Séptima entrega. La caducidad de las conversaciones

(Útil para las mujeres)

Importantísimo aspecto de la comunicación con varones. Para los hombres una frase interrumpida a medias tiende a morir y a ser olvidada. Tomad buena nota de esto: cualquier reflexión o comunicación inacabada caduca definitivamente si transcurre un tiempo de silencio mayor de un minuto. Ese plazo, muy generoso, se reduce drásticamente si en el intervalo de ese minuto se inicia otra u otras conversaciones. Esta es una ley inapelable en el trato con hombres que es preciso que tengáis en cuenta siempre.
Leer más

Sexta entrega. Los pronombres tienen antecedente. Pregunta por él

(Útil para los hombres)

A las mujeres les encanta abreviar. Ella le dijo al otro que su hermana sabía que esta gente no podía hacerse con los niños.
En medio de una conversación te puedes encontrar perfectamente con una frase como esta, o parecida. No te alarmes. Ella cree que por el contexto de la conversación (a veces de muchos minutos o incluso de días pasados) vas a entender perfectamente de quien está hablando en cada caso. No lo cree porque sí sino porque, naturalmente, casi cualquier otra mujer le habría entendido a la perfección.
Leer más

Quinta entrega. La partición del disco duro. Cerebros masculinos

(Útil para las mujeres)

Si habéis tenido contacto con el mundo de la informática alguna vez habréis oído hablar de este concepto, aplicado a los ordenadores. Se utiliza como sistema de seguridad para que en caso de fallar el sistema operativo, instalado en una de las dos partes del disco duro, al reinstalarlo no se pierdan datos que quedan contenidos en la otra mitad. No sé si es una definición atinada pero a los efectos de lo que quiero explicar nos va a valer.

Es como si los hombres tuviéramos un disco duro para los temas de trabajo y otro, diferente, para los asuntos personales y familiares.
Leer más

Cuarta entrega. Hablando desde el otro lado de la casa

(Útil para los hombres)

En general cuando las mujeres hablan el lenguaje verbal contiene solo una pequeña parte de la información transmitida. Mucha información debes deducirla de sus gestos, expresiones, tonos de voz, inflexiones y un sinfín de otros aspectos. Nos pasa también a los hombres pero en ellas esta comunicación “integral” está especialmente desarrollada. No consideres que entender esto es especialmente meritorio. Es simplemente imprescindible para relacionarse con mujeres. Muchos hombres han podido ir adquiriendo destrezas en este campo, no sin esfuerzo, pero hay un segmento de la comunicación que aún nos está vedado a la mayoría de nosotros: el conocimiento de lo que están pensando. Una destreza que es exclusiva de las mujeres entre sí.
Leer más

Tercera entrega. Doce cosas a la vez

(Útil para las mujeres)

Dicen que los hombres no podemos hacer dos cosas a la vez. No es cierto aunque tampoco es completamente falso. Los hombres podemos hacer muchas cosas a la vez, Por ejemplo: Nos anudamos la corbata mientras preparamos mentalmente los argumentos para la reunión de esta mañana. Cambiamos de marcha en el coche con el cerebelo porque se trata ya de un gesto automatizado, pero conducimos con el cerebro. Esto significa que una buena parte de nuestra atención mientras estamos al volante se “pierde” en la conducción misma. Puesto que nos complacemos en estar conscientemente atentos a la carretera y al tráfico es fácil que nos atrevamos a hacer una conducción más “activa” lo que para algunos quiere decir, lamentablemente, más agresiva. Pero ese es otro asunto.
Leer más

Segunda entrega. La velocidad infinitesimal. Mujeres de compras

(Útil para los hombres)

A las personas nos pasa algo parecido a los vehículos. Nos resulta muy difícil movernos mucho tiempo por debajo de un velocidad mínima. Quien haya conducido un deportivo o una moto de gran potencia habrá comprobado lo difícil e incómodo que es mantenerla al paso de burra de un atasco de la M 30.
Las mujeres, sin embargo, pueden moverse en un centro comercial, por ejemplo, o en una calle con escaparates, a una velocidad infinitesimal.
Leer más

Primera entrega. No estoy pensando en nada.

(Útil para las mujeres)

Ya se que parece mentira, ya lo se. La mente no tiene un interruptor que se pueda pulsar ni se puede reiniciar pulsando Crtl+Alt+Supr, ¿verdad?. Falso. La de los hombres sí que puede detenerse. Os lo juro. Cuando un hombre mira distraído al horizonte o, menos poéticamente, al gotelé puede perfectamente no estar pensando en nada. Es un estado mental intermedio entre la vigilia y el sueño, muy relajante, y que algunos podemos alcanzar en cuestión de segundos.Esta es una de las cosas que más sorprende a las mujeres y una de las causas de infelicidad de las parejas ya que las mujeres tienden a deducir de nuestra actitud complejas conclusiones, tan imaginativas como terribles a veces, cuando lo único que ocurre es que estamos desconectados. Si, desconectados. No hay conclusión ninguna que sacar, pero ninguna.
Leer más

Guía de conceptos que es conveniente conocer y revisar para entender y manejarse adecuadamente con seres del sexo opuesto. Presentación

Los hombres y las mujeres tenemos que vivir juntos. Esto es tan cierto como que somos diferentes en muchos de nuestros comportamientos. Sin llegar a coincidir con un amigo mío que dice que somos el único animal que precisa para la reproducción de un individuo de otra especie diferente, sí creo que es cierto que hay diferencias y también que algunos comportamientos concretos son más habituales en cada sexo.Conocerlos y comprenderlos puede ayudarnos a conseguir alcanzar con más facilidad el objetivo de toda persona, que no es otro que ser feliz.
Estas reflexiones solo serán útiles si el lector o lectora parte de la premisa insoslayable de que no se puede cambiar la forma de ser de la otra persona (y por tanto es inútil intentarlo) y que lo mejor es intentar entender y asumir las necesidades, sentimientos y preferencias del otro o de la otra.
Leer más

La guerra de los caldos

Si hay algún plato que conecta con los más primarios y profundos sentimientos humanos es el caldo casero. La olla que lo va cociendo a fuego lento se convierte en el verdadero crisol de las esencias del propio clan. Al asomarme al agua que burbujea sobre la vitrocerámica y en la que nadan los trozos de carne, los huesos y las verduras no me cuesta imaginar la cueva, con un caldero en el que hierven lentamente los restos del último reno cazado y cuya piel se seca extendida en el exterior. No pudo ser muy distinto.

Es como si la olla, todas las ollas, hubiesen sostenido desde tiempos imposibles de recordar una liturgia compartida por personas de todas las razas, de todos los idiomas, religiones y pueblos. Un rito tan repetido a lo largo del tiempo que se convierte en profundamente humano. Tan humano como el mismo hambre, que aunque a algunos europeos de ahora nos parezca extraña, ha acompañado siempre a la humanidad.

El caldo es, además, una de las armas de cohesión familiar de que disponen las mujeres. La madre o la abuela consiguen agruparnos en torno a la mesa y su caldo, un caldo concreto y no otro, es el que sostiene una suerte de comunión íntima que sobrepasa con mucho el mero acto de alimentación y que ningún otro producto puede alcanzar. Desde luego algo tiene el caldo que lo convierte en uno de los elementos que parecen definir nuestros auténticos sentimientos de pertenencia.

Un caldo es un caldo -pensaba yo en mi ignorancia- hasta que estas Navidades he visto el enfrentamiento profundo y sin cuartel entre mi madre y mi mujer a cuenta del caldo de cada una de ellas. Von Clausewitz no imaginó hasta qué punto las ideas de su clásico “De la guerra” podían verse aplicadas en una cocina y yo mismo, sorprendido, he podido comprobar que detrás del caldo hay algo muchísimo más profundo que lo que nunca creí.

Cuánta gallina, si hueso o no de jamón, cebolla o nabo, más o menos zanahoria, uno o dos puerros eran episodios de una auténtica batalla. Allí la discusión sobre sentimientos profundos, escalas de valores, incluso sobre la identidad personal y hasta nacional se manifestaba entre verduras, huesos y pellizcos de sal. Los delantales se hacían banderas y en la pelea sin sangre los cucharones eran auténticas espadas domésticas. Cada puchero (porque finalmente hubo dos) devenía en trinchera e incluso he visto actos guerrilleros de subir o bajar la potencia del fuego ajeno, siempre con un ánimo declarado de ayudar que solo yo, simple varón, me podía llegar a creer.

Han tenido que pasar 47 años para que haya tenido la oportunidad de darme cuenta de que si el hogar es el espacio del fuego colectivo, el caldo es lo que contiene en realidad el código genético del grupo familiar y que sus sacerdotisas siguen ejerciendo la labor de cuidadoras de las esencias (nunca mejor dicho) con la misma pasión que sin duda lo hicieron otras mujeres hace muchos miles de años.

Acelerados y agobiados por las exigencias de lo cotidiano, ¡qué difícil se nos hace apercibirnos de dónde están las cosas importantes!. Por ejemplo, en el caldo de cada madre.