Agua sucia

Nuestra flamante ministra de Empleo, Fátima Bañez, ha dicho, en relación con las nuevas normas que abaratan el despido y precarizan los empleos, que “marcarán un antes y un después”. Seguro que tiene razón, cada minuto de nuestra vida marca un antes y un después. Un tópico, obviamente indiscutible.

Lo que ninguna ministra me discutirá a mí es que a partir de ahora va a ser más fácil despedir a quien tenga un empleo, que quien lo pierda se llevará a casa menos dinero con el que sobrevivir antes de encontrar otro y también que será más fácil que quien mantenga su trabajo vea sus condiciones alteradas a peor de un día para otro, le guste o no.

Dicen unos que esta reforma facilitará el dinamismo empresarial y, por consiguiente, la creación futura de más empleos. Otros auguran lo contrario: menos dinero, menos dinamismo y más pobreza. El tiempo colocará a cada cual en su sitio, pero lo que es seguro es que, de entrada, lo que va a brotar es lo peor de nuestro tejido empresarial. Del mismo modo que siempre que se abre una válvula lo primero que sale es el agua sucia, esta reforma va a permitir que las empresas más oscuras ¡ay! lo tengan a huevo.

Se despedirá más, se pagará menos, se maltratará a los que queden y habrá menos dinero para las empresas medianas y pequeñas en las que usted y yo compramos. Lo que ahorren éstas en sueldos lo perderán en ventas.

La pregunta no es si tal cosa va a ocurrir sino cuánto tiempo va a durar y a cuántas familias se llevará esta reforma por delante. Se puede ser competitivo vendiendo miseria más barato que nadie o creando productos valiosos para personas que puedan pagarlos, pero es que a un país empobrecido solo le queda la primera opción: la del agua sucia.


Publicado en Danok Bizkaia el 17 de febrero de 2012

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