extraño al resto del mundo. Aquí los partidarios de la muerte siempre han necesitado fabricar “causas” para buscar simpatías y apoyos, pero sí me asombra que se reivindique con toda claridad, sin ambages, sin disimulo alguno, hasta con muñecos de goma bien explícitos la bondad del atraso secular, la ventaja de lo arcaico, las maravillas que nos aporta la ignorancia contra el desasosiego inherente al conocimiento y la razón.

No hemos avanzado mucho, a lo que parece, desde el cura Santa Cruz y otros reaccionarios y trabucarires, pero “flipo” cuando veo cuánta imaginación, esfuerzo y hasta “maña” ponen algunos en ver cómo consiguen que el País Vasco sea el último reducto del aldeanismo, tan amigo de controlar la libertad y el pensamiento de los demás. Y me asombra sobre todo la gallardía y la intensidad con que aquí se reivindica el regreso a un mundo mitológico en el que nadie cree de verdad.Y lo mismo resulta que el muñeco está diseñado o realizado por ordenador. Vaya usted a saber.

Cubiertos y menús del día

En la mayor parte de los restaurantes que frecuento, cuando tomas el menú del día te obligan a utilizar los mismos cubiertos con el primer y segundo plato. En cambio cuando tu consumición es “a la carta” o de “menú especial” lo habitual es que el camarero te retire, diligente, los cubiertos usados y aun los no utilizados.

Ciertamente no sé cual es el costo que tiene el funcionamiento de un lavavajillas industrial, como tampoco conozco los sistemas que la hostelería debe aplicar para conseguir precios competitivos, pero eso de los cubiertos me asombra. A menudo la reutilización de los cubiertos supone que mientras se espera el segundo plato éstos deben colocarse usados sobre el mantel de tela, con las consecuencias que cabe imaginar. El propio camarero que sirve las mesas se ocupa de tal menester dejando los cubiertos pringosos de salsa sobre el algodón de forma que el mantel de ninguna manera podrá ser ya utilizado para el siguiente cliente.

Solo caben dos opciones. La primera es que la limpieza de los manteles así como su secado y planchado posteriores resulten tareas tan económicas que no importe cuántos sean cambiados cada día mientras que, por el contrario, cada pieza de cubertería que visita el lavavajillas suponga un gasto considerable.

De no ser así, debemos entender que esta práctica de dejar los cubiertos sucios se ha convertido en un signo, en un ritual destinado a marcar el estatus (en este caso el menor estatus) de los comensales que pedimos un humilde menú. Podrían ponernos platos de otro color, cubiertos de plástico como en los aviones o, incluso….unas orejas de burro postizas. Todo sería válido ya que aparentemente no se trata de ahorrar esfuerzo o dinero sino de señalar con claridad la diferencia entre unos comensales y otros. Y a lo que parece la única vía que se ha encontrado para conseguirlo es la de hacer rico al dueño de la lavandería. ¿No les parece curioso?.

Con el dinero no se juega

En España tenemos una pasión por el juego que es muy institucional. Nada que ver con los británicos, que apuestan de forma mucho más libre y algo anárquica. Aquí no. Nada de eso. A los españoles nos parece como si rellenar una quiniela o la declaración del IRPF fuese un poco lo mismo.

El Estado Español (y aquí utilizo correctamente el término) se desvive en presentarnos cada poco nuevas e imaginativas opciones para que incrementemos las arcas de Hacienda. Posiblemente de ahí viene la confusión a la que antes me refería.

Si tiene usted afición a las quinielas, loterías y demás apuestas le recomiendo que la próxima vez que vaya a sellar su boleto eche un vistazo a la panoplia de opciones que se le presentan, desde la antigua quiniela, el quinigol, la primitiva y sus variantes, la loto turf, la lotería nacional… Un mundo tan amplio que a algunos se nos escapa. Menos mal que el siempre solícito Estado nos aclara las caracaterísticas de cada tipo de apuesta de forma clara, sencilla y obvia.

No hay más que ver el boleto que adjunto. Un prodigio de sencillez y claridad. Véase el texto resaltado:

A los partidos elegidos para la reducción se les asignan los pronósticos correspondientes de cada grupo en el orden creciente del número del partido. Si en la reducción entran dobles, los signos 1 y X son sustituidos por la pareja de signos del bloque de pronósticos y en el mismo orden.
Yo apostaría pero…es que me da la risa.

¡Y un jamón!

No soy original si digo que vivimos una época en la que lo inmediato ha adquirido un valor social incuestionable. La gran consideración que en otros tiempos tuvieron la paciencia, la sabiduría o la constancia parece haber abandonado a estas añejas virtudes para mudarse a casa de la inmediatez.

Hermana de la prisa y compañera sentimental del éxito, la inmediatez se ha convertido casi en un requisito para que algo pueda merecer la estimación pública. No hay nadie, o muy pocos, dispuesto a esperar interminables plazos (de años y hasta de décadas) para reconocer a un profesional su valía, a un artista su talento o a un invento su importancia. Aquí lo que no se puede conseguir o juzgar enseguida no le importa a nadie.

Así ha sucedido por ejemplo, que la palabra YA, -antes simple auxiliar de nuestro lenguaje- ha progresado hasta adquirir un valor sustantivo y su mera invocación se juzga imprescindible y hasta suficiente para que aquello a lo que se refiera sea atendido al instante. Faltaría más. No hay manifestación pública en la que tan económico vocablo no tenga un protagonismo destacado. Lo mismo se trate de una reivindicación sindical, vecinal, política o de cualquier otra índole. Siempre estará allí, bien grande el inevitable ¡YA! Así, con admiraciones y -por supuesto- en mayúsculas.

No sé si esta fiebre por lo inmediato nació con el cacao instantáneo de nuestra niñez, o ya venía progresando desde el «casihuevo» de la postguerra pero es indudable que se trata de una verdadera pandemia de nuestro mundo.

Por si le cabía alguna duda vea usted -lector o lectora- la foto adjunta. Le anticipo que lo que anuncia es un plan de pensiones para que el cliente ahorre durante años y pueda así, en su jubilación, cobrar un complemento económico que le ayude a vivir más desahogado. Lo suscribe una importante compañía aseguradora y la campaña lleva varias ediciones por lo que supongo que algún éxito tendrá cuando insisten.

Para animarle a usted a ir cada mes apoquinando un dinerillo durante los -espero- muchos años que durará su vida laboral verá que no hay apelaciones a virtudes como el ahorro, la paciencia, la recompensa aplazada y demás gaitas. Tampoco se le ofrece como obsequio una joyita o un reloj, que vayan acompañándole durante su madurez. Tal vez una pequeña obra de arte, cuyo valor quizás pudiera incrementarse en paralelo con el de sus aportaciones al plan de pensiones (que bonito maridaje, aunque algo cursi -lo reconozco-)

No no. Aquí no se andan con bobadas a largo plazo, aunque el producto consista precisamente en eso. Lo que le ofrecen a usted es lo que mola, lo inmediato, lo guay, lo que mueve el deseo YA. Nada menos que un jamón (luego en la letra pequeña se aclara que es paleta de Jabugo, o sea que jamón jamón tampoco). Usted ahorre todos los meses durante el resto de su vida laboral y para que se anime a un esfuerzo tan prolongado le damos algo que habrá olvidado la semana que viene o la otra, dependiendo de su apetito y de sus dotes de anfitrión.

Si los clientes de planes de pensiones, a los que supongo trabajadores adultos y posiblemente de mediana edad, a lo que son receptivos es a la paletilla de Jabugo para hoy, no me extraña que mis hijos adolescentes ni siquiera puedan entender que en el instante mismo en que quieren algo no esté yo ahí, delante de ellos, para darles el dinero que precisan. Hasta el punto de que se contrarían cuando reclamo tiempo para bajar al cajero de la esquina a retirarlo.

Me hago viejo y no tengo plan de pensiones. Ni tampoco un jamón.

Papá, dame una monedita para comprarme una historia

En el centro comercial hay una zona con caballitos de colores, aviones, coches, helicópteros…que funcionan con una moneda.

¿Por qué le gustan tanto? Me lo pregunto hasta el momento en que fijo con detenimiento en cómo está construido el caballito de fibra policromada. Con todo detalle, con su rienda de cuero, rodeado de otros animalitos y de un cactus. La niña me los señala como parte del juego. Ella sí los había visto desde el principio.

Solo se balancea un poco adelante y atrás mientras suena la música del Far West y el relincho mecánico del caballo. Suficiente para crear un minúsculo mundo de fantasía que le sirve a mi hija para contarse a sí misma una historia de aventuras, de galopadas al viento y de animalitos del desierto, todo en medio de un pasillo atestado de gente con sus bolsas y sus prisas.

Tres años. Tan pequeña y ya sabe contarse historias. El ser humano lo es sólo porque necesita crear narraciones. No sabe limitarse al mundo que tiene delante y no puede vivir sin imaginar otros mundos. Mundos tan ciertos como ese desierto por el que galopa el caballito que vive en el pasillo del centro comercial.

Una historia por un euro.

Una para ti, diez para mí

Si usted quiere organizar un desfile de moda bien frívolo, solo tiene que decir que “los beneficios” irán a un orfanato del tercer mundo. Si se trata de una rifa de bagatelas que les sobran a las damas de la alta sociedad, bastará con que diga que es por los niños sin hogar.

Siempre me ha producido un cierto escándalo moral que se utilice a las organizaciones benéficas como coartada para la frivolidad o para los beneficios. Debo de ser un poco rarito porque cuando lo he expresado amigos cercanos me han reprochado ser un aguafiestas.

Pero a mi cuando una cadena de televisión lleva a unos “famosos” a dar brillo a uno de esos concursos y el presentador se desgañita diciendo que “lo que ganen” será para una ONG es que estomaga. Nunca les he oído decir que los ingresos por publicidad en esa franja horaria vayan a ser para otra organización distinta de la propia cadena. Jamás.

Este fin de semana he oído cómo entrevistaban a un señor que se ha pasado una semana encerrado en un camión sin más comunicación con el exterior que una conexión a Internet a través de su teléfono móvil. El juego tiene por objeto exclusivo y evidente la promoción de los nuevos servicios de una compañía telefónica pero, por supuesto, no ha faltado la alusión a una ONG. Todo lo que consiga el fulano en su deambular por España será donado a una organización de ayuda para que sea subastado y vendido con el fin de conseguir fondos.

Es decir, que cuando haya terminado la campaña publicitaria les van a regalar la basura que les sobre (seguro que ni siquiera les donan el camión). Y ahí está el tío tan feliz mientras le entrevistan por teléfono –excepción permitida para que la campaña tenga éxito- diciendo que lo más importante de la experiencia es que se trata de un acto solidario.

Vete a cagar!

Nuevos conceptos inmobiliarios

Hace ya algunos años mi amiga Miriam estuvo buscando piso. Como solíamos volver juntos a casa tuvo oportunidad de iniciarme en el lenguaje de los anuncios inmobiliarios, que ella iba descubriendo cada día entre asombrada e indignada.

Así fui aprendiendo un nuevo idioma, que hasta entonces desconocía:

«Buena altura» se traduce por «no es un bajo».
«Entrar a vivir» significa en realidad «necesita reformas».
«Necesita reformas» quiere decir «es un escombro que se cae»
«Luminoso» quiere decir siempre, sin excepción, «interior»

Pero la creatividad publicitaria es un universo en expasión y la prueba es esta volatina que reproduzco y que le fue entregada a mi amigo Julio en Bilbao. Julio es filólogo y no pudo evitar quedarse asombrado, como yo, por el novedoso concepto que he marcado con un recuadro. Juzguen ustedes.