Los políticos que queremos
Si realmente queremos profesionales ‘en’ la política y no profesionales ‘de’ la política, mejor sería que las puertas giratorias empiecen a girar de verdad
El ardiente deseo de discurrir con novedad
Si realmente queremos profesionales ‘en’ la política y no profesionales ‘de’ la política, mejor sería que las puertas giratorias empiecen a girar de verdad
Pues claro que no. No va haber ningún consenso entre los vascos sobre lo que significó ETA y sobre cómo explicarlo a las generaciones futuras. Ni puede haberla, ni habrá una explicación “oficial” común y aceptada de lo que fueron cuatro décadas de terrorismo para Euskadi.
Lo que la gente no quiere es que le recuerden lo incómodo, lo cobarde que fue la sociedad vasca, lo bien que se adaptaba en silencio a los asesinatos de sus vecinos.
Las elecciones de abril no nos van a traer otro país, con otra gente, sino uno muy parecido al de este mes de marzo. ¿Y entonces qué?; ¿cuál es el plan?
No sé por qué se instala tan fácilmente esa certeza, absurda pero firme, de que las elecciones nos traerán las soluciones definitivas a los embrollos políticos.
Los mensajes, las consignas y las declaraciones van todas a muerte contra los adversarios, convertidos en enemigos irreconciliables a batir hasta su exterminio en los campos del honor electoral. Nada de eso tan épico va a pasar.
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| Foto Uly Martín en El Pais |
Albert Rivera teme ahora que el gran asunto electoral de Cataluña acabe siendo aprovechado por otros y que le roben a los naranjas su pole position en la defensa frente a los independentistas.
Ciudadanos se la juega en estas elecciones a todo o nada: ser quien gobierne España como cabeza de la derecha nacionalista española (tras la socialdemocracia, arrumbaron también el civismo constitucional) o quedarse como otra interesante experiencia política que hubo una vez en España.
Será Quim Torra quien decida si dar o no motivos para que se aplique el dichoso artículo. Y tal vez lo quiera hacer, pero será su estrategia y su voluntad, no las de Casado ni las de Rivera
España no es el Reino Unido. Aquí el sistema autonómico está escrito negro sobre blanco en nuestra Constitución, no como allí, y aquí una autonomía no puede ser suspendida al gusto por el Gobierno (como sí pasaba allí con la del Ulster).
Liberado de toda preocupación en cuanto a pactos y negociaciones legislativas que sabe ya imposibles, Sánchez puede entrar en una situación que podría permitirle seguir.
Sin presupuestos, la legislatura estará definitivamente agotada, pero es que ya lo estaba, con lo cual no hay novedad alguna respecto ayer. Porque no estamos ante una legislatura sino ante un duelo electoral permanente
Rivera se congratula del fin del bipartidismo pero resulta inevitable recordar lo que el presidente de Ciudadanos calla: que justamente desde el momento en que se produjo ese cambio que tanto aplaude, España ha dejado de tener Gobiernos con mayorías suficientes, aprobar presupuestos ha sido una agonía y las Cortes han parado casi por completo su labor de producción legislativa.
En solo cuatro años quienes recuperaban orgullosos el discurso de Julio Anguita de las dos orillas amenazan con ahogarse en la suya.
Las rupturas de estas gentes siempre comienzan con gritos de “unidad”, “unidad” y terminan con un listado de disidentes y purgados. No falla. La maldita y titubeante socialdemocracia, tan llena de defectos, acabará siendo de nuevo el lugar en el que poco a poco, o tal vez en tromba, vayan recalando los disidentes y traidores que la vanguardia del proletariado lleva cien años excretando inevitablemente a su alrededor.
De la vieja política, en la que los líderes ejercían de cabeza de cartel del partido, se ha pasado a líderes que son el cartel y son el partido
Las primarias y los referéndums internos dan mucha portada pero laminan los matices, acaban con los grupos de opinión internos y solo dejan espacio a la obediencia o a la inquina personal, que por algún lado tiene que reventar.
Los mensajes ya no se crean para ser leídos sino simplemente reenviados. Y, por supuesto, jamás para ser recordados más allá de unas pocas horas. Expulsados los profesionales de la información que podrían rechistar o repreguntar, ha decaído casi cualquier atisbo de prudencia, contraste y reflexión, sustituidos ahora por el grito incondicional de apoyo a “los míos”.
El hooliganismo político militante y el destierro de periodistas que valoraban y enriquecían la información, ha promovido esta política de alto voltaje y extrema banalidad.