Publicado en El diario norte.es

La «mano invisible» tiene sede en Alcalá 47

Adam Smith

Si lo prefiere, también puede usted dirigirse a Carrer de Bolivia, 56, en Barcelona. Muchas facilidades me parecen para acceder a lo invisible, ¿no cree?

En pleno siglo XVIII, Adam Smith publicó su obra “An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations”, más conocida como “La riqueza de las naciones”. Una obra fundamental en teoría económica en la que aparece la metáfora de la “mano invisible” con la que el autor trata de hacer ver que el capitalismo gozaría de una ventaja derivada de tratarse de un supuesto “sistema de libertad natural”. Según Smith, esta mano bienhechora fomentaría de forma automática el bien común como consecuencia de la suma de las actuaciones de los agentes que operan en un mercado libre, aun cuando cada uno de ellos trabaje de forma egoísta y a la búsqueda de su exclusivo beneficio.

Tal automatismo benefactor del mercado desaconsejaría, claro está, que el Estado se inmiscuyese, puesto que la regulación “natural” haría el ajuste mejor que cualquier funcionario.

Esta pequeña parte de todo lo escrito por Smith es el cimiento sobre el que los neoliberales construyen a cada momento su ideario económico, reclamando así la abstención del Estado, de manera que ellos puedan ejercer su poder sin limitaciones, ya que la suma de sus reconocidos egoísmos llevaría automáticamente a la virtud de la creación de bienes, empleos y riqueza colectiva.

Y una mierda.

El propio Adam Smith, que sí era liberal, no como los neoliberales de hoy, no ignoraba que tan natural como la competencia en un mercado libre es que quienes ya han accedido a él se ocupen activamente de acabar con esa libre competencia en el mercado en el que ya están. Yo añadiría que cuanto más grandes y poderosos, más esfuerzo dedicaran a evitar la competencia y menos a competir ellos mismos.

Sea impidiendo el acceso de nuevos agentes o evitando el enfrentamiento entre ellos, la actitud que el neofeudalismo económico defiende en realidad, aunque la enmascare tras la metáfora del noble Sr. Smith, es la consigna de “el libre mercado somos nosotros y aquí no entra ni Dios”.

Por si eso no fuese suficiente para que fuesen expulsados del paraíso liberal, está también su otro pecado: la indisimulada reclamación de que el Estado gane agilidad no para defender mejor a la población de sus abusos sino para ser más rápido a la hora de darles a ellos dinero contante y sonante. Extraña forma -oiga- de ejercer la libre competencia, que sin duda habría asombrado al bueno de Smith.

La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha tenido que contrariar al sabio escocés y hacerse cargo de la labor de su “mano invisible” pero a plena luz del día y ejerciendo precisamente el “monopolio de la coacción” que Max Weber le asignaba al Estado, ha impuesto una multa histórica de 171 millones de euros a los fabricantes y distribuidores de vehículos por el intercambio sistemático de información confidencial que hacían para evitarse la incómoda competencia a la que tanto apelan con la boca grande. Se han puesto como hidras pero todas las compañías de automóviles estaban implicadas y si alguna se ha librado de la multa no ha sido por haber actuado con “liberal honestidad” sino por haber colaborado en desenmascarar la trama anticompetitiva de la que también formaba parte.

Que estas mismas empresas sean las que han obtenido dinerito fresco de los gobiernos para vender sus vehículos a través de planes RENOVE y PIVE hace que el abuso aún sea más inmoral y sangrante. Los 171 millones de euros que tendrán que apoquinar ahora ni se acercan a los 445 millones de dinero público que los ciudadanos les hemos pasado directamente en los últimos años para que vendan sus coches a precios más bajos. Estos liberales trileros mientras cobraban con una mano hacían las trampas con la otra.

Está visto que de 1776 a esta parte, la ingenua “mano invisible” de Smith ha perdido el pulso contra la auténtica “mano escondida” de los “señores feudales del capital”, de esa “aristocracia del mercado”, tan liberal ella cuando habla de ideología como partidaria de acogerse al plan quinquenal sin el menor disimulo en cuanto las previsiones de beneficio se tuercen.

El español, que ya ha aportado al lenguaje económico internacional el término “corralito” debería pensar en proponer también el de “capitalismo de estraperlo” que, como se ve, es algo tan nuestro como la siesta, la fiesta, la paella o el torero.

Era la publicidad, estúpido!

Incluso los caramelos están atentos a la actualidad

Cuentan que cuando el escritor catalán Josep Pla llegó a Nueva York, en 1954, le enseñaron la ciudad iluminada con un esplendor que podemos imaginar que no existía entonces en la noche de ninguna otra urbe del mundo. Dicen que al ver el espectáculo, primero se asombró pero enseguida preguntó: y esto ¿quién lo paga?

Ahora que muchos lectores nos quejamos (yo el primero) de la pérdida de calidad del periodismo y de que tantos medios se arrojen entusiastas por la pendiente de la militancia, abandonando toda pretensión de rigor, la vieja pregunta de Pla vuelve a tomar sentido: Y esto ¿quién lo paga?

Porque me lo pregunto es por lo que me resulta tan extraño que parte de la culpa del deterioro de los medios se achaque a la publicidad. Me aburre esa idea tan manida de que la publicidad tendría por objeto condicionar los contenidos, aparte de molestar a los lectores. Parece que son legión quienes piensan así: que los anunciantes a lo que se dedican es a vigilar y controlar la línea editorial de los medios.

Es un error pero un error secundario, que parte de otro previo y mucho peor: el de pensar que la publicidad no sirve para nada y que no influye en el comportamiento de las personas; menos aún de nosotros, que somos gente tan inteligente, que no nos dejamos influir por mensajitos, photoshops y tonadillas tontas a la hora de decidir lo que contratamos o compramos. Faltaría más.

Solo que es mentira. Obviamente quien sea tan engreído para pensar así solo puede creer dos cosas: o que los anunciantes son idiotas (por gastar tanto dinero en cosas inútiles) o que lo gastan para controlar la línea editorial del medio ¿qué otra cosa si no? Así que rápidamente deducen que “mejor sin publicidad” o, cuando echan cuentas, que ésta debería ser repartida con criterios de subvención y no de una rentabilidad que ya de origen, niegan que sea posible.

La realidad es bastante más compleja. En general a la publicidad no le importa nada lo que ponga en la página de al lado de su anuncio. Lo único que quiere es que “eso que ponga” le interese a mucha gente, cuanta más mejor, para que una parte de ella se fije en el slogan de al lado, conozca la marca o el producto anunciado y finalmente…compre.

Lo cierto es que si hubiera más publicidad los medios serían más libres, menos dependientes del poder, con menos miedo a la ruina y seguramente menos sumisos, aunque la rebeldía tuviese que ir acompañada de anuncios de bragas, de caramelos, de coches, incluso de planes de pensiones, también de esos.

Por el contrario con menos publicidad hay menos medios, menos periodistas, peor pagados y más tentados de ser voceros de quien les garantice las lentejas, ya que su medio lo hará solo a medias, o no lo hará en absoluto.

La catástrofe en los contenidos de las principales cadenas televisivas demuestra que los anunciantes, cuando solo buscan audiencias millonarias, también pueden ser dañinos, además de poderosos, pero despreciar a estos poderosos es suicida porque cuando se van son inmediatamente sustituidos por los poderosos de verdad, que son los que no pagan para comprar lectores sino para comprar periodistas. Usted me dirá lo que prefiere.

¡Ah claro! que lo ideal sería una ciudad bien iluminada pero sin que nadie tuviese que pagar la factura de la luz. Cómodo, pero algo ingenuo. Yo, por el contrario, prefiero hacerme la misma pregunta que se hizo Pla, porque estoy seguro de que todo lo paga alguien, siempre. Y, sinceramente, prefiero que sea la publicidad, que acostumbra a preferir medios con audiencia y prestigio y suele huir despavorida de los panfletos para convencidos.

Aunque duela reconocer nuestra dependencia del “vil mercado capitalista”, sin anunciantes no hay dinero, sin dinero no hay medios libres, sin medios libres no hay periodistas y sin periodistas no hay democracia.

Tsipras y las malditas sirenas

Ulises y las sirenas Herbert James Draper (1909)

Bien se ve que el primer ministro Tsipras conoce los clásicos. Hace unos días me refería yo al mito de Escila y Caribdis, el monstruo y el remolino, como símbolo de la difícil elección entre dos males a la que se enfrentan los nuevos políticos y citaba en particular a la alcaldesa de Madrid.

El dirigente griego ha leído también la historia de Odiseo y, como aquel, decidió hacerse encadenar al mástil de un referéndum tras tapar cuidadosamente con dignidad y patriotismo los oídos de su pueblo.

Convertirse en prisionero de su propia tripulación le serviría, como al héroe, para poder escuchar la melodía de las peligrosas sirenas europeas y de la Troika sin caer en la tentación de ceder a sus horrendas pretensiones. “Os oigo, pero no puedo moverme porque, como veis, mi tripulación -que no os escucha- me tiene atado al mástil”, tal y como hizo el de Ítaca. Solo que las sirenas de Artemisa, al verse vencidas, se arrojaron a las aguas y se ahogaron pero en absoluto ha ocurrido lo mismo con los acreedores de Grecia.

La evidente maniobra para no caer en la tentación de aceptar las exigencias europeas, y de paso afearles la conducta a quienes tanto exigían a su país, quiero pensar que contaba de fijo con que, por mucho que piaran, los líderes europeos nunca aceptarían de verdad el «Grexit», que jamás permitirían la salida del Euro de ninguno de sus miembros, pasase lo que pasase.

Quiero pensar -insisto- que Tsipras creía contar con esa carta en la negociación. Se equivocó, ciertamente, pero prefiero pensar que fue un error de cálculo, comprensible en momentos de tanta dificultad y tensión. Porque a lo que no doy crédito es a que un político tome la decisión de levantar a su pueblo para que se manifieste en referéndum contra una decisión a sabiendas de que al final habrá de adoptarla. Me resultaba increíble que no tuviese plan B y ahora me asombra comprobar que, efectivamente, no lo tenía.

Aunque bien pensado tal vez sí lo tuviese: Que hubiera ganado el “Si” de tal modo que, él, viéndose desautorizado, hubiera podido dimitir, marcharse a su casa como un héroe sin cargar para siempre con el baldón de ser quien obligó a su país a pasar por esas Horcas Caudinas que se le imponían. Comprendo que suena raro pero es que todo lo que está pasando en torno a Grecia suena raro y lo que hace Tsipras, lo que más.

Finalmente se ha derretido la cera con la que había tapado los oídos de los suyos y ahora todo el mundo ha podido escuchar la desoladora melodía de las sirenas económicas de Europa. Y, lo peor de todo, comprobar que no hay ningún otro son al que bailar.

Si no ha sido justo ocultar la auténtica verdad a su pueblo, tampoco lo sería disimular que la situación de desastre a la que ha llegado la economía griega tiene mucho que ver con quienes le precedieron y, sobre todo, con ese capitalismo de burbuja, miope, bravucón, codicioso e irresponsable que aquí hemos sufrido con el ladrillo y en Grecia con… todo.

Los grandes y admirables pensadores del liberalismo clásico no me parece que tengan nada que ver con este neofeudalismo del capital que nos asola y que puede acabar, si no le ponemos remedio, con el otro gran sueño de otros grandes hombres: el de Europa. Me pregunto qué leen los grandes responsables de la economía hoy ¿Juego de tronos?

Como Tsipras, conviene que no olvidemos la literatura clásica porque se ha demostrado que las sirenas de hoy, mitad humanas mitad fondos de inversión, siguen siendo seres muy peligrosos.

El lechero, el adanismo y la bandera de Pedro Sánchez

Dicen que fue Winston Churchill el autor de la frase “La democracia un sistema político en el cual, cuando alguien llama a tu puerta a la seis de la mañana, puedes estar seguro de que es el lechero«. Podía haber dicho simplemente que previsibilidad y aburrimiento son las primeras virtudes de la democracia pero lo expresó con bastante más gracia.

Como a nadie le gusta aburrirse resulta comprensible que en España sea mucho más fácil escuchar vehementes y ruidosas propuestas de refundación en lugar de ideas más o menos razonables (y opinables) para mejorar lo que ya hay. Aquí lo que mola es la recreación del país. Ese tan liberador “de una vez por todas” que, al menos de boquilla, aplicamos a todos los ámbitos de la vida.

“Andarse con chiquitas”, “jugar a pequeña”, “hacer política con minúsculas” son expresiones despectivas hacia la prudencia, que no da prestigio a quien la ejerce. Todo lo contrario, le pone en la lista de los timoratos que no merecen crédito alguno. Hacer las cosas bien solo puede entenderse entre nosotros como sinónimo de tirar lo que hay a la basura y empezar de nuevo. Eso es lo fetén.

Cuando veo cómo se critica a los nuevos políticos tildándoles de adanistas, no puedo sino revolverme porque, siendo cierto en muchos aspectos, también lo es que a lo largo de toda la transición los partidos que ahora les critican han presentado cada elección como si fuera un acto de refundación del país. Así pasaba que la victoria del contrario era señalada como un desastre, provisional e incluso con un punto de ilegitimidad, al tratarse de un ataque a la normalidad que solo podría recuperarse más adelante con la victoria de “los nuestros”. En esto sí que derecha e izquierda han actuado igual.

Ni siquiera ha habido respeto hacia la voluntad popular de cada una de las convocatorias electorales, y sus resultados se han valorado siempre muy poco en lo que representaban por sí mismos y mucho como presagio de los que pasaría en las próximas elecciones, llamadas a traer, esas sí, el advenimiento de otra nueva nación, bien distinta de la actual. Llamo la atención del lector sobre el hecho de que tales extrapolaciones, además de incorrectas, son un evidente insulto a los votantes, a los que se nos considera incapaces de distinguir unas elecciones de otras y se nos supone, en cambio, arrastrados por una especie de marea hoy de confianza y aplauso, mañana de desconfianza o enfado que expresaríamos en las urnas, como niños, sin saber muy bien cuáles serán las consecuencias reales de nuestro voto. Un insulto, como digo.

A mí me ha gustado lo de la bandera española de Pedro Sánchez. Primero como marketiniano, para el que resulta obvio que el candidato del PSOE se ha dirigido al segmento de votantes moderados que serán quienes den la victoria en las generales al PSOE o al PP. Sánchez sabe que es difícil que pierda más votos por su izquierda y por eso ha tratado de ganarlos por donde puede y por donde más los hay, que es el centro. Bien jugado.

Pero es que, además, como ciudadano, lo de la bandera también me ha recordado el aforismo del lechero. La garantía de que en una democracia hay cosas que no van a cambiar gane quien gane las elecciones.

Se ha levantado cierta polvareda, lógica porque no es la monarquía sino la República la que forma parte del imaginario colectivo de los socialistas españoles, como icono de una experiencia histórica excepcional de modernidad, de libertad y de progreso que sus abuelos protagonizaron en buena medida. El símbolo es tan fuerte que poco importa que las cosas no fuesen exactamente así y que la segunda república tuviera grandes luces y también terribles sombras. El levantamiento militar que la destruyó también la mitificó y la fuerza de los mitos no está en su certeza sino en su capacidad de movilización.

Sin embargo la España democrática que Sánchez quiere gobernar es, con todos sus defectos pero sin duda alguna, un país más cercano al que seguramente soñaban tantos de aquellos que sufrieron y murieron por la causa de la libertad y la democracia bajo la bandera tricolor, que era la que representaba entonces ese ideal.

Reivindicar la bandera constitucional, tal y como lo ha hecho Pedro Sánchez, es poner en valor el régimen democrático de libertad, derechos sociales y culturales, autonomía territorial e imperio de la ley que no solo el PSOE, pero también el PSOE ha impulsado desde la transición. Un “régimen” que brilla en comparación con cualquiera de los que España ha sufrido a lo largo de su historia. No crean que no me consta que no está de moda decir estas cosas. Justamente por eso lo hago.

Me gusta que quien se presenta a unas elecciones democráticas no pretenda ganarlas para construir un nuevo país sino solamente para modificar las políticas cotidianas (nada más y nada menos que eso) mientras se deja a los lecheros que sigan repartiendo con plena normalidad. Estoy con Bertrand Russell en que soportar cierto grado de aburrimiento es necesario para lograr metas más altas.

Publicado en eldiarionorte.es el 2 de julio de 2015

Las dos almas de Podemos

Escila o Caribdis también fue una difícil elección para Ulises

Nunca se había visto que solo unas pocas horas después de la elección de un político éste se viese en los apuros en que se ha visto envuelta la nueva alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena.

El asunto presenta muchas facetas, desde las más deplorables, relacionadas con el carroñerismo político nacional, hasta las más interesantes, como la que tiene que ver con la enorme capacidad de las redes sociales para mantener una vigilancia extrema y desatar en minutos una tormenta sobre cualquiera.

La nueva alcaldesa no solo no ha contado con los 100 días de gracia sino ni siquiera con 100 horas de tranquilidad. Tras los escándalos de los twits de Guillermo Zapata y Pablo Soto, vino la imputación judicial de su portavoz “in pectore”, Rita Maestre. El ritmo ha sido tan veloz que espero que estas líneas no se queden viejas para cuando llegue el momento de su publicación, porque hayan surgido nuevos conflictos.

Mala papeleta para la alcaldesa, que tendrá que echar mano de su sentido común y de su demostrada templanza para manejarse en medio de tanto barullo. Convertida inevitablemente en símbolo de la nueva política, no lo tendrá fácil porque se encuentra entre dos fuegos: uno de ellos muy ardiente y aparatoso y el otro, tal vez más calmado, pero muchísimo más grande y peligroso.

De un lado tiene a los miles de personas que han reaccionado enardecidas, sobre todo en las redes sociales, ante la obvia injusticia de que a los suyos se les busquen las cosquillas desde el minuto uno en un país en el que escándalos mayúsculos se han mantenido durante años como moneda corriente. En este grupo tiene la nueva alcaldesa a sus incondicionales y fallarles no será plato de gusto.

De otra parte están los no miles, sino millones de personas que votaron por el mensaje de limpieza, transparencia y renovación que han venido transmitiendo eficazmente desde Podemos y sus marcas asociadas. Es este un segmento enorme de público, que ha pensado que era el momento de que, por fin, las cosas se hicieran de otra manera. Son personas que aunque vean claramente que tras los escándalos destapados hay intereses indudables, también recuerdan muy bien cuáles eran los mensajes por los que votaron. Y de ninguna manera estaban entre ellos la selección de los cargos entre la gente de confianza, sin más garantías que esa, ni tampoco el sectarismo de defender a los propios a toda costa, y mucho menos la estrategia del “Y tú más” que asola estos días las redes sociales y los comentarios en defensa de los ediles atacados. Precisamente estos tres vicios eran de lo que tales votantes querían escapar cuando depositaron su papeleta y no ayuda nada a tranquilizarlos que sean los que primero han estallado. Lo peor es que esas personas no son incondicionales, como lo son los primeros, sino sólo votantes. Pero son quienes dan y quitan el poder. Y las generales están a la vista.

Por si fuera poco, la táctica de deslegitimar generalizadamente a todos los políticos “de antes”, expulsándolos a las tinieblas de la indignidad, ha tenido considerable éxito, de forma que muchos de tales votantes ya daban por descontada la maldad intrínseca de “la casta”, de manera que no se extrañan de que ésta actúe y acuse como lo hace, así que criticarla de nuevo ni es novedad ni sirve para desacreditarla, puesto que, para ellos, lo está ya por completo. Son los militantes podemistas quienes pusieron bien alto el listón de la honorabilidad que sus votantes compraron y resulta que ahora se han visto en dificultades para saltarlo ellos mismos.

Para contentar a los indignados militantes, tan necesarios, que defienden a los suyos con vigor, ingenio y mala leche, la alcaldesa y otros altos responsables del movimiento pueden caer en la tentación de despreciar estas acusaciones y otras que vendrán dejando, por ejemplo, a personas imputadas en sus cargos, pero con seguridad tal cosa no será bien vista por el otro sector, por los millones de votantes inmunizados ya de tanto escuchar siempre que “los míos son acusados injustamente”.

La idea de que “todos son iguales…menos nosotros” ha sido eficaz pero es peligrosamente frágil y estos zarandeos pueden deteriorarla gravemente, con peligro de que muchos votantes a quienes se ha alimentado tan cuidadosamente su justa indignación puedan quedarse al final sólo con la primera mitad del slogan. Va todo tan rápido.

Una ciudad que se gusta

La Ría de Bilbao en dos imágenes de la web del Consorcio de Aguas.
No es imposible que las haya recuperado el propio Ibon Areso, me consta su afición a este tipo de documentos. 

Dicen los psicólogos que una condición necesaria para que una persona sea feliz es que se guste a sí misma. Algo así les pasa también a las ciudades. Reconocerlas como un lugar “disfrutable” es una actitud de su ciudadanía que de verdad impulsa a las ciudades que tienen la suerte, o el buen juicio, de gustarse.


Pronto tendremos la noche blanca y estos últimos días Bilbao acogió una nueva edición del triatlón, que es una cosa festiva y vistosa pero también muy tremenda, en la que los participantes, hombres y mujeres, se pegan una pechada que ni sé cómo es posible que lleguen vivos a la meta después de nadar casi dos kilómetros, hacerse otros 90 en bici y, para rematar, 21 kilómetros más a la carrera. Espeluznante.

Pero de esas tres agotadoras pruebas -les digo la verdad- la que más me desasosiega a mí es la de natación. Cuando un bilbaíno de mi generación ve cualquier cosa viva dentro o sobre las aguas de la ría, les juro que no podemos reprimir un estremecimiento. Nuestra memoria aún se mantiene bien contaminada de la imagen de cloaca a cielo abierto que siempre tuvo el Nervión para nosotros así que cientos de personas nadando como un gran banco de mubles, bajo el puente de la Salve, nos parecerá algo espectacular pero nos inquieta siempre por dentro porque, aunque ya sepamos que no hay peligro, el susto lo traemos de serie.

El alcalde saliente, Ibon Areso, que el sábado pasó la makila al que acabamos de estrenar, ha dicho muchas veces, y con toda la razón, que la transformación de Bilbao empezó con la regeneración de la ría. El más prolongado en el tiempo de todos los proyectos y uno de los más caros, si no el que más. El plan de saneamiento ha sido, con mucho, la inversión medioambiental más importante de la historia del País Vasco. Sin ese cambio, que empezó nada menos que en 1979, la transformación más visible de Bilbao hubiese sido imposible.

Como imposible nos parecía, al menos a mí, que pudiera hacerse realidad cuando allá por los primeros 80’s se nos hablaba de que el objetivo era conseguir que la ría volviese a acoger vida. Muchos no lo creíamos y alcalde hubo que propuso cubrirla y hacerla desaparecer de la vista. Sin embargo hoy la ría acoge incluso nadadores humanos y es el eje central de la regeneración de la villa.

Areso sabía de lo que hablaba porque durante muchos años presidió el Consorcio de Aguas, que es el organismo encargado de poner en marcha el plan a lo largo de todos los municipios de la Ría. A él y a quienes le precedieron les corresponde legítimamente el derecho a sentirse satisfechos del trabajo realizado y a esta columna, por lo común crítica, como saben si me leen, hoy le tocaba un punto de reconocimiento de lo equivocado que yo estaba en mi tierna juventud y de la satisfacción que me produce ver a esos competidores salpicando con sus brazos en plena carrera sin peligro de morir intoxicados al instante. Una gozada. Cosa diferente será que me meta yo un día en esas aguas para lo que me temo que, además de bañador, necesitaré un psicólogo que me ayude a superar previamente mis fijaciones de juventud.

Pitar es divertido

Foto Reuters

Los himnos son símbolos muy exigentes. Así como las banderas y los escudos únicamente precisan “estar ahí” a la vista de todos, del conmovido, del desafecto o del adversario, los himnos requieren una actitud más proactiva. No hay más que ver a los deportistas de otros países cantándolos con fervor, algunos con la mano en el corazón.

En España (y en Euskadi) el fervor lo reservamos para la tribu propia, no para la nación así que nunca ha cuajado mucho eso de los himnos. Hay que reconocer que el hecho de que ni el himno vasco ni el español tengan letra y, por tanto, sólo pueda uno participar escuchando la melodía, no ha ayudado a hacerlos populares pero a cambio ambos tienen la enorme ventaja de ahorrarnos el bochorno de vernos cantar a voz en grito inquietantes estrofas como las alabanzas “a nuestros brazos vengadores”, que hacen en Francia con La Marsellesa, o al “estruendo de bombas y resplandor de cohetes” de los americanos, ni apelar al “corazón quemado de Austria”, como los italianos, ni tampoco invocando “a las mujeres, la lealtad, el vino y las canciones alemanas”. Todo esto sea dicho desde el mayor respeto a los sentimientos y tradiciones de nuestros vecinos.

En el tiempo en que el fútbol era un deporte de caballeros despreciar un himno nacional se hubiese considerado una “deplorable falta de estilo” pero lo mismo ocurría entonces con las faltas intencionadas, con las pérdidas de tiempo, con los hachazos a la rodilla del delantero que se escapa, con las patadas en el suelo…con todas esas cosas que hoy se consideran lances normales de juego.

Ya nadie se extraña, y menos aún se escandaliza, de que los partidos de máxima rivalidad sean clasificados como de “alto riesgo”, como si se tratase de fenómenos meteorológicos, y nos parece lo más normal del mundo que en esos casos las hinchadas de los equipos sean pastoreadas por fuerzas antidisturbios que se ocupan de que accedan y abandonen el campo sin mezclarse jamás.

El fútbol se ha convertido en el espacio físico en el que, armados de testosterona y parapetados en el anonimato de la masa, damos rienda suelta a nuestro yo gamberro. Nada que ver con el Fair play, que tuvo en otros tiempos. El fútbol es hoy un campo reseco para la educación y la cortesía pero sus gradas son vergel en el que resulta muy fácil conseguir que prosperen la bronca, el desprecio y el insulto, que son cosas reprobables pero muy divertidas.

Yo, que no soy de himnos, de ninguno, creo que la pitada es un desahogo más de los muchos de los que el fútbol es ahora escenario principal. Y ni de lejos el peor de tales desahogos. Pero no ignoro que muchos de quienes la han promovido y la acogieron con indisimulada satisfacción no son en absoluto tan descreídos respecto a los símbolos patrios como yo. Todo lo contrario; aunque reivindiquen ahora el derecho a la libertad de expresión y la soberanía de los graderíos, jamás aceptarán que esa misma libertad y ese derecho de la muchedumbre se utilizase para insultar a sus propias banderas, sus himnos ni ninguna de sus fuertes convicciones nacionalistas que desprecian en los demás pero que reivindican, orgullosos, para sí.

Afortunadamente el Lehendakari no está entre ellos y su expresión: “lo que no quiero para mí no lo quiero para los demás” es un punto de cordura muy apreciable que le honra porque demuestra que no se ha querido dejar llevar por la marea.

Porque en esto y en el rascar, dicen que todo es empezar. Una vez descubierto lo divertido que es pitar aquello que se supone que otros estiman, y si encima tan cosa es ennoblecida como supuesto acto de libertad y no de gamberrismo, no es nada improbable que de ahora en adelante en otros campos se animen a manifestaciones parecidas y, como pasó con las insoportables pero estupendas vuvucelas, pitar y despreciar himnos pueda ser la nueva moda de los estadios.

A mí me dará igual, no soy ni de fútbol ni de himnos, pero a muchos de los que repartían silbatos a la entrada del Camp Nou no les va a hacer ninguna gracia y sospecho que mañana, de producirse, considerarán desprecio intolerable esa manifestación que hoy califican de irreprochable acto de libertad de expresión. Puede que el himno de España sea únicamente el primero de todos al que se le pitó de forma tan bien organizada. Veremos.

El trenecito y la gabarra

Cuando esta columna se publique Bilbao estará en plena resaca de la fiesta o de la decepción. Supongo que, siendo éste un diario digital, podría haber esperado a conocer el resultado del partido antes de ponerme al teclado pero no quiero desaprovechar la ocasión de escribir sin conocer el marcador final del partido y también, lo reconozco, sin una afición al fútbol que no me va a entrar de aquí al sábado. Así tal vez pueda decir algo diferente de ¡AUPA ATHLETIC!, que es el verdadero pensamiento único estos días.

Bilbao es ciudad plural a despecho de muchos, que la querrían aldeana, unitaria y unánime en todo. Afortunadamente siempre han fracasado, aunque episodios como este les nublan la vista y les reverdecen el espejismo de que tal vez un día lo consigan. Yo espero que no.

Aquí hay de todo y todo lo que hay es bilbaíno. Solo al Athletic parece que le corresponde la bandera de la identificación de todos, el monopolio del bilbainismo. Tanto es así que a quienes no somos futboleros ningún día del año nos sorprende la omnipresencia y el ardor que nos rodea en fechas como estas. La tristeza y la alegría nos suelen provocar a todos fuertes sentimientos colectivos de pertenencia tribal y mejor que sea por una alegría; ni comparar.

Porque, sin duda, es una alegría ver el espectáculo de los balcones engalanados, las tiendas, las camisetas en la calle, en los trabajos y en todas partes y hasta ese trenecito rojiblanco que irá hasta Barcelona llevando su león, su escudo y un diseño tan cuajado de pasión como ayuno de buen gusto. Lo mismo que pasa en Navidad, los adornos y tradiciones más asombrosos se disculpan ante el entusiasmo colectivo, más aún cuando éste no se produce todos los años.

Hoy, jueves, me sumo a la marea de entusiasmo colectivo pero inevitablemente lo hago como invitado, con ganas sinceras de compartir la sonrisa de mis amigos y amigas que se saben los nombres de los jugadores, no como yo. Pero en el mismo vagón de la sinceridad no puedo dejar de subir que la cosa está teniendo un punto de desmesura.

El “aquí todos somos de…” es un enunciado que me incomoda siempre, sea lo que sea lo que se escriba sobre los puntos suspensivos. La inundación de banderas y gallardetes me encanta verla en Pozas y en los alrededores de San Mamés pero estraga un poco, o bastante, en los edificios oficiales. Los sentimientos pueden ser personales y colectivos pero nunca forales ni municipales, ni tampoco universitarios.

El otro asunto que siempre me chirría es lo de “histórico”. Porque no tengo ninguna duda de que la jornada se presentará como histórica, sobre todo si acaba con la gabarra en la Ría. Esa manía de convertir en “histórico” cada acontecimiento que nos entusiasma (sobre todo los del fútbol) dice poco de la consideración que tenemos sobre la importancia de la historia y tampoco habla bien de la prudencia de los comentaristas deportivos. Pero es lo que hay.

El lunes, cuando usted lea esta columna, estaremos frente a una de dos tareas, no sé cuál de ellas más ardua: la de desmontar la pasión, el trenecito, los restos de la fiesta y pasar las barredoras o la de mantener viva la hoguera mientras se prepara la gabarra y se organiza su recibimiento. No sé qué me da más miedo. Pero eso será el lunes, de momento a disfrutar.

Publicado en eldiarionorte.es el 1 de junio de 2015

Lo peor de todo es que será verdad

Foto EFE

Aparte de que pronto tendremos nuevo alcalde hay más noticias en Bilbao, como que el año que viene seremos sede del Campeonato Mundial Juvenil de Bádminton.

El bádminton lo conocemos todos. ¿A quién no le regalaron de niño las dos raquetas y el volador que estrenamos un día de playa y arrinconamos ese mismo día al volver a casa? Fue muchos años después cuando supimos que aquello incluso tenía un nombre. Pues eso.

Reunida en China, en la ciudad de Dongguan, la Federación Mundial de ese deporte designó a nuestra villa como sede de la competición, en dura pelea con Yogyakarta, en Indonesia que, no obstante, ha conseguido acoger el campeonato en 2017, por lo que aquí paz y después gloria.

La estrategia de atracción de eventos desplegada por nuestros responsables municipales se apunta así un nuevo tanto, esta vez con una actividad que suena bastante exótica, lo mismo que nos suenan también los propios nombres de Dongguan (8 millones de habitantes) y Yogyakarta, capital de una región con 3 millones de almas. A la vista de tales cifras, y la de 200 millones de practicantes que dicen que tiene ese deporte, tal vez los exóticos seamos nosotros, los escasos 2,1 millones de vascos, arracimados y mal avenidos en un pequeño territorio que se asoma al mar Cantábrico.

El torneo nos traerá mil participantes de cincuenta países, dicen que doce mil pernoctaciones y unos ingresos aproximados de millón y medio de euros para los servicios, la hostelería y el comercio de la ciudad. Además, los asiáticos parece que no solo no arrinconaron nunca las raquetas sino que tienen una gran afición, de forma que los partidos se emitirán en directo en China. Excelente promoción para Bilbao en mercados lejanos pero enormes. Un éxito sin la menor duda.

Lo chusco de este asunto ha sido saber que la primer ciudad vasca a la que se dirigieron los responsables para proponerle el asunto fue San Sebastián, cuyas instituciones -dicen- acogieron con “frialdad” la propuesta, pese a ser la única capital de Euskadi en la que el bádminton se practica con cierto fundamento. Y leo por ahí que la razón de tanto desapego fue que en la competición está previsto que participe la selección Española.

Con toda lógica el sector turístico donostiarra ha considerado algo “inaudito” que su Ayuntamiento y Diputación despreciasen un evento tan importante. A mí lo que me asombra es que el motivo del rechazo sea tan pacato y que los motivos de la secta se pongan tan sin pudor por encima de la conveniencia evidente de la ciudad. Pero lo peor de todo es que no me resulta en absoluto increíble; asombroso y desconcertante sí, pero increíble no.

Así que no me queda más remedio que darle algo de razón a Teo Uriarte, uno de los condenados en el Proceso de Burgos que hace unos días declaraba en una entrevista que “Euskadi ha llegado políticamente a donde se merece, a la mediocridad más estúpida”, mejor no generalizar pero algo de eso sí que hay.

Yo, siempre con los buenos

La diligencia. John Ford

Recuerdo que cuando éramos niños y nos sentábamos a ver una película ya empezada, lo primero era preguntar “¿quiénes son los buenos?” Una vez informados, ya estábamos por entero preparados para seguir el hilo de la narración, cuyo final nunca defraudaba.

En Bilbao también se está desarrollando estos días una interesante película en torno al comercio local. El éxito de la ciudad y su notoriedad internacional, de la que en general estamos tan orgullosos, está atrayendo a importantes inversores en el ramo inmobiliario y comercial, que dicen que Bilbao es uno de los mercados con “mayor potencial” de España. ¡Albricias!

Compañías de moda se pelean por comprar edificios completos y el run run de estas informaciones hace pensar que los motores económicos más punteros rugen ya en la parrilla de salida a la espera de que se apaguen las luces rojas de la crisis.

Supongo que se trata de buenas noticias para la ciudad, pero de lo que estoy bien seguro es de que son estupendas para los propietarios de locales comerciales en las zonas más céntricas (entre los que lamento profundamente no encontrarme) que están oyendo hablar de inminentes y espectaculares incrementos en los precios de los alquileres, fruto de una demanda intensísima.

En este contexto no resulta extraño que los propietarios de locales en nuestro también muy comercial Casco Viejo, también se estén “animando” y, aunque no lleguen a la estratosfera económica del Ensanche y la “milla de oro”, también quieran ampliar su parte del pastel. Así lo ha denunciado estos días la plataforma Alde Zaharra Bizirik, que defiende a los comerciantes de nuestra parte vieja preocupados por los súbitos incrementos en las nuevas rentas de los locales que ocupan. Dicen, con razón, que el Casco Viejo puede perder su carácter tradicional en favor de las mismas grandes cadenas de franquicias y reclaman medidas al Ayuntamiento que salga de las urnas el próximo domingo.

Los “caseros” no han hablado pero me imagino que pensarán también ¿por qué tengo yo que cobrar menos de lo que vale mi local en el mercado? ¿Acaso mi inquilino cobra los pinchos más baratos para hacer del Casco Viejo un lugar más tradicional?

El peligro de que las Siete Calles se conviertan en otro centro comercial al uso, con las mismas marcas, los mismos maniquíes y los mismos bocadillos que en los demás es real pero la solución no es ni fácil ni obvia. No solo no lo es sino que tiene que ver mucho con la política.

Podemos dejar que la corriente de la oferta y la demanda siga su curso sin trabas, y que sea lo que el mercado quiera. Podemos reglamentar con normas y prohibiciones exhaustivas lo que cada cual puede hacer con su local o su comercio, y que sea los que los jueces digan al final, o podemos enfrentarnos a un dilema complejo y difícil, como todos los que tiene que ver con la acción política.

Nos hemos acostumbrado tanto a la política de titulares y no a la de soluciones, a que se defiendan a muerte los más altos e inamovibles principios, a que todo el mundo esté siempre inequívocamente de parte de “los buenos”, que nos cuesta mucho bajar al vil acuerdo, a la vergonzante negociación y a la incomodísima complejidad que presentan siempre los problemas reales.

Paradójicamente remontar la crisis, con todas las enormes dificultades que nos está suponiendo, puede resultar en el Casco Viejo más fácil que responder a aquella pregunta infantil de “¿quiénes son los buenos?”.

Publicado en eldiarionorte.es el 18 de mayo de 2015