2022

La mano invisible y la mano escondida de las constructoras

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«Ya es bien extraño que gente del mismo oficio se encuentre reunida, con tal de disfrutar o de distraerse, sin que la conversación acabe con alguna conspiración contra el público, o para hacer cualquier maquinación para elevar los precios»: Adam Smith (1723-1790)

Viene esta cita del considerado padre fundador de le economía moderna y faro del liberalismo a cuenta de la multa de más de 200 millones de euros que la autoridad de la competencia ha impuesto a seis de las mayores constructoras de España por pactar precios y condiciones durante más de 25 años en miles de licitaciones públicas.

En efecto, la CNMC considera -como el sabio escocés- que aquellas reuniones semanales que desde 1982 mantenían los responsables de estas empresas, aparte del legitimo disfrute y distracción mutua, servían para intercambiar información sobre su estrategia de presentación: “decidían los contratos públicos en que iban a compartir trabajos técnicos de sus ofertas” con “efectos particularmente dañinos para la sociedad” que era quien licitaba los hospitales, puertos, aeropuertos y carreteras para los que estas empresas presentaban sus ofertas acordadas mutuamente.

Es evidente que a Smith, creador de la mano invisible como metáfora de las virtudes automáticas de un mercado sin intervención pública, tampoco le pasaba desapercibida la “mano escondida” como forma de manipulación encubierta por parte de sus agentes más poderosos.

Las cuatro estaciones del libre mercado

Los ultraliberales del dinero (por lo común muy conservadores en todo lo demás) tratan de vendernos cada día que el libre mercado lo único que precisa para generar prosperidad es la desregulación y el máximo adelgazamiento del Estado y de sus controles. Dicen admirar mucho a Adam Smith al que han leído en diagonal, y defienden las dos primeras fases del libre mercado, pero se cuidan de mirar siguiera las siguientes.

Estaciones virtuosas:
Primavera. Libre acceso al mercado. “Libertad”
Cualquier agente que sea capaz de asumir el riesgo de ofrecer un servicio o un producto que atienda una demanda y le permita obtener beneficios debe poder acceder al mercado sin más barreras que la dificultad propia de su negocio. En esta fase la democracia política, la libertad informativa y una Administración eficiente son requisitos básicos. 

Verano. Equilibrio en competencia. “Competencia es calidad y prosperidad”
En mercados bien desarrollados la cantidad y variedad de oferta genera abundancia, segmentos distintos de calidad y precio, además de promover la innovación y la prosperidad general. En esta fase importa que la sociedad sea dinámica, innovadora y con capacidad de compra.

(NOTA: Los ultraliberales dejan de leer aquí y pasan directamente a concluir que menos impuestos)

Estaciones viciosas:
Otoño. Cartelización. “Entre bomberos no nos pisamos la manguera”
Proceso discreto de acuerdos entre competidores ya instalados para repartir segmentos de mercado, evitar una competencia real entre sí, subir precios e impedir el acceso de nuevos agentes, blindando la posición de los existentes. Llegada esta fase extractiva empieza a importar sobre todo que la inversión pública sea alta y haya para repartirse.

Invierno. Secuestro del regulador. “Lo que es bueno para la GM, es bueno para los EEUU”
Una vez alcanzada una posición de dominio y apoyándose en su indiscutible importancia económica, los siempre pocos y grandes agentes, casi siempre de sectores estratégicos tratan, sin disimulo alguno, de que el Estado les facilite terminar con el mercado libre e instalar sus monopolios u oligopolios. A partir de aquí muere la innovación, si acaso la compran según entiendan que conviene en cada momento. En esta fase la democracia es ya prescindible y a veces incluso incómoda.

No se engañe, como pasa con las estaciones climáticas, tras cada una de estas viene inevitablemente la siguiente, aunque sus periodos sean más largos y aunque veamos a sectores y empresas en momentos distintos de esta evolución, la única forma de detener esta deriva es que el maldito Estado, en este caso la CNMC, ejerza su autoridad, aunque sea 25 años más tarde.

Va por usted, Mr. Smith.
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El CIS recupera su prestigio

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Por fin vemos buenas noticias para un organismo del Estado. Después del daño infligido al CNI por las escuchas de Pegasus, al INE, por los las dudas sobre sus mediciones del IPC y del PIB o al SEPE, por los que tildan de maquillados buenos datos de empleo, resulta que el CIS, nada menos que el Centro de Investigaciones Sociológicas que dirige el hasta ahora infame Tezanos, ha hecho público su primer estudio electoral sobre los resultados previsibles en Andalucía y todo se ha vuelto de pronto un remanso de tranquilidad, reconocimiento y hasta de estimación por las amplísimas muestras con las que trabaja siempre el centro, incomparables a las de cualquier otro instituto privado de investigación.


¡Mano de santo, oiga! a Tezanos casi ni se le cita en esta ocasión. En general se habla del CIS -como debe ser- y si hay alguna referencia a su nombre es solo para referirse a él como director del Centro, sin ninguno de los calificativos despreciativos y hasta insultantes que le han acompañado siempre que se han hecho públicos los estudios anteriores.

Qué diferencia la de ahora con las críticas encendidas a diestro y siniestro (sobre todo a diestro) que Vox hasta le interpuso una querella criminal por el sondeo de las elecciones Castellano-Leonesas acusándole de una praxis que “no corresponde a los estándares profesionales admitidos, y que deriva en una desviación insoportable e inadmisible”. Obviamente la querella fue archivada, pero el objetivo calumniador estaba ya cumplido.

El estudio sobre Andalucía es soportable, admisible y hasta profesional. Bien está que sea así porque el CIS es una herramienta del Estado muy importante y útil, que no merece los desprecios que se le hacían. Supongo que a José Félix Tezanos todo esto no le pillará de sorpresa y que ya imaginaba lo fácil que sería que sus más críticos le sacaran del pozo; facilísimo, tan solo hacía falta que el CIS les diera por ganadores. Al instante las lanzas se tornarían cañas y las bombas, confeti. Así ha sido ¡Albricias!

Escucha Yolanda!

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© Biblioteca Nacional

Desde que el PCE, tu partido, admitió no ser hegemónico en la izquierda ha hecho muchos intentos por buscar “compañeros de viaje” entre grupos, colectivos y movimientos sociales, hasta ahora con poco éxito. Convendría que tu iniciativa no recordase a las anteriores, algunas de las cuales tuvieron como consecuencia obvia el refuerzo de la derecha.

Supongo que eres consciente de la responsabilidad que asumes para movilizar a muchos izquierdistas a los que si no convences de que te voten, se quedarán en su casa porque antes muertos que votar a la vil socialdemocracia. La misma a la que echarán la culpa -nunca a sí mismos- si finalmente tenemos un gobierno no de derechas sino muy de derechas.

Tienes toda la razón cuando dices que lo que ha pasado en Andalucía es lo que aleja a la gente de la política, solo que esta vez es inocultable que ha sido tu gente la que ha dado un auténtico espectáculo…mejor no hacer sangre con calificativos. Has de reconocer que ha sido un obstáculo que te será difícil superar diciendo que no tenía nada que ver con tu iniciativa, porque sí lo tenía.

Algún día tendrás que bajar de la celestial política buena y feliz para decir lo que de verdad propones. Lamentablemente la gestión pública consiste en tomar decisiones complicadas en las que algunos siempre saldrán perdiendo más que otros. Cuentas con el aval de haberlo hecho bien dentro del Gobierno de Pedro Sánchez pero no podrás hacer campaña si no bajas algún día de las nubecillas ideológicas en que te mantienes ahora al suelo de la realidad y empiezas a decir algo.

El éxito de todo en la vida depende no tanto del resultado como de las expectativas. Tantos anuncios y aplazamientos de tu “proceso de escucha” y de tu frente amplio hacen recordar la antiquísima fábula de Esopo “El parto de los montes”, que Samaniego versionó en el siglo XVIII y que no juega en tu favor.

Votar en Amazon

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Foto Danny Caminal. El periódico

Cuando el bipartidismo era el paisaje político aparentemente natural, en los círculos de enterados triunfaba el lamento porque la gente votase atendiendo a su ideología, identidad política, clase social o sentimientos personales o familiares, en lugar de hacerlo según sus intereses inmediatos, que era lo que se consideraba en tales foros como moderno, cabal y signo de madurez democrática. Ser de este o de aquel partido era visto como un residuo de tiempos pasados que retardaba la renovación política de España.


Aquellos visionarios fallaron a la hora de desdeñar el peso que la identidad tendría en el futuro; no hay más que ver la polarización extrema de la política actual, donde solo hablar con el del otro bloque ya es sospechoso y se califica al adversario como ilegítimo, susceptible de ser no ya vencido sino, si se pudiera, ilegalizado.

Sin embargo, en algo acertaron. Una parte sustancial de la sociedad ha abandonado, en efecto, su cercanía personal o su apego a unas siglas u otras y mira el escaparate político como el lineal de un supermercado, tal vez incluso como una página de compra por internet. Uno entra en la “tienda” de la política, deambula por ahí, si tiene tiempo mira los comentarios y finalmente compra esta o esta otra papeleta sin más pasión que la que pone al comprar un bote de mayonesa o unos calcetines de topos, tal vez porque le gustó el envase o le pareció gracioso el diseño. Sospecho que no es esto lo que esperaban aquellos partidarios del voto desapegado pero es lo que hay. 

Que el 35% de los electores decida su voto la última semana y un 11% el último día, no solo dificulta las previsiones electorales a las empresas demoscópicas sino que es síntoma de que tanto presentar la política con los métodos de la mercadotecnia la han convertido en un producto más y así se comportan muchos ciudadanos, como compradores de algo efímero, no como partidarios de una visión política que importe.

La pequeña dimisión

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Puede que hayan leído algo sobre “la Gran Dimisión” que en los Estados Unidos llaman The Great Resignation, por la que 40 millones de trabajadores han decidido dejar de trabajar, poniendo en aprietos a las empresas que no encuentran sustitutos. No es casualidad que la mayoría de ellos fueran en empleos precarios y mal pagados. Por eso una solución que apuntó el Presidente Joe Biden fue “pay them more” (páguenles más).


La semana pasada conocimos por un informe de la empresa de trabajo temporal Randstad que en España tenemos 109.000 empleos sin cubrir, faltan tecnólogos, sanitarios, analistas, pero también camareros, fresadores, encofradores, carpinteros, gruistas, camioneros, etc. El presidente de la patronal CEPYME se quejaba de ello y nos avisaba, con razón, de que esa carencia de trabajadores “ralentiza la recuperación y pone en peligro el tejido productivo”. La Confederación Nacional de la Construcción (CNC), por su parte, dice que en los próximos años precisará de 700.000 trabajadores, y apunta que pagan de media “un 30% por encima del salario mínimo”.

Que un sector con alta siniestralidad y físicamente duro pueda presumir de pagar 1.300 euros brutos, incluida la antigüedad, da una idea de cómo estarán los demás y que una Empresa de Trabajo Temporal, que son el paradigma del deterioro y la precarización del empleo, se asuste ahora de las consecuencias de ello me resultó sonrojante cuando lo leí.

Es posible que, en efecto, las empresas no puedan pagar más porque también son víctimas de esta locura, pero entonces todos tendremos que asumir que años de escasa remuneración y enorme inseguridad ha derivado, por fin, en que muchísimos trabajos ya solo son esfuerzo sin esperanza lo que, desde luego, no anima a nadie a formarse y sí a pensar que tal vez mejor sobrevivir, bien o mal, con todo tu tiempo disponible que trabajar con la lengua fuera para sobrevivir solo un poco mejor.

Vox entra en el primer Gobierno que no quiere que exista

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El Vicepresidente de la Junta de Castilla y León lo ha dejado perfectamente claro: el objetivo de su partido es derogar el título VIII de la Constitución Española, el que sustenta la España Autonómica. Una posición que es legítima, que todo se decida desde Madrid. Legítima sí, pero constitucionalista desde luego que no. Sin embargo, desde que ser constitucionalista es sinónimo de ser de derechas, se nos pretende hacer ver que quienes quieren borrar media Constitución (también quieren prohibir los partidos nacionalistas no españoles) son sus más valiosos defensores. Serán los hechos alternativos esos.

Además de claridad, Vox aporta al PP mucho más que la imprescindible mayoría que necesitará para gobernar, le da algo de lo que están muy faltos: ideología. Cuando Juan García-Gallardo propuso suprimir las autonomías desde la vicepresidencia de una de ellas, no hacía más que expresar abiertamente el desdén con que la derecha española ha visto siempre el sistema autonómico: a lo sumo como una forma de tener poder para compensar el que realmente les importa, el único que debería existir: el del Gobierno de la Nación. Solo que los de Vox, no solo lo piensan, sino que lo dicen.

Nuestra derecha es más callada, por muy conservadora, por muy poco liberal y porque eso vende tan mal que mejor no decir. Vox sí lo hace, de ahí su éxito entre los votantes del PP, a quienes les habla de lo que piensan. Su programa es muy reconocible para ellos y para quienes tuvimos el adoctrinamiento ideológico que era entonces obligatorio en la escuela pública. Ya se sabe que adoctrinar en lo suyo, sea religión católica o nacionalismo iliberal español, no es adoctrinar sino “lo normal”.

A partir de ahora el PP y Vox gobernarán sin dudas, sin titubeos y “sin complejos” todas las instituciones en que consigan mayoría. Mejor que Feijoo vaya olvidando eso de gobierno del más votado. Lo que sí convendría que recuerde él y recordemos todos son las palabras del católico liberal francés, Charles de Montalembert: Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando soy fuerte os la niego en nombre de los míos.


Contra el calentamiento global y, de paso, contra la democracia

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La semana pasada conocimos el último informe del Panel Intergubernamental del Cambio Climático y, como otras veces, es pesimista sobre el calentamiento global. Solo que esta vez la advertencia suena a ultimátum, porque estos informes se emiten cada bastantes años, con lo que el próximo puede no ser ya una advertencia sino un informe de daños.

En Madrid un grupo consciente denominado “Rebelión Científica” quiso llamar la atención sobre la gravedad del hecho con un hecho de cuya gravedad posiblemente no fueron conscientes mientras pringaban de rojo las columnas y las escalinatas del Congreso de los Diputados.

En democracia siempre es difícil tomar decisiones impopulares a corto para obtener beneficios a largo, porque los políticos a los que votamos lo que se juegan cada 4 años no son las siguientes generaciones sino las siguientes elecciones, pero atacar un símbolo de la democracia por la ansiedad que causa la premiosidad con que se avanza es muy peligroso.

El ataque fue simbólico pero el Congreso es también un símbolo: el de la democracia. Que la pintura fuese biodegradable no le quita gravedad. También son reparables los agujeros que los disparos de Tejero dejaron en el artesonado del hemiciclo.

¿Dónde estará la frontera que estos activistas no admitirían contra el “lento y desesperante” sistema democrático? Un “experto” dijo en la radio ese día que harán falta medidas tan duras que -textualmente- “deberán ser dictatoriales”. ¿Es ese el límite? Me asombra que científicos, siempre enfrentados a problemas complejos, puedan pensar que para el del cambio climático sí hay una solución simple: el desprecio a la democracia y a sus símbolos. Un mal camino en el que, eso sí, no les faltarán aliados.

Yo, desde luego, prefiero dejar a mis hijos un planeta sobrecalentado en democracia que una tiranía en un planeta aún más sobrecalentado, porque ¡almas de cántaro! ¿cuántas dictaduras ha habido que se hayan ocupado del bien común?



Autónomos prisioneros

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La persuasión más exitosa es aquella que consigue que alguien haga algo en tu beneficio sin darse cuenta de que lo está haciendo. La huelga de los transportistas autónomos está siendo un estupendo ejemplo.

A base de una constante persuasión social y mediática los transportistas han asumido como un principio indiscutible que no pueden negociar los precios de sus portes. Una vez cegados para que sientan que las tarifas bajísimas son una realidad “natural” parte del paisaje y, por eso mismo, sin responsables, a los angustiados camioneros solo les queda pedir subvenciones y ayudas que suplan con dinero público lo que sus cargadores privados se niegan a pagarles.

Este mensaje nunca se expresa y por eso quienes están ganando la batalla de la huelga son sus clientes. Su éxito se hizo carne cuando el portavoz de los huelguistas manifestaba la semana pasada que “nosotros no tenemos que hablar con las empresas sino con el Gobierno” y que “la solución pasa por un descuento en precio del gasóleo”.

Este hombre, agobiado por su situación, ha comprado la mentira de que “no te puedo pagar más, búscate la vida y pídele dinero a Sánchez”. Engañado o auto engañado, que da lo mismo, señalaba como “migajas y propinas” las ayudas públicas, temeroso de asignarle esos mismos calificativos, bien merecidos, a la miseria que le pagan sus clientes. 

Bonificar el litro de gasoil no mejorará el precio al que cobra los portes, pero sí desviará la atención el asunto hacia el Gobierno o hacia los impuestos, lo que permitirá a sus contratadores seguir actuando en la sombra sin que nadie se fije en sus abusos.

Tal vez la ayuda que necesitan los camioneros sí venga del Gobierno, pero no facilitándoles dinero público sino poder real para enfrentarse a sus verdaderos adversarios, que temen que se prohíba comprar el servicio a pérdidas, como hace la muy reciente Ley de la cadena alimentaria pero, sobre todo, que temen ser visibles.

No entiendo lo del CIS

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Siempre me asombra lo que sucede con las encuestas del CIS. Cuando se publica una aparecen tres tipos de personas: Los que no tenemos ni idea de sociología pero nos gustaría aprender algo, los que tampoco tienen idea pero ni les importa ni lo necesitan para ir por ahí dando lecciones de barra de bar (o de portada) y los únicos interesantes: los sociólogos profesionales, que suelen criticar también con gran dureza el trabajo de Tezanos “el infame”.

Mis pocos conocimientos sobre el tema me alcanzan para saber que lo caro de una encuesta es el trabajo de campo, lo de ir por ahí buscando gentes a quienes preguntar. Luego viene lo que no dudo que será difícil, pero mucho más barato, que es revisar las respuestas, diseccionarlas, compararlas, aplicarles la experiencia de cada profesional y sacar conclusiones. Lo que se llama con ignominia “la cocina”.

Es a esa “cocina” del CIS a la que se dirigen siempre los dardos, los tiros y aun los misiles mediáticos y políticos. Nunca se critican los datos mismos sino la interpretación que el centro público hace de ellos.

Sin embargo, los profesionales de la investigación sociológica no ignoran que los datos con los que el CIS hace su “cocina” son públicos y accesibles. Que se los pueden descargar y con las respuestas originales establecer sus propias interpretaciones que estarían libres de los sesgos ideológicos que atribuyen al gurú.

No entiendo que se usen los datos públicos del Banco de España, del INE, de la seguridad Social, del SEPE… que para eso están, pero no los del CIS. Nunca he visto una interpretación “libre” de los datos del CIS a cargo de alguno de esos profesionales que abominan del chef Tezanos. Insisto, no entiendo por qué. 

He mirado algunas encuestas de las últimas elecciones en que se pudo verificar el resultado final, que son las de Castilla y León y no me parece para tanto escándalo. 

El PP pacta con su escisión

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En la derecha española siempre hubo un sector al que la democracia le resultaba como mínimo incómoda. En el inicio de la Transición ese segmento era bien visible y notorio. Hablaban claro, acostumbrados a la libertad de expresión que siempre habían disfrutado (y que habían negado a los demás) y se les entendía todo fenomenal.

Estaban furiosamente en contra de que España fuese un Estado autonómico. No ocultaban su inquina contra Juan Carlos I, el Rey traidor. No les gustaba nada la laicidad del Estado, ni el divorcio, ni la reforma fiscal y unos votaron la Constitución con la nariz tapada mientras otros la rechazaron.

Afortunadamente el esfuerzo de los derechistas más inteligentes fue integrando a aquellos sectores ultras en la corriente de una democracia que se iba construyendo, lo que no fue mal servicio a España. El éxito fue tal que hasta hubo una refundación que dio a luz un partido de derechas normal, que incluso integró la palabra liberal en su ideario.

La cosa funcionó durante mucho tiempo. Pero la debilidad que supuso para el PP la pérdida del poder en 2018, junto con la efervescencia de partidos nacional-populistas en Europa y los EEUU, hizo que para esos sectores, siempre renuentes a la democracia, empezase a resultar mucho más atractivo estar fuera de la casa común de la derecha, diciendo abiertamente lo que siempre pensaron, que resignarse a estar arropados, pero callados, dentro de ella. 

Y así ha sido que no es que haya aparecido ahora una extrema derecha nueva en España, sino que un sector que siempre estuvo vivo dentro del partido “de orden”, ahora está en la calle, con su propio logo, sus mensajes y sus exitosas papeletas de voto. Con ellos es con quien han pactado Mañueco, y antes Bonilla y Ayuso; con los que hasta ayer eran de los suyos, aunque ni ellos ni nadie imaginaba que fueran tantos.