¿A quién le importa EiTB?
- Le importa al Gobierno de Patxi López, que optó por estrenar un comportamiento nuevo en la historia del Ente Público proponiendo como Director General a un profesional sin adscripción partidaria y no, como había sido siempre, a un miembro del partido gobernante.
- Le importa a la sociedad vasca, que valora un espacio en el que se reconozca a sí misma como sujeto colectivo, que sea un lugar de encuentro y convivencia y que refleje nuestra multifacética realidad.
- Le importa a los trabajadores y trabajadoras de EiTB, que tienen ahora la primera oportunidad de dedicar sus esfuerzos a diseñar e impulsar una radiotelevisión pública de futuro, moderna, profesional, de calidad y que sea capaz de identificarse con una sociedad tan plural como es la vasca.
- Le importa mucho al mundo del euskera y a sus hablantes, que con EiTB disponen de una herramienta única e insustituible para la normalización y para el desarrollo de la lengua.
- Le importa a la cultura vasca, en todas sus manifestaciones, porque nuestra radiotelevisión es una ventana poderosa para su difusión y para su mismo desarrollo.
- Le importa a la industria audiovisual vasca, dentro de la que EiTB ejerce una función dinamizadora y tractora.
Menos mal que es una cerilla
Impresionante imagen de la cabeza de una cerilla ardiendo, seleccionada por el amigo Antonio Martinez Ron, de fogonazos.
La cámara ultralenta modifica asombrosamente el sentido del tiempo y me ha hecho pensar si no estaremos haciendo esto mismo con el planeta en el que vivimos, solo que nuestra percepción del tiempo sería aún muchísimo más lenta que la de esta cámara.
Espero que no sea tanto, pero da que pensar.
Un programa de auténtica televisión pública
Después del disgusto y de la verguenza humana y profesional de ver cómo CNN+ desaparecía del dial televisivo para dar paso a GH+, nuestra televisión pública vasca nos da una alegría en forma de programa realizado con calidad, interés y ritmo. José A. Perez y Luis Alfonso Gámez, junto con otros colaborares han dado forma a ESCÉPTICOS, algo que espero que tenga un buen recorrido en ETB. Después de la emisión ellos mismos se critican en sus blogs. Es lo que tienen los escépticos, que son la leche.
Si tenéis tiempo, vedlo, son 40 minutos pero pasan sin darse cuenta.
Presiones y frustraciones
A Javier Vizcaíno le traiciona la costumbre
El PNV mira a EiTB con desazón.
![]() |
| Foto Telepress |
WikiLeaks y el Botox de Gadafi
m
Pugilismo electoral
¿Escogería usted al Consejero Delegado de su empresa mediante un combate de boxeo entre dos candidatos? Yo no, desde luego. No me parece que la habilidad para dar guantazos garantice la idoneidad de quien debe gestionar la complejidad de una empresa.
Nunca me han gustado los debates electorales en televisión. Me parece que en ellos la teatralización y la puesta en escena son tan importantes que el mensaje que se supone que se querría transmitir queda arrumbado por el espectáculo. Por consiguiente en los pocos que he podido soportar nunca he oído nada que me pudiera haber iluminado en caso de haber tenido dudas sobre el sentido de mi voto.
Pero lo que más me ha indignado siempre ha sido el descaro indisimulado con que los medios de comunicación han reclamado la celebración de ese pasatiempo que tanta audiencia y tantos titulares les garantiza: Se han llegado a decir desmesuras como que una democracia no lo es del todo si no se producen esos combates mediáticos. Lo han presentado como si fuese un “derecho” de los electores, para no decir que se trata de una jugosa oportunidad de conseguir notoriedad y audiencia. Y, por supuesto, se han valorado los resultados de los mismos como si se tratase de un combate de boxeo: que si fulano ha noqueado a menganito o si aquello que se dijo fue un golpe bajo, o que si la victoria ha sido a los puntos, etc.
Al día siguiente ¡cómo no! se han hecho encuestas en la calle o por internet, ha habido editoriales y comentarios de columnistas a mansalva y algunos medios que se dicen serios han hecho descansar derrotas o victorias sobre lo que se dijo o no se dijo, sobre la cara que se puso y sobre los gestos que se hicieron ante las cámaras.
En fin, no sé si es que hay demasiada afición por lo superficial, demasiada creencia en que la gente en la calle es tonta o sencillamente lo que pasa es que el gusto por los espectáculos de gladiadores está más grabado en nuestras neuronas de lo que creemos.
Peras al olmo o la presión internacional
Hemos mamado los estados-nación; nos los inculcaron de niños y no solo nos hicieron aprender aquellos mapas de colores y las capitales del mundo sino que también nos transmitieron todos los tópicos del nacionalismo correspondiente a nuestro propio estado. A mí, por ejemplo, tanto me los transmitieron aquellos nacionalistas añorantes de la “España imperial” que me vacunaron contra toda clase de nacionalismos, pero esa es otra historia.
Los estados–nación surgieron en distintos momentos históricos impulsados por algunas clases dirigentes: El caso más nítido, aunque no el único, es el de la Revolución Francesa; y tuvieron que imponerse a las concepciones sociales, económicas, culturales y lingüísticas que estaban instaladas en de aquel momento del modo en que se hacían las cosas entonces: a lo bestia. La unificación de religión, de leyes, el ejército y la escuela, junto con la imposición de un idioma “patrio”, fueron las principales armas de los nuevos Estados.
Esta tarea dio sus frutos, para mal y para bien (en ese orden) y pretender ahora que en pocas décadas y sin aquel adoctrinamiento brutal nos broten hacia Europa las mismas actitudes de cercanía e identificación que tenemos con nuestros correspondientes países es una tarea ilusoria, no por imposible sino por precipitada.
Imaginen ustedes que se presentasen en plena Edad Media a contarle a la gente todo eso de la democracia y de la separación de poderes, del imperio de la ley, del monopolio legítimo de la violencia, de la libertad de pensamiento, de empresa y todos esos conceptos. Simplemente nadie entendería de lo que estaría hablándoles, identificados ellos con la religión verdadera, el diezmo de la Iglesia, el Rey, los vasallos hijosdalgo, el Señor, el feudo, el linaje y la reliquia. Le mirarían a usted como vacas a la carreta (ni siquiera al tren).
A nosotros nos pasa algo parecido, que estamos tan acostumbrados a las estructuras políticas en las que nos hemos desenvuelto durante generaciones que nos cuesta entender que pueda haber otras. Europa es también ahora un proyecto de las clases dirigentes del continente y a los europeos de a pie nos resulta más fácil percibir las imposiciones europeas que sus ventajas. No existe aún un relato de Europa porque es difícil desaprender lo que nos inculcaron desde niños; no olvidemos que las últimas degollinas mundiales se originaron en Europa y en ellas participaron, matando o muriendo, nuestros mismos abuelos.
Y si nos es difícil entender la Unión Europea, para la que incluso votamos cada pocos años, ni les digo lo cuesta arriba que se nos hace lo de las instituciones internacionales:
Cuando la injusticia se extiende ignorante de fronteras, exigimos que la ONU y la UE tengan ese poder que no tienen pero que es el que nosotros entendemos mejor: El poder coercitivo de los Estados. En cada crisis con connotaciones humanitarias brotan las opiniones que reclaman una acción inmediata y, sobre todo, eficaz de las instituciones internacionales.
Y como nuestro marco sigue dominado por el Estado–Nación, celoso de su soberanía y dispuesto a ejercerla dentro de sus propias fronteras, atribuimos irreflexivamente esos mismos poderes a la ONU y a otros organismos aunque, eso sí, entendiéndolos con “cobertura planetaria”. Nos confortan los Cascos azules, porque los asimilamos a una policía mundial aunque sepamos que son en realidad soldados de algún Estado colaborador, como España.
La herramienta milagrosa que se esgrime siempre en estos casos es “la presión internacional” ante la que los estados soberanos se plegarían aterrados. En cuanto un problema irrumpe en nuestra prensa o en nuestras pantallas planas de TV, salta como un resorte la exigencia de esa “presión” a la que concedemos poderes casi milagrosos. Si un conflicto, que puede tener 10, 30 o 600 años de historia, no se ha solucionado en pocos días concluimos que «la Comunidad Internacional no presiona lo suficiente” o que “oscuros intereses bloquean la presión internacional”.
Exigimos que las instituciones internacionales actúen como si fueran de verdad una policía mundial que no son, y las despreciamos tontamente cuando no cumplen nuestras, hoy por hoy, absurdas expectativas. El mundo es muy pero que muy injusto, aunque seguramente menos injusto de lo que lo ha sido nunca a lo largo de su historia. Existen instituciones internacionales que levantan la voz pero que no tienen, ni se lo permitiríamos tampoco, el poder violento y dominador que en algunos momentos les exigimos que tengan.
Pese a todo, la labor de la ONU, de la Unión Europea y de la cooperación pública o privada es, no obstante, enorme. Por mucho que, encerrados en nuestro concepto mental de Estado soberano, nos cueste comprender que a menudo la presión de instituciones que no son depositarias de soberanía alguna no puede ir mucho más allá que “mirar mal” al país infractor y por eso se nos escapa eso tan injusto de “no sirven para nada”.








