Publicado en El diario norte.es

Las catedrales invisibles

La «Cloaca Maxima» de Roma aún se asoma al Tiber

“Si estuviésemos ante esta obra hace más de mil años, habríamos inaugurado una catedral”. Más o menos esas fueron las palabras que el alcalde Areso pronunció el pasado 28 de noviembre en la puesta en marcha del nuevo tanque de tormentas recién construido en Etxebarri. La cosa no es para menos. El tal depósito ha costado 33 millones de euros y, usando el Sistema Métrico Periodístico (SMP), tiene un volumen equivalente a un campo de fútbol con la altura de un edificio de cinco plantas. Mucha agua. Porque tamaña inversión sirve, precisamente, para recoger la que sobra cuando el Nervión se pone estupendo. No solo la recoge, evitando así inundaciones y “aguaduchus”, sino que también permite retirarla del cauce y drenarla poco a poco hacia las depuradoras.

El arquitecto Areso, ahora alcalde, bien sabe, porque le tocó gestionarla muchos años, que la obra de regeneración del nuevo Bilbao más decisiva y transformadora brilla poco, no tiene paredes de titanio ni diseños artísticos ni otros oropeles. Empezó en 1979 con la puesta en marcha del Plan Integral de Saneamiento del Bilbao y es lo que ha permitido, después de muchos años y muchísimo dinero, que la Ría recupere la vida y que la ciudad pueda asomarse a ella sin arcadas. El tanque de Etxebarri es solo una pieza más de esa infraestructura.

Los urbanitas solemos pecar de algunas carencias y una de ellas es la dificultad que tenemos para percibir que el suelo mínimo a partir del cual empezamos a contar no es cero. Acostumbrados a un cierto orden, nos cuesta ver que debajo de la suela de nuestros zapatos hay un buen montón de infraestructuras sin las cuales la ciudad no podría ni abrir la persiana por las mañanas.

Lo peor es que a menudo trasladamos esa misma inconsciencia de lo mucho que cuesta que no pase nada a otros ámbitos y cuando nos asalta la pasión regeneradora, enseguida nos ponemos estupendos nosotros mismos abogando por recomenzar de nuevo, hastiados de los problemas que sí conocemos pero ignorantes del dinero, del esfuerzo y del trabajo que hace falta para alcanzar eso que llamamos cero.

Celebramos elecciones cada poco tiempo y son noticia sus resultados pero no las propias elecciones, faltaría más, alguien llena de gasoil los depósitos de los autobuses y organiza los turnos del metro, la justicia funciona tan mal o tan bien como el resto de cosas pero se celebran cada día miles de actos jurídicos que no salen en los periódicos, abrimos el grifo y sale agua potable, miles de alcaldes y concejales toman cada día decisiones normales, alguien alimenta y coordina las redes eléctricas que llegan hasta el enchufe al que está conectado este ordenador. La lista de lo que funciona cuando pensamos que nada funciona sería interminable.

Así que cuando nos asalta, como ahora, el sano afán regenerador convendría que nos parásemos a pensar un poco en que tal vez las cosas no sean tan simples, ni las soluciones tan fáciles como creemos y que las transformaciones más importantes, positivas y duraderas suelen venir de cambios laboriosos, cotidianos, poco brillantes y a menudo muy caros. Justamente lo contrario de lo que creemos que pasa cuando nos da por pensar que es posible hacer borrón y cuenta nueva cada 30 años.

Para poder llenar un vaso de agua o una urna de votos hace falta que alguien haya construido y mantenga muchas catedrales invisibles. Téngalo en cuenta antes de hablar de partir de cero.

La carrera de “la Balco”

Foto blog Ares Breas

A riesgo de pasar por engreído, les confieso que mi Bilbao llega hasta el mar. Y, por supuesto, abarca ambas márgenes. No pretendo chocar contra la autonomía municipal ¡me libraré muy mucho! Y menos aún con la identidad patrio/local de mis buenos vecinos. Tranquilidad. No tengo afán expansionista alguno sino un sentimiento de familiaridad personal con todo lo que va mojando la Ría.

Y en ese entorno que siempre he visto como doméstico había un lugar simbólico, poderoso, orgullo de la potente y vigorosa Margen Izquierda: Babcock Wilcox, “la Balco” era el emblema tecnológico de nuestra industria pesada. El concepto de gran industria llevado a su máxima expresión. Pero era más: era también símbolo de cuando el trabajo duro suponía seguridad, derechos, economatos, aprendices, viviendas y una vejez tal vez más corta pero siempre digna.

La centenaria Babcock Wilcox llegó a tener 5.250 trabajadores en su factoría de Sestao. Si a mí, que lo veía desde el mismo Bilbao, me causa desazón ver cómo se destruyen aquellos pabellones, no quiero ni pensar en cómo lo verán las familias para las que “la Balco” significó su propia vida.

Porque hoy lo que queda de la Babcock no es una ruina abandonada ¡ojalá! sino un espacio que está siendo mordido día tras día por quienes desmontan poco a poco el gran gigante para paliar su pequeña y terrible crisis. Dicen que en esos pabellones, que ya se desmoronan solos, duerme gente para estar en el tajo los primeros al amanecer. Tan temprano como lo hacían los obreros con sus tarteras pero ahora sin sirenas, solo con la prisa de que otro no llegue antes y les levante ese cobre que tienen mirado o ese motor herrumbroso que casi terminaron de arrancar ayer con el soplete.

Hay denuncias, vigilantes sobrepasados, ertzainas impotentes ante la marea del saqueo, incendios que nadie sabe cómo surgen y también hay ya alguna persona herida grave.

Se ha desatado una auténtica carrera en la que compiten los recolectores de chatarra, los administradores concursales de la ruina, que no tienen dinero para un derribo tan enorme, y las instituciones locales, que están deseando firmar los permisos para que aquello se convierta en solar y termine cuanto antes esta pesadilla. Todos corren, incluso lo hacen los miembros de la Asociación Vasca de Patrimonio Industrial, solo que estos últimos en la dirección opuesta, tratando de que se preserve algo de lo que tuvo tanto valor. De momento van ganando los zapadores.

Esperemos que, al menos, se pueda salvar la obra de Agustín Ibarrola ‘Hombro con hombro’ a la que lo único que la ha protegido del saqueo son sus 20 toneladas de hierro forjado. Una obra bien a la medida de la empresa en la que estaba.

Me resulta imposible no pensar que la Balco sigue siendo un símbolo, como lo fue siempre, solo que antes lo fue de prosperidad, trabajo y derechos hoy lo es de abandono, paro y precariedad. Quizás son esas cosas las que nos hacen sentirnos viejos, porque al escribir he pensado que muchos lectores de un diario digital, como este, más jóvenes, tal vez ni siquiera sepan de lo que estoy hablando.

Lo sepan o no les recomiendo el libro de Juan Eslava Galán “Historia de España contada para escépticos”, que termina así uno de sus capítulos:

Ahmed el Dorado, emir marroquí del siglo XVI, preguntó al bufón de la corte su opinión sobre el palacio El Bedi el día de su inauguración. El bufón dirigió una mirada apreciativa a aquel edificio incomparable, la Alhambra de Marraquech, construido con lujo asiático, mármoles de Italia, mosaicos de Turquía, estucos, ónices, bronces y maderas finas, y se limitó a observar proféticamente: “Cuando lo arrasen va a dejar un buen montón de tierra, ¿eh?

Publicado en eldiarionorte.es el 30 de noviembre de 2014

Funcionarios espinosos

Mi admirado periodista Iñaki Gabilondo suele recordar una parábola de Schopenhauer sobre los puercoespines y la aplica al periodismo y la política. Consiste la cosa en que esos bichos necesitan acercarse para darse calor pero no pueden acercarse tanto que se hieran con sus espinas. Esa distancia indefinida es la que él reivindica que debe haber entre los políticos y los periodistas. Suficientemente cerca para obtener información pero cuidándose de una excesiva cercanía que dañe a los dos y finalmente al ciudadano al servicio del que están ambos.

Por su parte el Doctor Víctor Lapuente Giné recordaba hace unos días las diferencias de cómo salieron los Estados Unidos de su terrible crisis de corrupción en el siglo XIX y cómo salió Italia a finales del XX. Los americanos despolitizaron la Administración, empoderaron a los trabajadores públicos y los convirtieron en un contrapoder profesional que trabajase con el político y no para el político. Con muy pocas regulaciones y más confianza en sus funcionarios consiguieron atacar la corrupción en su base, que no es otra que el poder sin control y con la vista puesta en las próximas elecciones.

Los italianos hicieron todo lo contrario tras el desastre de “tangentopolis”: echaron a los políticos de entonces, establecieron fuertes regulaciones y controles y dieron más poder a la justicia que, controla mucho allí donde puede abarcar y nada donde le es imposible. Berlusconi fue el resultado.

Pues bien, hace unos días se ha sabido que el Ayuntamiento de Leioa, anda enfangado en un gran polideportivo, el de Pinosolo, que no llegó a construirse pero que está costando dinero y disgustos. En una de esas comisiones investigadoras que buscaba irregularidades en los contratos se ha sabido que los técnicos municipales y los funcionarios de Hacienda Foral ya avisaron de que el proyecto llevaría al municipio a un nivel de endeudamiento muy arriesgado. Nadie les hizo e menor caso. Supongo que había obligación de pedir los informes pero no de atenerse a lo que en ellos se decía. No sé si encontrarán o no alguna irregularidad, posiblemente, pero la auténtica irregularidad es que los informes técnicos puedan ser simplemente ignorados.

Lo más llamativo es que los técnicos municipales y de la Hacienda Foral que firmaron los disuasorios documentos que acabaron en las papeleras del equipo de gobierno, no solo prevenían contra un endeudamiento peligroso sino que alertaban incluso de que se avecinaba un fuerte retroceso en el sector de la construcción, con la consiguiente caída de ingresos, de que la financiación foral iba a descender respecto a las anteriores e incluso dijeron que la crisis en los Estados Unidos podría extenderse a Europa. Como ven, disponemos de trabajadores públicos cabales y bastante bien informados. Afortunadamente no todo van a ser funcionarios de los de los chistes.

Comprendo que no es nada popular reivindicar un mayor poder de control para los funcionarios a los que es muy popular ver como un grupo poco eficiente y prescindible pero, como yo no me presento a las elecciones, me puedo permitir reivindicar que hay muchos excelentes trabajadores públicos, y a la vista está que con muy buena preparación, y puedo permitirme también sugerir que políticos y empleados de la Administración harían bien en aplicarse el bonito símil de los puercoespines: trabajar codo con codo, todo lo cerca que precisen para colaborar pero no tanto como para que se pierdan el respeto unos a otros.

Artículo publicado en eldiarionorte.es el 24 de noviembre de 2014

Mucho cuidado con su viejo álbum de fotos

Reconstrucción de la cara de Maximilien de Robespierre

El bombardeo diario de escándalos relacionados con la política no solo está destruyendo a las personas y la credibilidad de instituciones y partidos afectados sino que está teniendo otras consecuencias menos higiénicas. El humo de tanta bomba lo ensucia todo y está generando un ambiente oscuro e inquietante, en donde todos los gatos parecen pardos, o incluso negros.

Cuentan que el 21 de julio del año 1209, cuando las tropas al servicio del Papa Inocencio III conquistaron la ciudad cátara de Béziers, el inquisidor y Legado Papal, Arnaldo Amalrico, incapaz de distinguir entre los prisioneros a los buenos cristianos de los herejes ordenó: ¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!. A veces pienso que nos está pasando algo parecido. Ya hay quien ha dicho con suficiencia ¡caerán todos! sin que se sepa bien hasta donde llegará ese concepto “todos” tan grande él. Volviendo a la historia recordaré que Robespierre, el incorruptible, que lideró la limpieza ideológica de la Francia revolucionaria, fue también guillotinado el 28 de julio de 1794. Y es que todos, son todos.

Contagiosa y peligrosa como el ébola, esta marea de indignación desbordada que asola la vida pública española empieza no ya a no distinguir sino, lo que es más peligroso, a importarle una mierda distinguir o no.

Por razones profesionales conocí en tiempos (no sé si debería decirlo) el trabajo de la Fundación Metrópoli, que es una entidad de profesionales extraordinarios dedicados a cosas tan extrañas y asombrosas como la reflexión, el estudio detallado y la generación de propuestas para mejorar la vida y el futuro de las ciudades. Para que se entienda: justamente hacen esas cosas que siempre reclamamos que alguien debiera haber hecho cuando, años después, descubrimos algún fracaso irreversible producto de la falta de reflexión previa.

Bueno pues resulta que esta fundación de extraños alquimistas urbanos, que lleva muchos años trabajando en ciudades de todo el mundo, recibió de nuestro ayuntamiento el encargo de realizar un estudio sobre los barrios de Bilbao, que trataba de pensar en cómo evitar que en una ciudad como la nuestra el centro, tan atractivo y accesible, acabe un día desertizando la periferia. “Corazones de barrio”, se llamó el proyecto.

Pero hete aquí que seis años antes de recibir ese encargo de una institución vasca la Fundación Metrópoli había tenido relación con otro vasco ilustre, el Sr. Urdangarin, que llegó a ser nombrado miembro de su Consejo Asesor Internacional. La cosa duró unos meses, es de suponer que porque enseguida se vio que el yerno Real lo que vendía era un poco de humo, como el de la bombas, y su propia cara, que esa sí era mucha. A la vista de que no iba a ayudar en nada y menos aún a trabajar, parece que abandonó el lugar sin que nada saliese adelante y sin que se moviera un euro.

Pero aquella foto con el responsable del instituto Noos ha logrado contaminar el prestigio de la Fundación Metrópoli ante nuestro Pleno municipal que, como si se tratase del de una discoteca, quiere ahora revisar con lupa cada detalle del expediente a ver si encuentra alguna coma mal o si apareciese en él rastro de connivencia herética con El Maligno.

Si ha tenido usted vida social o profesional, por si acaso va ser mejor que antes de enseñar sus álbumes de fotos a las visitas les eche un vistazo a fondo, que nunca se sabe dónde puede haber una imagen perturbadora y le recuerdo que los delatores de la inquisición se hacían llamar “familiares”.

Tengo un amigo que compraba en el mismo Eroski que Urdangarin cuando estaba en Vitoria y que recuerda haberse cruzado con él empujando el carro. Está acojonao. Aunque lo mío es peor, puestos a confesar: tengo una foto bien jovencito con Felipe González. No sé ni cómo este periódico se atreve a publicarme.

Publicado en El Diario Norte el 16 de noviembre de 2014

En Bizkaibus tampoco sabemos qué falló ni siquiera si algo falló

Teresa Romero, curada

Recientemente hemos tenido una huelga en los servicios de transporte Bizkaibus cuyos motivos y circunstancias, les confieso, no he conseguido entender en ningún momento.

Durante los paros, la responsable foral de transportes repetía con rotundidad y aplomo que no estaba previsto despido alguno, ni rebajas salariales, que se trataba una huelga sin motivos y que en el fondo del conflicto discurría un enfrentamiento entre sindicatos. Éstos, por el contrario (y con idéntica determinación a la de la diputada) protestaban unánimes por el incumplimiento de unos acuerdos previos y por discrepancias sobre un calendario de implantación de nuevas líneas que amenazaba los empleos. Yo creía que los despidos y los empleos eran cosas fáciles de contar pero parece que no, que hay interpretaciones.

Era una bronca para iniciados, sobre la que sospecho que sobrevolaba el cuervo negro de la desconfianza y, de hecho, no ha resultado fácil explicarla para los medios de comunicación que se han ocupado de ella. Soy consciente de que un profano como yo puede no estar al tanto de los entresijos de cada sector, incluso los que nos afectan más directamente como el transporte, pero también me parece que profano sí pero ciudadano también, a una huelga, y más en servicios públicos, le viene de perlas que se puedan explicar los motivos que la impulsan de forma razonablemente clara. Sobre todo porque no cabe pensar que las 90.000 personas que se han visto afectadas deban ser expertas en la negociación colectiva del transporte y se cosquen a la primera del busilis de la cosa.

No ha podido ser. Y a los vizcaínos nos ha pasado un poco como a la sanitaria felizmente curada Teresa Romero que “ni sabe qué falló ni siquiera si algo falló”. Aliviados por la desconvocatoria de la huelga tampoco sabemos lo que pasó en el servicio de Bizkaibus ni si pasó o no pasó algo. Y no acaban ahí los paralelismos: Si los médicos del Carlos III han dicho no saber qué es lo que ha curado a Teresa, nosotros tampoco sabemos qué es lo que ha resultado tan satisfactorio que ha supuesto la rápida resolución de un conflicto que parecía enconado y amenazaba con prolongarse y generar muchos inconvenientes.

Bien está lo que bien acaba pero les confieso que el capítulo final de esta huelga ha sido, al menos para mí, el más abracadabrante de todos. Parece que el diputado general se puso en contacto directo, por ‘wasap’ y por sorpresa, con un sindicalista concreto, tanto que fue a verle personalmente a su sede sindical, por cuya puerta entró legítimamente y a la vista de todo el mundo. Después habló con otro sindicalista y a partir de entonces el enfrentamiento dio la vuelta, para bien, en cuestión de horas.

Todos dicen que el acuerdo es satisfactorio, incluso los sindicatos que no fueron “agraciados” con esos contactos, lo que es muy buena noticia pero lo más asombroso es que ha habido una bronca notable, con muchos más ‘wasaps’ y ‘mails’ para que se firmase un documento unitario de todas las centrales en el que se pretendía decir incluso cosas como que la visita del diputado general no había existido.

A estas alturas solo cabe alegrarme mucho de que la señora Romero ya no tenga rastro de ébola y de que nuestros autobuses verdes sigan discurriendo con normalidad pero, si les digo la verdad, en ambos casos me pasa como cuando veo una película en V.O. sin subtítulos, que cuando llego al final resulta que no me he enterado de nada.

Intermibús

Empezaré por reconocer que con la que está cayendo, cualquier referencia a la política que no sea para sumarse al coro de voces que denuncian los abusos y reclaman medidas contundentes puede ser vista como una excentricidad. En tiempos de inmediatez absoluta, sé que señalar consecuencias a largo plazo de las decisiones políticas me saca del campo de juego así que aviso al lector o lectora de que puede abandonar este texto aquí mismo porque, precisamente, me voy a referir no a una cosa horrible e indignante de esas que nos llegan cada hora, sino a las consecuencias que tienen las decisiones políticas erróneas mucho tiempo después de que se tomen mal, o de que no se tomen.

¿Todavía está usted aquí? Pues entonces le contaré que hace muchos, muchos años, allá por 1985 se presentó en Bilbao un gran proyecto para unificar en un mismo espacio el transporte tanto ferroviario como de autobuses. Venía firmado por dos grandes arquitectos: James Stirling (premio Pritzker 1981) y su socio Michael Wilford. Fue uno de los primeros grandes proyectos de arquitectura de la ciudad y, por si fuera poco, reverdecía una idea de modernidad urbana impulsada por un ilustre ministro de la República, el bilbaíno Indalecio Prieto, al que la estación de Abando rinde homenaje desde hace pocos años. No sin polémica, claro.

La idea era excelente; el proyecto, magnífico; la obra, compleja; el precio…pues alto. La ciudad reparaba un tremendo e histórico desgarro urbano que aún tiene. Tantas virtudes había que a nadie le pareció que la necesidad del concurso y colaboración de diversas instituciones y empresas públicas fuese a ser un obstáculo, pero lo fue. De modo que después de muchos años de aquí para allá, la cosa se apagó. Ni que decir tiene que nadie se puso la careta del malo pero entre todos la mataron y ella sola se murió. Para que vean que en Bilbao no todo han sido triunfos de la arquitectura de vanguardia.


Lo peor fue que, durante años, a la espera del advenimiento de aquel proyecto extraordinario, que tanto se ponderaba en los despachos oficiales, se mantuvo paralizada cualquier solución a la entonces caótica situación de las líneas de autobuses interurbanos. Finalmente, en 1996, se asfaltó provisionalmente una zona en Garellano, se le puso una carpa de tela encima, se le llamó Termibús y se llevaron allí las paradas de autobuses hasta entonces diseminadas en grandes lonjas sitas en las calles más céntricas de la ciudad. Algo inenarrable ¡oiga!

Aún recuerdo alguna crítica a aquella pequeña decisión cabal por parte de quienes, tal vez, creían que el caos resultaba buen argumento para ayudar a desbloquear el gran proyecto que ya empezaba a desfallecer.

Tranquilos que todo es provisional –se dijo- y bien que lo entendió así una tormenta que un día vino y se llevó la carpa. Hubo que colocar nuevas tejavanas provisionales, taquillas provisionales, un bar provisional, una consigna provisional, aseos provisionales… Y así hasta hoy. La resaca de aquel magnífico proyecto fallido nos ha tenido instalados en la provisionalidad durante décadas y cuando, por fin, se terminó aceptando que Termibús seguirá donde está acaso para siempre, esa certeza nos vino de la mano de la crisis ¡mecachis! y el mucho más modesto proyecto de soterrar y dignificar la estación de autobuses no ha podido ser. Lo que nos condena una nueva y quizás interminable espera. Mientras tanto nuestros flamantes turistas alucinan al ver el engendro en el que les desembarca la metrópoli del titanio.

Resultó que tratando de asaltar el cielo de la intermodal despreciamos la posibilidad de consensuar un arreglo algo más terrenal en Termibús. Y así llevamos décadas penando, y lo que te rondaré.

Me dirán, con razón, que al lado de robar estos deslices de la política son peccata minuta pero yo les animo a pensar en cosas que no existen pero que podría haber existido (y viceversa) si las decisiones políticas hubiesen sido más prudentes y menos entusiastas. Lo digo ahora para cuando la política vuelva a ser una cosa normal y no provisional, como es hoy. Para cuando vuelva a pensar en la próxima generación y no en la próxima elección.

Publicado en eldiarionorte.es el 2 de noviembre de 2014

La democracia según San Lucas

¡Ay de aquel que escandalice! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar. (Lucas 17,1-6).

Da la impresión de que nuestra rica tradición católica está mucho más a flor de piel de lo que podríamos pensar. Al menos así lo parece en Bilbao, donde estamos asistiendo en las últimas semanas a la condena social de unos empresarios que se han creído que podían acogerse a la Ley para abrir una discoteca en un edificio industrial en el que tal actividad está permitida. La reacción de los vecinos del entorno entra dentro de lo esperable. A nadie le gusta tener un lugar que genere movimientos y ruido nocturno cerca de su casa.

Lo que ya resulta mucho menos admisible es la vehemencia y pasión con que nuestro Ayuntamiento se ha mostrado no ya comprensivo con los vecinos, sino dispuesto a evitar a toda costa que ese proyecto -insisto- legal, pueda llegar a buen fin. Las manifestaciones públicas de nuestros ediles han sido tan inequívocas que sin duda habrán contribuido a tranquilizar al vecindario. Aunque se reconoce oficialmente que no hay nada que reprochar a los promotores los responsables de nuestro gobierno municipal se han mostrado dispuestos a mirar “con lupa hasta el último centímetro” del proyecto, con un evidente y manifiesto deseo de encontrar como sea algún resquicio que les permita impedir que la discoteca abra. Eso sí, procurando evitar que un desliz jurídico obligue a nuestra corporación, ya escaldada por otros casos, a indemnizar a un particular al que se le estaría negando su derecho a una actividad legal.

Bilbao parece que aspira a convertirse en la capital europea de los movimientos Nimby así que la escalada de declaraciones no ha tenido desperdicio: si los propios ediles han reprochado que “la juventud no está acostumbrada a salir en silencio de esos locales” (sic), algunos vecinos y vecinas han declarado cosas como que “casi todo el mundo saldrá borracho”, “les dará por tirar todo lo que encuentren por delante”, “no quedará nada en pie”; profecías que demuestran que si nuestros concejales son devotos de San Lucas, la vecindad lo es directamente del Apocalipsis.

Que el local en cuestión se encuentre a 500 metros de una afamada facultad de Derecho no le ha servido para encontrar aliado alguno. No están los tiempos para enfrentarse a la oclocracia que asola el país, ni para los profesionales de la Justicia ni menos aún para quienes ya atisban las próximas elecciones municipales.

De hecho, la oposición, unánime en este caso, si algo ha reprochado ha sido la actitud titubeante del gobierno local, que miraba timorato el resquicio de la Ley en lugar de tirar ‘palante’, caiga quien caiga (la Ley incluida) que para eso somos de Bilbao.

Así que el asunto parece que va a arreglarse a lo grande y por la vía legal; se va a cambiar nada menos que el Plan General (PGOU), esa especie de Constitución urbanística de nuestros ayuntamientos, que vino de la mano de la democracia, que permitió planificar racionalmente nuestras urbes y que ahora va a modificarse a uña de caballo para evitar que se abra un local de ocio concreto en un lugar concreto. La Ley se reformará para evitar esa discoteca, y supongo que todas las demás. Solo espero que ningún movimiento vecinal venga un día a reclamarlas, no sea que haya que volver a cambiar la Ley para darle satisfacción.

Llama la atención que los mismos responsables municipales que se precian de parar este proyecto hayan dicho esta misma semana que quieren que Bilbao sea una ciudad universitaria. Digo yo que pensarán en universitarios de esos de corbatita, jersey de pico y a las 10 en la cama, que mañana hay que ir a clase y estudiar mucho. No sé si será posible conseguir una ciudad más universitaria pero ya anticipo que estudiantes de esos no los vamos a pillar jamás, ni siquiera en esa universidad católica que contempla en silencio la victoria de la pancarta sobre la Ley, que se desarrolla a solo 500 metros de sus nobles aulas.

Con todo, para mí lo más escalofriante ha sido una expresión de una de las vecinas contrarias a la discoteca que ha declarado con sincero desparpajo: “Es una lástima que la gente no pueda ser dueña de sí misma y rechazar lo que a casi nadie nos gusta”. Me extraña que a la oposición minoritaria, que tanto ha jaleado las protestas, no le cause inquietud una reivindicación tan nítidamente partidaria de la piedra de moler.

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Publicado en eldiarionorte.es el 27 de octubre de 2014

Ciudades idiotas

Tal vez haya oído usted hablar de las Smart Cities o “ciudades inteligentes”. Es un término con el que se quieren distinguir aquellas urbes con vocación de sumarse a la modernidad de las nuevas tecnologías y, mediante ellas, ofrecer a propios y visitantes muchos datos útiles y de interés, desde la calidad del aire hasta la congestión de tráfico, pasando por las plazas libres que hay en cada parking o lo que va a tardar el próximo bus.

No hemos hecho más que empezar. En pocos años la cantidad de información que podremos obtener así se va a multiplicar y lo harán también los aparatos mediante los que la obtendremos. La llamada “realidad aumentada”, que es la que combina lo que vemos en la realidad con los muchos otros datos informativos que nos ofrecerá ese entorno “smart” está dando ya pasos en el sector turístico, por ejemplo, y entrará en otros campos, sin duda alguna. Así que prepárense para acostumbrarse no ya a que todo el mundo vayamos mirando el móvil por la calle sino también a las gafas tecnológicas esas que nos permitirán “ver” la realidad y también otras muchas informaciones, todo a la vez. Miedo me da confundir un día una farola real con la de “realidad aumentada”.

Pero mientras el lector o lectora emula a Don Hilarión y contempla cómo adelantan los tiempos y cómo la tecnología se abre paso con rapidez y gran contento de nuestras instituciones, siempre tan encantadas de fotografiarse en entornos innovadores, le deseo fervientemente que no tenga usted necesidad de acudir a esas mismas instituciones a tramitar cosas normales, de las de toda la vida, porque descubrirá que el reservorio místico del sagrado papel y la pasión en utilizarlo para todo siguen ahí, impertérritos.

Cada vez que me veo en la tesitura de hacer trámites administrativos hay algo que me resulta completamente asombroso y es ver cómo los múltiples certificados y documentos que le pedirán en una u otra ventanilla los expide siempre un ordenador. Pero lo hace en papel, para que tenga que ser usted, en coche, moto, bici, bus o andando, quien lleve ese papel a otra institución (o a otra sede de la misma) donde se lo recogerán y lo adjuntarán a un expediente (acaso para digitalizarlo después, en cuyo caso ya sería la locura). No es raro que una institución Foral le pida a usted un documento (en papel) que acredite que es usted titular de la cuenta en la que Hacienda Foral le cobra el IRPF. No se extrañe si esa institución o el mismo ayuntamiento le exigen un papel; un papel ¿eh?, que certifique ante ese mismo ayuntamiento que usted vive donde usted dice que vive, que es justo donde le mandan la correspondencia municipal. También pueden pedirle –se lo digo yo- que demuestre (con un papel) que es dueño del vehículo por el que el mismo ayuntamiento que le exige el papel le cobra el impuesto de circulación. No sigo… Excuso decir que todas esas gestiones han de hacerse, faltaría más, personalmente y en horario laboral.

Resulta que la información más inconcreta y cambiante, como la meteorología o las plazas libres de aparcamiento la conocemos al momento pero es una odisea localizar los datos ciertos y fehacientes sobre usted mismo que, como dicen en su propia jerga, “obran en esta oficina”.

Las “smart cities” son ciudades capaces de obtener mucha información, manejarla y ofrecerla a sus ciudadanos en forma comprensible, útil y en tiempo real. No sé qué nombre deberían tener las ciudades que disponen de toda la información en formato digital y que, sin embargo, son incapaces de consultarla por sí mismas y necesitan que usted vaya a hacer una cola (con un sistema digital de turnos ¡tela!) para que le den un papel donde consta lo que ellas mismas ya sabían.

Bueno, tal vez sí se me ocurre un nombre.

Publicado en eldiarionorte.es el 20 de octubre de 2014

¿De qué va a vivir Bilbao?

A mi hijo mayor y a mi ciudad les está pasando algo parecido. Ambos están en pleno momento de transición, con lo anterior ya acabando pero todavía sin una idea ni aproximada de lo que pueda venir en adelante, de cómo irá tomando forma su futuro. Por supuesto que al chico se le nota más la inquietud pero a la ciudad también se la ve dubitativa y con desasosiego.

Estos días hemos sabido que en nuestro ayuntamiento va a haber un cambio profundo y que las próximas elecciones van a certificar el fin de la era Azkuna, uno de esos alcaldes emblemáticos que las tres capitales vascas han tenido en algún momento y, para nosotros, símbolo de una época. Se prevé el inicio de una nueva etapa, con caras nuevas en los partidos de siempre y quién sabe si con caras nuevas de partidos también nuevos.

A quienes elijamos los bilbaínos les tocará estrenar nueva agenda de prioridades. Aún queda alguna gran obra pendiente de la época anterior, como la que un día habrá que hacer en el entorno de la Estación ferroviaria de Abando, pero la auténtica estrategia de futuro de la ciudad está por diseñar.

Leo que el jueves pasado se iniciaron en Lund (Suecia) las obras de construcción de la fuente de neutrones por espalación, la ESS. Dicen que asistieron cientos de científicos de todo el mundo y también dicen que pocos o ningún político. La noticia me recordaba inevitablemente el esfuerzo, muy político, que se hizo para traer esa misteriosa infraestructura a Bilbao.

El turismo, cosa antaño desconocida para los que peinamos menos pelo y alguna cana, nos ha traído un movimiento nada despreciable. Hemos tanteado también, con bastante éxito, la imagen de ciudad que se reinventa a sí misma con imaginación, ambición y -en fin- contando también con bastante dinero (propio y de otros). Menudean las iniciativas institucionales de apoyo a mini-micro-nano-empresas, todas muy meritorias e innovadoras pero que no encuentran entre nosotros el mismo clima social que en California, para qué engañarnos.

La ciudad segura de sí misma, que siempre se supo urbe industrial, capital del Norte dicho así en general, anda desorientada respecto a su propio destino; sin posicionamiento, como decimos los de marketing. No hemos encontrado “esa gran industria que nos hace falta” y que un día reclamaba mi peluquero, pero lo peor es que casi todos empezamos a tener la sospecha de que no la va a haber, de que no vamos a vivir de una gran cosa, como antes, sino de muchas medianas y aun pequeñas. Acostumbrados como estuvimos al monocultivo, esa perspectiva nos llena de turbación.

La crisis nos ha puesto esta difícil tarea encima de la mesa con urgencia y de forma absolutamente descarnada así que quienes vayan a ser nuestros próximos responsables municipales ya saben que les corresponderá transitar por esa senda de incertidumbre tan incómoda. De sobra sé que no son los alcaldes los que levantan las ciudades, si acaso como mucho el ánimo, igual que nos pasa a los padres con los hijos. Pero espero que la apuesta de nuestros futuros ediles sea atrevida y capaz de mirar lejos, que no caigan en la fácil tentación de conformarse con ser los más grandes del barrio. Una pista: ESS son las siglas de la fuente de neutrones esa, pero en inglés, no en sueco, digo…

La parte buena es que mientras repensamos lo que queremos ser de mayores parece que estamos buscando cierta distracción llenando los teatros y dándoles una alegría a artistas y productores. No es mala cosa.

Publicado en «el diario norte.es» el 13 de octubre de 2014

La arquitectura ya no es ‘tendencia’

A las buenas gentes de Bilbao lo que más nos gusta del museo Guggenheim, sin comparación, es el dinero que ha traído, que ha sido mucho. Luego ya viene lo del edificio, el perro de Jeff Koons, que Bilbao sea mundialmente conocida y todo lo demás. Pero lo primero es lo primero, y el éxito económico que supuso el museo fue tanto que sirvió para enterrar, como si nunca hubiesen existido, las críticas y los desprecios que el edificio y el proyecto museístico recibieron cuando aún eran obras inconclusas. El Guggenheim nos tiene a todos de padres y nadie recuerda ya que hubiese ninguna desafección original.

Es más, el extraño brillo del titanio pareció iluminarnos con alguna suerte de hechizo por la arquitectura de vanguardia y ya fue un no parar. No eras nadie si no opinabas sobre Gehry Isozaki, Pelli, Moneo, Hadid, Siza, Krier o Calatrava (de éste opinábamos más que de los otros). Los premios Pritzker de arquitectura -oiga- parecía que los daban en Azcarreta.

Por si fuera poco, los entendidos que nos visitaban se maravillaban de los edificios históricos del Ensanche y nos descubrían a nosotros un valor que habíamos ignorado hasta entonces, de tan vistos como los teníamos, con sus chorretones negros del humo barrido por la lluvia.

Pero debajo de esa novísima pasión seguía corriendo, telúrico y subterráneo como nuestro río Helguera, el auténtico ser tradicional bochero. La corriente que exigía que nada cambiase o que todo cambiase lo menos posible.

Por eso, antes de que la torre de Abandoibarra lograra romper el tabú de la altura, hubo nuevos edificios que pagaron su peaje cívico y tuvieron que ser mazacotes bajos y gruesos para contentar a una vecindad que no los quería ver altos y esbeltos.

No somos en Bilbao de términos medios. El titanio, el acero y el cristal iban por un lado mientras por otro se levantaba la defensa numantina de casi cualquier edificio » de toda la vida», cuyo derribo o sustitución se presentaba como una catástrofe urbanística, como poco. Así pasa que tenemos unos restos de fachada del Depósito Franco ahí puestos como si fuesen el decorado olvidado de una película. La última polémica tiene como objeto el antiguo edificio de Iberdrola, que rápidamente ha hecho surgir nuevos aficionados al racionalismo arquitectónico pero al que le ha salido un firme enemigo en el amianto maldito.

No crean que la cosa es de hoy. Ya en 1902, cuando Valentín Gorbeña y Severino de Achúcarro diseñaron la estación de la Concordia para la Compañía del Ferrocarril de Santander a Bilbao (la que está frente al Arriaga) voces autorizadas de la villa atronaron indignadas porque la llevaran allí, a las afueras, al otro lado de la Ría, a la recientemente anexionada anteiglesia de Abando. Absurda pretensión aquella que, para acercarse al tren, obligaba a cruzar el puente que te sacaba de Bilbao. Los atascos de carros, calesas, landós e incluso automóviles en el Arenal iban a ser de aúpa.

Como quien tuvo, retuvo, estos días hemos tenido a Lord Foster en Bilbao. Ha venido a recibir un premio en el Foro de Regeneración Urbana BIA y a visitar y firmar el metro de sus fosteritos después de casi veinte años de éxito. Lo merece, sin duda. Pero me da a mí que la crisis y sus recortes también han dejado a la vista la fragilidad de nuestra pasión por la vanguardia. Algún arquitecto amigo me dice que en su sector, como en todos, ya solo importa el precio y así parece que nuestra hasta ayer brillante cultura urbanística se ha marchitado a la primera sequía de dinero público.

Tal vez sea simplemente que, como todas las modas, la arquitectura avanzada y de postal ha tenido en Bilbao mucho de ‘tendencia’ pero ha transformado poco nuestra capacidad colectiva de aprender a apreciar el valor de las cosas nuevas y creativas y, claro, así nos sale enseguida el corazón tradicional; ese que, a falta de más información, cree que todo lo que conoce de antes es valioso y que no vale la pena explorar cosas nuevas que solo vienen a romper la armonía del Bilbao de siempre. ¿Habríamos aceptado hoy el Guggenheim de Frank Gerhy?

El artículo se publicó en «el diario norte.es» el 5 de octubre de 2014