2016

¿La última generación de mujeres libres?

Se lo vi escribir muchas veces a mi madre de niño, cuando la acompañaba a alguna gestión: profesión…“sus labores”. Ese era el término que comúnmente se utilizaba en los formularios oficiales para las mujeres que no desempeñaban un trabajo remunerado.
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¿Confías en lo que haga Pedro Sánchez?

Esa es la pregunta real que se va a hacer a los militantes socialistas. Aunque la redacción sea algo más elaborada en realidad la pregunta efectiva es esa. Era de esperar, porque de haberla expresado de forma tan obvia y descarnada como la del titular hubiese sido un cachondeo.

Un referéndum tiene por objeto discernir entre dos opciones claras y excluyentes entre sí. No sirve para la transacción y el matiz sino para la ratificación o no de una opción concreta y determinada.

Igual que pasaba con los duelos entre caballeros del siglo XIX, los refrendos políticos cuentan con la ventaja de resolver de forma inmediata y expeditiva cualquier polémica pero, como aquellos, en absoluto pueden ser parte de una negociación sino que son, justamente, la renuncia expresa y definitiva a ella.

De forma que cuando se trata de decidir sobre cuestiones complejas, por definición incompatibles con una dicotomía: Si-No, un referéndum se convierte en una herramienta inútil o, lo que es peor, en una trampa en la que, bajo la apariencia de escuchar al pueblo, lo que se hace es remover el río a ver lo que se pesca.

Solo en el caso de que el candidato Sánchez hubiese alcanzado un acuerdo suficiente para una investidura (con la imprescindible expresión de quiénes serían los socios que le votarían y cuáles los acuerdos mismos) esta consulta hubiera tenido sentido. Así lo hizo el SPD alemán en diciembre de 2013 con su militancia, a la que preguntó “sí o no” a la gran coalición que garantizaba ciertamente la constitución de una mayoría de gobierno efectiva y que podía ponerse en marcha enseguida, como así ocurrió. Nada que ver con la consulta interna del PSOE que más bien parece preguntar ¿vamos bien?

Ciertamente lo más probable es que cuando el Secretario General socialista planteó esta consulta creyese que, en efecto, a estas alturas iba a tener en la mano un acuerdo que le permitiría ser Presidente y era evidente que convocar a la militancia le facilitaría el camino frente a un Comité Federal renuente a pactos con los de Iglesias.

La realidad ha sido que, sin ese acuerdo de investidura en la mano pero habiendo prometido el referéndum, no le ha quedado a Sánchez más remedio que tirar adelante con lo que hay, que es bien poco.

El PSOE ha alcanzado y propuesto acuerdos con distintas fuerzas políticas para apoyar la investidura de Pedro Sánchez a la Presidencia de Gobierno. ¿Respaldas estos acuerdos para conformar un gobierno progresista y reformista?

Que los “acuerdos alcanzados” e incluso -nótese- los acuerdos “propuestos” sean objeto de refrendo es como preguntar si se desea que haga sol y buen tiempo. Una pregunta tan cómoda como inane. ¿Quién va a decir que no? Desde luego tampoco lo hará el Comité Federal del PSOE, para el que la consulta ha resultado un cartucho de pólvora mojada.

Sánchez está demostrando que es persona hábil e inteligente pero en esto de la consulta no ha estado fino. Desde el principio amenazaba con ser un error y lo ha sido. A veces las cosas sí son lo que parecen.

El nuevo tiempo político…en primavera

Comparto con la diputada y amantísima madre, Carolina Bescansa, su afirmación de que es preciso comprender el nuevo tiempo político en el que estamos entrando. El bipartidismo imperfecto que fue base de la transición política española ha caído para dar lugar, como dice Felipe González, a un pluripartidismo igual de imperfecto. Pero que, además, ha complicado la tarea de formar Gobiernos capaces de hacerse cargo de las dificultades. Y no olvidemos que todo Gobierno, siempre, sin excepción, tiene que hacerse cargo de dificultades.

El nuevo tiempo es tan real y cierto como los desafíos a los que la política se va a tener que enfrentar. Porque no hay nada novedoso ni estimable en ignorar los problemas o en pensar que todos tienen soluciones simples.

La acumulación de gestos y el abuso del postureo tiene entusiasmadas a las redes sociales y a la TV, que ha visto cómo se le abre una renovada oportunidad para meter la política en la parrilla, eso sí, a base de convertirla en espectáculo.

Pero lo que viene será algo más que eso. Algo más serio, profundo y duro. El nuevo tiempo no va a ser llevar los niños al escaño -me temo- ni tendrá que ver con corbatas o pajaritas. Se tratará de reconocer las dificultades que hay, que son enormes, aceptar que las soluciones no serán ni fáciles ni rápidas y tener la valentía de proponerlas, a riesgo de ser criticado. Se llama política y es trabajo duro e ingrato que, desde luego, no encaja en absoluto con este juego de buenos buenísimos y malos malísimos, perfecto para las pelis de Disney pero absolutamente inútil para la gente y para el país. Lo que viene se va a parecer inquietantemente a la hoy tan criticada transición.

Por eso sería ya hora de que a los buenos buenísimos de un lado, a los buenos buenísimos del otro lado, así como a los buenos buenísimos de los otros dos lados nuevos que han surgido ahora, se les vaya acabando ya la tinta roja de tanta raya que llevan pintada en las últimas semanas. Sin embargo temo que a estas alturas de la película no va a ser posible. No hay tiempo material para recular de las grandes palabras ni de los grandes desprecios. También sospecho que, en realidad, hay pocas ganas de hacerlo, de abandonar esa zona de confort, tan vieja, tan conocida y de patas tan cortas. Es comprensible que, con unas elecciones encima, nadie vaya a arriesgarse ahora a desdibujar su perfil llegando a acuerdos con “esa gente” así que tendremos que esperar a ver el resultado de las nuevas urnas para empezar a hablar en serio.

Probablemente con cartas parecidas a las que se repartieron el 20 de diciembre, el nuevo tiempo político tendrá que despegar definitivamente en primavera. Habrá pocos días, horas tal vez, para pasar el disgusto de ver que los malos no se habrán volatilizado, lidiar con el malestar de comprobar que el pueblo soberano no se aviene a darnos la razón y para sufrir la desazón de ver que el cielo está mucho más lejos de lo que creímos.

Quienes van a estar muy cerca, agobiantemente cerca, van a ser las autoridades europeas, que vendrán a recordarnos la exigencia de recortar unos 9.000 millones de euros del presupuesto que el PP aprobó. Estarán también ahí -intactos- los problemas internos que estamos aplazando en medio de esta negociación tan preelectoral y también tendremos encima la necesidad, menos urgente pero igual de ineludible, de repensar una estructura política que, ciertamente, no parece dar para más.

Entonces va a ser cuando empiece de verdad ese nuevo tiempo del que se habla, que tal vez no sea tan brillante y esplendoroso como imaginan los apóstoles de la novedad. Habrá acuerdo, se cumplirán las exigencias europeas, se empezará a regenerar la vida pública y sin duda tendremos que aprender a respetar y pactar con “los otros”, como hacen en con plena normalidad en 23 de los 28 países de la Unión Europea, en cuyos parlamentos no hay mayorías absolutas. Así que quienes desprecian que la transición fuese capaz de acercar a enemigos tan irreconciliables tendrán que pedir que los políticos viejunos les pasen los apuntes de entonces, porque el nuevo tiempo viene exigente y no va a admitir demoras.

Y lo que me he reído…

No me sumaré al coro de plañideras (y plañideros) hipócritas que andan por las redes encendidos, disparando contra la infumable “primicia” de los informativos de Antena 3 respecto a Podemos, la CUP, ETA y Venezuela.

No lo voy a hacer porque en esta edad de oro del periodismo militante que estamos viviendo, la indignación suena escandalosamente impostada. Hay tantas ocasiones cotidianas en todas las teles en que “es para darles, pero bien”, que no es cosa de ponerse ahora estupendos cuando la manipulación informativa me parece que adopta ya las formas del sirimiri vasco.

Lo que sí me parece completamente relevante es que la filtración de las imágenes de Álvaro Zancajo y Sandra Golpe avergonzados de lo que habían soltado, haya provenido de la propia Antena 3 a través de la aplicación periscope de su cuenta de twitter. Estar en las redes sociales mola, incluso mola mazo, así que lo que importa ahora es estar, siempre, de cualquier forma y a cualquier precio. Lo chusco es que eso es así incluso aunque se pegue uno un tiro en el pie.

Tampoco soy capaz de verle la gracia a la broma de las últimas horas, elevada a la categoría de acontecimiento mediático nacional, de engañar al presidente del Gobierno de España con una falsa llamada del nuevo presidente catalán.

En otros tiempos los medios de comunicación se consideraban responsables y garantes de lo que salía en sus páginas o en sus pantallas. A veces para bien y otras para mal, lo cuidaban, pero está visto que ahora lo que importa es la omnipresencia y el espectáculo, y a él se supedita todo. Se asume que quien quiera estar en las redes sociales parece que tuviese que renunciar a toda reflexión porque ahora la velocidad, el ingenio y el escándalo es lo que manda.

¿Cuál es el interés informativo de una falsa llamada a Rajoy?, ¿Denunciar la falta de control de las llamadas en la Moncloa? No lo creo. ¿Reírse del presidente? Muy probable. ¿Conseguir audiencia? ¿Petar las redes con el nombre de la emisora? De eso estoy seguro.

Es muy lamentable este triunfo de la frivolidad pero sobre todo lo es la pretensión de darle un barniz de prestigio y autenticidad que no merece. La estúpida adoración por el aplauso de la muchedumbre la bordaba Gila en aquel negrísimo monólogo de “me habéis matao al hijo, pero… lo que me he reído”.

Publicado en el diario norte.es el 22 de enero de 2016

Las marcas no negocian

Anuncios de prensa y TV, carteles, vallas, folletos en el buzón, luminosos en los edificios, webs, cuñas de radio, series patrocinadas, banners en los medios digitales como este, siluetas de cartón en la farmacia y en la tienda, llamadas telefónicas que preguntan por el Sr. Gorostiza, muchas gracias Sr. Gorostiza…sí Sr. Gorostiza, disculpe Sr. Gorostiza. ¡Parece una guerra! Y probablemente lo es.

En una sociedad tan abrumadoramente activa en comunicación lo normal es que haya buenos profesionales del marketing. Y los hay. Y también es normal que a ellos recurra todo aquel que quiera ser visto en medio de esa barahúnda de ruido.

Hace mucho que los paños no se venden en el arca, por buenos que sean. Por el contrario hay que airearlos, darles “visibilidad” determinar un “posicionamiento” correcto del producto y de la marca para así colocarlos en la “Short List” del “Target” con un buen “Storytelling”.

Vivimos sumergidos en una constante tormenta de mensajes que tratan de captar nuestra atención para después llevar nuestra voluntad a comprar, cambiar, contratar, adquirir, invertir, gastar, ahorrar…y, por supuesto, también a votar.

Los partidos políticos compiten como unas marcas más en el saturado campo de batalla de la atención y los sentimientos de los consumidores. Y para hacerlo necesitan generales expertos. Son éstos quienes se hacen con la dirección de las campañas y aplican allí toda su experiencia y conocimiento. Y la mayoría de las veces lo hacen muy bien.

Mientras dura la batalla todo va como la seda, incluso es entretenido. El problema viene cuando al final se hace presente y abrumadora la diferencia entre la batalla comercial y la política. Que es una diferencia enorme, inmensa, profunda, sideral.

En la guerra comercial el final es simple. Escandalosamente simple: todo el estruendo era para que usted tomase la decisión de comprar esto y no aquello. Cuando el lector láser del código de barras de la caja emite el pitido todo ha terminado, al menos hasta el siguiente acto de compra.

En la política pasa todo lo contrario, que cuando usted emite su voto es cuando empieza “la cosa”. La cosa esa de gobernar. Es entonces cuando toda la estrategia de convertir a los partidos en eficientes, ágiles, dinámicas pero simples marcas se convierte en una trampa. Una doble trampa, primero para sus propios dirigentes, que no han ofrecido un sentimiento o una idea de cómo afrontar las dificultades sino un producto concreto y cerrado, que algunos llaman “programa” y que iba a aportar “la solución”.

Por su parte los ciudadanos, muy acostumbrados a ejercer como consumidores, exigen que lo que se les ofreció se haga y se haga ya, que para eso han votado. ¿Dificultades?¿qué dificultades? Nadie me habló de dificultades. Exigen la garantía y se sienten engañados. Y con razón. Confunden el programa con el de un crucero por el Mediterráneo y se quejan de la comida, de la orquesta, de las sábanas y por supuesto de la tormenta que agita el barco y de la que nadie les previno. Y es lógico que lo hagan, que defiendan lo que compraron y que no se muestren dispuestos a aceptar “componendas” (infame término).

Por si fuera poco, después de haber convertido durante la campaña al adversario en enemigo irreconciliable y secular, merecedor de la desaparición inmediata, crisol de todos los males, a ver quién es el guapo que se anima a encabezar la traición a tan elevadísimos ideales y a las exigencias que eran innegociables hace unas semanas.

El marketing nació para el mercado y aunque la política tiene algo de mercado (persa incluso) hay que tener cuidado y entender la gran diferencia entre marcas y partidos políticos y es que mientras las primeras jamás se ven obligadas a negociar (son sancionadas si les pillan) el acuerdo, la renuncia y la concesión son justamente lo que constituye la esencia misma de la política. Las marcas no negocian pero los partidos están obligados a hacerlo. Hoy y siempre.

Me temo que en primavera tendremos oportunidad de ver si hemos aprendido algo esta vez o si vuelve la burra a los mismos trigos.

Publicado el 20 de enero de 2016 en el diario norte.es