2020

Maldito seas hoy por hacer lo que ayer te exigí

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Las 4 dificultades de la derecha española para posicionarse respecto al coronavirus




Uno de los memes más inteligentes de los cientos que he recibido durante mi encierro es uno que se preguntaba: “Cómo hemos llegado a esta situación en España teniendo 47 millones de especialistas en pandemias”.

En mitad de la innegable y seguramente inevitable improvisación con la que el Gobierno de España está afrontando los primeros y más urgentes problemas del Covid-19, las opiniones no científicas procuran ganar notoriedad compitiendo en rotundidad y en indignación, ya que no pueden hacerlo apoyándose en datos y conocimiento. Tampoco importa tanto, la verdad; ahora la prioridad es estar en el candelero y en las redes y para ello es preciso mantener viva la crítica, apoyándose en lo que sea. Todo vale para alimentar y alimentarse de la natural reacción, mezcla de enfado y miedo, que todos compartimos.

Tanta pasión por presentarse públicamente a grandes voces como expertos tiene, no obstante, cierto peligro. Porque la situación evoluciona con asombrosa rapidez y para mantener la tensión y el protagonismo justiciero es preciso a veces indignarse hoy exactamente por lo mismo que ayer exigíamos. Así vemos con asombro que en los reproches públicos sobre el coronavirus lo que se tildaba de insuficiente y lento pasa a ser excesivo y precipitado en el momento mismo en que se corrige.

Quienes antes del 15 de marzo reprochaban la tardanza del Gobierno en hacerse con el mando único de la sanidad en toda España para evitar así el aparente horror de las 18 sanidades diferentes (17 autonómicas y una militar) critican ahora que no se deje actuar por su cuenta a las comunidades autónomas, alegando, con cierta razón y sin pizca de memoria, que aquellas tenían estructuras más ágiles para la compra de material sanitario, acostumbradas como estaban a hacerlo durante décadas, al contrario que el Gobierno de la Nación, que se estrena ahora.

El pasado 23 de marzo el presidente de Murcia, el popular Fernando López Miras, exigía el cierre total de todas las actividades económicas no esenciales en su comunidad autónoma para frenar la expansión del coronavirus. El Gobierno de Sánchez lo desautorizó, pero su líder nacional, Pablo Casado, lo apoyó lealmente diciendo que se trataba de una petición “sensata”, recalcando que en esta crisis era mejor que se «peque por exceso» porque «es mejor prevenir que tener que curar». Ahora que el Gobierno de Sánchez ha hecho justamente eso tan “sensato”, Casado ha mostrado su indignación y ha manifestado que votará en contra de la convalidación de este Decreto porque paralizar el país tendrá un impacto enorme sobre las empresas. Incluso ha manifestado su sospecha de que se trate de una estrategia bolivariana de nacionalización del tejido productivo.

La verdad es que a la derecha española se la ve estos días particularmente inquieta. Es consciente de que está ante una oportunidad insuperable para cargarse de razones con las que criticar y, en su caso, echar a Sánchez del Gobierno, pero, precisamente por su enormidad, el problema de la pandemia es muy difícil de manejar políticamente. El PP tiene que enfrentarse, entre otros, a estos 4 incómodos obstáculos.

1.- Respecto al discurso, ha de encontrar un difícil equilibrio entre la denuncia mas dura posible contra la que sería ineptitud gubernamental y presentarse como los que sí sabrían qué hacer, pero evitando que tal actitud se perciba como antipatriótica en momentos tan duros. Arriesgar el valor del patriotismo, que nuestra derecha siente como algo tan propio y exclusivo sería impensable.

2.- Otra dificultad tiene que ver con la escasez de oportunidades. Con las Cortes cerradas y los medios atentos a la dichosa curva, la derecha ha de buscar otras ventanas desde las que pueda reprochar visiblemente al Gobierno. De momento hace ruedas de prensa pseudo-gubernamentales y cuenta con la prensa más entregada. Lo malo es que ahí encuentra poco hueco y solo el de los ya muy entregados a la causa, mientras la mayoría estamos preocupados por las cosas de verdad.

3.- Luego está la competencia entre las derechas. Con la particularidad de que Vox gana y ganará siempre al PP la carrera de la ira porque no ha que cargar con el peso de que lo que diga tenga que ser cierto. Le basta con que suene radical, como lo son son las últimas ideas de ceder el poder a los militares o la de que suprimiendo las autonomías sobraría dinero para pagarnos a todos la nómina que no vayamos a cobrar. Una propuesta sin duda invencible.

4.- La cuarta dificultad es la prisa. La idea de que tenemos un Gobierno inútil necesita instalarse firme y rápidamente, no sea que otros países se vean pronto en la misma o parecida situación que España e Italia y que lo que ahora puede pasar por torpeza e improvisación hispanas se empiece a ver como afortunada y prudente anticipación ante lo que se venía.

La crítica al poder es estupenda porque nos salva de cualquier responsabilidad. Siempre es culpable el otro y, como todo el mundo sabe, encontrado el culpable, se acabo la rabia, o el coronavirus, que es más o menos lo mismo a estos efectos. Lo malo de hacer apuestas tan ruidosas es que la gente no es tonta, la sociedad también evoluciona y va integrando nuevos conceptos, entre ellos el del “cuñao”, que es el que antiguamente llamábamos el “enterao”, solo que el de ahora es más engreído, insistente y sin una gota del poquito prestigio que aún atesoraba el viejo mote.

Telepresentismo

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El coronavirus nos ha obligado a hacer de la necesidad virtud y muchos hemos descubierto por fin lo que siempre sospechamos, que en la oficina no hacíamos cosas demasiado diferentes de las que hacemos estos días en casa: los documentos que hoy pasamos por correo al domicilio del compañero antes los pasábamos exactamente del mismo modo a su mesa, situada, eso sí, a menos de 2 metros de la nuestra. Las largas, innecesarias y a menudo inútiles reuniones presenciales de antaño las hemos sustituido ahora por largas, innecesarias y a menudo inútiles videollamadas, si acaso algo más largas incluso, aprovechando que todo el mundo está en casa sin excusa de tener que salir.

Peor aún; esa misma disponibilidad a la fuerza ha estimulado que el horario de tales telereuniones se relaje y puedan convocarse en cualquier momento casi sin previo aviso: “¿Qué otra cosa vas a hacer, si estás tan ricamente en casa?” parecen pensar algunos mientras que otros lo dicen claramente casi con esas mismas palabras.

Muchas empresas han tragado la quina del teletrabajo, pero se les nota el esfuerzo.

Al fin muchas empresas han tenido que aceptar a la fuerza lo que nunca quisieron, que sus empleados pudieran trabajar a distancia. Han tragado la quina del teletrabajo, pero se les nota el esfuerzo. Son de ver algunas notificaciones recibidas de sus compañías por personas que conozco en las que, al informar de la obligación de teletrabajar en lo que se extendían no era en absoluto en describir los nuevos sistemas, métodos o formas de operar que fuesen a implantarse ahora sino en insistir expresamente en la obligación de cumplir el horario, a veces con alusiones indirectas tan torpes que devenían en directísimas sobre la dedicación exigida y la necesidad de no confundir esta situación con unas vacaciones.

El virus no nos ha cambiado tanto. Por encima de todo siguen sin estar los resultados, pero sí el presentismo, aunque sea a distancia, y por debajo se mantiene invencible la corriente de una sorda desconfianza en las personas que simplemente ahora se nota más.

Pierde el tiempo aquí, en tu mesa y en tu horario

Cuando todo esto acabe veremos si el teletrabajo se instala como una posibilidad real y se buscan herramientas para hacerlo más útil y productivo o si, por el contrario, esta experiencia sirve para que las empresas desconfiadas se enroquen en su posición y se refuercen en su prejuicio de que si se pierde el tiempo, piérdelo aquí, en tu mesa y en tu horario.

Publicado en Voz Pópuli

Entre 2017 y 2020 colaboré con una columna semanal de opinión en Voz Pópuli

Era una columna totalmente vinculada a la actualidad política del momento por lo que muchas de aquellas columnas han perdido interés, arrastradas por la incansable y ruidosa marea de la política actual. Por otra parte, muchos de los links a la publicación original se han perdido.

Finalmente he optado por recuperar únicamente los textos que aún podrían tener algún interés.

Cuando en Euskadi faltó el aire

Quienes vivimos y recordamos con angustia aquellos días, en los que al horror de las muertes se añadía una evidente y enorme fractura social, que hizo temer que todo lo andado en décadas de política vasca iba a saltar por los aires.

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