2015

El trenecito y la gabarra

Cuando esta columna se publique Bilbao estará en plena resaca de la fiesta o de la decepción. Supongo que, siendo éste un diario digital, podría haber esperado a conocer el resultado del partido antes de ponerme al teclado pero no quiero desaprovechar la ocasión de escribir sin conocer el marcador final del partido y también, lo reconozco, sin una afición al fútbol que no me va a entrar de aquí al sábado. Así tal vez pueda decir algo diferente de ¡AUPA ATHLETIC!, que es el verdadero pensamiento único estos días.

Bilbao es ciudad plural a despecho de muchos, que la querrían aldeana, unitaria y unánime en todo. Afortunadamente siempre han fracasado, aunque episodios como este les nublan la vista y les reverdecen el espejismo de que tal vez un día lo consigan. Yo espero que no.

Aquí hay de todo y todo lo que hay es bilbaíno. Solo al Athletic parece que le corresponde la bandera de la identificación de todos, el monopolio del bilbainismo. Tanto es así que a quienes no somos futboleros ningún día del año nos sorprende la omnipresencia y el ardor que nos rodea en fechas como estas. La tristeza y la alegría nos suelen provocar a todos fuertes sentimientos colectivos de pertenencia tribal y mejor que sea por una alegría; ni comparar.

Porque, sin duda, es una alegría ver el espectáculo de los balcones engalanados, las tiendas, las camisetas en la calle, en los trabajos y en todas partes y hasta ese trenecito rojiblanco que irá hasta Barcelona llevando su león, su escudo y un diseño tan cuajado de pasión como ayuno de buen gusto. Lo mismo que pasa en Navidad, los adornos y tradiciones más asombrosos se disculpan ante el entusiasmo colectivo, más aún cuando éste no se produce todos los años.

Hoy, jueves, me sumo a la marea de entusiasmo colectivo pero inevitablemente lo hago como invitado, con ganas sinceras de compartir la sonrisa de mis amigos y amigas que se saben los nombres de los jugadores, no como yo. Pero en el mismo vagón de la sinceridad no puedo dejar de subir que la cosa está teniendo un punto de desmesura.

El “aquí todos somos de…” es un enunciado que me incomoda siempre, sea lo que sea lo que se escriba sobre los puntos suspensivos. La inundación de banderas y gallardetes me encanta verla en Pozas y en los alrededores de San Mamés pero estraga un poco, o bastante, en los edificios oficiales. Los sentimientos pueden ser personales y colectivos pero nunca forales ni municipales, ni tampoco universitarios.

El otro asunto que siempre me chirría es lo de “histórico”. Porque no tengo ninguna duda de que la jornada se presentará como histórica, sobre todo si acaba con la gabarra en la Ría. Esa manía de convertir en “histórico” cada acontecimiento que nos entusiasma (sobre todo los del fútbol) dice poco de la consideración que tenemos sobre la importancia de la historia y tampoco habla bien de la prudencia de los comentaristas deportivos. Pero es lo que hay.

El lunes, cuando usted lea esta columna, estaremos frente a una de dos tareas, no sé cuál de ellas más ardua: la de desmontar la pasión, el trenecito, los restos de la fiesta y pasar las barredoras o la de mantener viva la hoguera mientras se prepara la gabarra y se organiza su recibimiento. No sé qué me da más miedo. Pero eso será el lunes, de momento a disfrutar.

Publicado en eldiarionorte.es el 1 de junio de 2015

Lo peor de todo es que será verdad

Foto EFE

Aparte de que pronto tendremos nuevo alcalde hay más noticias en Bilbao, como que el año que viene seremos sede del Campeonato Mundial Juvenil de Bádminton.

El bádminton lo conocemos todos. ¿A quién no le regalaron de niño las dos raquetas y el volador que estrenamos un día de playa y arrinconamos ese mismo día al volver a casa? Fue muchos años después cuando supimos que aquello incluso tenía un nombre. Pues eso.

Reunida en China, en la ciudad de Dongguan, la Federación Mundial de ese deporte designó a nuestra villa como sede de la competición, en dura pelea con Yogyakarta, en Indonesia que, no obstante, ha conseguido acoger el campeonato en 2017, por lo que aquí paz y después gloria.

La estrategia de atracción de eventos desplegada por nuestros responsables municipales se apunta así un nuevo tanto, esta vez con una actividad que suena bastante exótica, lo mismo que nos suenan también los propios nombres de Dongguan (8 millones de habitantes) y Yogyakarta, capital de una región con 3 millones de almas. A la vista de tales cifras, y la de 200 millones de practicantes que dicen que tiene ese deporte, tal vez los exóticos seamos nosotros, los escasos 2,1 millones de vascos, arracimados y mal avenidos en un pequeño territorio que se asoma al mar Cantábrico.

El torneo nos traerá mil participantes de cincuenta países, dicen que doce mil pernoctaciones y unos ingresos aproximados de millón y medio de euros para los servicios, la hostelería y el comercio de la ciudad. Además, los asiáticos parece que no solo no arrinconaron nunca las raquetas sino que tienen una gran afición, de forma que los partidos se emitirán en directo en China. Excelente promoción para Bilbao en mercados lejanos pero enormes. Un éxito sin la menor duda.

Lo chusco de este asunto ha sido saber que la primer ciudad vasca a la que se dirigieron los responsables para proponerle el asunto fue San Sebastián, cuyas instituciones -dicen- acogieron con “frialdad” la propuesta, pese a ser la única capital de Euskadi en la que el bádminton se practica con cierto fundamento. Y leo por ahí que la razón de tanto desapego fue que en la competición está previsto que participe la selección Española.

Con toda lógica el sector turístico donostiarra ha considerado algo “inaudito” que su Ayuntamiento y Diputación despreciasen un evento tan importante. A mí lo que me asombra es que el motivo del rechazo sea tan pacato y que los motivos de la secta se pongan tan sin pudor por encima de la conveniencia evidente de la ciudad. Pero lo peor de todo es que no me resulta en absoluto increíble; asombroso y desconcertante sí, pero increíble no.

Así que no me queda más remedio que darle algo de razón a Teo Uriarte, uno de los condenados en el Proceso de Burgos que hace unos días declaraba en una entrevista que “Euskadi ha llegado políticamente a donde se merece, a la mediocridad más estúpida”, mejor no generalizar pero algo de eso sí que hay.

Yo, siempre con los buenos

La diligencia. John Ford

Recuerdo que cuando éramos niños y nos sentábamos a ver una película ya empezada, lo primero era preguntar “¿quiénes son los buenos?” Una vez informados, ya estábamos por entero preparados para seguir el hilo de la narración, cuyo final nunca defraudaba.

En Bilbao también se está desarrollando estos días una interesante película en torno al comercio local. El éxito de la ciudad y su notoriedad internacional, de la que en general estamos tan orgullosos, está atrayendo a importantes inversores en el ramo inmobiliario y comercial, que dicen que Bilbao es uno de los mercados con “mayor potencial” de España. ¡Albricias!

Compañías de moda se pelean por comprar edificios completos y el run run de estas informaciones hace pensar que los motores económicos más punteros rugen ya en la parrilla de salida a la espera de que se apaguen las luces rojas de la crisis.

Supongo que se trata de buenas noticias para la ciudad, pero de lo que estoy bien seguro es de que son estupendas para los propietarios de locales comerciales en las zonas más céntricas (entre los que lamento profundamente no encontrarme) que están oyendo hablar de inminentes y espectaculares incrementos en los precios de los alquileres, fruto de una demanda intensísima.

En este contexto no resulta extraño que los propietarios de locales en nuestro también muy comercial Casco Viejo, también se estén “animando” y, aunque no lleguen a la estratosfera económica del Ensanche y la “milla de oro”, también quieran ampliar su parte del pastel. Así lo ha denunciado estos días la plataforma Alde Zaharra Bizirik, que defiende a los comerciantes de nuestra parte vieja preocupados por los súbitos incrementos en las nuevas rentas de los locales que ocupan. Dicen, con razón, que el Casco Viejo puede perder su carácter tradicional en favor de las mismas grandes cadenas de franquicias y reclaman medidas al Ayuntamiento que salga de las urnas el próximo domingo.

Los “caseros” no han hablado pero me imagino que pensarán también ¿por qué tengo yo que cobrar menos de lo que vale mi local en el mercado? ¿Acaso mi inquilino cobra los pinchos más baratos para hacer del Casco Viejo un lugar más tradicional?

El peligro de que las Siete Calles se conviertan en otro centro comercial al uso, con las mismas marcas, los mismos maniquíes y los mismos bocadillos que en los demás es real pero la solución no es ni fácil ni obvia. No solo no lo es sino que tiene que ver mucho con la política.

Podemos dejar que la corriente de la oferta y la demanda siga su curso sin trabas, y que sea lo que el mercado quiera. Podemos reglamentar con normas y prohibiciones exhaustivas lo que cada cual puede hacer con su local o su comercio, y que sea los que los jueces digan al final, o podemos enfrentarnos a un dilema complejo y difícil, como todos los que tiene que ver con la acción política.

Nos hemos acostumbrado tanto a la política de titulares y no a la de soluciones, a que se defiendan a muerte los más altos e inamovibles principios, a que todo el mundo esté siempre inequívocamente de parte de “los buenos”, que nos cuesta mucho bajar al vil acuerdo, a la vergonzante negociación y a la incomodísima complejidad que presentan siempre los problemas reales.

Paradójicamente remontar la crisis, con todas las enormes dificultades que nos está suponiendo, puede resultar en el Casco Viejo más fácil que responder a aquella pregunta infantil de “¿quiénes son los buenos?”.

Publicado en eldiarionorte.es el 18 de mayo de 2015

TAV. En picos, palas y azadones, cien millones

La monumental estación de Canfranc, en su tiempo la segunda
más grande de Europa, cerrada desde 1970.
Hoy recibe algunos trenes regionales desde Zaragoza. 

En picos, palas y azadones para enterrar a los muertos del enemigo, cien millones de ducados, en limosnas para que frailes y monjas rezasen por los soldados del Rey caídos, ciento cincuenta mil, en guantes perfumados para que los soldados no oliesen el hedor de los cadáveres… en reponer las campanas rotas de tanto repicar a victoria… y, finalmente, por la paciencia de tener que descender a estas pequeñeces del Rey a quien he regalado un reino, cien millones de ducados.

Las cuentas del Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, suelen ponerse como ejemplo de chulería, mala administración y de un reprochable poco cuidado en el gasto por parte de quien administra dinero ajeno, auténtico “pecado nefando” de nuestros días.

A mí, por el contrario, me gusta la actitud a contrapelo de aquel militar que con un ejército menor que el de sus enemigos, peor abastecido y armado, fue capaz de vencer a quienes recibían de sus monarcas suministros mucho más generosos. Pero lo más admirable fue su valentía de decirle al soberano a la cara lo que sus economistas no sabían o -peor- no se les había ocurrido calcular: el valor del Reino de Nápoles.

Algo parecido está pasando ahora con el Tren de Alta Velocidad, al que no le han faltado nunca detractores. Estos días hemos sabido que a ellos se han sumado destacados economistas que, como es su obligación, hacen las cuentas y las previsiones a largo plazo y apuntan cosas que, al menos a mí, me resultan incomprensibles como por ejemplo que las líneas del AVE nunca serán rentables. Siempre me pregunto ¿rentables en comparación con qué?

Los economistas de Fernando el Católico no respondieron a la pregunta de cuánto valía el reino recién ganado y los de hoy se dejan también muchas preguntas sin responder. Ahí van algunas. Ojo que, tal y como dicen hacer ellos, las formulo pensando a largo plazo:

  • ¿Y si el que hoy llamamos TAV dentro de unos años es simplemente “el tren” porque nadie aceptará entonces tiempos de viaje más largos? ¿Cuál sería el precio de no tener tren?
  • El transporte aéreo es ahora excelente y bien barato, lo que hace dudar de la conveniencia del tren ¿alguien puede asegurarme que siempre será sostenible un transporte aéreo tan barato? 
  • Cuando se habla de retorno económico ¿Por qué nadie hace la cuenta entre el retorno económico por uso (que es cero) y los costos de construcción, ampliación y mantenimiento de las autovías? ¿No será que nos gusta mucho conducir?
  • Hablando de autopistas y autovías, tan caras ellas (en el sentido de queridas y demandadas) ¿No generan el mismo efecto túnel con el que se señala acusadoramente al tren? Yo aún recuerdo los viajes de 7 horas y pico a Madrid, tan largos que te daban para el amaiketako de morcilla en Burgos y el cordero en Sepúlveda o Aranda. Es una pena pero yo ya casi no paro, y no consumo ¿y usted?
  • Ya metidos en este oscuro y maléfico efecto túnel que comparten el AVE y las autopistas, se denuncia la injusticia de que las zonas no servidas por el AVE quedarán fuera de la dinámica económica y, por tanto, empobrecidas. Ciertamente. ¿Queremos formar parte de ellas?

Me alegro de que se hagan cuentas y que se hagan bien. Los propios economistas reconocen que hacer previsiones siempre es difícil, “sobre todo si se refieren al futuro”, así que agradezco el esfuerzo pero cuando las decisiones tienen tanta trascendencia, y sobre todo cuando se dice pensar a largo plazo, me gustaría que también se incluyesen en las cuentas conceptos como los que planteo.

Estoy muy dispuesto a ser convencido pero, por favor, no nos olvidemos una vez más de incluir “el valor del Reino de Nápoles” (en este caso todo lo que el tren comporta). Porque es seguro que a quien no le salió nada rentable la guerra y en particular la batalla del río Garellano (un nombre tan bilbaíno) fue a los franceses, que la perdieron.

Publicado en eldiarionorte.es el 11 de mayo de 2015

A portagayola

Foto realizada por Manu Fernández. El Correo

Antonio Fernández Casado es un señor de Bilbao experto en hostelería, a la que siempre ha aportado conocimiento, dinamismo y valor añadido. En tiempos, su activísimo trabajo en uno de los más clásicos hoteles de la ciudad llegó a convertirlo en sorprendente centro de la vida social. Vamos que lo de Antonio ha sido siempre un no parar.

El año pasado aceptó hacerse cargo de la Presidencia del “Club Cocherito”, que es uno de los 2 clubes 2 que los amantes de la tauromaquia tienen en Bilbao, y muy antiguo además.

Recuerdo que la noticia de su llegada a la presidencia me hizo pensar algo así como “seguro que a partir de ahora sabremos más de ese club, ¡bueno es Antonio!”. Ya empezamos a saber. De entrada 6 candidatos 6 para las próximas elecciones fueron convocados esta semana a un debate sobre los toros. Algunos mandaron a buenos gregarios pero todos los grupos políticos comparecieron. Allí estuvieron el socialista Alfonso Gil, Luis Eguiluz, del PP, Andoni Rekagorri, por el PNV, Rodrigo Vilallonga, de Vox, Helena Gartzia, de Bildu y Asun Merinero que es candidata de Podemos.

Ahora que toda actividad pública que se presuma polémica es evitada o preparada con todo cuidado y la mayor de las prevenciones -que no hay papel de fumar bastante en los estancos de la villa- le pega todo a Antonio afrontar este debate a portagayola, con seriedad pero sin asomo de miedo.

Una vez en el ruedo público, los intervinientes mansearon en torno a aspectos económicos como el importante impacto de las corridas generales de agosto para la hostelería bilbaína y a las primeras de cambio escapaban buscando el cómodo olivo del relevo generacional de la fiesta o de la composición más o menos adecuada de la Junta Administrativa de Vista Alegre, tal y como era de esperar del frágil encaste que presentan nuestros políticos de ahora.

La faena discurría sin entrar al trapo de la auténtica brega para la que habían sido convocados y que presentaba el indudable peligro de que una palabra mal colocada supusiera alguna banderilla de castigo por parte de un sector u otro de un electorado respetable pero siempre frágil.

Un político de raza es el que resulta capaz de transmitir un criterio moral firme y claro, que sirva a sus electores e incluso a sus adversarios para adivinar por sus hechuras la que será su reacción ante el castigo que sin duda encontrará cuando se haga cargo de las responsabilidades a las que quiere acceder.

Quien pretendiera tal cosa pinchó en hueso. Los intervinientes salieron corretones y evitaron manifestarse con rotundidad, salvo para cargar la suerte contra la representante de Bildu, que trataba de armonizar su rotunda postura contraria a las corridas de toros, así en general, con el mantenimiento y apoyo local a la fiesta en algunas localidades guipuzcoanas de gran tradición taurina en las que su partido gobierna.

Como la corrupción y sus derivados no puede faltar nunca, no ya en un debate político sino incluso cuando se entrevista a un actor o a una folclórica (y si no fíjense en las secciones de ocio y TV) la lidia pronto derivó hacia el abuso de las entradas de la feria por parte de los concejales, que las reciben en razón de su cargo, y de si se debe o no destinar dinero público a actividades lúdicas que al fin resultan privadas, por más que supongan brillo y animación para la ciudad. Un debate que a mí me resulta tan interesante que me gustaría que se realizase no en el Club Cocherito sino en el campo de San Mamés. Lo digo para que quepamos todos y todas.

Finalmente, viendo que irrumpían en el debate las violencias (término que tomo prestado de la Secretaría General para la Paz y la Convivencia del Gobierno Vasco) el Presidente optó por el aviso, dando por terminado el festejo.

Silencio.

Publicado en eldiarionorte.es el 27 de abril de 2015

Eso no me lo dices tú en la calle

Ya ha empezado el desfile de declaraciones del caso Kutxabank y la cosa promete tener recorrido. Por supuesto que con el término “recorrido” no pongo en cuestión el que sin ninguna duda será el final para los acusados desde el punto de vista de su imagen y de su prestigio social: En ese aspecto están ya tan muertos como Fernando López Aguilar, o Rodrigo Rato ¡Faltaría más!

Lo que empieza ahora es el juicio “jurídico”. El juicio social ya se ha producido, ya se terminó y ya hubo sentencia: de culpabilidad, por supuesto, como pasa en todos los juicios que se hacen fuera de las salas, en los titulares y en las barras de los bares. Eso es agua pasada.

Al juicio “jurídico” le corresponde en todo caso aportar un poco más de espectáculo y, por lo visto, apunta a que no va a defraudar. De momento en sus declaraciones el anterior presidente, Mario Fernández, ha dicho que no olvida y que no acostumbra a “dejar heridos”, una expresión cuasi tabernaria que anuncia jugosas sesiones en el palacio de los Jardines de Albia.

Mikel Cabieces, acusado, ex delegado del Gobierno en Euskadi y ahora militante socialista en suspensión aérea, lo mismo Juan Fernando López Aguilar, también hizo unas declaraciones en su día de gran impacto.

Esto empieza a parecerse a una de esas películas del Oeste en las que la amenaza de una pelea tumultuaria en el Saloon sacaba a los parroquianos a la calle, entusiasmados ante la perspectiva. Lástima que no haya en torno al juzgado abrevaderos de esos en los que siempre acababa alguno de los contendientes.

Ahora parece que el abogado acusado sí que trabajaba, que el bufete de abogados sí se había hecho cargo de trabajos adicionales a los habituales, trabajos relacionados con las fusiones y adquisiciones de Kutxabank que de haberse dejado a su aire hubiesen supuesto para la entidad riesgos de decenas de millones de euros. Ya se habla de complot y de falsos informes de auditoría.

La caja supuestamente estafada no se ha presentado como acusación pero los declarantes no dudan de que su mano (como la del aldeano) está escondida tras la piedra arrojada.

Puede que el resultado del juicio reporte nuevas acusaciones públicas que supongan la condena social de más personas, de forma que se alimente así la maquinaria del descrédito de todas las instituciones que desde hace unos años hemos puesto en marcha en España con gran éxito de crítica y público.

Lo que es seguro es que de este caso, como de tantos otros parecidos, no va a salir nadie bien, ni los ya condenados de facto por la opinión pública, ni los que a partir de ahora sean acusados (y condenados igualmente) ni tampoco la propia Administración de Justicia, que puede que se vea obligada a declarar inocente a alguien o a cerrar el caso sin culpables, lo que clavaría otra punta en el ataúd de su ya deteriorada consideración social.

Al menos en el Oeste, cuando acababa la pelea solía haber whisky gratis en la barra pero aquí ni eso.

Extramuros de la OTA


Las antiguas ciudades medievales siempre disponían de sus correspondientes arrabales, una palabra procedente del árabe hispano que designaba el caserío que surgía fuera de los núcleos urbanos, constreñidos entonces por gruesas murallas defensivas.

Vivir en el arrabal no era plato de gusto, ciertamente. Allí iban a parar las clases más humildes que, aunque viviesen más aliviadas de la maloliente insalubridad de las atestadas villas, a cambio se veían sometidas al descrédito social y, lo que es peor, a la fácil degollina de cualquier atacante de los muchos que había. Que las murallas no se construían por gusto.

Nuestra calle Ronda, en cuyo número 16 nació Unamuno, el bilbaíno más universal (con perdón), no se llama así en recuerdo de las costumbres txikiteras ni tampoco en honor de los mozos que cortejaban a sus amadas sino que era justamente la calle que separaba la muralla de Bilbao de las primeras casas y por la que los centinelas hacían la ronda de vigilancia.

Aunque las murallas sean un recuerdo de hace siglos, otras fronteras menos imponentes pero igualmente ciertas han venido a sustituirlas. Hoy para sentirse arrabal puede bastar con no tener metro (de ahí la pelea de los vecinos de Rekalde) o, en estas últimas semanas, estar al otro lado de la impalpable muralla que, como torres tecnológicas, forman las canceladoras de la OTA. Es lo que está pasando en La Peña.

La OTA también comenzó, lo recuerdo bien, por las zonas urbanas de más prestigio y también recuerdo que en su inicio la zona “afectada” era tan pequeña que los vigilantes daban más que abasto para cubrir sus exiguas rutas, de modo que era cuestión de un minuto que te multasen si no tenías al punto aquellos papeles que se vendían en los estancos y que había que agujerear con la llave del coche. El resto de la ciudad respiró entonces aliviada al no verse sometida a aquella incómoda exacción, hasta que comprobó con espanto que los coches expulsados del elegante Ensanche empezaban a repartirse y saturar sus propias calles.

El sentimiento arrabalero, como de marginado, de vecino “de segunda” pareció reverdecer hasta que la frontera del ticket se fue extendiendo y los ánimos se calmaron. Pagando, eso sí.

Pero se equivocaban quienes creyeron que la periferia quedaría a salvo de la marea de aparcadores. Bilbao no es tan extenso y pronto los barrios a los que se iba acercando la normativa vieron sus calles atestadas de vehículos de desconocidos.

Por fuerza la cosa tenía que ir a peor porque, obviamente, no es lo mismo repartir los coches de una única zona prohibida entre otras muchas libres que amontonar los de muchas prohibidas en una sola libre. Doy fe de que la extensión de la OTA a San Adrián, Miribilla y Zabala ha causado gran contento y de que ahora se aparca allí como en las películas americanas (de frente y sin maniobrar) pero los vecinos del barrio de La Peña, ya de por sí estrecho de espacio, se han visto auténticamente inundados y se ha exacerbado su sentimiento de ser los marginados que viven en el arrabal medieval de una ciudad de titanio que les arroja, inmisericorde, lo que a ella le sobra y le incomoda.

Mal asunto este de tomar decisiones brillantes y populares sin valorar las peligrosas consecuencias secundarias que conllevan. El problema es que la política se ha malacostumbrado a que el largo plazo sea el escaso tiempo que hay entre una convocatoria a las urnas y la siguiente. Ya da igual incluso que se trate de municipales, autonómicas, forales, generales o europeas. Nuestros líderes brincan de una a otra elección, empapados de encuestas, como si atravesaran un río tumultuoso saltando entre sus piedras y, claro, con tanta adrenalina puesta a ver quién va a atreverse a señalarles los efectos secundarios de una vida tan apresurada. Bueno, quizás lo hagan los vecinos de La Peña.

Publicado en eldiarionorte.es el 13 de abril de 2015

Las ciudades que importan

Poder adquisitivo

De vez en cuando conviene mirarse con ojos ajenos, con unos que no estén ya cegados por nuestras propias rutinas, que a nosotros nos impiden ver aquello que para los demás resulta perfectamente obvio.

Hay quien lo hace yendo al psicólogo, otros acuden al confesionario y están los que tiran de los amigos. Todos hacen bien, sin duda. Lo importante es tratar de evitar que nos pase como a los peces, que no ven el agua.

Mi amigo Juan Carlos es cordobés y hace ya muchos años que viaja a menudo a Bilbao por motivos laborales. Como tanta gente que nos visita, Juan Carlos aprecia y valora la transformación que ha experimentado nuestra villa y ha sido testigo de los muchos cambios de Bilbao. Estos días me señalaba que una de las cosas que ha visto cómo cambiaba es la consideración que los bilbaínos tenemos de nuestra propia ciudad que, curiosamente, le parecía que no ha ido a más con el éxito de Bilbao, sino a menos.

“Somos una ciudad mediana, cómoda, accesible”…“todo está bastante cerca”…”no somos para tanto”… Son ideas que –me dijo- nos ha escuchado a varios y diferentes de sus amigos bilbaínos y que no por ser ciertas le dejaban de sorprender. “En otro tiempo no había bilbaíno -insistía- que no defendiese que erais casi la capital del mundo”. Es verdad que hoy seguimos haciendo esa clase de chistes pero son eso: chistes.

No sabría decir si esa modestia es o no un defecto. Supongo que hoy viajamos más y eso nos ayuda tanto a apreciar las muchas virtudes de la villa como a atinar mejor nuestro tamaño e importancia relativa. Lo que tampoco está mal.

Aunque Bilbao y los municipios de la Ría lograron superar la crisis industrial, el esfuerzo que nos costó levantarnos dio tiempo suficiente a otras ciudades para que nos alcanzasen. Hoy ya no estamos en el podio de las ciudades españolas, a lo más en un lugar digno del pelotón. Somos la décima en población y estos días hemos sabido que Madrid nos ha superado en el ranking de salarios más altos, un trofeo que muy pocos reconocerían en su cuenta corriente pero que parece que estadísticamente nos mantenía arriba.

Si a eso añadimos esa tendencia que últimamente nos asalta de querer convertirnos en una confortable ciudad de provincias: sin ruido, sin noche, sin botellón, sin riesgos…y, encima, con pocos niños que anden por ahí incordiando, ya tenemos casi todo el equipaje necesario para ir abandonando el centro del escenario, que es donde pasan las cosas.

El éxito que nos reconocen en la transformación de la ciudad ha llegado a mucha velocidad, tanta que no nos ha permitido disipar aún nuestra nostalgia de urbe referente, dinámica, sucia y rica. Estamos mejor ahora; seguro, pero parece como si echásemos de menos, si no la carbonilla, sí algo del empuje y del brío que tuvimos como ciudad industrial y que parece que siguiésemos añorando.

El próximo mes de mayo escogeremos nuevos ediles y, como a los soldados a los que el valor se les supone, a estos y estas habrá que suponerles inteligencia para percibir cuáles son los nuevos retos a los que se enfrenta la ciudad que quieren gobernar y también capacidad para correr riesgos, incluso los electorales, que son los más dolorosos pero los más necesarios cuando se trata de liderar a largo plazo y no de obtener aplausos a corto.

Mi amigo cordobés no es psicólogo, y menos aún confesor, pero me ha servido para comprobar que no soy yo solo el que vive este momento de nuestra ciudad con una mezcla de orgullo por lo que se ha hecho bien y desazón por no saber bien si estamos acertando en el camino para seguir en el grupo de las ciudades que importan. Estamos a tiempo…supongo.

La mancha de aceite llega a Miribilla

Dicen que los motoristas nos dividimos en dos grupos: los que ya nos hemos caído y los que se caerán. Yo, que soy reincidente de los primeros, pensaba algo parecido de las ciudades actuales; que se dividen en dos: aquellas donde ya hay un Mercadona y aquellas donde lo abrirán. Bilbao era de las segundas y va a incorporarse pronto al primer grupo. Esta semana el pleno municipal, salvo sorpresas muy inesperadas, aprobará la nueva ordenación de la parcela en la que se instalará el primer supermercado de Juan Roig en la villa.

El solar es ahora parte de la zona de juegos de una ikastola, a la que le van a venir muy bien los ingresos atípicos que aportará el supermercado. Que un símbolo de nuestra especificidad y diferencia más notable vaya a ser la puerta por la que entre en Bilbao el emblema de nuestra uniformidad cotidiana con el resto del país no deja de tener su “aquel” ¿no le parece?

Los responsables de Mercadona han dicho siempre que su estrategia de expansión es la de mancha de aceite (no consta si de oliva, virgen, español o de Marruecos…). El aceite, como es sabido, es un producto que se extiende lenta pero irremisiblemente por las cercanías de donde ya ha pringado. Bueno pues nos ha tocado por fin que nos llegue la mancha, que unos considerarán infamante mientras otros esperan con impaciencia el advenimiento de las cremas Deliplus, las pizzas Hacendado y la lejía Bosque Verde. Ya ven que mis viajes por la geografía española me han hecho un experto así que les aviso de que no es para tanto: ni el anticristo de la distribución ni el edén del empujador de carritos.

Los nuevos negocios que los consumidores miramos con especial atención son aquellos que nos sorprenden con un halo de novedad, que puede venir de los precios, de los horarios (con perdón) o del tipo de productos que ofrecen. Lo curioso es que la expectación que despiertan los nuevos modelos comerciales, como en su día McDonald´s, IKEA, luego OpenCor y ahora Mercadona viene siempre acompañada de un fenómeno también muy del momento, que son los nuevos enemigos 2.0, que las redes sociales han popularizado con el nombre de trols.

Seguramente el desembarco de la cadena de alimentación en Bilbao dará ocasión a que escuchemos las denuncias más asombrosas e increíbles sobre sus retorcidas estrategias de malignidad que recuerdan casi al Dr. No de 007 pero que, sobre todo, de puro desmesuradas lo que consiguen es apagar las objeciones razonables que sin duda habrá en este caso, más o menos como en todos los demás.

A veces, cuando me pongo conspiranoico, llego a pensar si no será una estrategia impulsada por los propios negocios, justamente para que la propia enormidad de las denuncias, capte la atención sobre ellos y les acerque nuevos clientes, deseosos de visitar en persona ese “averno” del ultramarinos.

La vida cambia y sigue adelante. Nuevos negocios y franquicias sustituyen a los tradicionales templos de la hostelería. El último en caer ha sido el Lekeitio, de la calle Diputación, dando la razón así a Jorge Manrique, cuando nos recordaba “pues que todo ha de passar por tal manera”.

Yo, por si acaso, procuraré que mi moto no resbale con la mancha de aceite que Roig ha extendido también a Bilbao, que creo que ya llevo el cupo de golpes cubierto, ¡demonios!

Cargadores sí, pero ventanillas también

Hace unos mil años un amigo, directivo del transporte, me describía su asombro porque en un viaje de trabajo a los países nórdicos había visto a altos ejecutivos hablando desde sus teléfonos móviles mientras viajaban en los autobuses públicos de la línea que unía el aeropuerto con la capital.

Bueno, en realidad no creo que hayan pasado mil años, pero ciertamente lo parece. Entonces, quien disponía aquí de teléfono móvil era parte de una selecta minoría social a la que ni se le pasaba por la cabeza que se pudiera ir al aeropuerto en un vehículo distinto al de su empresa y conducido, a su vez, por el chofer correspondiente. Cuando no contaban con esa opción, que para ellos era simplemente la normal, se veían obligados al taxi. No había otras opciones. De hecho, creo recordar que entonces en Bilbao simplemente no las había.

El precio inalcanzable de aquellos teléfonos, el de las llamadas y que nuestros ejecutivos siempre han sido mucho más altaneros, estirados y clasistas que los nórdicos, eran razones que hacían lógico el asombro que entonces compartimos mi amigo y yo: que personas portadoras de teléfono móvil, por tanto altos ejecutivos sin la menor duda, viajasen en autobús era cosa de admirar ¿cuándo seremos así de europeos? nos preguntábamos.

No creo que seamos mucho más europeos que entonces pero la revolución digital cotidiana que nos ha venido después (y que sigue en marcha) ha puesto en manos de casi todo el mundo aparatos que harían palidecer a aquellos ladrillos que portaban los personajes más exclusivos. Sospecho que nuestros altos ejecutivos no habrán cambiado mucho, pero la tecnología sí que lo ha hecho, hasta convertirse en parte de la vida de casi todos. Y, además, a un ritmo que no era posible ni siquiera imaginar en aquellos años.

Leo ahora que cinco de los nuevos autobuses que se van a incorporar a la flota de Bilbobus ya van a venir con un puesto en el que se podrá cargar el móvil y que la vocación es que todos los vehículos de la flota se vayan sumando a esa nueva oferta. En estos momentos la frontera entre nuestra vida social más dinámica y la súbita, triste y melancólica soledad no la establece nuestra mayor o menor fortaleza psicológica sino la duración de la batería del móvil, así que ya estoy viendo el albondigón de gente en torno al puesto de recarga, pillando enchufe.

Me gusta la idea, como también la de que los autobuses puedan portar bicicletas hacia los barrios altos. En esta ciudad con cuestas, en la que no faltan motivos de queja, que el transporte público se acomode a las necesidades de la gente, se esfuerce por ser una opción atractiva, con calidad y con capacidad de innovación es muy buena notica.

Ahora solo queda recapacitar sobre si nuestra dependencia enfermiza de la tecnología nos hace o no mejores pero una reflexión tan transcendental no podemos delegarla en los responsables del transporte, que bastante han hecho atendiendo a la recarga de nuestros móviles.

De momento aunque lo normal es que casi todos viajemos sin levantar la vista del smartphone, sugiero a los gestores de Bilbobus que, por favor, se siga manteniendo la existencia de las aparentemente inútiles ventanillas. Soy un antiguo, como ven.

Publicado en eldiarionorte.es el 15 de marzo de 2015