13ª entrega. Las radiales: ¡antes muertos!

Así como la M30 y la M40 cumplen la función social de que los madrileños entren a trabajar todos a la misma hora y traten de hacerlo todos con su coche, las radiales, unas vías de peaje que se construyeron hace ya algunos años, tienen una utilidad ignota.


Unos lo achacan al precio, otros al diseño de los accesos y las expropiaciones mal llevadas también llevan parte de culpa del fracaso. Será, pero a mí me parece que hay, además, una cierta rebelión soterrada entre los conductores madrileños. Incluso en operaciones retorno ver a tantos vehículos que se mantienen impertérritos en medio del atasco mientras se cuentan con los dedos de una oreja los que toman la entrada a la radial, hace pensar en que se trate más de un asunto de honor que de dinero. “Antes morir, de pie, en el atasco que circular pagando de rodillas el infame peaje” parecen pensar los conductores madrileños.

Lo cierto es que el uso de estas vías es tan escaso que las pocas veces que las he usado me ha dado la sensación de estar abandonado en medio de sus amplios y desérticos carriles. Daba hasta miedo. Por el contrario, en otras ocasiones, tratando de aprovecharlas en plena operación salida, me he visto atascado durante muchísimo rato en los peajes de pago, perdiendo así el tiempo que supuestamente me iban a hacer ganar.

Este mismo mes hemos sabido que ha quebrado la autopista de peaje que conectaba con el aeropuerto de Barajas y que sus concesionarias están ya en liquidación. Soy ya ocho en proceso concursal. El fracaso es tan innegable y tan abrumador que está extendidísimo el convencimiento de que se habrían construido a sabiendas de que serían un fracaso económico pero con el objetivo real de que los constructores amigos hiciesen mucho dinero. La obligación del erario público de hacerse cargo de las pérdidas en caso de que las hubiera, como así ha sido, parece dar la razón a los malpensados.

Me llamarán ingenuo pero yo creo que no fue así, que fue mucho peor: que creyeron de verdad que serían negocio y que así se demostraría la idoneidad virtuosa de lo privado en contra de la cutrez e ineficiencia de lo público. Por tanto no creo que fuese la maldad torticera sino la más completa ineptitud lo que había detrás. Insisto: mucho peor, porque la maldad requiere inteligencia, mientras que la ineptitud, no.

El supuesto argumento de la garantía de que las pérdidas serían cubiertas con dinero público tampoco es para tanto, puesto que es norma básica del alto capitalismo español, de aplicación en ésta y en todas sus aventuras: «si gano dinero es para mí, si lo pierdo ya me compensará el Estado». Como es bien sabido, en este país no hay nadie con dinero que crea de verdad en la libertad de empresa.

El resultado es que Madrid cuenta con dobles accesos al atasco central: los libres, que pagamos entre todos, y los de pago, que pagaremos también entre todos.