Lo malo de la anarquía es que necesita mucha organización

Lo que distingue a la democracia de otras formas de organización política no es la ausencia de autoridad sino el modo en que esa autoridad se adquiere y la existencia, además, de una forma reglada y controlada de ejercerla.

Foto «Público»

En democracia las formas son el fondo. Un gobernante democrático no puede hacer todo lo que le parezca, por muchos votos que tenga, ni puede sustraerse al control y al escrutinio público constante, sea por medio del Parlamento, de los medios de comunicación o de la libertad de expresión de los ciudadanos.

Todas las formas de gobierno son imperfectas, todas permiten el error o la maldad, pero lo que hace distinta (y mejor) a la democracia es que ésta se sabe imperfecta y se pone a sí misma controles. La democracia desconfía siempre de los gobernantes y de sí misma y apuesta por la inquietante estadística en lugar de por la tranquilizadora verdad. Por eso paga gustosa el precio de errar a veces a cambio de acertar a la larga. Prefiere, en definitiva, la inteligencia colectiva a la genialidad individual.

La democracia puede verse como lenta y engorrosa pero es un sistema para tomar decisiones, no para no tomarlas. A menudo nos distrae tanto el espectáculo que la acompaña: las elecciones, las campañas, las declaraciones, los acuerdos o desacuerdos parlamentarios, las mayorías y minorías, los pactos, las votaciones… que olvidamos que al finalizar todo eso se toman efectivamente unas decisiones y no otras. Porque la política, democrática o no, es tomar decisiones sobre la “res publica”, sobre los bienes y las reglas que nos afectan a todos y que nunca pueden ser, por definición, unánimes.

Me parece que no querer enfrentarse a esa incómoda evidencia es lo que está acabando con las interesantes protestas del 15M.

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