Publicado en El diario norte.es

TAV. En picos, palas y azadones, cien millones

La monumental estación de Canfranc, en su tiempo la segunda
más grande de Europa, cerrada desde 1970.
Hoy recibe algunos trenes regionales desde Zaragoza. 

En picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo, cien millones de ducados, en limosnas para que frailes y monjas rezasen por los soldados del Rey caídos, ciento cincuenta mil, en guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de los cadáveres… en reponer las campanas rotas de tanto repicar a victoria… y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados.

Las cuentas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, suelen ponerse como ejemplo de chulería, mala administración y de un reprochable poco cuidado en el gasto por parte de quien administra dinero ajeno, auténtico “pecado nefando” de nuestros días.

A mí, por el contrario, me gusta la actitud a contrapelo de aquel militar que con un ejército menor que el de sus enemigos, peor abastecido y armado, fue capaz de vencer a quienes recibían de sus monarcas suministros mucho más generosos. Pero lo más admirable fue su valentía de decirle al soberano a la cara lo que sus economistas no sabían o -peor- no se les había ocurrido calcular: el valor del Reino de Nápoles.

Algo parecido está pasando ahora con el Tren de Alta Velocidad, al que no le han faltado nunca detractores. Estos días hemos sabido que a ellos se han sumado destacados economistas que, como es su obligación, hacen las cuentas y las previsiones a largo plazo y apuntan cosas que, al menos a mí, me resultan incomprensibles como por ejemplo que las líneas del AVE nunca serán rentables. Siempre me pregunto ¿rentables en comparación con qué?

Los economistas de Fernando el Católico no respondieron a la pregunta de cuánto valía el reino recién ganado y los de hoy se dejan también muchas preguntas sin responder. Ahí van algunas. Ojo que, tal y como dicen hacer ellos, las formulo pensando a largo plazo:

  • ¿Y si el que hoy llamamos TAV dentro de unos años es simplemente “el tren” porque nadie aceptará entonces tiempos de viaje más largos? ¿Cuál sería el precio de no tener tren?
  • El transporte aéreo es ahora excelente y bien barato, lo que hace dudar de la conveniencia del tren ¿alguien puede asegurarme que siempre será sostenible un transporte aéreo tan barato? 
  • Cuando se habla de retorno económico ¿Por qué nadie hace la cuenta entre el retorno económico por uso (que es cero) y los costos de construcción, ampliación y mantenimiento de las autovías? ¿No será que nos gusta mucho conducir?
  • Hablando de autopistas y autovías, tan caras ellas (en el sentido de queridas y demandadas) ¿No generan el mismo efecto túnel con el que se señala acusadoramente al tren? Yo aún recuerdo los viajes de 7 horas y pico a Madrid, tan largos que te daban para el amaiketako de morcilla en Burgos y el cordero en Sepúlveda o Aranda. Es una pena pero yo ya casi no paro, y no consumo ¿y usted?
  • Ya metidos en este oscuro y maléfico efecto túnel que comparten el AVE y las autopistas, se denuncia la injusticia de que las zonas no servidas por el AVE quedarán fuera de la dinámica económica y, por tanto, empobrecidas. Ciertamente. ¿Queremos formar parte de ellas?

Me alegro de que se hagan cuentas y que se hagan bien. Los propios economistas reconocen que hacer previsiones siempre es difícil, “sobre todo si se refieren al futuro”, así que agradezco el esfuerzo pero cuando las decisiones tienen tanta trascendencia, y sobre todo cuando se dice pensar a largo plazo, me gustaría que también se incluyesen en las cuentas conceptos como los que planteo.

Estoy muy dispuesto a ser convencido pero, por favor, no nos olvidemos una vez más de incluir “el valor del Reino de Nápoles” (en este caso todo lo que el tren comporta). Porque es seguro que a quien no le salió nada rentable la guerra y en particular la batalla del río Garellano (un nombre tan bilbaíno) fue a los franceses, que la perdieron.

Publicado en eldiarionorte.es el 11 de mayo de 2015

A portagayola

Foto realizada por Manu Fernández. El Correo

Antonio Fernández Casado es un señor de Bilbao experto en hostelería, a la que siempre ha aportado conocimiento, dinamismo y valor añadido. En tiempos, su activísimo trabajo en uno de los más clásicos hoteles de la ciudad llegó a convertirlo en sorprendente centro de la vida social. Vamos que lo de Antonio ha sido siempre un no parar.

El año pasado aceptó hacerse cargo de la Presidencia del “Club Cocherito”, que es uno de los 2 clubes 2 que los amantes de la tauromaquia tienen en Bilbao, y muy antiguo además.

Recuerdo que la noticia de su llegada a la presidencia me hizo pensar algo así como “seguro que a partir de ahora sabremos más de ese club, ¡bueno es Antonio!”. Ya empezamos a saber. De entrada 6 candidatos 6 para las próximas elecciones fueron convocados esta semana a un debate sobre los toros. Algunos mandaron a buenos gregarios pero todos los grupos políticos comparecieron. Allí estuvieron el socialista Alfonso Gil, Luis Eguiluz, del PP, Andoni Rekagorri, por el PNV, Rodrigo Vilallonga, de Vox, Helena Gartzia, de Bildu y Asun Merinero que es candidata de Podemos.

Ahora que toda actividad pública que se presuma polémica es evitada o preparada con todo cuidado y la mayor de las prevenciones -que no hay papel de fumar bastante en los estancos de la villa- le pega todo a Antonio afrontar este debate a portagayola, con seriedad pero sin asomo de miedo.

Una vez en el ruedo público, los intervinientes mansearon en torno a aspectos económicos como el importante impacto de las corridas generales de agosto para la hostelería bilbaína y a las primeras de cambio escapaban buscando el cómodo olivo del relevo generacional de la fiesta o de la composición más o menos adecuada de la Junta Administrativa de Vista Alegre, tal y como era de esperar del frágil encaste que presentan nuestros políticos de ahora.

La faena discurría sin entrar al trapo de la auténtica brega para la que habían sido convocados y que presentaba el indudable peligro de que una palabra mal colocada supusiera alguna banderilla de castigo por parte de un sector u otro de un electorado respetable pero siempre frágil.

Un político de raza es el que resulta capaz de transmitir un criterio moral firme y claro, que sirva a sus electores e incluso a sus adversarios para adivinar por sus hechuras la que será su reacción ante el castigo que sin duda encontrará cuando se haga cargo de las responsabilidades a las que quiere acceder.

Quien pretendiera tal cosa pinchó en hueso. Los intervinientes salieron corretones y evitaron manifestarse con rotundidad, salvo para cargar la suerte contra la representante de Bildu, que trataba de armonizar su rotunda postura contraria a las corridas de toros, así en general, con el mantenimiento y apoyo local a la fiesta en algunas localidades guipuzcoanas de gran tradición taurina en las que su partido gobierna.

Como la corrupción y sus derivados no puede faltar nunca, no ya en un debate político sino incluso cuando se entrevista a un actor o a una folclórica (y si no fíjense en las secciones de ocio y TV) la lidia pronto derivó hacia el abuso de las entradas de la feria por parte de los concejales, que las reciben en razón de su cargo, y de si se debe o no destinar dinero público a actividades lúdicas que al fin resultan privadas, por más que supongan brillo y animación para la ciudad. Un debate que a mí me resulta tan interesante que me gustaría que se realizase no en el Club Cocherito sino en el campo de San Mamés. Lo digo para que quepamos todos y todas.

Finalmente, viendo que irrumpían en el debate las violencias (término que tomo prestado de la Secretaría General para la Paz y la Convivencia del Gobierno Vasco) el Presidente optó por el aviso, dando por terminado el festejo.

Silencio.

Publicado en eldiarionorte.es el 27 de abril de 2015

Eso no me lo dices tú en la calle

Ya ha empezado el desfile de declaraciones del caso Kutxabank y la cosa promete tener recorrido. Por supuesto que con el término “recorrido” no pongo en cuestión el que sin ninguna duda será el final para los acusados desde el punto de vista de su imagen y de su prestigio social: En ese aspecto están ya tan muertos como Fernando López Aguilar, o Rodrigo Rato ¡Faltaría más!

Lo que empieza ahora es el juicio “jurídico”. El juicio social ya se ha producido, ya se terminó y ya hubo sentencia: de culpabilidad, por supuesto, como pasa en todos los juicios que se hacen fuera de las salas, en los titulares y en las barras de los bares. Eso es agua pasada.

Al juicio “jurídico” le corresponde en todo caso aportar un poco más de espectáculo y, por lo visto, apunta a que no va a defraudar. De momento en sus declaraciones el anterior presidente, Mario Fernández, ha dicho que no olvida y que no acostumbra a “dejar heridos”, una expresión cuasi tabernaria que anuncia jugosas sesiones en el palacio de los Jardines de Albia.

Mikel Cabieces, acusado, ex delegado del Gobierno en Euskadi y ahora militante socialista en suspensión aérea, lo mismo Juan Fernando López Aguilar, también hizo unas declaraciones en su día de gran impacto.

Esto empieza a parecerse a una de esas películas del Oeste en las que la amenaza de una pelea tumultuaria en el Saloon sacaba a los parroquianos a la calle, entusiasmados ante la perspectiva. Lástima que no haya en torno al juzgado abrevaderos de esos en los que siempre acababa alguno de los contendientes.

Ahora parece que el abogado acusado sí que trabajaba, que el bufete de abogados sí se había hecho cargo de trabajos adicionales a los habituales, trabajos relacionados con las fusiones y adquisiciones de Kutxabank que de haberse dejado a su aire hubiesen supuesto para la entidad riesgos de decenas de millones de euros. Ya se habla de complot y de falsos informes de auditoría.

La caja supuestamente estafada no se ha presentado como acusación pero los declarantes no dudan de que su mano (como la del aldeano) está escondida tras la piedra arrojada.

Puede que el resultado del juicio reporte nuevas acusaciones públicas que supongan la condena social de más personas, de forma que se alimente así la maquinaria del descrédito de todas las instituciones que desde hace unos años hemos puesto en marcha en España con gran éxito de crítica y público.

Lo que es seguro es que de este caso, como de tantos otros parecidos, no va a salir nadie bien, ni los ya condenados de facto por la opinión pública, ni los que a partir de ahora sean acusados (y condenados igualmente) ni tampoco la propia Administración de Justicia, que puede que se vea obligada a declarar inocente a alguien o a cerrar el caso sin culpables, lo que clavaría otra punta en el ataúd de su ya deteriorada consideración social.

Al menos en el Oeste, cuando acababa la pelea solía haber whisky gratis en la barra pero aquí ni eso.

Extramuros de la OTA


Las antiguas ciudades medievales siempre disponían de sus correspondientes arrabales, una palabra procedente del árabe hispano que designaba el caserío que surgía fuera de los núcleos urbanos, constreñidos entonces por gruesas murallas defensivas.

Vivir en el arrabal no era plato de gusto, ciertamente. Allí iban a parar las clases más humildes que, aunque viviesen más aliviadas de la maloliente insalubridad de las atestadas villas, a cambio se veían sometidas al descrédito social y, lo que es peor, a la fácil degollina de cualquier atacante de los muchos que había. Que las murallas no se construían por gusto.

Nuestra calle Ronda, en cuyo número 16 nació Unamuno, el bilbaíno más universal (con perdón), no se llama así en recuerdo de las costumbres txikiteras ni tampoco en honor de los mozos que cortejaban a sus amadas sino que era justamente la calle que separaba la muralla de Bilbao de las primeras casas y por la que los centinelas hacían la ronda de vigilancia.

Aunque las murallas sean un recuerdo de hace siglos, otras fronteras menos imponentes pero igualmente ciertas han venido a sustituirlas. Hoy para sentirse arrabal puede bastar con no tener metro (de ahí la pelea de los vecinos de Rekalde) o, en estas últimas semanas, estar al otro lado de la impalpable muralla que, como torres tecnológicas, forman las canceladoras de la OTA. Es lo que está pasando en La Peña.

La OTA también comenzó, lo recuerdo bien, por las zonas urbanas de más prestigio y también recuerdo que en su inicio la zona “afectada” era tan pequeña que los vigilantes daban más que abasto para cubrir sus exiguas rutas, de modo que era cuestión de un minuto que te multasen si no tenías al punto aquellos papeles que se vendían en los estancos y que había que agujerear con la llave del coche. El resto de la ciudad respiró entonces aliviada al no verse sometida a aquella incómoda exacción, hasta que comprobó con espanto que los coches expulsados del elegante Ensanche empezaban a repartirse y saturar sus propias calles.

El sentimiento arrabalero, como de marginado, de vecino “de segunda” pareció reverdecer hasta que la frontera del ticket se fue extendiendo y los ánimos se calmaron. Pagando, eso sí.

Pero se equivocaban quienes creyeron que la periferia quedaría a salvo de la marea de aparcadores. Bilbao no es tan extenso y pronto los barrios a los que se iba acercando la normativa vieron sus calles atestadas de vehículos de desconocidos.

Por fuerza la cosa tenía que ir a peor porque, obviamente, no es lo mismo repartir los coches de una única zona prohibida entre otras muchas libres que amontonar los de muchas prohibidas en una sola libre. Doy fe de que la extensión de la OTA a San Adrián, Miribilla y Zabala ha causado gran contento y de que ahora se aparca allí como en las películas americanas (de frente y sin maniobrar) pero los vecinos del barrio de La Peña, ya de por sí estrecho de espacio, se han visto auténticamente inundados y se ha exacerbado su sentimiento de ser los marginados que viven en el arrabal medieval de una ciudad de titanio que les arroja, inmisericorde, lo que a ella le sobra y le incomoda.

Mal asunto este de tomar decisiones brillantes y populares sin valorar las peligrosas consecuencias secundarias que conllevan. El problema es que la política se ha malacostumbrado a que el largo plazo sea el escaso tiempo que hay entre una convocatoria a las urnas y la siguiente. Ya da igual incluso que se trate de municipales, autonómicas, forales, generales o europeas. Nuestros líderes brincan de una a otra elección, empapados de encuestas, como si atravesaran un río tumultuoso saltando entre sus piedras y, claro, con tanta adrenalina puesta a ver quién va a atreverse a señalarles los efectos secundarios de una vida tan apresurada. Bueno, quizás lo hagan los vecinos de La Peña.

Publicado en eldiarionorte.es el 13 de abril de 2015

Las ciudades que importan

Poder adquisitivo

De vez en cuando conviene mirarse con ojos ajenos, con unos que no estén ya cegados por nuestras propias rutinas, que a nosotros nos impiden ver aquello que para los demás resulta perfectamente obvio.

Hay quien lo hace yendo al psicólogo, otros acuden al confesionario y están los que tiran de los amigos. Todos hacen bien, sin duda. Lo importante es tratar de evitar que nos pase como a los peces, que no ven el agua.

Mi amigo Juan Carlos es cordobés y hace ya muchos años que viaja a menudo a Bilbao por motivos laborales. Como tanta gente que nos visita, Juan Carlos aprecia y valora la transformación que ha experimentado nuestra villa y ha sido testigo de los muchos cambios de Bilbao. Estos días me señalaba que una de las cosas que ha visto cómo cambiaba es la consideración que los bilbaínos tenemos de nuestra propia ciudad que, curiosamente, le parecía que no ha ido a más con el éxito de Bilbao, sino a menos.

“Somos una ciudad mediana, cómoda, accesible”…“todo está bastante cerca”…”no somos para tanto”… Son ideas que –me dijo- nos ha escuchado a varios y diferentes de sus amigos bilbaínos y que no por ser ciertas le dejaban de sorprender. “En otro tiempo no había bilbaíno -insistía- que no defendiese que erais casi la capital del mundo”. Es verdad que hoy seguimos haciendo esa clase de chistes pero son eso: chistes.

No sabría decir si esa modestia es o no un defecto. Supongo que hoy viajamos más y eso nos ayuda tanto a apreciar las muchas virtudes de la villa como a atinar mejor nuestro tamaño e importancia relativa. Lo que tampoco está mal.

Aunque Bilbao y los municipios de la Ría lograron superar la crisis industrial, el esfuerzo que nos costó levantarnos dio tiempo suficiente a otras ciudades para que nos alcanzasen. Hoy ya no estamos en el podio de las ciudades españolas, a lo más en un lugar digno del pelotón. Somos la décima en población y estos días hemos sabido que Madrid nos ha superado en el ranking de salarios más altos, un trofeo que muy pocos reconocerían en su cuenta corriente pero que parece que estadísticamente nos mantenía arriba.

Si a eso añadimos esa tendencia que últimamente nos asalta de querer convertirnos en una confortable ciudad de provincias: sin ruido, sin noche, sin botellón, sin riesgos…y, encima, con pocos niños que anden por ahí incordiando, ya tenemos casi todo el equipaje necesario para ir abandonando el centro del escenario, que es donde pasan las cosas.

El éxito que nos reconocen en la transformación de la ciudad ha llegado a mucha velocidad, tanta que no nos ha permitido disipar aún nuestra nostalgia de urbe referente, dinámica, sucia y rica. Estamos mejor ahora; seguro, pero parece como si echásemos de menos, si no la carbonilla, sí algo del empuje y del brío que tuvimos como ciudad industrial y que parece que siguiésemos añorando.

El próximo mes de mayo escogeremos nuevos ediles y, como a los soldados a los que el valor se les supone, a estos y estas habrá que suponerles inteligencia para percibir cuáles son los nuevos retos a los que se enfrenta la ciudad que quieren gobernar y también capacidad para correr riesgos, incluso los electorales, que son los más dolorosos pero los más necesarios cuando se trata de liderar a largo plazo y no de obtener aplausos a corto.

Mi amigo cordobés no es psicólogo, y menos aún confesor, pero me ha servido para comprobar que no soy yo solo el que vive este momento de nuestra ciudad con una mezcla de orgullo por lo que se ha hecho bien y desazón por no saber bien si estamos acertando en el camino para seguir en el grupo de las ciudades que importan. Estamos a tiempo…supongo.

La mancha de aceite llega a Miribilla

Dicen que los motoristas nos dividimos en dos grupos: los que ya nos hemos caído y los que se caerán. Yo, que soy reincidente de los primeros, pensaba algo parecido de las ciudades actuales; que se dividen en dos: aquellas donde ya hay un Mercadona y aquellas donde lo abrirán. Bilbao era de las segundas y va a incorporarse pronto al primer grupo. Esta semana el pleno municipal, salvo sorpresas muy inesperadas, aprobará la nueva ordenación de la parcela en la que se instalará el primer supermercado de Juan Roig en la villa.

El solar es ahora parte de la zona de juegos de una ikastola, a la que le van a venir muy bien los ingresos atípicos que aportará el supermercado. Que un símbolo de nuestra especificidad y diferencia más notable vaya a ser la puerta por la que entre en Bilbao el emblema de nuestra uniformidad cotidiana con el resto del país no deja de tener su “aquel” ¿no le parece?

Los responsables de Mercadona han dicho siempre que su estrategia de expansión es la de mancha de aceite (no consta si de oliva, virgen, español o de Marruecos…). El aceite, como es sabido, es un producto que se extiende lenta pero irremisiblemente por las cercanías de donde ya ha pringado. Bueno pues nos ha tocado por fin que nos llegue la mancha, que unos considerarán infamante mientras otros esperan con impaciencia el advenimiento de las cremas Deliplus, las pizzas Hacendado y la lejía Bosque Verde. Ya ven que mis viajes por la geografía española me han hecho un experto así que les aviso de que no es para tanto: ni el anticristo de la distribución ni el edén del empujador de carritos.

Los nuevos negocios que los consumidores miramos con especial atención son aquellos que nos sorprenden con un halo de novedad, que puede venir de los precios, de los horarios (con perdón) o del tipo de productos que ofrecen. Lo curioso es que la expectación que despiertan los nuevos modelos comerciales, como en su día McDonald´s, IKEA, luego OpenCor y ahora Mercadona viene siempre acompañada de un fenómeno también muy del momento, que son los nuevos enemigos 2.0, que las redes sociales han popularizado con el nombre de trols.

Seguramente el desembarco de la cadena de alimentación en Bilbao dará ocasión a que escuchemos las denuncias más asombrosas e increíbles sobre sus retorcidas estrategias de malignidad que recuerdan casi al Dr. No de 007 pero que, sobre todo, de puro desmesuradas lo que consiguen es apagar las objeciones razonables que sin duda habrá en este caso, más o menos como en todos los demás.

A veces, cuando me pongo conspiranoico, llego a pensar si no será una estrategia impulsada por los propios negocios, justamente para que la propia enormidad de las denuncias, capte la atención sobre ellos y les acerque nuevos clientes, deseosos de visitar en persona ese “averno” del ultramarinos.

La vida cambia y sigue adelante. Nuevos negocios y franquicias sustituyen a los tradicionales templos de la hostelería. El último en caer ha sido el Lekeitio, de la calle Diputación, dando la razón así a Jorge Manrique, cuando nos recordaba “pues que todo ha de passar por tal manera”.

Yo, por si acaso, procuraré que mi moto no resbale con la mancha de aceite que Roig ha extendido también a Bilbao, que creo que ya llevo el cupo de golpes cubierto, ¡demonios!

Cargadores sí, pero ventanillas también

Hace unos mil años un amigo, directivo del transporte, me describía su asombro porque en un viaje de trabajo a los países nórdicos había visto a altos ejecutivos hablando desde sus teléfonos móviles mientras viajaban en los autobuses públicos de la línea que unía el aeropuerto con la capital.

Bueno, en realidad no creo que hayan pasado mil años, pero ciertamente lo parece. Entonces, quien disponía aquí de teléfono móvil era parte de una selecta minoría social a la que ni se le pasaba por la cabeza que se pudiera ir al aeropuerto en un vehículo distinto al de su empresa y conducido, a su vez, por el chofer correspondiente. Cuando no contaban con esa opción, que para ellos era simplemente la normal, se veían obligados al taxi. No había otras opciones. De hecho, creo recordar que entonces en Bilbao simplemente no las había.

El precio inalcanzable de aquellos teléfonos, el de las llamadas y que nuestros ejecutivos siempre han sido mucho más altaneros, estirados y clasistas que los nórdicos, eran razones que hacían lógico el asombro que entonces compartimos mi amigo y yo: que personas portadoras de teléfono móvil, por tanto altos ejecutivos sin la menor duda, viajasen en autobús era cosa de admirar ¿cuándo seremos así de europeos? nos preguntábamos.

No creo que seamos mucho más europeos que entonces pero la revolución digital cotidiana que nos ha venido después (y que sigue en marcha) ha puesto en manos de casi todo el mundo aparatos que harían palidecer a aquellos ladrillos que portaban los personajes más exclusivos. Sospecho que nuestros altos ejecutivos no habrán cambiado mucho, pero la tecnología sí que lo ha hecho, hasta convertirse en parte de la vida de casi todos. Y, además, a un ritmo que no era posible ni siquiera imaginar en aquellos años.

Leo ahora que cinco de los nuevos autobuses que se van a incorporar a la flota de Bilbobus ya van a venir con un puesto en el que se podrá cargar el móvil y que la vocación es que todos los vehículos de la flota se vayan sumando a esa nueva oferta. En estos momentos la frontera entre nuestra vida social más dinámica y la súbita, triste y melancólica soledad no la establece nuestra mayor o menor fortaleza psicológica sino la duración de la batería del móvil, así que ya estoy viendo el albondigón de gente en torno al puesto de recarga, pillando enchufe.

Me gusta la idea, como también la de que los autobuses puedan portar bicicletas hacia los barrios altos. En esta ciudad con cuestas, en la que no faltan motivos de queja, que el transporte público se acomode a las necesidades de la gente, se esfuerce por ser una opción atractiva, con calidad y con capacidad de innovación es muy buena notica.

Ahora solo queda recapacitar sobre si nuestra dependencia enfermiza de la tecnología nos hace o no mejores pero una reflexión tan transcendental no podemos delegarla en los responsables del transporte, que bastante han hecho atendiendo a la recarga de nuestros móviles.

De momento aunque lo normal es que casi todos viajemos sin levantar la vista del smartphone, sugiero a los gestores de Bilbobus que, por favor, se siga manteniendo la existencia de las aparentemente inútiles ventanillas. Soy un antiguo, como ven.

Publicado en eldiarionorte.es el 15 de marzo de 2015

Bienvenido a la república independiente de tu casa

Se equivocan de lleno quienes sostienen que a la publicidad no le hace caso nadie. Al contrario: no solo suele ser el único contenido que vale la pena dentro de la programación actual de todas las televisiones, sino que la realidad demuestra que la influencia de los buenos anuncios no se queda en el mero comportamiento comercial para el que fueron creados, sino que se desborda y empapa incluso el debate social y político.

La semana pasada me atrevía yo a señalar el influjo de un anuncio de refrescos en el comportamiento de los munícipes bilbaínos, que se han “venido arriba” y se han lanzado a una revisión completa de la historia local. Esta semana hemos sabido que la Diputación, sin duda siguiendo los consejos de una conocida empresa sueca de mobiliario, va a proponer una modificación de la Norma sobre Demarcaciones Territoriales a las Juntas Generales de Bizkaia para que, reunidas so el árbol, debatan y aprueben que las poblaciones menores puedan convertirse en nuevos municipios, siempre que sean al menos 2.500 personas, así lo deseen la mayoría, tengan un territorio diferenciado y demuestren que podrán disponer de dinero para pagar los servicios básicos. Una ventaja que tiene este nuevo proceso a la hora del buen rollo vecinal es que las desanexiones habrán de ser aprobadas por el Pleno del municipio actual y no solo entre los vecinos “díscolos”. En esta curiosa mezcla de condiciones, procedimientos y prodigiosos buenos deseos nada se dice sobre que en esos pueblos renacidos deba hacer sol y buen tiempo, por ahora.

Que los municipios sean entidades prestadoras de servicios, que son cosas que cuestan entre mucho y muchísimo dinero, solo les importa a los franceses que, vista la crisis, han decidido empezar a agrupar los que tienen, buscando economías de escala y demostrando, de paso, que siguen siendo una panda de jacobinos sin remedio.

Aquí en cambio lo que nos mola es la identidad: el “Tú ¿de quién eres?” que cantaban los de “No me pises que llevo chanclas”. Y la Diputación, repentinamente consciente de los sentimientos vecinales, ha cambiado radicalmente su postura, que hasta ahora era contraria a la atomización, para convertirse de nuevo a la fe identitaria que llevó a que Iurreta se desanexionara de Durango, Alonsotegi de Barakaldo, Bolivar de Markina-Xemein, Erandio, Derio, Loiu y Sondika de Bilbao y Forua y Kortezubi de la propia villa foral de Gernika.

De momento hay en la gran Bizkaia 112 municipios y en la parrilla de salida de esta nueva carrera de “libertad para los pueblos” están ya Usansolo y La Bilbaina, al volante de sus respectivas reivindicaciones por el “derecho a decidir” local. La competición puede ser muy entretenida y seguramente resultará también cara pero yo no me pierdo los argumentos y razones que se avecinan (nunca mejor dicho). De momento ya se han visto dos explicaciones bien llamativas: la primera la del alcalde de Galdakao, al que se le quieren marchar los vecinos, que se felicita por el compromiso de su partido con el derecho a decidir y –supongo- por la rectificación de la postura contraria a la desanexión que él mismo mantenía hasta ahora. La segunda, la de los “independentistas” de Usansolo, que andan preocupados porque solo quedan dos plenos en la Casa de Juntas de Gernika antes de que la legislatura termine. En este caso las garantías parlamentarias, que obligan justamente a parlamentar, a hablar, a discutir, a contrastar opiniones y a votar, las ven como lentos y engorrosos trámites. Contrasta tanta prisa con el argumento de que estos cambios administrativos responderían a rocosos sentimientos, profundísimos, seculares y, de suyo, inasequibles al paso del tiempo.

Lo más evidente de todo este lío es que la publicidad demuestra, una vez más, que es un excelente termómetro de lo que son las preocupaciones, deseos y sueños de la gente. A la fuerza, porque su objetivo es ganar más dinero y no como otros, a quienes no parece importarles pagarlo.

Bilbao estrena hoja de parra

Antes

Ponen ahora en televisión un anuncio estupendo en el que se pondera «la increíble sensación de venirse arriba». Haya sido por consumir el refresco anunciado o por un calentón propio de ese orgullo de Nuevo Bilbao que nos contagia a todos desde hace unos cuantos años, el caso es que nuestros ediles han decidido ponerse estupendos y hacer borrón y cuenta nueva en relación con la propia historia de la villa, o al menos con la parte de su historia que anda por ahí en reconocimientos, calles, medallas y menciones.

Ahora

Como un Adán redivivo, llamado por Dios a ponerle nombre a todas las cosas, nuestra corporación va a comenzar a contar la historia de nuevo a partir de ahora. A poner y quitar, si no nombres, sí honores, de forma que no se recuerde lo que no se debería recordar y para que el santoral laico de esta ciudad se ajuste a los principios y criterios morales, políticos y sociales de la actualidad que, como todo el mundo sabe, son los correctos, los adecuados y los que, sin la menor duda, perdurarán de aquí al final de los tiempos. No es una idea nueva, ya la tuvo el arquitecto Cayo Julio Lacer cuando hizo grabar en el Puente de Alcántara la leyenda “PONTEM PERPETUI MANSVRVM IN SECULA MVNDI (El puente que permanecerá en pie por los siglos del mundo). No consta con qué se refrescaban entonces los romanos de la Lusitania pero me pongo en lo peor.

Este anticipo bilbainísimo de Juicio Final comenzó hace un año con la retirada de los retratos de los alcaldes y su traslado a una especie de sala de acusados virtual, de donde irán saliendo de uno en uno, inevitablemente los imagino con el carnet en la boca, para que se revise con la lupa democratiquísima del año 2015 que -insisto- es la buena, su trayectoria, su valía personal y particularmente su posible vinculación con el poder durante la dictadura. Que un alcalde pase examen sobre sus relaciones con el poder me parece a mí que es como pedir cuentas a un camionero por andar siempre rondando por carreteras, bares y sórdidos moteles de autopista pero…en fin.

Andamos los vascos muy metidos en problemas con las cosas de la memoria, que se ha convertido en una de nuestras obsesiones de moda. Pero no porque nos falte sino porque me temo que nos sobra. Nos acordamos de tantas cosas: unas antiguas, otras solo viejas y algunas tan insultantemente recientes, que se ha desencadenado una auténtica carrera del olvido, sostenida sobre todo por los que más quieren olvidar y más quieren que los demás olvidemos.

Estos días ando de mudanza, recogiendo, embalando y tirando cosas así que, viendo el espectáculo que me ofrecen las autoridades locales me entran dudas profundas de lo que debería hacer con las fotos de mis abuelos. Tengo la del republicano, urbano y castellanoparlante, cuya familia, aun después de muerto él, sufrió la presión social del franquismo. Y tengo también la del carlista, rural y euskaldun, que por un pelo salvó la vida cuando estuvo detenido en los barcos prisión de la Ría y veía cómo sacaban a otros presos derechistas, como él, que nunca volvieron. Quedo a la espera de recibir la iluminación municipal que me aclare. No se conocieron así que, de momento, los voy a meter juntos en la misma caja de cartón. A ver qué pasa.

Aquella desgracia en blanco y negro

Foto El Correo

Una ciudad es un ente vivo, dicen algunos que con carácter, no sé yo si con voluntad, pero seguro que con memoria colectiva. Como nos pasa a las personas las ciudades también construyen deliberadamente sus propios recuerdos y, lo mismo que hacemos nosotros, los adornan, pulen y transforman para que el relato de sí mismas que cuentan y que se cuentan sea algo más lucido que la siempre inmisericorde realidad.

La sociedad bilbaína es bastante conservadora, poco amiga de aventuras y es proverbial nuestra capacidad para despotricar, incluso de forma organizada, contra cualquier novedad o cambio en nuestras costumbres y rutinas. Sin embargo, contra toda evidencia, es norma que vayamos por ahí dándonoslas de modernos, emprendedores, dinámicos y cosmopolitas. Si no se ríen de nosotros es porque hemos desarrollado una capacidad asombrosa para subirnos a los trenes de la novedad cuando ya han arrancado, agarrándonos al último vagón con mucha habilidad y sin descomponer el gesto. De esa forma los visitantes, que ignoran nuestra polémicas pacatas, llegan a creerse que todos aplaudimos desde el principio el museo Guggenheim, la transformación de la Alhóndiga, la impepinable necesidad del metro, la belleza de las torres de Isozaki, la elegancia de la de Iberdrola o la innovadora pasarela Pedro Arrupe. Alguien debería quemar las hemerotecas.

Sin embargo cuando la realidad es tremenda, resulta más difícil de adornar, acaso innecesario, y por eso las desgracias grandes se incrustan, duras, en el recuerdo colectivo de las ciudades como episodios que forman las páginas negras que todos tenemos, Bilbao también.

En blanco y negro fueron y siguen siendo las fotografías del accidente del monte Oiz, en el que un 19 de febrero de hace 30 años, murieron 148 personas. Andaremos por la mitad de la población los bilbaínos que recordamos personalmente aquel día. El resto habréis leído alguna vez sobre el asunto pero no se os vendrá a la cabeza cuando aterrizáis en las pistas de Loiu, entonces las de Sondica, e incluso podéis subir al Oiz, ver las antenas y contemplar el paisaje sin que vuestra imaginación se ponga a trabajar irremediablemente tratando de reconstruir el horror en aquella ladera.

El impacto humano fue grande y el impacto social también, sobre todo porque –nos guste o no reconocerlo- lo que golpea a la élite social siempre pesa más en la memoria que las desgracias que asaltan a la gente “del común”. Y entonces viajar en avión no era tan accesible como ahora.

Nuestras dos catástrofes más recientes fueron las inundaciones de 1983 y el accidente de aquel Boeing 727 que venía de Madrid. Todavía hay quienes guardamos ambas bien claras en nuestra memoria. Supongo que con el tiempo todo irá difuminándose y un día estarán estas desgracias en la lista de las históricas, entre las que nuestra villa es campeona en el apartado de aguaduchus.

En la ciudad la lluvia siempre incomoda y poco o nada riega. La ciudad es el espacio humanizado por excelencia, el hogar del ciudadano, el espacio sustraído a la veleidad de la naturaleza, que solo accede a la urbe en espacios tan domesticados como los parques y los mercados de abastos.

Posiblemente sea ese espejismo de control, que nos ciega a los urbanitas, lo que hace que sintamos tan aturdidos cuando un golpe como aquel nos recuerda que seguimos a merced de la casualidad, del accidente y de lo imprevisto mucho más de lo que solemos reconocer.