Publicado en Crónica Vasca

Jóvenes con la desesperanza de serie

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Los viejos, sus padres y sus jefes de personal, no nos creemos de verdad lo que les pasa a los jóvenes en España. Leo en El País la primera entrega del especial Una generación en busca de futuro y no encuentro nada que no sea lo que ya llevamos mucho tiempo escuchando, leyendo y sabiendo: que la inmensa mayoría de los jóvenes vivirán peor que sus padres, independientemente de su formación, que el ascensor social se ha averiado (ver interesante artículo de Pablo Simón) y que solo los jóvenes de familias mejor posicionadas quedarán a salvo.

Constato una vez más que el porcentaje de no emancipación es espectacular (64%) pero ya lleva años empeorando y todo apunta a que continuará por el mismo camino. Los datos respecto al retraso de la maternidad son también demoledores, con una media de edad para el primer y casi seguro único hijo de más de 32 años. Este último dato alarma a muchos aunque lo cierto es que no será mucho problema cuando, más pronto que tarde, los que hoy pasan nadando por El Tarajal vengan en los barcos de Transmediterránea con el billete pagado por nosotros porque necesitaremos la mano de obra que somos incapaces de crear por nosotros mismos para alimentar, cuidar y pagar las pensiones de los millones de ancianos sin nietos que nos resistiremos a morir. 

Los jóvenes conocen muy bien la situación y, con más o menos rabia, la tienen interiorizada. Somos nosotros los que no queremos entenderla. Seguimos mirando los datos, cabeceamos preocupados ante un problema que somos capaces de reconocer en el papel, pero no de sentir. En el fondo seguimos engañándonos aferrados al “no será para tanto”. Por eso los jefes de personal se quejan cuando los jóvenes de ahora preguntan demasiado por los días libres y los horarios de trabajo al recibir una oferta, algo que nunca hacíamos los de nuestra generación. 

Pero esos contratadores, viejos como nosotros, se equivocan cuando creen que detrás de esa defensa de su tiempo de ocio hay frivolidad o desapego; es peor, mucho peor. Lo que hay es una completa renuncia a la esperanza, hay la seguridad de que ese empleo que se les ofrece es como todos los demás que han conocido: un trabajo que será temporal, que no les permitirá consolidarse, que nunca les servirá para convertirse en adultos funcionales.

Los jóvenes ya han descontado, como dicen en bolsa, las expectativas. No se las crean porque saben bien que no se cumplirán. Por eso preguntan por el horario y por el tiempo libre, porque es lo único que les quedará después de trabajar: tiempo y algo de dinero para unas cañas, un concierto, una afición, algún viaje…nada que dure, como tampoco durará ese mismo trabajo que se les oferta.

A los viejos se nos hace muy duro entender que los jóvenes ya vienen con la desesperanza de serie porque sospechamos que alguna responsabilidad tendremos en tan desolador fracaso, por eso preferimos seguir contándonos la leyenda de que con esfuerzo y formación saldrán adelante. Aquel fue nuestro manual de instrucciones pero ya no sirve. La maquinaria económica y laboral funciona de otro modo, al menos en España. No premia el sacrificio, sino que se aprovecha de él. Los chavales sí que lo saben muy bien. Puede que encuentren una salida, pero será una propia y no la que imaginamos nosotros mientras miramos, tercos, nuestro propio retrovisor.

La izquierda que ya no habla a las ovejas

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Hace tiempo que la izquierda ha dejado de emitir mensajes políticos para un amplio segmento de población al que parece considerar si no un privilegiado, sí al menos alguien sin problemas que merezcan atención alguna. Puede que incluso se trate de una parte más pequeña de la población de lo que ella misma cree, pero la realidad es que es un sector social que sigue existiendo y que, además, suele votar cívica y disciplinadamente.

No es fácil de definirlo porque sus características son muy variables en cuanto a economía, distribución territorial, nivel cultural, e incluso relación laboral o empresarial. Estoy hablando de gentes que no viven en la pobreza, pero que tampoco disponen de las oportunidades y grandes colchones económicos de las élites. Trabajan con asiduidad pero nada les garantiza quedar libres del paro o de que sus pequeños negocios quiebren.

Son gentes con viviendas muy variadas, dependiendo del nivel que tienen y del que tuvieron sus padres y abuelos, pero en general dotadas de las comodidades habituales y sin grandes carencias. Compran sin derrochar y pagan sus impuestos con normalidad, los de consumo, el IRPF y, en su caso, sociedades. No se trata de cantidades escandalosas, pero sí apreciables para sus economías familiares muy medianas. De hecho, sostienen el grueso de la recaudación general.

Son mujeres no maltratadas y varones blancos heterosexuales no maltratadores. A veces con hijos en común a los que atienden superando las dificultades que todos los hijos e hijas ponen siempre, pero no más. Hijos en los que pusieron unas esperanzas que -inquietos- ven ahora tambalearse, cuando no evaporarse. No tienen pensado cambiarse de sexo y todas sus generaciones anteriores que recuerdan son españolas, posiblemente con abuelos o bisabuelos que estuvieron en ambos bandos de aquella guerra. De algunos de ellos no se habló más en la familia, pero tampoco quieren meterse a remover cunetas.

Entre estas gentes las hay de la más variada composición ideológica pero se suelen comportar siempre con civismo y cuando se sienten privilegiados es más por omisión, al ver por comparación, que no han sufrido ninguna desgracia lacerante y destructora como las que ven cada día en los medios, pero en general no sienten que vivan en ningún paraíso de privilegios. Algunos porque les cuesta mucho llegar a fin de mes, otros, que sí llegan, porque la incertidumbre sobre el futuro suyo y de sus hijos les inquieta. La mayoría, por ambas cosas.

Estas gentes son raras en el discurso público de la izquierda, hace tiempo que ya no encajan en el modelo tradicional de obrero industrial al que, por otra parte, tampoco se le hace demasiado caso ya. No pueden presentarse como víctimas de nada que no sea la propia vida, que siempre nos daña a todos. Pero en cualquier caso nada que pueda elevarles a la condición de merecedores de especial y urgente atención pública. Por eso no la tienen.

Hay quien les llama clase media, apelando solo a lo económico pero son también medios en lo ideológico, en lo sentimental, en lo social y en lo laboral. Alejados de los extremos, se hacen invisibles, pero lo cierto es que existen y que sobre estas gentes recae buen parte del tejido económico y se sustenta la propia democracia. Su “normalidad” les ha apartado de todos los focos de la izquierda, más dirigidos a los dramáticos extremos de la sociedad, y ahí están, sin que nadie les interpele y cuando raramente se hace, lo es en forma de reproche más o menos velado.

San Lucas no lo pudo expresar mejor: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?” Lucas (15, 3-7). Solo que el evangelista, al que parece haber leído con gran provecho esa izquierda renovada, no dijo nada de cuántas de las noventa y nueve ovejas que abandonaba en el campo tan vez no estuviesen ya a su alegre regreso con la perdida.

Si le ha parecido interesante esta reflexión pero no es usted muy de los evangelios, también puede leer “La traición progresista”, de Alejo Schapire.

Cuando la izquierda desconfiaba de las mujeres

Clara Campoamor y Victoria Kent

En el momento en el que se debatió la aprobación del derecho al voto de las mujeres, hace ahora 90 años, apareció en escena el el vértigo de si la libertad y el derecho son universales o deben estar condicionados a lo que se haga con ellos. Una idea intrínsecamente reaccionaria pero muy presente no solo en la derecha sino también en la izquierda.

Aunque se discutía nada menos que un derecho fundamental, la izquierda temía que las mujeres utilizasen su voto libremente para apoyar a la derecha, tanto que estuvo cerca de negarles el derecho al sufragio.

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Los jóvenes cobran menos que en 1980


Noticia es aquello que no se quiere publicar, el resto es propaganda

La media actual del salario mensual real de quienes tienen entre 18 y 35 años ya era antes de la pandemia inferior a la media de 1980. Simplemente me resulta difícil de creer que ese dato no haya ocupado las portadas de todos los medios.
Que a la crisis del 2008 se haya sumado ahora la del Covid no ayuda nada, por supuesto, pero tampoco debiera servir para justificar o disimular la forma indigna en que se trata salarialmente a nuestros jóvenes, a los que se nos llena la boca de decir que son los más preparados de la historia

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El libre mercado no sabe de arraigos

 


En el nacimiento de Euskaltel hubo una inocultable visión “nacional” un tanto rancia pero muy de aquel momento en que se construía la autonomía.
Se pretendió que tuviéramos una Compañía Telefónica Nacional de Euskadi, que no podría llamarse CTNE, porque esas siglas ya estaban cogidas.
Que su nacimiento tuvo un claro tinte político lo demuestra que su creación hubo de negociarse entre Xabier Arzalluz y José María Aznar.
Al final ha resultado que unos fondos de inversión y unos operadores internacionales serán quienes manejen una infraestructura que nació, con mas o menos acierto, de la iniciativa y el dinero público, del de usted y del mío.

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El alquiler es el nuevo eslogan


El nuevo eslogan lanzado a la arena del circo político, como si fuera un robusto y brillante gladiador, es el del alquiler.  Iglesias no va a abandonar el Gobierno de forma pacífica, naturalmente que no, y ha escogido la ley de alquileres como arma.

Tratando de atender todas las circunstancias posibles, se ignora la fundamental: que la Ley de la oferta y la demanda siempre funciona y que añadir elementos que disuadan a los propietarios de meterse en el mercado de alquiler solo puede tener como consecuencia la reducción de la oferta y, como consecuencia, la subida final de los precios de los alquileres. Justo lo contrario de lo que se dice buscar.

El eslogan de “yo sí que defiendo a los inquilinos, no como tú” habrá funcionado estupendamente para la pelea política, pero traerá más pronto que tarde pisos más caros o una oferta más reducida.

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Cuando la política se olvida de la ideología

 

Tenía razón Pablo Casado cuando se quejaba en estos días convulsos de que hay quien entiende la política como una partida de ajedrez. Yo creo que se quedó corto, que en realidad hay quien la entiende como uno de estos juegos de rol, como una actividad en la que el único objetivo es ganar en un entorno de antagonismo acotado y sin conexión con la realidad.
Sin embargo, la política no es un juego sino una herramienta de transformación de la sociedad y de la vida de la gente.
Hay quien no sabe nada de política, aunque sepa bien cómo ganar elecciones. Se hacen llamar a sí mismos “spin doctors” y son profesionales muy apreciados, lógicamente. Pero no son políticos.
Un partido sin alma, sin ideología, no transmite una forma propia de ver y sentir el mundo, se queda sin sueños, sin proyectos y se convierte en una pura herramienta electoral.

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Ni una sola grúa en la Naval

   

La margen izquierda fue la Vizcaya más dura, la que resultó siempre imprescindible pero incómoda al poder. Escenario de luchas sindicales de obreros que pelearon por sus derechos y -creían entonces- que por los de todos.
Bien está que se impulse una actividad con indudable presente y futuro pero tengamos claro que no todo van a ser brillo. Muchos de los derechos ganados entonces ya no forman parte del paisaje laboral. La certeza de que el esfuerzo tendrá recompensa ya no está tan clara, si es que existe, y la izquierda que entonces estaba segura de lo que ella misma era también se desdibuja en medio de una modernidad digital de pantallas, memes y likes.
La identidad vasca de la ría, que construyó el país y su prosperidad bajo banderas sobre todo rojas no debería quedar relegada solo a la gabarra a la que estos días andan sacando brillo.

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Los aitites que todavía viven en Euskadi

  

Cuando nació el término “mileurista” (en una carta a El País de hace 16 años) se entendió como un fracaso social. Era la inaceptable prolongación de una situación admisible cuando era provisional pero que, al alargarse, se convertía en frustrante para los jóvenes, a los que impedía su desarrollo personal y su emancipación. Aquellos tiempos ya pasaron; hoy ser mileurista ya no es visto como un fracaso para la sociedad sino como una aspiración para millones de jóvenes que han visto cómo se derrumbaban sus esperanzas y cómo resultaba falso lo que les dijimos: que su esfuerzo en formación les daría resultados. No fue así.

Ahora resulta que nos alarma que esos jóvenes que viven en la cuerda floja no tengan hijos, que no formen familias, que no compren pisos ni coches, que no se endeuden. Eso, que tanto preocupa y que empobrece el país, es el resultado de muchos años de precariedad y de incertidumbre.

Corremos el riesgo de ver cómo los jóvenes se instalan indefinidamente en esa precariedad mejor o peor llevada o el de ver que los que finalmente puedan despegar sus proyectos de vida lo tengan que hacer fuera y nosotros seamos un día solo los aitites que todavía viven en Euskadi.

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La paciencia de los catalanes no es eterna

 

La paciencia de los catalanes no es eterna. Así lo expresó con gran claridad el candidato de Esquerra Republicana a president, Pere Aragonès.

Por supuesto el candidato apelaba a esa paciencia menguante de la ciudadanía para tratar de acelerar lo suyo, pero es imposible evitar ver el otro filo de esa espada que Aragonès blandía heroico: que hay catalanes que no son independentistas y que también tendrían su propio derecho a una cuota de paciencia limitada.

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