Conducir en Madrid. Guía para paletos

8ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

14. – Gatos a la caza de aparcamiento

En Madrid, “rompeolas de todas las Españas” que dijera Antonio Machado, la pasión identitaria es mucho menor que la que arde en otras partes pero alguna sí que hay, y no faltan quienes se sienten orgullosos de considerarse “gatos”, que es el sobrenombre coloquial de los oriundos de la ciudad.

Procedan de donde procedan hay una raza de conductores en Madrid cuya actitud en los aparcamientos recuerda a la de esos felinos ya que adopta, como ella, la paciente e inteligente táctica del depredador.

Suele vérseles sobre todo en zonas de aparcamiento no regulado, explanadas, solares y otros espacios con los que la ciudad palía malamente sus desesperantes problemas de aparcamiento.

En lugar de deambular con el coche por entre las filas a la búsqueda de una bendita plaza, como hacemos los demás “pringaos” antes de rendirnos a la evidencia de que en esta cuarta o quinta vuelta “tampoco se va nadie”, ellos se agazapan con el vehículo en un rincón. Parados. En silencio. Con el motor apagado. Inmóviles como el felino que acecha un ratón.

Quietos y en silencio pero atentos a los movimientos de su alrededor. Un peatón que entra, el tintineo de unas llaves, el sonido de una puerta allí al fondo son señales que los activan al instante y su instinto cazador se desencadena de forma que, en segundos ya están parados junto al coche que acaba de iniciar su maniobra. Los primeros para hacerse con el codiciado hueco. Mientras tú que ya es la sexta vuelta que das te preguntas: ¿de dónde ha salido ese tío?

Sirvan estas líneas como homenaje a estos profesionales del aparcamiento, cuya elegancia, destreza y paciencia hacen honor al apelativo de los aborígenes de la ciudad y que nos pone en ridículo a los paletos como usted y yo.

15.- Incorporarse a carriles atestados. El dilema moral

Madrid está lleno de coches y cada día los atascos paralizan el tráfico en las que supuestamente se concibieron como vías rápidas. Pero no me pararé en lo ya sabido sino en algunos aspectos casi “filosóficos” de ese problema.

Uno de ellos es el dilema moral de “Me meto ya – Sigo adelante”, inevitable cuando hay que incorporarse a un carril que ya está atestado. Lo habitual es que la cola de coches parados que colmatan la vía sea tan larga que usted, paleto en Madrid, ni se imaginaba que allá atrás es donde tenía que haberse incorporado al carril deseado.

Entre el momento en que debía haber tomado el carril (de haberlo sabido) y el instante final en que se tiene que meter sí o sí, hay un enfrentamiento íntimo muy duro entre integrarse en la cola en cuanto sea posible (lo que no le salvará de algún pitido o alguna mala cara) o apurar y “ya puestos” saltarse la cola entera, tomando el desvío que corresponda en el puñetero último metro, en una atrevida “maniobra guas”.

Naturalmente mientras avanza con el carril libre junto a los coches detenidos la tensión irá aumentando. A medida que se acerca al punto crítico los gestos se endurecen. La probabilidad de bocinazos aumenta mientras que disminuye el hueco entre vehículos, incluso cuando están en marcha, justamente para evitar que nadie haga lo que está usted pensando en hacer, ¡piratilla…!

Tampoco es buena idea detenerse en seco en el carril que ocupa para esperar cívicamente a que le cedan el paso porque puede que no se lo permitan fácilmente y, lo que es peor, se hará usted muy impopular entre los conductores que le siguen por la vía que aún corre y que usted acaba de bloquear.

La desazón interior que le corroe en esos momentos se incrementa con la certeza de que, tanto si se trata de un despiste como si nunca tuvo siquiera la ocasión de sumarse al final de la cola, los conductores a los que está sobrepasando estarán convencidos de que es usted un jeta, y no faltarán quienes se lo hagan saber, ya sabe

¡Qué mal rato! ¿Eh? Bueno, pues pasarlo es una de las pruebas de madurez del conductor capitalino y una excelente forma ¡Ay! de conocerse a sí mismo. De ahí que empezase hablando de filosofía.

7ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

13.- Las radiales: antes muerto

Así como la M30 y la M40 cumplen la función social de que los madrileños entren a trabajar todos a la misma hora y traten de hacerlo todos con su coche, las radiales, unas vías de peaje que se construyeron hace ya algunos años, tienen una utilidad ignota.

Unos lo achacan al precio, otros al diseño de los accesos y las expropiaciones mal llevadas también llevan parte de culpa del fracaso. Será, pero a mí me parece que hay, además, una cierta rebelión soterrada entre los conductores madrileños. Incluso en operaciones retorno ver a tantos vehículos que se mantienen impertérritos en medio del atasco mientras se cuentan con los dedos de una oreja los que toman la entrada a la radial, hace pensar en que se trate más de un asunto de honor que de dinero. “Antes morir, de pie, en el atasco que circular pagando de rodillas el infame peaje” parecen pensar los conductores madrileños.

Lo cierto es que el uso de estas vías es tan escaso que las pocas veces que las he usado me ha dado la sensación de estar abandonado en medio de sus amplios y desérticos carriles. Daba hasta miedo. Por el contrario, en otras ocasiones, tratando de aprovecharlas en plena operación salida, me he visto atascado durante muchísimo rato en los peajes de pago, perdiendo así el tiempo que supuestamente me iban a hacer ganar.

Algo tiene esto de las radiales que a los foráneos nos cuesta captar en su justa medida. Por eso sospecho de una cuestión de honor, que siempre es una cosa muy de la Corte.

Este mismo mes hemos sabido que ha quebrado la autopista de peaje que conectaba con el aeropuerto de Barajas y que sus concesionarias están ya en liquidación. Soy ya ocho en proceso concursal. El fracaso es tan innegable y tan abrumador que está extendidísimo el convencimiento de que se habrían construido de forma deliberada, sabiendo que serían un fracaso económico pero para que los constructores amigos hiciesen mucho dinero. La obligación del erario público de hacerse cargo de las pérdidas en caso de que las hubiera, como así ha sido, parece dar la razón a los malpensados.

Me llamarán ingenuo pero yo creo que no fue así, que fue mucho peor: que creyeron de verdad que serían negocio y que así se demostraría la idoneidad virtuosa de lo privado en contra de la cutrez e ineficiencia de lo público. Por tanto no creo que fuese la maldad torticera sino la más completa ineptitud lo que había detrás. Insisto: mucho peor, porque la maldad requiere inteligencia, mientras que la ineptitud, no.

El supuesto argumento de la garantía de que las pérdidas serían cubiertas con dinero público no es tal, puesto que es norma básica del alto capitalismo español, de aplicación en ésta y en todas sus aventuras. Como es bien sabido, en este país no hay nadie con dinero que crea de verdad en la libertad de empresa.

El resultado en que Madrid cuenta con dobles accesos al atasco central: los libres, que pagamos entre todos, y los de pago, que pagaremos también entre todos.

14.- Llueve en Madrid

Ya me avisaron de lo que pasaba en las calles de Madrid cuando llovía pero lo he podido comprobar asombrado y lo tengo que contar.

Lo más importante es entender, sobre todo para quienes venimos del norte, que en Madrid no hace falta que caiga agua para que “esté lloviendo”. Aunque les cueste creerlo, es así. En Madrid la interpretación sociológica de “hoy está lloviendo” empieza cuando el hombre del tiempo anuncia que mañana puede llover o que lloverá. A partir de ese momento, aunque al fin no caiga una gota o caiga agua durante 20 minutos en todo el día, la ciudadanía toda entiende que “está lloviendo” y actúa en consecuencia,

Actuar en consecuencia sobre todo es sacar el coche. Cuando llueve todo el mundo saca el coche, sobre todo si es primeros de mes y aún se puede pagar la gasolina del depósito. Así que si “está lloviendo” (insisto, aunque no caiga una gota) ya sabe usted, paleto como yo, que el tráfico se pondrá imposible. Téngalo en cuenta y ármese de paciencia.

La parte buena es que cuando llueve de verdad, o sea cuando cae agua del cielo en cantidad suficiente para mojarte (que es lo que los norteños llamamos llover) la velocidad media baja extraordinariamente, para comodidad y también sorpresa de quienes venimos de zonas más lluviosas.

Próximas entregas:
Gatos a la caza de aparcamiento
Incorporarse a carriles atestados. El dilema moral

6ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Bus de la EMT (Empresa Municipal de Transportes)
11.-       Los túneles sorpresa

Hay muchas avenidas en Madrid que alivian sus cruces con túneles bajo la calzada. Se nota que no son nuevos porque, aunque prácticos, suelen ser estrechos y un poco tétricos. Si es la primera vez, utilizarlos resulta toda una experiencia de conducción.

Usted va por una avenida y, de pronto, se le anuncia un túnel a unos cientos de metros, a veces menos de cien. Tiene unos pocos segundos para decidir si cambia o no de carril para tomarlo o para evitarlo (tic, tac, tic, tac) ¡Qué momento de tensión! ¡qué desazón! Justo cuando creía, ingenuo, que iba fenomenal.

Naturalmente el túnel suele tener un cartel indicador, a veces con una auténtica ensalada de siglas, abreviaturas y nombres de calles, imposible de leer en el corto tramo que le queda para decidir. Así que allí va, ciego de información y a menudo ciego también a secas, sobre todo si entra en la penumbra desde uno de esos luminosos días de verano de la villa.

Una vez dentro todo parece acelerarse, como nos pasaba de niños en la parte oscura del tren chuchú. Si tiene usted suerte el túnel solo tendrá una salida. En tal caso ni tan mal. Pero a menudo sucede que empieza a dividirse y a darle opciones varias, todas en escasísimos metros. En tal caso lo tiene claro: siga adelante sin cambios bruscos y tenga paciencia, cuando salga de la cueva ya se enterará de dónde demonios ha salido. ¡Sorpresa!

12.-       El autobusero ciego

Si a los que vamos en coche por la ciudad nos hacen pirulas y se nos cuelan por aquí y por allá, imagine lo que no les harán a los autobuses urbanos. No sé siquiera cómo es posible conducir un monstruo por las calles atestadas de coches y motos, mientras todo el mundo pelea por un palmo de espacio.

Sin embargo los autobuseros lo hacen todos los días y a todas horas, parando a cada momento y volviendo a incorporarse al tráfico una y otra vez. Asombroso.

Así que no les ha quedado más remedio que adaptarse con algunos trucos, sin los cuales no harían el recorrido de su línea ni una vez en todo el día. Traiciono la confianza de mi amigo Ángel, que es uno de tales conductores, contándoles una de esas pequeñas mañas.

La cosa consiste en hacer como que no han visto el coche que se les acerca raudo, dispuesto a meterse por algún hueco, prevaliéndose de la supuesta falta de agilidad del bus. Naturalmente que el profesional de la EMT le ha visto pero el conductor del coche no podrá nunca saberlo con seguridad porque antes de que pueda comprobar si le está mirando, el autobusero ya habrá desviado deliberadamente la vista de su propio retrovisor.

Lo hacen porque saben bien que si un conductor de esos que se van colando se apercibe de que ha sido visto, se colará sin dudar, confiado en que mi amigo Ángel y sus compañeros de volante no serán capaces de impedirle la maniobra ya iniciada a riesgo de un golpe, como así ocurre.

Por el contrario, el chofer del bus sabe que el conductor del turismo se cuidará muy mucho de hacerle cualquier trampa si no está bien seguro de haber sido visto, de ahí su estratégica ceguera, que le sirve para defender su espacio en un auténtico duelo silencioso de “no te atreverás” parecido al del póker, en donde la mirada es ventana de debilidad.

Así que, ya lo sabe, no espere que el autobusero le muestre sus cartas. Si quiere, puede usted meterse -valiente- apostándose la carrocería a que le ha visto pero no olvide una cosa: que los normales miden 12 metros y los articulados hasta 18. Usted mismo.

Próximas entregas:
Las radiales. Antes muerto.
Llueve en Madrid

5ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Así, con elegancia, como desmayado, pero ¡ojo!
Sigo con mi serie de entregas sobre cómo ve el tráfico madrileño un novato.

9.- ¿Qué serán esas luces rojas?

En Madrid hay muchos túneles, particularmente largos son los de la soterrada M30, una obra económicamente faraónica que, sin embargo, ha significado la recuperación para la ciudad de una zona antes muy degradada en torno al Manzanares. Madrid Río es hoy un entorno extraordinario, conectado con el también recuperado matadero, ahora centro cultural y de ocio. Siendo yo del mismo Bilbao, como soy, no preguntaré a cuánto ha salido el metro cuadrado de paseos y zona de ocio ¿para qué andarse con menudencias?

Me he desviado pero mi intención era hablar del comportamiento de los conductores madrileños en túneles como esos de la M30 y en otras vías rápidas. En tales lugares se puede ver un fenómeno curioso y muy característico. Sucede cuando aún el tráfico discurre con agilidad y de pronto empiezan a verse unas luces rojas que se iluminan allí delante, a lo lejos.

De ninguna manera piense usted que los vehículos que le rodean van a frenar, ni siquiera a levantar el pie del acelerador ¿Qué se ha creído? Si quiere disminuir la velocidad por si acaso allá usted… mejor, porque dejará sitio delante que aprovecharán para ocuparlo rápidamente los demás, porque ha de saber que los conductores madrileños no se rinden y nunca pierden la esperanza de que esas luces sean de algún circo, de un puticlub en mitad del túnel o algo así. Los menos imaginativos puede que piensen en un inminente atasco pero también continuarán, impertérritos, convencidos de que el tapón que podrían anunciar esas luces rojas no llegue a producirse finalmente y el lugar quede despejado en pocos segundos, antes de que ellos lleguen. Por si acaso ellos el freno, ni tocar. Usted verá.

10.-  El brazo colgando fuera

Esto me encanta. Es toda una maravilla de la comunicación no verbal que ha evolucionado de tiempos de nuestros ancestros, de cuando las señales con el brazo no solo eran válidas sino que estaban regladas y se enseñaban en las autoescuelas, no sé si se sigue haciendo. Lo que sí se es que es maniobra muy común en taxistas, pero no exclusiva de ellos.

El brazo colgando fuera del coche, así como desmayado, significa en Madrid que su dueño se reserva el derecho a algo. A lo que sea. El brazo inmóvil al sol le da derecho al conductor a iniciar en cualquier momento, sea inmediatamente o no, siempre a su gusto, cualquier maniobra de giro, parada, cambio de carril o lo que sea sin que nadie pueda argüirle, ya que podrá responder con un inapelable “¿es que no has visto el brazo?, gilipollas!

Así que ya sabe. Cuando vea un brazo colgando, atento que va pasar «algo» ¡qué expectación!

Próximas entregas:
Los túneles sorpresa
El autobusero ciego

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4ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Esta palanca, siempre impecable, sin estrenar

7.- Los intermitentes y la maniobra guas

Información de utilidad para panchitos que ignoran el concepto básico NIFOM, ya descrito. El intermitente sirve, tal y como nos enseñaron, para avisar al resto de vehículos de nuestra intención de cambiar de dirección o de carril. Precisamente por eso es tan peligroso en Madrid, y por ello tan poco utilizado. Conductores hay que alardean del impecable estado de sus intermitentes asegurando, orgullosos, que nunca ha pasado por sus bombillas amarillas un solo amperio desde el mismo día en que adquirieron el vehículo.

Activar el intermitente para cambiar de carril comunica a quien viene tras nosotros nada menos que nuestra intención de ponernos delante de él, esto es, que tenemos intención de atentar contra el principio básico. Por supuesto que ante tamaña amenaza su reacción, lógica en aplicación del principio NIFOM, será acelerar a toda prisa para tapar ese hueco que sin duda en un momento de descuido imperdonable había dejado delante y que usted, taimadamente, pretendía ocupar ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Como cambiar de carril es inevitable para conducir por la ciudad, se han inventado una forma típicamente madrileña que sustituye al engorroso trámite de los intermitentes. Se trata de la denominada “maniobra guas”. Consiste en que cuando ve usted un hueco entre dos coches, sin previo aviso y en un rápido movimiento de volante, hace ¡guas! y se mete. Es lo que hay.

¡Ojo! La maniobra guas, para merecer tal nombre, requiere que se realice con rotundidad e inmediatez, nada de torpes acercamientos previos ni avisos o tentativas timoratas que le restan su particular elegancia y brillantez, virtudes que a veces (no siempre) le valen incluso el reconocimiento del coche adelantado a la voz de: ¡Mira qué listo!

8.- La distancia de seguridad

Es la contraparte de la maniobra guas. Como ya debería usted haber deducido por lo que llevamos explicado, en Madrid mantener la distancia de seguridad consiste justamente en asegurarse de que entre usted y el de delante no cabe nadie. Es decir que ningún vehículo va a poder hacerle la maniobra guas, atentando contra su derecho al NIFOM y relegándole hacia atrás en la cola.

Para eso hay que ir bien atento y bien cerquita del coche precedente, claro. Ni que decir tiene que el equilibrio entre la seguridad madrileña de que no se le cuele ningún listo y la otra seguridad, la de que no acabe usted estampado contra el de delante si éste frena es asunto de gran enjundia, mucho equilibrio y considerable dificultad pero nadie dijo que fuera fácil.

Próximas entregas:
¿Qué serán esas luces rojas?
El brazo colgando fuera
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3ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos



5.- Los semáforos

Ya lo decía Schwarzenegger en Terminator: Rojo: parar. Verde: acelerar. Amarillo: acelerar más. Es tan cierto eso en Madrid que algunas veces respetar un semáforo ámbar puede llegar a ser causa de accidente.

Si ve usted que tiene algún vehículo detrás y se acerca a un semáforo, ponga mucha atención porque puede que quien le siga sea uno de esos muchos conductores que no solamente se saltarían el semáforo si les tocase a ellos, que eso por supuesto, sino que como el fraile, que cree que todos son de su aire, cuentan con que el primero, el segundo y a veces incluso el tercero de los coches que les preceden se va a saltar el disco ámbar/rojo para que ellos también puedan pasar.

Antes y después. La tradición continúa

Cuando no es así, el rapidillo de atrás se encuentra ante la desagradable sorpresa de que tiene que abortar su ya iniciado acelerón, con el riesgo y el cabreo consiguiente que eso significa.

Una forma de reducir el peligro es tocar el freno desde muy atrás, según se ve el disco ámbar haciendo obvio que va a detenerse y disuadiendo así al zaguero de iniciar su maniobra de lanzamiento. Sin duda exclamará algo así como “¿no irá a pararse ese anormal?” y no faltará quien le pite indignado reclamando su derecho, que usted ha violado, de saltarse el semáforo.

Aunque la reacción del Fitipaldi urbano pueda resultar desabrida piense, en cambio, que estará usted salvando su parachoques y sus cervicales.

6.- Los cruces

Hay en la ciudad zonas del suelo pintadas con una retícula amarilla que, como todos los conductores madrileños saben, están ahí en recuerdo de la parrilla en la que martirizaron a San Lorenzo, de gran devoción en la villa. ¿Es eso no?

El trámite en los cruces es el siguiente: puesto que el semáforo verde le ha dado derecho a pasar, usted pasa, aunque solo pueda avanzar unos metros para pegarse bien pegado al tapón que se ha formado a la entrada de la calle de enfrente. Solo faltaría que se quedase ahí parado como un gilipollas y perdiese el siguiente semáforo. Luego ya se verá. Usted, por de pronto, ha pasado y los demás que arreen. (¡Cómo me gusta a mi esa expresión tan nuestra! tan representativa de la insolidaridad nacional, insolente, bravucona y orgullosa de sí misma,)

Pero volviendo al cruce, como se le ocurra a usted la tontería de quedarse ahí para evitar bloquear el cruce, no solo le montarán un buen pollo de pitidos desde atrás sino que verá -infeliz- cómo la fila de coches a la que ha cedido el espacio con tanta amabilidad y civismo ocupará rápidamente el espacio sobre la parrilla y ahí se quedarán cerrándole a usted el paso cuando el semáforo se le abra, tontolaba.

El resultado es que incluso las personas más afables y cívicas solo respetan el cruce una vez, hasta que comprueban el resultado y se dan cuenta de que o avanzan en medio de la retícula amarilla, como hace todo el mundo, o se quedan ahí a vivir, si es que no los asesinan los conductores que van detrás.

Próxima entrega:
Los intermitentes y la maniobra Guass
La distancia de seguridad
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2ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Duelo a garrotazos. Francisco de Goya
Continúo con mi guía para ayudar a que los conductores foráneos se adapten a los modos del tráfico en la capital de España.
De nada

3.- Un trece-catorce

Se llama así a cualquier maniobra ilegal, sea o no peligrosa pero siempre inverosímil, que se hace para ahorrar un incómodo trayecto a la que uno estaría obligado de haber respetado las direcciones y giros establecidos. El ahorro de tiempo y distancia son variables y pueden ir desde evitar una simple vuelta a la manzana hasta hacerlo a la comunidad autónoma entera, dependiendo de si se trata de un giro en una calle céntrica o si bordea usted el peligro de caer en el cinturón de asteroides de las M30, 40, 45, 50 o de las radiales de pago (de las que hablaremos otro día).

Las obras en la vía y los frecuentes cortes alimentan esta costumbre de nombre tan evocador. Evocador de no se sabe qué pero en todo caso muy acendrado en la movilidad urbana de la corte.

4.- El claxon
Ya no es lo que era pero aún se usa con profusión. El claxon en Madrid significa “¡oye tú!”, que como todo el mundo sabe quiere decir…lo que sea que quiera decir el pitador.

Cuando lo que ha hecho usted ¡Alma de Dios! ha sido cometer la osadía de atentar contra el principio básico NIFOM y pretendía, por tanto, ocupar el carril por el que viene alguien (siempre viene alguien) es muy fácil deducir el motivo del enfado, ¿qué otra cosa si no? Da igual que el indignado se acerque a 100 ó 200 metros por detrás. Pitará. Fijo.

Sin embargo el claxon tiene en Madrid dos usos particularmente llamativos que son el concierto y el duelo. El primero se da cuando en medio de un tapón de tráfico, por definición lleno de cerebros incómodos con sus amígdalas sobrestimuladas, alguien empieza a pitar por cualquier motivo. Como si se abriese entonces algún tipo de válvula aliviadora pronto los conductores contiguos “se animan” a dirimir sus propias cuitas con quienes les rodean y tiran de claxon ellos también, con lo que queda inaugurado el concierto.

El duelo, en cambio, es más íntimo y aparece cuando dos conductores en un conflicto de tráfico se pelean por ser “quien tenga la última palabra”, siendo así que ninguno renuncia a pujar detrás del contrincante en un intento de hacerse con una supuesta razón que le daría ser el último en pitar. Inmovilizados uno junto al otro, soltando ira por sus gargantas mecánicas (y a menudo por las otras) recuerdan el “Duelo a garrotazos” de Goya. Las tradiciones más profundas, ya se sabe, siempre acechan bajo la fina piel de la civilidad.

Usted conduzca razonablemente, por supuesto, pero nunca dude de que habrá mil y un motivos ignotos por los que se puede sufrir un bocinazo airado en las calles o autovías de Madrid. No vale la pena intentarlo pero si quiere molestarse en adivinarlo no descarte que el motivo sea simplemente el hecho de que usted exista: “¡Oye tú!”.

Y a Goya, mejor véalo en El Prado. Por supuesto.

Próxima entrega:
Los semáforos

Conducir en Madrid. Guía para paletos. 1ª entrega

Aunque llevo muchos años moviéndome por Madrid, es reciente mi incorporación a la vida cotidiana de la villa. Cotidianeidad que incluye, naturalmente, la de moverse por sus calles en un vehículo en horas punta, que son casi todas, y en horas valle, que son casi ninguna.

No creo que el tráfico de esta ciudad sea peor de lo que inevitablemente corresponde a una gran urbe, pero lo que sí he visto son algunas actitudes muy propias y características de la cultura del tráfico local que siempre han llamado mi atención como foráneo. Son esas las que, tomadas con un poco de humor, constituyen el material que he seleccionado para esta pequeña serie de posts que inicio hoy.

OJO: Visto cómo está el patio y que estos textos podrían ser rebotados y reenviados por esas redes sociales de Dios, donde uno no sabe ni quién los leerá ni cómo los interpretará, igual conviene que incluya una nota legal, del mismo tipo de las que se leen en las bolsas de plástico advirtiendo de que si te las pones por la cabeza y las cierras bien por el cuello, te podrías ahogar. Que nunca se sabe.

Allá va: Esta guía está compuesta de textos fundamentalmente HUMORISTICOS (que quiere decir que tratan de provocar alguna sonrisa) y no sirven como guía de conducción, ni su aplicación sirve como eximente a las opiniones, siempre tan bien fundadas en derecho, de los agentes de la autoridad competente, ni mucho menos deberían utilizarse como textos en autoescuelas. Digo, por si acaso.

Hecha esta increíble pero tal vez necesaria aclaración, procedo con las dos primeras entregas de esta guía:

1. El principio básico NIFOM (Que nadie se me ponga delante)
Todo el comportamiento de los conductores de Madrid se rige por esta ley primigenia, omnipresente y fuente absoluta de la verdad al volante en Madrid: “Que nadie se me ponga delante” cuyas siglas en inglés NIFOM (Nobody In Front Of Me) me acabo de inventar.

Esto es lo más importante que debe usted conocer y entender porque su aplicación es universal y de su ejercicio militante se desprenden la mayor parte de los conceptos que se explicarán en los post de más adelante.

Pensará usted que preferir que el espacio delante de nosotros esté despejado es algo lógico y normal para cualquier conductor en cualquier lugar. Es así, en efecto, solo que en Madrid este deseo adquiere rango de exigencia, es algo obsesivo y se cuida casi como si se tratase de una cuestión de honor. El conductor que se distrae, como la oveja que bala, parece que pierde el jugoso bocado de su lugar en el atasco.

Es así que la pulsión defensiva de los conductores madrileños hacia el espacio que hay delante de ellos no admite rendición. Por atestada que esté la calle o la autovía y por evidente que sea que tal cosa no va a cambiar en un buen rato, la tensión en la preservación del espacio que les separa del coche precedente jamás se alivia. Aparentemente el terror de verse relegados poco a poco hacia atrás en la cola es tal que no hay lugar al desistimiento, a la cobarde e indigna renuncia.

Puede que se trate de un residuo del histórico y muy madrileño “No pasarán” ¿Quién sabe?, lo cierto es que si es usted capaz de entender el principio NIFOM, tiene andada la mitad del camino para comprender cómo debe moverse por las calles de Madrid y qué cabe esperar de sus compañeros de atasco. Que nadie se le ponga delante, pringao!

2. El vals de la M-30
Uno de los frutos característicos del principio áulico NIFOM es esta vistosa maniobra, que no se baila solo en esa autovía llamada tramposamente “calle”, sino que es típico de todas las vías rápidas de Madrid. Es un espectáculo muy bonito, que disfrutan los que más los matemáticos expertos en teoría de colas.

Para apreciarlo en todo su esplendor nada como una leve pendiente cuesta abajo que le permitirá ver cómo docenas de coches delante de usted se cambian de carril a cada instante de uno a otro lado, ahora a la derecha, ora a la izquierda, otra vez a la derecha para volver al carril izquierdo al momento, unos delante y otros detrás, cruzando sus trayectorias, como persiguiéndose, como si estuvieran dibujando alguna trenza imaginaria de rodadas sobre el asfalto. Precioso, oiga, es de verlo.

Naturalmente la maniobra tiene como consecuencia final que el coche danzarín que al inicio le acompañaba, cinco kilómetros después de su circense actuación se encontrará dos o a lo sumo tres puestos por delante de usted en el mismo atasco. Pero: ¿Lo que ha disfrutado y lo satisfecho que se le ve de todo lo que ha adelantado? ¿Eh?

Próximas entregas:
Hacer un trece-catorce
El claxon