Sin Categoría

De perdices y salsas

.Hay un viejo aforismo castellano que reza: “cuesta más la salsa que la perdiz” y que sirve para señalar la paradoja de que a veces lo accesorio pueda resultar más gravoso que lo fundamental. Parece, en efecto, una estrategia bien poco inteligente y que choca claramente con el sentido común. Sin embargo, inteligente o no es una circunstancia que cada día resulta más habitual en nuestro entorno. Lo he recordado hoy al ver a los ganaderos manifestarse, otra vez, contra los bajísimos precios que les pagan sus clientes por la leche.

Vivimos en una sociedad tan opulenta, con tantas opciones de consumo, que tenemos por normal poder disponer en todo momento y lugar de cualquier producto, sea el que sea. Ni se nos pasa por la cabeza que el supermercado pueda no tener naranjas en el mes de julio o fresas en cualquier momento del año y los más exigentes preferimos los kiwis de Nueva Zelanda a los de cualquier otro origen.

Las baldas de los grandes centros comerciales les hubiesen parecido a nuestras abuelas (que eran las que hacían la compra) una auténtica orgía de cantidad y variedad, un cuerno de la abundancia del tamaño de una fábrica.

La leche misma, que tanto inquieta a los ganaderos, se nos presenta en los lineales con una variedad de envases, marcas y presentaciones que marea: entera, desnatada, semidesnatada, con grasa vegetal, con vitaminas, con calcio, en batidos de diferentes sabores…De las frutas y hortalizas ni hablo.

Sin embargo, para que todo esto sea posible no sólo se ha tenido que abaratar enormemente el transporte sino que se ha tenido que desarrollar una enorme red logística de manufactura, tratamiento y distribución de ámbito mundial. El resultado es que esa red, que solemos simplificar denominándola “los intermediarios”, ha monopolizado absolutamente el espacio entre el productor original y el consumidor final acabando de hecho con cualquier posibilidad de conexión directa entre ellos.

Cualquier fabricante, ganadero, agricultor, incluso el más cercano a sus clientes, tiene que subir sus productos a la inmensa rueda de la distribución comercial y, lo que es peor, atenerse a las reglas de juego con las que trabaja ese monstruo.

Las antiguas tiendas tradicionales, aunque vendiesen solo productos de su zona, gustaban de llamarse “Ultramarinos” lo que ya apuntaba una vocación de alcanzar lo lejano, lo raro, lo exótico. Aquel sueño de abundancia se ha convertido ahora en una realidad de pesadilla para quienes están en el primer eslabón de la larga cadena que une el campo con el carro de supermercado.

Conviene que los consumidores reflexionemos sobre algunas obviedades: Chile está lejos de España; pero de allí traemos manzanas. No hay nada que esté más lejos de España que Nueva Zelanda; pero comemos kiwis cultivados en ese lado del planeta. Las hortalizas, que ni sabemos de dónde son, las compramos lavadas, clasificadas por tamaños, envasadas en bandejas y, por supuesto, desechamos cualquier envase que tenga el más leve roce. En esta locura los consumidores somos un poco reyes o niños tiranos que decidimos a nuestro capricho lo que queremos, cuándo y cómo lo queremos. Con esa regla premiamos o castigamos a nuestro proveedor en su cuenta de resultados pero no queremos o no sabemos ver que la salsa de nuestras perdices cuesta muchísimo más que la perdiz misma. Y esa «ignorancia» la pagan los más débiles.
Nota: La imagen es del diario “la Región”.

El ascensor “McDonald’s”

Atentos que viene la modernidad. Vosotros –incautos- creíais que la innovación era cosa de las empresas y del lenguaje de los políticos pero no. Está arrasando en las cosas más cotidianas. Ya no es solo mi portero automático.

Este fin de semana estuve en un edificio (emblemático por supuesto) en el que para tomar el ascensor primero tienes que indicarle a qué planta vas tocando una pantalla interactiva en la que, con varias pulsaciones, vas acotando los pisos hasta llegar al deseado.

Una vez hecha la selección, el sistema te dice cual de los varios ascensores deberás tomar. Dentro de la cabina no hay botonera.

Me recordó la impresión que tuve cuando entré por primera vez en una de esas hamburgueserías en las que pagas antes de que te sirvan.
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Tecnología para una vida más difícil

Hace un año aproximadamente sustituyeron el portero automático de mi casa por un flamante videoportero. En el portal hay ahora un teclado numérico parecido al de un teléfono en el que debes marcar (si la sabes) la clave de cada piso que, por supuesto, no aparece en ningún lugar visible.

Es más, las brevísimas e ininteligibles instrucciones de la micropantallita aparecen en inglés y encima alternando cada pocos segundos con el nombre y dirección del instalador, por lo que no es posible leerlas de corrido ni siquiera para los que conocen el idioma.

Cuando lo estaban instalando pregunté por su funcionamiento al operario que me explicó lo fácil que era: Solo había que conocer la clave o bien teclear repetidamente el botón de la flechita hasta que apareciese en pantalla el piso deseado y entonces pulsar la tecla de campanilla: El orden de los pisos es 11 = 1ºA; 12 = 1ºB; 13 = 1ºC; 21 = 2ºA; 22 = 2ºB; 23 = 2ºC… y así sucesivamente. Yo le pregunté ¿Me estas diciendo que para llamar a mi casa en el 7ºB, tendrán que pulsar 20 veces y luego campanilla? y él me miró como a un reaccionario enemigo del progreso.

Por supuesto quienes vienen a visitar a mis padres llaman desde el móvil cuando están en la puerta.
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Diapositivas, presentaciones y gurús

Hace ya muchos años que las conferencias, charlas y presentaciones no utilizan aquellos antiguos proyectores de diapositivas y tampoco los proyectores de transparencias que eran parte del equipo habitual de cualquier sala académica o profesional.

Si alguien de menos de 35 años lee este texto es posible incluso que nunca haya conocido tales artilugios, pero les juro que existían. El ordenador es ahora la herramienta y el programa de presentaciones más común es Power Point que, aunque tiene grandes posibilidades que la mayoría desconocemos, en su uso básico es extremadamente sencillo, lo que no es poca virtud. Casi cualquiera puede preparar una presentación sencilla rápidamente pero una vez preparada proyectarla es ciertamente un juego de niños. Su comodidad y sencillez de manejo lo han convertido en la opción más habitual en conferencias y presentaciones.

Sorprende sin embargo que tan a menudo personas de enorme competencia profesional en sus áreas tengan dificultades para manejar las presentaciones que nos muestran como ilustración de su saber.

Es asombroso que habiendo hecho lo muy difícil, que es seleccionar e interpretar la información relevante, se atasquen una y otra vez con el ratón o con las pantallas a la hora de iniciar el trámite de exposición de las “diapositivas”.

El cuadro es siempre muy parecido: el experto, que ya ha empezado su comentario, tiene dificultades para saber dónde debe pinchar para que se abra el documento o para hacer cualquier otra cosa; en la pantalla aparece el escritorio o cualquier otra imagen no buscada, el acto se interrumpe, el gurú empieza a disculparse y a hacer bromas sobre su torpeza; mientras un joven colaborador se acerca solícito a ayudarle haciendo uso de su enorme conocimiento informático que le permite saber, por ejemplo, que debe hacer doble clic en el icono del documento o bien seleccionar la opción “presentación de diapositivas”. Cosas así.

Un amigo me explicó que cuando esto ocurre no es porque que falten conocimientos informáticos sino porque falta humildad. Una vez alcanzado el prestigio merecido por su saber, pocos de los grandes popes del conocimiento se rebajarán a admitir que un jovenzuelo les explique nada, ni siquiera cómo funciona un programa que les resultaría tan útil y que es tan sencillo. Ellos son los que saben y no se rebajan a recibir lecciones de nadie que no vean como su igual. Prefieren que alguien se ocupe de preparar las presentaciones, como en tiempos hacían con las diapositivas, y limitares ellos a la función de decir “la siguiente” cuando correspondía que el ayudante cambiase de imagen.

Ya nos prevenía Ortega de aquellos “sabios ignorantes” que llegan a “proclamar como una virtud el no enterarse de cuanto quede fuera del angosto paisaje que especialmente cultivan”(1).

Me temo que en esto también tenía razón.

(1) José Ortega y Gasset. La rebelión de las masas. 1930
Nota: Para los que no lo conocieron, esta imagen es la de un proyector de transparencias.
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Eusquebec

Patxi López va a ser el próximo lehendakari, cada minuto que pasa está más claro que será así y tal vez por eso la reacción de una gran parte del nacionalismo vasco está rayando en la histeria.

Como un púgil noqueado, el PNV balbucea su asombro por la evidencia de que en Ajuria Enea no va a vivir uno de los suyos. Todos y cada uno de los argumentos que salen de sus dirigentes:… “debe gobernar el más votado”… “no valen pactos contra natura”… “sería un golpe institucional” y otros aún peores chocan con la evidente realidad de que todo eso que se denuncia, absolutamente todo, lo ha hecho antes o lo está haciendo el PNV ahora mismo. Gobierna tranquilamente instituciones en las que no es mayoritario, Ibarretxe pactó con los abertzales proetarras sus investiduras y sus planes, pactó con el PP en ayuntamientos y fue con Aznar con quien se estrenó votando por primera vez a un presidente del Gobierno de España. Una lista interminable.

Un PNV fuera del Gobierno Vasco, fuera de su misma razón de ser como partido “nacional”, puede verse envuelto en grandes dificultades, externas e internas, de ejecutoria política y de cohesión. Dificultades que solo podrá afrontar con enorme inteligencia y habilidad. Y desde luego con la cabeza fría.

Han pasado muy pocas horas y todavía se puede entender que el impacto tenga al PNV esforzándose por explicarse qué hace tumbado en la lona después de tan buen resultado como el que ha obtenido. Es de admitir, durante unos días, que sigan con la cantinela deslegitimadora contra Patxi López, pero hay que esperar que más pronto que tarde empiecen a reaccionar con normalidad y sin arrebatos. Porque, además del descrédito que les supondría mantenerse indefinidamente en tal posición, su principal tarea va a ser la que haga dentro de su propia casa, revisando las propuestas que ha hecho a la sociedad vasca y repensándose a sí mismo, como hizo el PSOE en aquel congreso de 1979 y la derecha española en su congreso de refundación como Partido Popular diez años después. Sin aquellas revisiones profundas y claro que sí, también traumáticas, acaso hubiese sido imposible que unos y otros hubiesen alcanzado el Gobierno.

El PNV nunca ha necesitado hacer esa tarea para estar en el poder pero el domingo pasado se le terminó la cuerda y tendrá que ponerse a ello, con la terrible diferencia de que lo que otros hicieron desde la esperanza en la victoria, ellos lo va a hacer desde la amargura de la derrota. Lo han retrasado demasiado pero el PNV es un partido grande y sólido. Si no fuese así tal vez ni siquiera le sería posible intentarlo a estas alturas.

Si algún amigo nacionalista está en condiciones de pensar le recomiendo el interesante y oportuno artículo que, sobre el caso de Quebec, publicó en El Correo Alberto López Basaguren, Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad del País Vasco y conocido por sus aportaciones al debate sobre bilingüismo en Euskadi.

Imágenes de otros mundos

Tengo un amigo que es psiquiatra pero no lo sabe. O quizás sea un poeta pero tampoco lo sepa. Da lo mismo porque él, ignorante como es de tales facultades, se dedica a hacer fotos.


Bueno, no exactamente a hacer fotos. En realidad se dedica a sacar de dentro de las personas lo que son y también otras vidas que esas mismas personas no sabían que llevaban dentro de ellas. Y cuando esas otras vidas salen a la luz y se muestran; entonces y solo entonces Lucho Rengifo tira una fotografía. Una o muchas; todas las que pueda mientras el momento mágico se muestre presente, mientras lo que estaba oculto pueda ser captado por un objetivo.

Si no me creéis, mirad su canal en YouTube. http://www.youtube.com/luchorengifotografo

Violencia irracional

El Lehendakari Ibarretxe dijo ayer en Televisión Española que la violencia terrorista hace “un daño enorme a la sociedad vasca”, dijo también que es parte del “lado irracional” de la vida para reiterar después que su ejercicio “es una irracionalidad supina, completa, total”.

No puedo estar de acuerdo. La violencia que ejerce ETA está dirigida, eso sí, a dañar a toda la sociedad vasca pero tiene unos destinatarios “privilegiados” que no son en general los miembros del partido de Ibarretxe.

El terrorismo nacionalista trata de amenazar a todos, efectivamente, pero empieza por los no nacionalistas y deja en paz, de momento, a los nacionalistas. Se persigue y se mata a líderes importantes, como Fernando Buesa, pero también a militantes de base sin significación, como Isaías Carrasco.

El resultado es que toda la oposición a Ibarretxe, desde su líder Patxi López, hasta el último concejal socialista del pueblo más perdido de la Euskadi profunda, tienen que tumbarse en el suelo a mirar bajo el coche y vivir cada día de su vida acompañados de dos personas armadas y vigilantes.

Todo esto le parece a Ibarretxe irracional. A mí, por el contrario, me parece totalmente racional, incluso me parece que es una estrategia excelente: muy bien pensada, muy bien ejecutada y que sin duda tiene muchas e importantes consecuencias. Ahí van unas pocas

– Disuade a muchas personas de acercarse a los partidos constitucionalistas, debilitándolos.

– Expulsa del país, y por tanto del censo electoral, a votantes no nacionalistas que se hartan de llevar una existencia tan incómoda.

– Genera miedo suficiente para que la gente procure evitar la cercanía con personas que se significan como no nacionalistas.

– Impide que los políticos no nacionalistas puedan ejercer normalmente tareas de relación y captación de voto.

– Sirve de aviso a votantes nacionalistas que pudieran tener la tentación de solidarizarse con sus vecinos amenazados.

– Contamina la ideología nacionalista en general, fagocitándola e hipnotizando a sus partidarios más superficiales con la engañosa eficacia de la violencia.

ETA no es, contra lo que dice Ibarretxe, un signo de irracionalidad, sino un grupo inteligente, que tiene como objetivo estratégico alcanzar el poder, a poder ser en un país aislado, y que se dedica a extender el miedo entre sus adversarios de forma extraordinariamente eficiente.

Creo que Ibarretxe confunde irracionalidad con inmoralidad. Las dos palabras son negativas pero significan distintas cosas. Inmoral es lo que se hace ejerciendo el mal y despreciando del bien. Irracional es lo que se hace sin reflexión y, normalmente, con pocas posibilidades de éxito. La diferencia ineludible es que el principio moral es previo, es básico, es de donde debe partir cualquier actividad humana, por eso se dice “principio” y su valor no puede equipararse jamás al de ninguna estrategia, buena o mala, eficaz o inútil, racional o irracional.

Confío en que Ibarretxe condene el método de ETA para conseguir sus fines políticos nacionalistas por inmoral y no por irracional.

Charles Darwin

El próximo día 12 se cumplen 200 años del nacimiento de Charles Darwin (1809-1882). Un científico y por lo tanto un hombre con más preguntas que certezas. Como todos los científicos, Darwin quiso conocer el mundo y no se conformó con lo que le habían contado.

Charles Darwin por un lado y Alfred Russell Wallace (1823-1913) por otro, llegaron a la misma respuesta a una pregunta muy importante: ¿Por qué las especies son tan diferentes y están tan bien adaptadas a su entorno y a su modo de vida?

La pregunta era importante pero la respuesta que ambos presentaron ante la Sociedad Linneana de Londres en 1858 fue más importante aún: Existía algo que llamaron selección natural. Las especies no eran, por lo tanto arquetipos fijos sino el resultado puntual, en un momento concreto de un proceso de cambio constante, imparable y muy lento en términos de nuestra percepción humana.

La que se había liado. El ser humano, al que Copérnico (1473-1543) ya había quitado la ilusión de vivir en el centro del universo, perdía ahora también el privilegio de ser el árbitro de la naturaleza para convertirse en una especie más. Resulta que el hombre tenía pasado.

Pero el aspecto más demoledor de la selección natural fue saber que no tiene objetivo. Tendemos a pensar que la evolución de las especies tiene como cumbre el Homo sapiens, que somos la cúspide de un proceso de millones de años.

Es bonito pero es mentira.

La evolución no es un cambio a mejor, casual o dirigido, sino solo un cambio. Las especies que existen, incluidos nosotros, somos lo que existe hoy como resultado de la supervivencia, en unas condiciones concretas, de los más adaptados (no de los mejores) y de la extinción de los otros. No hay meta sino casualidad, no hay dirección sino intentos que salieron mal e intentos que salieron bien…por el momento.

No me extraña que las iglesias, todas, hayan querido tergiversar el descubrimiento de la evolución y que, según dicen, una marca española de anís castigase en su día a Darwin caricaturizándole en su etiqueta.

Hoy toca brindar con una copita a su salud y a la de Wallace. ¡Chin chin!

Anorexia democrática

La anorexia es una enfermedad de la opulencia. En los países pobres la desnutrición no va de la mano de la moda sino del hambre.

En las personas que sufren anorexia nerviosa lo más evidente es su extrema delgadez y algunos comportamientos autodestructivos, pero lo que constituye el núcleo de su dolencia y lo que más nos inquieta a los demás es la pérdida total de su capacidad de ver lo que es obvio.

Seducidas por una idea errónea de belleza o de autorrealización, pierden la capacidad para darse cuenta del deterioro grave de su propio organismo que es, sin embargo, perfectamente visible para cualquiera. Por eso no vacilan en someterse a castigos crueles, incomprensibles para los demás, pero que para esas personas constituyen actos heroicos de libertad.

A la sociedad vasca me temo que le pasa algo parecido pero no con las barrigas, que en general están bien dotadas, sino con la forma de entender la política. Los vascos (y las vascas) pese a vivir en una sociedad abundante en libertad, padecemos una suerte de anorexia democrática que nos impide ver la delgadez extrema de nuestro cuerpo político y su preocupante falta de músculo cívico.

También nos hemos acostumbrado a algunas conductas destructivas, difíciles de entender para quien no está infectado:

– Vemos sin la menor inquietud que miles de nuestros vecinos vivan amenazados.

– Cuando en fiestas un visitante se muestra extrañado de ver fotos de terroristas en lugar preeminente de algún ayuntamiento nos defendemos diciendo que “es que no lo entendéis”, igual que haría una adolescente que quisiera escapar de una opinión incómoda sobre sus extrañas costumbres alimentarias.

– Hemos sido testigos de cómo las personas que estaban a frente de instituciones democráticas con un poder de autogobierno que causa envidia en cualquier otro lugar del mundo despreciaban, paradójicamente, aquello que los ciudadanos habíamos puesto en sus manos.

– Damos por bueno que miles y miles de personas decentes deban mantener su opinión silenciada en la calle mientras otras, partidarias confesas de la violencia, pueden proclamar la suya sin que nadie les arguya. De hecho durante años hemos ignorado y hasta reprochado su condición a las víctimas del terrorismo mientras nuestras policías municipales cortaban las calles sin titubear en cuanto la izquierda abertzale convocaba un acto público.

– Incluso hemos admitido que vecinos afectados se manifestasen airados para defenderse contra la cercanía de una comisaría o de la sede de un partido democrático que, además, recibían de éstos la reprobación airada por poner en riesgo la tranquilidad conseguida tras largos años de asentimiento silencioso y anónimo al imaginario de los asesinos.

No sé cómo se llama esta enfermedad que no nos ha dejado ver a los vascos lo que cualquier persona podía ver, por eso la he denominado anorexia democrática.

Pero de lo que estoy seguro es de que se trata de una enfermedad. Y también estoy seguro de al igual que las personas enfermas de anorexia nerviosa solo se curan tras pasar por un largo y duro proceso de rehabilitación, a la sociedad vasca también le va a costar un considerable esfuerzo librarse de esta dolencia social. Un esfuerzo que tímidamente ha empezado ya pero que sólo podrá iniciarse en serio cuando ETA desaparezca y el miedo empiece a remitir. No importa si es en un solo día, tras un comunicado de “despedida y cierre” o como resultado de un proceso de extinción paulatina.

El mero final de la violencia no traerá la paz sino que ésta empezará a venir poco a poco a partir de ese momento. Veremos cuánto tarda. Hay muchas heridas por cerrar.
Foto EFE

ETA me mata lo normal


Miguel Lorente tituló uno de sus libros con esa frase de una mujer: Mi marido me pega lo normal. Lo recordé hace unos días cuando un dirigente socialista vasco me dijo que un empresario le había mostrado su contrariedad por tener que vivir escoltado desde que su compañía participa en las obras del tren de Alta Velocidad en Euskadi, que es ahora objetivo de ETA.

Cuando mi amigo le dijo que él y todos los cargos públicos socialistas de Euskadi llevan escolta hace años la respuesta que recibió fue aproximadamente ésta “pero es que vosotros sois políticos”. Ahí fue cuando me acordé de la frase que Lorente recogió de la confidencia de una mujer maltratada.

No me cabe ninguna duda de que aquel empresario está totalmente en contra de ETA, ni asomo de duda. Que siempre lo habrá estado y si la traigo a colación no es para atacarle sino para hacer ver que hay mucha gente en Euskadi, demasiada, acostumbrada a la violencia hasta tal punto que la considera parte de la normalidad, del paisaje y que la siente como un problema sólo cuando le toca directamente.

Esa forma perversa de normalidad tiene muchos partidarios en Euskadi. Partidarios de no pensar en lo que pueda resultarles incómodo y que han asumido la amenaza y el asesinato de algunos políticos (no de todos) del mismo modo que aquella mujer aceptaba como parte del destino los golpes de su marido.

No es imposible que, dentro de un tiempo, alguien de su círculo le diga a ese empresario “al fin y al cabo tú llevas escolta porque eres empresario, ¿pero yo?”. Tal vez entonces ese hombre comprenda lo que sintió la semana pasada mi amigo socialista vasco, aunque lo que espero es que ese momento nunca llegue porque significaría que hemos avanzado un paso más en la barbarie.