Guia de comportamiento intersexual

Corolario final a la guía de comportamiento intersexual

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Muchos amigos, y amigas, llevan tiempo reclamándome nuevas entregas de esto que he venido en llamar “guía de comportamiento intersexual”. Parece que ha hecho reír a bastantes y creo que también ha hecho pensar a algunos. Todo un éxito.

El caso es que, aunque he procurado localizar otros comportamientos femeninos o masculinos que merecieran reflexiones similares a las 25 entregas ya publicadas, la verdad es que no he sido capaz de hilar nuevas ideas que me convenciesen y me parece, por tanto, que es el momento de dar por terminada la serie. Puede que sea culpa del tiempo transcurrido, de mi natural pereza o de que no doy para más, pero el hecho es que, a riesgo de decepcionar a algún incondicional, prefiero terminar de una vez esta “guía” sin esperar a una inspiración que ya no llega.

La idea original surgió tras leer un artículo de Carmen Posadas en un semanario en el que la escritora manifestaba su asombro al haber descubierto la capacidad de los varones para no pensar “en nada”. Aquello me sobresaltó, porque lo que a la señora Posadas tanto le extrañaba formaba parte evidente de mi propia realidad cotidiana, y de la de mis amigos varones. Aquella chispa encendió unas reflexiones que han dado de sí lo que han dado.

Habréis visto que en todos estos textos he huido de cualquier alusión a comportamientos y aspectos relacionados directamente con la sexualidad. No se trata de ningún olvido. Mi intención era evitar deliberadamente entrar en este aspecto y encaminar mis reflexiones por otro sendero menos obvio y más interesante.

Es evidente que, a lo largo de la historia, la cultura o, mejor dicho, las culturas nos han obligado a cada sexo a elegir unos determinados roles y a desechar otros. Quien no se atuviese a esos comportamientos socialmente aprobados, fuese hombre o mujer, tenía problemas. Problemas que iban desde la simple desaprobación callada de sus vecinos hasta la misma hoguera, pasando por un abanico de castigos tan amplio y variado como solo el ser humano es capaz de imaginar.

Precisamente esa inmensa capacidad creativa del ser humano, que se manifiesta para lo malo pero también para lo bueno, perdía muchas posibilidades por culpa de una determinación social tan estricta sobre el papel de cada sexo. Toda capacidad o sensibilidad que no fuese de las que «correspondían» al sexo concreto de cada persona era olvidada, se abandonada su cultivo o era mantenida en silencio.

Era tan evidente que la vida de cada ser humano venía determinada por el rol que socialmente le correspondía en función de su sexo que muchas personas llegaron a pensar -yo mismo- que todo comportamiento era resultado únicamente del entorno social y cultural. La deducción era obvia: hombres y mujeres actuaríamos igual si no estuviésemos influidos, marcados, por el entorno. Seguramente es parte de la verdad.

Ocurre, sin embargo, que viendo a las mujeres más libres de la historia (las occidentales por supuesto) y viéndonos los varones reflejados en ellas y en su libertad, algunos hemos llegado a pensar que esa estructura o ese funcionamiento cerebral distintos de los que hablan los científicos, conllevan de verdad una serie de actitudes, modos de ver y capacidades distintas y características de cada sexo. He intentado buscar algunas y explicarlas.

Cierto es que la “programación” que cada cultura ha impuesto en hombres y en mujeres ha sido enormemente distinta y decisiva en la vida de cada persona pero sospecho que la base –el sistema operativo, podríamos decir- también es distinto. De esa sospecha es de donde nacieron esta serie de entregas.

Ha sido mi forma de reflexionar sobre la otra mitad del mundo, la femenina, y de paso, sobre mi propia mitad, la masculina. Como creo también que las cosas más serias se ven mejor desde la atalaya del humor he procurado poner unas gotas de él en cada entrega.

A todos y todas las que me habéis sugerido ideas para desarrollar: muchas gracias. Y a quienes me habéis seguido sin conocerme espero que hayáis pasado algún buen rato.

Un viejo manifiesto revolucionario

Este texto que adjunto no es mío, pero seguro que Cariátides me permite que lo reproduzca desde su blog. 13 años 13, ha dormido el sueño de los justos este papel entre sus cosas.
Vosotros juzgaréis

Por cada mujer que está cansada de actuar con debilidad, aunque se sabe fuerte, hay un hombre que esta cansadode parecer fuerte cuando se siente vulnerable. Leer más

Vigesimoquinta entrega. Los probadores

(Útil para las mujeres)

En una entrega anterior hice referencia a las dificultades que tenemos muchos hombres para manejarnos con la ropa.

Los colores, las texturas, las combinaciones, el corte, el cómo sienta y todo el mundo que rodea al “textil” nos resulta a muchos un universo incómodo. Por eso es tan habitual que demoremos la compra de ropa cuanto podamos. Luego nos pasa, claro, que cuando ya no tenemos qué ponernos nos vemos obligados a salir, pesarosos e inquietos, a comprar ropa en cantidades que atentan gravemente contra nuestra economía.

Resulta lógico que una tarea tan poco gratificante la queramos hacer en el menor tiempo posible, por lo que es habitual que a vosotras os parezca que nos precipitamos y compramos de forma apresurada. Y seguramente tenéis razón.
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Vigesimocuarta entrega. El zafarrancho nupcial.

(Útil para los hombres)

Las bodas son un acto social bastante peculiar. En una sociedad en la que la edad y el entorno laboral determinan casi en exclusiva nuestras relaciones, asistir a una boda es a veces la única ocasión que tenemos para relacionarnos con familiares a los que nunca vemos. Además, en las bodas se produce una rara agregación de personas de diferentes generaciones, algo muy poco común en la actualidad y que evoca modos de diversión propios de otros tiempos.

Pero no me quiero perder por otros caminos que los que corresponden a esta guía así que a lo que estamos.

Atención los varones cuando se avecina una boda. Tened en cuenta que lo que para la mayoría de nosotros no es más que apuntar la fecha en la agenda, para ellas es el inicio de un proceso extraordinariamente complejo y, además, mucho más largo.
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Vigesimotercera entrega. Desde el 15 de marzo (Interludio de la guía de comportamiento intersexual)

Lo de Barcelona no es nada comparado con la sequía de mis neuronas. No sé si necesito el trasvase de los populares, la conducción de los socialistas o una inyección en el culo, pero desde luego algo me hace falta para recobrar el ritmo de trabajo de esta guía de comportamiento.

Diré en mi descargo que los hados de la informática me han sido renuentes en los últimos meses y mi ordenador ha adquirido vida propia como si se tratase de aquel HAL 9000 que era verdadero protagonista de la película 2001 Una odisea del espacio.

Pero estoy chocando también con otra dificultad más profunda. Me explicaré. He procurado que los conceptos que iba describiendo fuesen reconocibles como típicamente masculinos o como femeninos y me resulta cada vez más difícil encontrar otros nuevos que cumplan tal condición. Como me señalaba Oscar y también Cariátides (que por cierto tiene un blog magnífico) los conceptos empiezan a no ser tan nítidamente asignables a hombres o a mujeres. Tal vez sea por mi propia falta de atención o de imaginación pero quizás también porque simplemente empieza a agotarse la diferencia y a aparecer lo que hombres y mujeres tenemos de verdad en común, que es nada menos que ser seres humanos. O sea todo.

De hecho he repasado algunos borradores de conceptos que tenía en la nevera y los veo como demasiado “intersexuales” como para asignarlos a hombres o a mujeres.

Tengo que reconocer que mi objetivo era muy atrevido. Nada menos que buscar lo específico de cada sexo. Relativizar, por tanto, la interpretación exclusivamente cultural de nuestro comportamiento como personas y ejercer así una suerte de “determinismo recreativo”. Ahí es nada
Puede que sencillamente se trate de una pérdida del ritmo. Me voy a poner a ello antes de que aparezca alguien con una jeringuilla.

Vigesimosegunda entrega. Los tíos no hablamos entre nosotros de sentimientos

(útil para las mujeres)

Si hiciese caso a Baltasar Gracián en sus recomendaciones de brevedad, esta entrega debería acabar con sólo el mismo enunciado del título. Porque de hecho no hay mucho más que decir. Me extenderé algo más solo porque creo que estamos ante uno de los escollos típicos de la incomprensión entre hombres y mujeres.

No es cierto de los hombres solo hablemos de sexo, de deportes y de trabajo. Hablamos mucho de sexo, de deportes y de trabajo, por supuesto, pero la variedad de temas de nuestras conversaciones aumenta con la confianza y con el nivel cultural de los participantes. Bien es cierto que, como si se tratase de un “suelo” básico, este crecimiento, que puede llegar incluso a la filosofía, parte sin embargo de los tres elementos “sexo, deportes y trabajo”.

Por mucho que nuestros temas de conversación se amplíen hay, sin embargo un aspecto que siempre queda fuera. Son los sentimientos. No hablamos de ello. Es así de simple. Puede pareceros extraño que incluso con los buenos amigos, con quienes pasamos muchos ratos, prácticamente nunca hablemos de tristezas o de depresiones ni mucho menos de enamoramientos, pero es así.

Nos gusta la compañía de los amigos, nos sentimos a gusto con ellos, compartimos tiempo y a veces aficiones. Incluso somos muy capaces de mantener viva la relación con los amigos de siempre por encima de las separaciones temporales o geográficas que las circunstancias de la vida a veces imponen, pero no nos hace falta hablar de sentimientos. O tal vez sí, pero somos incapaces. Da igual. El resultado es el mismo. Ni se nos pasa por la cabeza hablar de ello y ya está.

Y entonces ¿De qué habláis? Pues de todo aquello que nos ayude a mantenernos acompañados y que no nos enfrente. Por eso vosotras mismas, el fútbol y el trabajo nos resultan temas tan gratos. Pero podemos hablar también de viajes, de política, del coche, de libros, de música, de los problemas con los hijos (nunca de los sentimientos con ellos). Podemos recordar viejas anécdotas de nuestra amistad, contar chistes… Y podemos también hacer algo que resulta extraordinariamente cómodo y relajante: estar juntos sin hablar de nada.

Por eso importa que entendáis que es perfectamente posible que no sepamos cuántos hermanos tiene uno de nuestros buenos amigos, cuánto tiempo lleva en su actual trabajo, dónde estudió o qué curso estudian sus hijos. Que no os sorprenda.

Vigesimoprimera entrega. El umbral de mierda

(útil para las mujeres)

Con ese nombre me refiero al nivel de suciedad y desorden con el que una persona es capaz de convivir sin que sus alarmas salten y le obliguen a ponerse inmediatamente a limpiar, recoger y ordenar. Cada persona tiene su umbral, las hay más pulcras y las hay menos. Hay un amplio margen dentro de lo que podríamos considerar “la normalidad”. No faltan quienes dicen que el orden que tenemos en nuestras cosas define cuál es el que hay en nuestra cabeza y seguramente alguna razón tienen. Por eso creo que no solamente quienes son un desastre sino también las personas exageradamente ordenadas y pulcras también deben tener algún problema.

A lo que iba. Creo que puedo decir que aunque hay excepciones, en general, el umbral de mierda de los hombres tiende a ser más alto que el de las mujeres. Esto significa, claro está, que nosotros somos capaces de vivir con total tranquilidad en un entorno que un gran número de mujeres considerarían inhabitable.
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Vigésima entrega. Señalando la dirección dentro de una habitación

(sin sexo definido)

He de confesar que esta es una reflexión que en un primer momento pensé que debía explicar a los hombres, porque vosotras soléis tener peor sentido de la orientación en general. O al menos eso creía. Sin embargo de cuando empecé a escribir las primeras notas a ahora he podido ir viendo que esta carencia está también muy presente en varones y ya no estoy tan seguro de que sea una dificultad primordialmente femenina. Por eso he revisado el texto y le he asignado un tibio “sin sexo definido”.
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Decimonovena entrega. La iniciativa doméstica masculina ¿Qué quieres que te haga?

(útil para las mujeres)

Este tema me lo sugirió mi amiga Cristina. Después de evacuar consultas con personas de distintos sexos he comprobado que es un concepto que no solo está muy presente en las relaciones intersexuales sino que es considerablemente polémico. Lo voy a comentar, no obstante, confiado en que mis lectores y lectoras hayan comprobado a estas alturas que la presente guía está cuajada de buena intención y humor y ayuna por completo de acidez y mala leche. Vamos allá.

Las labores domésticas son una actividad en la que los varones hemos entrado hace bien poco en términos históricos. Los que conocimos de las monedas de 25 céntimos de peseta (que como tenían agujero usábamos como tope para el cordel de las peonzas) vivimos en un mundo en el que las mujeres eran las únicas encargadas del hogar. Así se consideraba socialmente correcto y así era.

Afortunadamente los tiempos cambian y ahora lo socialmente correcto es que los varones compartamos las responsabilidades del hogar. Por supuesto que sea tenido por correcto no quiere decir que todos los tíos se apliquen a la tarea, ni muchísimo menos, pero es innegable que hemos avanzado en esto.
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Decimoctava entrega. Bolsas, bolsitas y bolsetas

(Útil para los hombres)

Para bien o para mal tengo edad suficiente para recordar, bien que en mi niñez, el momento en que hizo su aparición en el mundo occidental uno de los productos claves de nuestra civilización actual: la bolsa de plástico. Tan humilde elemento ha supuesto una callada pero definitiva revolución en nuestro modelo de vida. Las bolsas de plástico han transformado los sistemas de distribución y venta, han hecho posible el desarrollo del comercio a través de las grandes superficies y han supuesto un cambio radical en las rutinas de consumo así como en el almacenamiento y transporte dentro del mundo desarrollado.

El plástico ha terminado con la cestería y la alfarería, que nos acompañaron desde la prehistoria, relegándolas al mundo del arte. Seguimos hablando de “la cesta de la compra” pero ya solo como un concepto económico.
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