Hay en la ciudad zonas del suelo pintadas con una retícula amarilla que, como todos los conductores madrileños saben, están ahí en recuerdo de la parrilla en la que martirizaron a San Lorenzo, de gran devoción en la villa. ¿Es eso no?
El trámite en los cruces es el siguiente: puesto que el semáforo verde le ha dado derecho a pasar, usted pasa, aunque solo pueda avanzar unos metros para pegarse bien pegado al tapón que se ha formado a la entrada de la calle de enfrente. Solo faltaría que se quedase ahí parado como un gilipollas y perdiese el siguiente semáforo. Luego ya se verá.
Usted, por de pronto, ha pasado y los demás que arreen. (¡Cómo me gusta a mi esa expresión tan nuestra! tan representativa de la insolidaridad nacional, insolente, bravucona y orgullosa de sí misma,)
Pero volviendo al cruce, como se le ocurra a usted la tontería de quedarse ahí para evitar bloquear el cruce, no solo le montarán un buen pollo de pitidos desde atrás sino que verá -infeliz- cómo la fila de coches a la que ha cedido el espacio con tanta amabilidad y civismo ocupará rápidamente el espacio sobre la parrilla y ahí se quedarán cerrándole a usted el paso cuando el semáforo se le abra, tontolaba.
El resultado es que incluso las personas más afables y cívicas solo respetan el cruce una vez, hasta que comprueban el resultado y se dan cuenta de que o avanzan en medio de la retícula amarilla, como hace todo el mundo, o se quedan ahí a vivir, si es que no los asesinan los conductores que van detrás.