2025

Las tres emociones de Vox

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Es sorprendente ver cómo la mayoría de las personas de izquierdas que conozco, que son intensamente emocionales, que se expresan con pasión y que manifiestan con rotundidad su rechazo a las políticas que entienden dañinas, sin embargo, cuando miran a los votantes de derechas se sorprenden de que estos no castiguen la mala gestión de los gobiernos a los que votan, ignorando que las personas de derechas son tan emocionales como ellos mismos.

Buena parte del éxito de Vox viene de haber comprendido perfectamente y aplicado esta emocionalidad, esa movilización del corazón que es todo lo contrario a la gestión, que mantiene atrapados a los políticos tradicionales en las tareas cotidianas y les hace olvidar los sueños, que son lo que moviliza a las personas.

Hay tres emociones profundas que los de Abascal están manejando con maestría: la identidad, la nostalgia y la rabia y, según las encuestas, parece que les están dando muy buenos resultados: 

La identidad
La identidad española se mantuvo durante años como un sentimiento amable, tranquilo y positivo. Ni siquiera el terrorismo nacionalista radical de ETA logró que el resto de españoles abjurara de sus compatriotas vascos. Recordemos el slogan de aquellas manifestaciones contra el terrorismo: “Vascos sí, ETA, no”.

Sin embargo, la locura del “procés” en Cataluña y la llegada a España de miles de personas de otros países, otras culturas, otras religiones y…otros colores, han despertado un sentimiento de fragilidad respecto al concepto de lo que es ser español. De poco sirve que no haya pasado nada grave si sentíamos que muchos catalanes no se ven como compatriotas nuestos. Si añadimos a los que, viniendo de otros países y siendo ahora españoles, se afanan en mantener sus culturas, religiones y costumbres (como -por cierto- hicieron los españoles que fueron a Europa) todo contribuye a fragilizar el sentimiento de identidad y es fácil abonarse al nacionalismo identitario español, tan tonto y tan peligroso como cualquier otro, pero igualmente poderoso para movilizar corazones, y votos.

La nostalgia
Además de no dolernos la espalda, cuando éramos jóvenes todo estaba más claro: los buenos hombres eran padres proveedores, las mujeres sabían cuál era su papel en la vida y en el hogar,  las grandes empresas tenían economatos para sus obreros, que entraban de aprendices allí donde se jubilarían y que con el tiempo podrían comprarse una casa en la que tener teléfono y televisor y hasta soñar con un coche, las clases medias se esforzaban para llevar a sus hijos a la universidad a la que ellos no habían podido ir y de la que los chicos salían bien colocados, mientras los extranjeros entre nosotros eran personajes pintorescos que daban color a la vida.

Un ecosistema comprensible y previsible, especialmente para los varones trabajadores y sus hijos. Duro para ellos, sin duda, pero, aunque no lo vieran, bastante más duro para sus mujeres, sus hijas o sus compañeros ‘maricones’. La nostalgia por aquellos “buenos tiempos” hace olvidar el miedo de los abuelos que quedaron en el pueblo, el hambre que los llevó a ellos a la ciudad, los compañeros muertos en accidentes laborales cotidianos, la represión de los que levantaban la voz y lo poco orgullosos que estábamos entonces de España, con razón.

La rabia
Por último, el sentimiento más movilizador, junto con el miedo es la rabia. La rabia es poderosa, no repara en objetivos, ni en coherencia, ni en daños, ni necesita reflexionar, ni siquiera precisa tener razón. Le basta con ser el desahogo, la reacción a la decepción personal de cada uno y con encontrar un culpable cualquiera: un monstruo al que quemar, con preferencia visible, cercano y débil. Se dispara contra todo, pero a la hora de señalar se prefiere a los diferentes, frágiles o pobres.

Quienes, como Vox, están sabiendo trabajar las emociones a la hora de hacer política tienen mucho ganado contra los que todavía creen que pueden convencer a los demás con datos y con evidencias, en lugar de contagiándoles de sus propios sueños.



De estupores, jueces y diputados

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Tras leer -estupefacto- la resolución del juez que dejó en libertad al exministro y todavía diputado José Luis Ábalos, concluyo sin ninguna duda que lo más lógico y natural es que el diputado no dimita de su cargo.

Si él mantiene que es inocente de los delitos que se le imputan, lo normal es que se mantenga en el cargo por dos razones muy bien fundadas, aunque causen estupor al juez.

La primera razón es que, si alguien es inocente hasta que se demuestre lo contrario, resulta muy comprensible que, incluso aunque ya nadie más lo considere así (incluido el propio juez) al menos él mismo, el encausado, siga comportándose como si fuese inocente y no como si fuese culpable. Al menos el derecho a seguir actuando como inocente mientras le dure tal condición no se lo debería poder quitar nadie y me causa estupor que un juez pretenda que el Congreso lo haga.

La segunda razón es que fuera de las puertas de los palacios de la Administración de Justicia, existe la calle y la opinión pública y los medios y las barras de bar y las ejecutivas de los partidos, y ante ese mundo, el de la vida misma, no caben apelaciones ni existen derechos ni garantías, ni presunciones de inocencia. No hay más reglas que el titular, la notoriedad, la noticia escandalosa y el morbo. Y en ese mundo Ábalos está sentenciado desde el principio. Y es culpable de todo, de lo que se le acusa judicialmente y de lo que no: de cohecho y de putero, de corrupto y de engreído, de ladrón y de mal marido. Y eso es independiente de cuál sea el resultado final del proceso judicial que conoceremos dentro de mucho tiempo y que se verá públicamente como escandaloso si finalmente la sentencia osara no coincidir con lo que la calle ya ha sentenciado inapelablemente: “No hay derecho” será la conclusión si tal “desatino” ocurriera.

Si Ábalos hubiera dejado voluntariamente de ser diputado no solo habría confirmado definitivamente esa culpabilidad que todo el mundo da ya por segura, sino que, además, hubiera perdido el único altavoz que le queda para reivindicarse un día si finalmente resulta absuelto por la Administración de Justicia. No le servirá de mucho, porque para todo el mundo es culpable y culpable será, pero al menos tendrá un micrófono, un escaño, un pequeño espacio público desde el que poder dirigirse unos minutos a los poquísimos que le escucharán. Y poquísimos son muchos más que nadie.

Hay una tercera razón de verdadera justicia: Ábalos es diputado y, como el propio juez señala, tiene una alta responsabilidad como persona elegida por los ciudadanos. Precisamente por eso los diputados (como los jueces) son aforados: para que nadie pueda torcer fácilmente su voluntad acusándolos de cualquier cosa. Pero esa cautela de nada serviría si la sola acusación, sólida o no, bastase para expulsarlos de su posición. Cualquiera puede ver que así sería demasiado fácil acabar jurídicamente con la vida pública y la capacidad de decisión de un electo o de un juez. Sería como aplicar la pena de muerte a los acusados antes del juicio; y de la muerte y de la dimisión Ábalos sabe bien que ya no se puede regresar, por eso sigue en el escaño.


No es solo que Trump ya no nos defienda: hay mucho más

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Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos

Que Europa se haya quedado de golpe y porrazo sin el paraguas defensivo de los Estados Unidos ha sido solo la última pérdida de una lista de otras que han ido viniendo en los últimos tiempos y que no hemos sido capaces de percibir.
Sin duda el cambio de posición promovida por el presidente Trump es, con diferencia, las más visible, por radical, repentina y ruidosa, pero no es la única pérdida, ni la primera, a la que nos enfrentamos los europeos ante un paisaje internacional nuevo y diferente al que siempre creímos y que tenemos “naturalmente” interiorizado en nuestra percepción de nosotros mismos y de nuestro papel en el mundo.
Las crudelísimas guerras de la ex Yugoslavia, con episodios casi del medievo, deberían habernos servido de pista para entender que la idea del continente como un espacio de paz, democracia, colaboración y buen rollo, tenía mucho de espejismo. Pero cada vez hay más cosas que siempre habíamos creído indiscutibles que van mostrándose crecientemente falsas y saber que es así nos ayudaría a los europeos a resituarnos en el contexto internacional.
Convendría que fuéramos, por tanto, desechando algunas de nuestras convicciones más tradicionales y confortables:
Creíamos que los países que no tienen democracias liberales serían siempre económicamente débiles. Y no es verdad. Ya no son solo los países con recursos excepcionales como petróleo los que han ganado en riqueza, prosperidad económica y poder.
Estábamos convencidos de que es esos países y zonas del mundo había una mayoría social que anhelaba nuestra democracia. Y no es verdad. Las tradiciones nacionales, étnicas, religiosas o sociológicas importan. Nos gustaba vernos como un modelo para el resto del mundo y resulta que ni nos miran ni nos envidian tanto como creíamos.
Pensábamos que, junto con nuestros aliados americanos, éramos propietarios de la llave de la tecnología sin la que es imposible avanzar. Bueno, pues tampoco es verdad. Ahora compramos productos y coches chinos no solo por precio sino porque son tecnológicamente mejores.
Nos creímos que no habría potencia militar capaz de hacernos daño a los europeos ya que contábamos, además de con nuestra “amabilidad internacional”, con el apoyo cerrado de nuestro poderoso aliado americano si las cosas se ponían feas. Pues resulta que no, que quien amenaza con quitarnos territorios es justamente el aliado, convertido ahora en el abusón de nuestro propio patio.
Si los europeos queremos mantener el modo de vida de democracias prósperas que tanto apreciamos no nos va a quedar otra que tomarnos en serio a nosotros mismos y saber que ahí fuera no nos están esperando para que le impartamos doctrina ninguna sino que hay un nuevo contexto geopolítico internacional en el que podemos elegir tener independencia estratégica y, en consecuencia, posición y voz propias o acomodarnos a los que otras potencias decidan, eso sí; con las reglas que ellas determinen, por supuesto.
Vamos a tener que pensar no solo en la seguridad y en el gasto que comporta (los hospitales ucranianos los destruyeron los tanques) sino también en cambiar la forma en la que tradicionalmente nos hemos visto a nosotros mismos y en cómo colaboramos. 
Por ejemplo, conformarse con que las instituciones europeas sean un club de países en el que hacer vida social mientras íntimamente seguimos siendo cada cual de nuestro propio terruño es algo que no nos vamos a poder seguir permitiendo. Si no queremos que no nos pasen por encima necesitamos una integración europea financiera, energética, tecnológica y militar mucho más sólida, que nos permita esa posición en el mundo que creíamos tener pero que ya no tenemos.