Ya no se puede contar con el Congreso

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Por fin se alcanzó la cumbre de la ineptitud culpable que la política ha venido adoptando desde 2011. Muerto el odiado y ya olvidado bipartidismo, la nueva política que iba a traer transversalidad y frescura lo que ha traído han sido trincheras y desfachatez.


El tema más importante de toda la legislatura, el primer acuerdo en 30 años entre empresarios y trabajadores, vinculado a los fondos europeos que necesitamos como el comer, salió adelante en una votación que da mucha vergüenza ajena. Se trataba de convalidar el enorme esfuerzo hecho por una parte de la sociedad civil a la que la propia Constitución reconoce como agente básico de la democracia (Art. 37), pero no. No fueron capaces de entender que el jueves tocaba reconocer que no toda la política la hacen ellos. 

El purismo inmaculado de unos, los intereses tácticos de otros, la venenosísima idea de ilegitimidad del contrario y el olvido deliberado de que hay una sociedad civil ahí fuera se juntaron para vergüenza de quienes solemos seguir las cosas de la política. De ser cierto que hubo una jugada oculta por debajo del escaño con los diputados de UPN, el espectáculo vergonzoso de la votación quedaría completado con una nueva indignidad de truhanes.

Lo peor del resultado final es que ya sabemos que no podemos contar con el Congreso, porque allí les importa sobre todo su espectáculo, no nuestra vida. Lo han demostrado. El objetivo único de cada declaración y de cada voto es alimentar su adicción por la bronca y para eso todo les vale, todo menos escuchar y atender lo que la ciudadanía necesita. Por eso hasta convocan las elecciones cuando creen que les conviene a ellos, no a nosotros. Y todo lo hacen sin disimulo alguno, como quien ha olvidado para qué estaba ahí. Va a ser eso.

Invierno laboral y demográfico

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No sé bien a qué viene tanta sorpresa por la baja natalidad en Euskadi, que no es sino la consecuencia de decisiones tomadas en atención a las ventajas que supuestamente nos iban a reportar.

Tener un mercado laboral precario, con sueldos muy bajos, que excluye toda confianza en mantener el empleo, para quienes lo tienen, no es algo así como una inevitable consecuencia de la rotación del planeta sino el resultado de la estrategia consciente que adoptamos para ser más competitivos (entendido casi siempre como más baratos) y así adaptarnos a un mundo globalizado.

Que los jóvenes, que son los que pueden tener hijos, sean a la vez los más perjudicados por esa situación de aseguramiento de la precariedad no podía llevarnos a otro destino que al que hemos llegado ahora. Sin esperanza de un futuro mínimamente estable es absurdo para cualquier persona razonable tomar decisiones y compromisos a largo plazo. 

Dos crisis seguidas han afianzado en la población en edad fértil la certidumbre de que la cosa no va a cambiar en los próximos años, o tal vez nunca, de forma que se empieza por no comprar coches (para alarma de nuestra querida industria) y de ahí queda solo a un paso la decisión de no cargar con una familia que les restaría, sobre todo a las mujeres, competitividad personal en un mercado laboral que no solo es precario, sino también exigente.

Mordor político

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No se puede hablar de clima político. La política no es ya un clima sino un tren de constantes tormentas que se sustituyen una a otra, cuando no se solapan. No caben claros entre nubarrón y nubarrón, de forma que cada fin del mundo semanal es sustituido por el siguiente mientras esperamos el Apocalipsis de este mes. Todo en medio de una niebla que inunda las redes y demasiados medios. 


Hace unos días la presidenta de la agencia EFE, Gabriela Cañas, abogaba públicamente por lograr una alianza de los medios con las grandes plataformas para acabar con las ‘fake news’ y los bulos. Tiempo y esfuerzo perdidos.

Deberíamos entender que, del mismo modo que no se puede achicar la niebla con cubos, no es posible desmentir el ambiente que generan los bulos, las noticias fakes, los titulares envenenados y las noticias de odio. No lograrán formar una realidad alternativa (salvo para los muy cafeteros), pero lo que sí consiguen es crear un entorno público desabrido, plomizo e incómodo, que nos genera el cabreo de vivir constantemente en Mordor y que fundamentalmente logra que nos sea imposible ver nada más allá de lo inmediato. Como con la niebla de verdad.
 

Lo de Garzón nada tiene que ver con la carne

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Uno de los ensayos más interesantes de los últimos años: Crítica de la víctima, de Daniele Giglioni, nos puede ayudar a entender el extraño embrollo que se ha creado, fomentado y alimentado en torno a Garzón y los ganaderos, que es algo que no tiene nada que ver con la carne.


Giglioni constata que La víctima es el héroe de nuestro tiempo, que ser víctima no solo crea identidad sino que genera derecho e inmuniza contra cualquier crítica, garantizando la inocencia en todo, más allá de toda duda razonable. Un chollo. La víctima tiene la razón siempre, de saque, y quien a ella se opone o parece que se opone no tiene escapatoria y solo puede ser culpable. Naturalmente convertir en víctima al sector ganadero lo eleva al Olimpo, lo que a nadie amarga, y arroja a las tinieblas a Garzón y todo aquel que no se apunte a lapidarlo. De ahí las primeras respuestas atropelladas de quienes, viendo venir la tormenta, lo criticaron con fiereza suficiente para que les librase de la menor sospecha de tibieza con el hereje. Y de ahí también las titubeantes respuestas del Gobierno, plenamente consciente de que pisaba no un debate sino un charco de lodo mediático.

Se equivoca Garzón al pretender que se entienda lo que quiso decir de verdad, eso no le importa a nadie, ni menos aún que se opine sobre las macrogranjas. Aquí la polémica va de convertir a un sector en mártir y al Gobierno en el villano de una historia de víctimas buenísimas y culpables malísimos. No hay duda de dónde quiere estar todo el mundo. Nada que ver con la carne.
 

Una antigua canción navideña para felicitaros el año

Es ist ein Ros entsprungen (una rosa ha brotado) es una conocida canción navideña que compuso un alemán luterano, Michael Praetorius. Vivió entre 1571 y 1621 y adoraba el estilo coral veneciano, por el que se dejó influir con gusto y pasión. Esta pieza tan bella en concreto ha sido cantada por católicos y protestantes a lo largo de la historia.

El arte y la belleza no tienen fronteras ni religiosas, ni de idioma, ni de identidad ni de ninguna clase porque hablan a los seres humanos en aquello que tenemos en común, que es prácticamente todo.

Este blog está en descanso hace muchos meses pero mi tradicional pieza musical navideña no podía faltarle a mis amigos. Son 3 minutos de paz.

Feliz 2022

Jóvenes con la desesperanza de serie

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Los viejos, sus padres y sus jefes de personal, no nos creemos de verdad lo que les pasa a los jóvenes en España. Leo en El País la primera entrega del especial Una generación en busca de futuro y no encuentro nada que no sea lo que ya llevamos mucho tiempo escuchando, leyendo y sabiendo: que la inmensa mayoría de los jóvenes vivirán peor que sus padres, independientemente de su formación, que el ascensor social se ha averiado (ver interesante artículo de Pablo Simón) y que solo los jóvenes de familias mejor posicionadas quedarán a salvo.

Constato una vez más que el porcentaje de no emancipación es espectacular (64%) pero ya lleva años empeorando y todo apunta a que continuará por el mismo camino. Los datos respecto al retraso de la maternidad son también demoledores, con una media de edad para el primer y casi seguro único hijo de más de 32 años. Este último dato alarma a muchos aunque lo cierto es que no será mucho problema cuando, más pronto que tarde, los que hoy pasan nadando por El Tarajal vengan en los barcos de Transmediterránea con el billete pagado por nosotros porque necesitaremos la mano de obra que somos incapaces de crear por nosotros mismos para alimentar, cuidar y pagar las pensiones de los millones de ancianos sin nietos que nos resistiremos a morir. 

Los jóvenes conocen muy bien la situación y, con más o menos rabia, la tienen interiorizada. Somos nosotros los que no queremos entenderla. Seguimos mirando los datos, cabeceamos preocupados ante un problema que somos capaces de reconocer en el papel, pero no de sentir. En el fondo seguimos engañándonos aferrados al “no será para tanto”. Por eso los jefes de personal se quejan cuando los jóvenes de ahora preguntan demasiado por los días libres y los horarios de trabajo al recibir una oferta, algo que nunca hacíamos los de nuestra generación. 

Pero esos contratadores, viejos como nosotros, se equivocan cuando creen que detrás de esa defensa de su tiempo de ocio hay frivolidad o desapego; es peor, mucho peor. Lo que hay es una completa renuncia a la esperanza, hay la seguridad de que ese empleo que se les ofrece es como todos los demás que han conocido: un trabajo que será temporal, que no les permitirá consolidarse, que nunca les servirá para convertirse en adultos funcionales.

Los jóvenes ya han descontado, como dicen en bolsa, las expectativas. No se las crean porque saben bien que no se cumplirán. Por eso preguntan por el horario y por el tiempo libre, porque es lo único que les quedará después de trabajar: tiempo y algo de dinero para unas cañas, un concierto, una afición, algún viaje…nada que dure, como tampoco durará ese mismo trabajo que se les oferta.

A los viejos se nos hace muy duro entender que los jóvenes ya vienen con la desesperanza de serie porque sospechamos que alguna responsabilidad tendremos en tan desolador fracaso, por eso preferimos seguir contándonos la leyenda de que con esfuerzo y formación saldrán adelante. Aquel fue nuestro manual de instrucciones pero ya no sirve. La maquinaria económica y laboral funciona de otro modo, al menos en España. No premia el sacrificio, sino que se aprovecha de él. Los chavales sí que lo saben muy bien. Puede que encuentren una salida, pero será una propia y no la que imaginamos nosotros mientras miramos, tercos, nuestro propio retrovisor.

La izquierda que ya no habla a las ovejas

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Hace tiempo que la izquierda ha dejado de emitir mensajes políticos para un amplio segmento de población al que parece considerar si no un privilegiado, sí al menos alguien sin problemas que merezcan atención alguna. Puede que incluso se trate de una parte más pequeña de la población de lo que ella misma cree, pero la realidad es que es un sector social que sigue existiendo y que, además, suele votar cívica y disciplinadamente.

No es fácil de definirlo porque sus características son muy variables en cuanto a economía, distribución territorial, nivel cultural, e incluso relación laboral o empresarial. Estoy hablando de gentes que no viven en la pobreza, pero que tampoco disponen de las oportunidades y grandes colchones económicos de las élites. Trabajan con asiduidad pero nada les garantiza quedar libres del paro o de que sus pequeños negocios quiebren.

Son gentes con viviendas muy variadas, dependiendo del nivel que tienen y del que tuvieron sus padres y abuelos, pero en general dotadas de las comodidades habituales y sin grandes carencias. Compran sin derrochar y pagan sus impuestos con normalidad, los de consumo, el IRPF y, en su caso, sociedades. No se trata de cantidades escandalosas, pero sí apreciables para sus economías familiares muy medianas. De hecho, sostienen el grueso de la recaudación general.

Son mujeres no maltratadas y varones blancos heterosexuales no maltratadores. A veces con hijos en común a los que atienden superando las dificultades que todos los hijos e hijas ponen siempre, pero no más. Hijos en los que pusieron unas esperanzas que -inquietos- ven ahora tambalearse, cuando no evaporarse. No tienen pensado cambiarse de sexo y todas sus generaciones anteriores que recuerdan son españolas, posiblemente con abuelos o bisabuelos que estuvieron en ambos bandos de aquella guerra. De algunos de ellos no se habló más en la familia, pero tampoco quieren meterse a remover cunetas.

Entre estas gentes las hay de la más variada composición ideológica pero se suelen comportar siempre con civismo y cuando se sienten privilegiados es más por omisión, al ver por comparación, que no han sufrido ninguna desgracia lacerante y destructora como las que ven cada día en los medios, pero en general no sienten que vivan en ningún paraíso de privilegios. Algunos porque les cuesta mucho llegar a fin de mes, otros, que sí llegan, porque la incertidumbre sobre el futuro suyo y de sus hijos les inquieta. La mayoría, por ambas cosas.

Estas gentes son raras en el discurso público de la izquierda, hace tiempo que ya no encajan en el modelo tradicional de obrero industrial al que, por otra parte, tampoco se le hace demasiado caso ya. No pueden presentarse como víctimas de nada que no sea la propia vida, que siempre nos daña a todos. Pero en cualquier caso nada que pueda elevarles a la condición de merecedores de especial y urgente atención pública. Por eso no la tienen.

Hay quien les llama clase media, apelando solo a lo económico pero son también medios en lo ideológico, en lo sentimental, en lo social y en lo laboral. Alejados de los extremos, se hacen invisibles, pero lo cierto es que existen y que sobre estas gentes recae buen parte del tejido económico y se sustenta la propia democracia. Su “normalidad” les ha apartado de todos los focos de la izquierda, más dirigidos a los dramáticos extremos de la sociedad, y ahí están, sin que nadie les interpele y cuando raramente se hace, lo es en forma de reproche más o menos velado.

San Lucas no lo pudo expresar mejor: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?” Lucas (15, 3-7). Solo que el evangelista, al que parece haber leído con gran provecho esa izquierda renovada, no dijo nada de cuántas de las noventa y nueve ovejas que abandonaba en el campo tan vez no estuviesen ya a su alegre regreso con la perdida.

Si le ha parecido interesante esta reflexión pero no es usted muy de los evangelios, también puede leer “La traición progresista”, de Alejo Schapire.

Cuando la izquierda desconfiaba de las mujeres

Clara Campoamor y Victoria Kent

En el momento en el que se debatió la aprobación del derecho al voto de las mujeres, hace ahora 90 años, apareció en escena el el vértigo de si la libertad y el derecho son universales o deben estar condicionados a lo que se haga con ellos. Una idea intrínsecamente reaccionaria pero muy presente no solo en la derecha sino también en la izquierda.

Aunque se discutía nada menos que un derecho fundamental, la izquierda temía que las mujeres utilizasen su voto libremente para apoyar a la derecha, tanto que estuvo cerca de negarles el derecho al sufragio.

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Los jóvenes cobran menos que en 1980


Noticia es aquello que no se quiere publicar, el resto es propaganda

La media actual del salario mensual real de quienes tienen entre 18 y 35 años ya era antes de la pandemia inferior a la media de 1980. Simplemente me resulta difícil de creer que ese dato no haya ocupado las portadas de todos los medios.
Que a la crisis del 2008 se haya sumado ahora la del Covid no ayuda nada, por supuesto, pero tampoco debiera servir para justificar o disimular la forma indigna en que se trata salarialmente a nuestros jóvenes, a los que se nos llena la boca de decir que son los más preparados de la historia

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El libre mercado no sabe de arraigos

 


En el nacimiento de Euskaltel hubo una inocultable visión “nacional” un tanto rancia pero muy de aquel momento en que se construía la autonomía.
Se pretendió que tuviéramos una Compañía Telefónica Nacional de Euskadi, que no podría llamarse CTNE, porque esas siglas ya estaban cogidas.
Que su nacimiento tuvo un claro tinte político lo demuestra que su creación hubo de negociarse entre Xabier Arzalluz y José María Aznar.
Al final ha resultado que unos fondos de inversión y unos operadores internacionales serán quienes manejen una infraestructura que nació, con mas o menos acierto, de la iniciativa y el dinero público, del de usted y del mío.

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