Publicado en El diario norte.es

¿Cuánta gasolina gastará esta bici?

Cuando era más joven de piernas, de pulmones… y de espíritu, solía utilizar a menudo la bicicleta en Bilbao. No creo que fuese el único pero, desde luego, era de los pocos. Tanto era así que, de cuando en cuando, aún encuentro excompañeros que me recuerdan por la costumbre de presentarme con ella en la Facultad (aunque las aulas de entonces estaban llenas de fumadores, temo secretamente que en realidad lo que recuerden sea el olor de aquellas sudadas). En todo caso cualquier cosa era mejor que el atestado autobús de la Uni.

Carente de afición deportiva alguna, sí pienso que la bicicleta es un modo fantástico de moverse en la ciudad, de modo que en cuanto se puso en marcha en Bilbao la iniciativa de las bicis municipales, me apunté enseguida y las uso con asiduidad. Tras bastantes mudanzas, ahora vivo en un barrio alto y a la comodidad de bajar en un pispás al centro se añade la íntima excitación de ir descubriendo, según encaro las primeras pendientes, qué tal tendrá los frenos ésta de hoy. Diré en favor de los servicios municipales, que sigo vivo.

La bici es un artilugio extraño que te convierte en una mezcla indefinible de peatón y vehículo. Una mezcla que inquieta mucho a los abundantísimos amigos del orden establecido, de las fronteras nítidas y de las rayas rojas. Tal vez sea por eso mismo por lo que me gusta tanto a mí. Lenta e incordiante en las calzadas pero fugaz y amenazadora en las aceras, la bici se resiste a encajar en casilleros cerrados, incluido el de los bidegorris, a los que no faltan quienes la quisieran condenar.

Ver tanto ciclista por Bilbao es uno de los muchos y buenos cambios que ha experimentado la ciudad. Y es también una alegría para los que nos la jugábamos en otro tiempo. Cuando la bicicleta se consolida como un elemento más de la movilidad, la velocidad de los coches tiende a ser menor, los accidentes disminuyen y en la calle se respira mejor que en las aulas de mi antigua facultad. Y eso es muy bueno.

Hay que reconocer, sin embargo, que las cuestas no ayudan, ni la lluvia tampoco pero también cuento entre los enemigos de una ciudad llena de ciclistas a quienes pedalean, veloces y hábiles, serpenteando entre los sobresaltados peatones (sospecho de aquellos que puedan ser los mismos que, cuando conducen, adelantan al ciclista rozando el manillar)

La bici ganará la batalla de la calle si sus usuarios somos conscientes de que es muchísimo mejor que los usos y fronteras de la bici urbana no sean objeto de la ley ni de los reglamentos municipales, sino que lo haga nuestro propio sentido común, la prudencia y también la cortesía. Justamente esas cosas que, con toda razón, exigimos en la calzada y que estamos igualmente obligados a aplicar cuando compartimos bidegorri y, ocasionalmente, la acera con los peatones.

Las urbes europeas en las que la bicicleta es dueña de la calle son también las que más solemos envidiar por su tráfico humano y tranquilo, lo que sin duda evidencia que pedalear en ciudad es un buen entrenamiento también para la civilidad. Si queremos que Bilbao se les parezca mejor será que no demos razones a tantos amigos de las línea rojas como hay, porque vendrán y nos las pondrán.

No puedo terminar sin confesar que siempre me queda la duda de cuánta gasolina consumen las bicicletas municipales que uso porque ni yo lo he hecho nunca ni jamás he visto a nadie pegarse una de mis sudadas juveniles para subir las cuestas del barrio a colocar una bici en aquellos anclajes. Siempre lo hace la furgoneta municipal. ¡Ay!

El artículo se publicó en «el diario norte.es» el 28 de setiembre de 2014

Bilbao y sus mareas

La última que nos ha llegado ha sido de finlandeses. Aunque iban bien pintados de azul y blanco enseguida se notaba que no eran de la Real, nada más había que verles, tan altos, tan rubios y sin una sola palestina al cuello.

Para acogerlos hubo que barrer apresuradamente los feos residuos de la también muy multitudinaria Aste Nagusia y -como bien se dijo- cambiar los vasos de plástico por otros de cristal.

Estos días hemos tenido a unos tipos tirándose del puente de la Salve en honor a una compañía de bebidas de esas que dicen que suben la adrenalina. Seguro que sí. Todo lo contrario de lo que pasaba con los pausados reflexivos, y quizás hasta un poquito desesperantes, grandes maestros de ajedrez que también han estado esta semana por la villa con sus cuidados movimientos y sus relojes dobles. Por si fuera poco, el sábado supimos que también vendrá a Bilbao la Eurocopa 2020.

Como las auténticas mareas de la ría ya no traen barcos o gabarras hasta el Arenal, nuestras instituciones andan esforzándose en crear otras crecidas que, como las de antaño, nos reporten riqueza, movimiento, compras y pernoctaciones. Nada que objetar a esta meritoria pasión institucional por convertir la ciudad en un punto de atracción para lo que sea, aunque a veces llegue a parecer que el honor mismo de esta noble villa residiese en el porcentaje de ocupación de sus hoteles.

Lo malo es que contra ese loable esfuerzo trabajan otras mareas, menos visibles, pero que estropean el resultado que con tanto ahínco se persigue. Bilbao es una ciudad más limpia, más habitable, más bonita, incluso más tranquila. Pero no es una ciudad joven, como sí fuimos cuando respirábamos humo y hollín. No somos una urbe pujante que rompe sus costuras sin orden ni cuidado, como pasaba en los barrios hoy rehabilitados. Las novedades llegan ahora de la mano del erario público, y bien está que lleguen, pero no encuentran una sociedad que responda con ímpetu y pasión, sino que lo hacemos con la actitud complaciente del buen vecino que, entrado en años, no es partidario del caos ni del ruido sino de ese confortable orden tan propio de las ciudades medianas.

Cuando se encadenan varios festivos el saldo entre las dos mareas, la de visitantes que llegan y la de locales que abandonan la ciudad resulta negativo. Y lo notan sobre todo los hosteleros y comerciantes que se animan heroicamente a abrir, incitados por el Ayuntamiento, reprochados por los sindicatos pero, sobre todo, abandonados por una clientela ausente. La marea de la crisis afecta a todos pero muy especialmente a los que por edad y libertad eran más de gastar con alegría y algún desorden.

Para levantar cabeza vamos a necesitar más prosperidad interna, un poco más de población y seguramente más desbarajuste. Habrá que ponerse a ello porque está visto que no vamos a poder confiarlo todo a las mareas.

El artículo se publicó en «el diario norte.es» el 21 de setiembre de 2014

Nueva etiqueta

Hace unas semanas inicié una colaboración semanal con el periódico digital “el diario.es”, en su edición vasca “el diario norte.es”.

La idea de los responsables de periódico es disponer de tres columnas referidas a cada una de las capitales vascas. Euskadi ha podido ser y puede que sea siempre un concepto polémico pero la existencia y el carácter de sus tres principales ciudades y de sus propios y muy diferentes microcosmos es de una certeza indiscutible y aplastante.

Los responsables del periódico me han hecho el honor de contar conmigo para escribir sobre mi ciudad, Bilbao. Incluso me pidieron que le pusiera nombre a la columna/blog y le he llamado “la baldosa suelta”. El nombre lo tomé de una característica deficiencia urbana, habitual en mi ciudad, que por ser reiterada y por producirse en una villa de clima lluvioso, deviene en incómodos sobresaltos y en menoscabo de la higiene de pantalones y medias. Por eso me pareció que reflejaba bien mi interés en referirme a las cosas que nos pasan a quienes andamos por Bilbao, en todos los sentidos del andar.

En esta pequeña aventura se han embarcado también Izaskun Arana, que desde San Sebastián escribe el blog “Bahía Entusiasmo” y en Vitoria Elena Zudaire, que ha llamado a su columna “Almendra ácida”. No conozco a ninguna de estas dos mujeres pero de alguna forma hemos quedado hermanados por esa petición que el director del periódico, Igor Marín, nos ha hecho a los tres.

A partir de hoy iré subiendo estos textos del periódico, una vez publicados, a mi propio blog. De este modo mi bitácora vuelve a adquirir vida, esta vez, vinculada a la actualidad local de Bilbao. Tal vez te guste.