6ª entrega.- Los cruces

Hay en la ciudad zonas del suelo pintadas con una retícula amarilla que, como todos los conductores madrileños saben, están ahí en recuerdo de la parrilla en la que martirizaron a San Lorenzo, de gran devoción en la villa. ¿Es eso no?

El trámite en los cruces es el siguiente: puesto que el semáforo verde le ha dado derecho a pasar, usted pasa, aunque solo pueda avanzar unos metros para pegarse bien pegado al tapón que se ha formado a la entrada de la calle de enfrente. Solo faltaría que se quedase ahí parado como un gilipollas y perdiese el siguiente semáforo. Luego ya se verá.

Usted, por de pronto, ha pasado y los demás que arreen. (¡Cómo me gusta a mi esa expresión tan nuestra! tan representativa de la insolidaridad nacional, insolente, bravucona y orgullosa de sí misma,)

Pero volviendo al cruce, como se le ocurra a usted la tontería de quedarse ahí para evitar bloquear el cruce, no solo le montarán un buen pollo de pitidos desde atrás sino que verá -infeliz- cómo la fila de coches a la que ha cedido el espacio con tanta amabilidad y civismo ocupará rápidamente el espacio sobre la parrilla y ahí se quedarán cerrándole a usted el paso cuando el semáforo se le abra, tontolaba.

El resultado es que incluso las personas más afables y cívicas solo respetan el cruce una vez, hasta que comprueban el resultado y se dan cuenta de que o avanzan en medio de la retícula amarilla, como hace todo el mundo, o se quedan ahí a vivir, si es que no los asesinan los conductores que van detrás.