2015

5ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Así, con elegancia, como desmayado, pero ¡ojo!
Sigo con mi serie de entregas sobre cómo ve el tráfico madrileño un novato.

9.- ¿Qué serán esas luces rojas?

En Madrid hay muchos túneles, particularmente largos son los de la soterrada M30, una obra económicamente faraónica que, sin embargo, ha significado la recuperación para la ciudad de una zona antes muy degradada en torno al Manzanares. Madrid Río es hoy un entorno extraordinario, conectado con el también recuperado matadero, ahora centro cultural y de ocio. Siendo yo del mismo Bilbao, como soy, no preguntaré a cuánto ha salido el metro cuadrado de paseos y zona de ocio ¿para qué andarse con menudencias?

Me he desviado pero mi intención era hablar del comportamiento de los conductores madrileños en túneles como esos de la M30 y en otras vías rápidas. En tales lugares se puede ver un fenómeno curioso y muy característico. Sucede cuando aún el tráfico discurre con agilidad y de pronto empiezan a verse unas luces rojas que se iluminan allí delante, a lo lejos.

De ninguna manera piense usted que los vehículos que le rodean van a frenar, ni siquiera a levantar el pie del acelerador ¿Qué se ha creído? Si quiere disminuir la velocidad por si acaso allá usted… mejor, porque dejará sitio delante que aprovecharán para ocuparlo rápidamente los demás, porque ha de saber que los conductores madrileños no se rinden y nunca pierden la esperanza de que esas luces sean de algún circo, de un puticlub en mitad del túnel o algo así. Los menos imaginativos puede que piensen en un inminente atasco pero también continuarán, impertérritos, convencidos de que el tapón que podrían anunciar esas luces rojas no llegue a producirse finalmente y el lugar quede despejado en pocos segundos, antes de que ellos lleguen. Por si acaso ellos el freno, ni tocar. Usted verá.

10.-  El brazo colgando fuera

Esto me encanta. Es toda una maravilla de la comunicación no verbal que ha evolucionado de tiempos de nuestros ancestros, de cuando las señales con el brazo no solo eran válidas sino que estaban regladas y se enseñaban en las autoescuelas, no sé si se sigue haciendo. Lo que sí se es que es maniobra muy común en taxistas, pero no exclusiva de ellos.

El brazo colgando fuera del coche, así como desmayado, significa en Madrid que su dueño se reserva el derecho a algo. A lo que sea. El brazo inmóvil al sol le da derecho al conductor a iniciar en cualquier momento, sea inmediatamente o no, siempre a su gusto, cualquier maniobra de giro, parada, cambio de carril o lo que sea sin que nadie pueda argüirle, ya que podrá responder con un inapelable “¿es que no has visto el brazo?, gilipollas!

Así que ya sabe. Cuando vea un brazo colgando, atento que va pasar «algo» ¡qué expectación!

Próximas entregas:
Los túneles sorpresa
El autobusero ciego

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4ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Esta palanca, siempre impecable, sin estrenar

7.- Los intermitentes y la maniobra guas

Información de utilidad para panchitos que ignoran el concepto básico NIFOM, ya descrito. El intermitente sirve, tal y como nos enseñaron, para avisar al resto de vehículos de nuestra intención de cambiar de dirección o de carril. Precisamente por eso es tan peligroso en Madrid, y por ello tan poco utilizado. Conductores hay que alardean del impecable estado de sus intermitentes asegurando, orgullosos, que nunca ha pasado por sus bombillas amarillas un solo amperio desde el mismo día en que adquirieron el vehículo.

Activar el intermitente para cambiar de carril comunica a quien viene tras nosotros nada menos que nuestra intención de ponernos delante de él, esto es, que tenemos intención de atentar contra el principio básico. Por supuesto que ante tamaña amenaza su reacción, lógica en aplicación del principio NIFOM, será acelerar a toda prisa para tapar ese hueco que sin duda en un momento de descuido imperdonable había dejado delante y que usted, taimadamente, pretendía ocupar ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Como cambiar de carril es inevitable para conducir por la ciudad, se han inventado una forma típicamente madrileña que sustituye al engorroso trámite de los intermitentes. Se trata de la denominada “maniobra guas”. Consiste en que cuando ve usted un hueco entre dos coches, sin previo aviso y en un rápido movimiento de volante, hace ¡guas! y se mete. Es lo que hay.

¡Ojo! La maniobra guas, para merecer tal nombre, requiere que se realice con rotundidad e inmediatez, nada de torpes acercamientos previos ni avisos o tentativas timoratas que le restan su particular elegancia y brillantez, virtudes que a veces (no siempre) le valen incluso el reconocimiento del coche adelantado a la voz de: ¡Mira qué listo!

8.- La distancia de seguridad

Es la contraparte de la maniobra guas. Como ya debería usted haber deducido por lo que llevamos explicado, en Madrid mantener la distancia de seguridad consiste justamente en asegurarse de que entre usted y el de delante no cabe nadie. Es decir que ningún vehículo va a poder hacerle la maniobra guas, atentando contra su derecho al NIFOM y relegándole hacia atrás en la cola.

Para eso hay que ir bien atento y bien cerquita del coche precedente, claro. Ni que decir tiene que el equilibrio entre la seguridad madrileña de que no se le cuele ningún listo y la otra seguridad, la de que no acabe usted estampado contra el de delante si éste frena es asunto de gran enjundia, mucho equilibrio y considerable dificultad pero nadie dijo que fuera fácil.

Próximas entregas:
¿Qué serán esas luces rojas?
El brazo colgando fuera
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La boda

Me alegró mucho saber que el presidente Rajoy y la cúpula del PP se lo habían pasado tan bien como dicen en la boda de Javier Maroto y su pareja. No me molesta y sí que me alegra mucho. Sinceramente. Me alegra sobre todo porque es una excelente noticia que el matrimonio entre personas del mismo sexo sea visto con normalidad por políticos de toda ideología.

No obstante, también comprendo la indignación de quienes han denunciado la doble moral de quienes se opusieron ferozmente a la ley del matrimonio homosexual y ahora festejan uno de esos matrimonios que “desnaturalizan la institución básica”, según escribieron cuando intentaron parar ese avance en las libertades cívicas. También ese.

Digo “también ese” porque a la derecha española le cabe el honor de ser el grupo político que siempre ha tratado de impedir, una tras otra, todas y cada una de las libertades que a lo largo de décadas se han ido al fin consiguiendo en la calle y en la Ley.

Nunca podrán presumir de ser quienes trajeron la democracia. Bien al contrario, ésta tuvo en las filas de la derecha algunos de sus más acérrimos enemigos. Abominaron de la Constitución, muy especialmente de las autonomías que luego gobernarían. Muchos se negaron públicamente a votarla, por más que ahora la empuñen como si fuese un escudo, sin comprender que fue siempre un acuerdo.

Jamás podrán decir que crearon el sistema Nacional de Salud, lo hicieron otros. Ni tampoco la enseñanza obligatoria y gratuita, ni mucho menos el divorcio (la que liaron con algo que era normal en todo el mundo desarrollado). No metieron a España en la Unión Europea. Ni siquiera pudieron apuntarse el tanto de haber acabado con el terrorismo de ETA, que les hubiera gustado tanto.

Todos los grandes actos que trajeron derechos y modernidad a España los impulsaron sus adversarios socialistas, casi siempre con apoyo de terceros. Pero siempre sin los populares y a menudo contra su opinión, su voto y su acción ruidosa en la calle. Excepto la entrada de nuestro país en el Euro a nuestra derecha no le cabe reivindicar ninguno de los grandes hitos del desarrollo de la España democrática.

Que todos esos intentos permanentes de regresar al pasado les hayan salido mal y que la realidad imparable les haya arrastrado finalmente a ellos mismos, no quita para reconocer su “heroica” insistencia contra las libertades, su militancia activa contra la modernidad y su incansable tendencia a desconfiar de la madurez de la sociedad española. Así ha sido.

La buena noticia es que esa resistencia siempre se ha producido contra la corriente que a ellos mismos les estaba llevando porque, naturalmente, nuestra derecha también es un grupo heterogéneo y complejo, como lo son todos los que abarcan a un gran número de personas.

Teniendo mayoría absoluta han dejado la ley del aborto prácticamente sin tocar, pese a los soponcios morales que les parecía causar cuando estaban en la oposición. Eso sí, han conseguido mantener paralizados los derechos de las personas dependientes pero todo se andará y esa batalla la perderán también. Tienen abuelos y no todos son ricos.

Está visto que la marea de la modernidad les alcanza siempre y algunas veces, como en este caso del matrimonio homosexual, la ola les ha pillado de lleno, mojándoles hasta las canillas el traje de boda. Si se mira bien la cosa no deja de tener cierto tinte cómico.

Con todo, insisto, a mí me sigue pareciendo una buena noticia, tanto la boda como la presencia en ella de altos dirigentes populares, contentos de participar en la fiesta de uno de sus amigos homosexuales. Me parece estupendo ver otra batalla ganada para todos, también para Maroto y su marido.

Creo que batalla real que está dando ahora nuestra derecha es la que mantienen contra los derechos laborales, y esa no tengo yo tan claro que la vayan a perder. Para impedir que la ganen habrá que hacer algo más que regodearse en la divertida contradicción de la boda. Digo…

Publicado en eldiarionorte.es el 25 de setiembre de 2015

3ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos



5.- Los semáforos

Ya lo decía Schwarzenegger en Terminator: Rojo: parar. Verde: acelerar. Amarillo: acelerar más. Es tan cierto eso en Madrid que algunas veces respetar un semáforo ámbar puede llegar a ser causa de accidente.

Si ve usted que tiene algún vehículo detrás y se acerca a un semáforo, ponga mucha atención porque puede que quien le siga sea uno de esos muchos conductores que no solamente se saltarían el semáforo si les tocase a ellos, que eso por supuesto, sino que como el fraile, que cree que todos son de su aire, cuentan con que el primero, el segundo y a veces incluso el tercero de los coches que les preceden se va a saltar el disco ámbar/rojo para que ellos también puedan pasar.

Antes y después. La tradición continúa

Cuando no es así, el rapidillo de atrás se encuentra ante la desagradable sorpresa de que tiene que abortar su ya iniciado acelerón, con el riesgo y el cabreo consiguiente que eso significa.

Una forma de reducir el peligro es tocar el freno desde muy atrás, según se ve el disco ámbar haciendo obvio que va a detenerse y disuadiendo así al zaguero de iniciar su maniobra de lanzamiento. Sin duda exclamará algo así como “¿no irá a pararse ese anormal?” y no faltará quien le pite indignado reclamando su derecho, que usted ha violado, de saltarse el semáforo.

Aunque la reacción del Fitipaldi urbano pueda resultar desabrida piense, en cambio, que estará usted salvando su parachoques y sus cervicales.

6.- Los cruces

Hay en la ciudad zonas del suelo pintadas con una retícula amarilla que, como todos los conductores madrileños saben, están ahí en recuerdo de la parrilla en la que martirizaron a San Lorenzo, de gran devoción en la villa. ¿Es eso no?

El trámite en los cruces es el siguiente: puesto que el semáforo verde le ha dado derecho a pasar, usted pasa, aunque solo pueda avanzar unos metros para pegarse bien pegado al tapón que se ha formado a la entrada de la calle de enfrente. Solo faltaría que se quedase ahí parado como un gilipollas y perdiese el siguiente semáforo. Luego ya se verá. Usted, por de pronto, ha pasado y los demás que arreen. (¡Cómo me gusta a mi esa expresión tan nuestra! tan representativa de la insolidaridad nacional, insolente, bravucona y orgullosa de sí misma,)

Pero volviendo al cruce, como se le ocurra a usted la tontería de quedarse ahí para evitar bloquear el cruce, no solo le montarán un buen pollo de pitidos desde atrás sino que verá -infeliz- cómo la fila de coches a la que ha cedido el espacio con tanta amabilidad y civismo ocupará rápidamente el espacio sobre la parrilla y ahí se quedarán cerrándole a usted el paso cuando el semáforo se le abra, tontolaba.

El resultado es que incluso las personas más afables y cívicas solo respetan el cruce una vez, hasta que comprueban el resultado y se dan cuenta de que o avanzan en medio de la retícula amarilla, como hace todo el mundo, o se quedan ahí a vivir, si es que no los asesinan los conductores que van detrás.

Próxima entrega:
Los intermitentes y la maniobra Guass
La distancia de seguridad
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2ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Duelo a garrotazos. Francisco de Goya
Continúo con mi guía para ayudar a que los conductores foráneos se adapten a los modos del tráfico en la capital de España.
De nada

3.- Un trece-catorce

Se llama así a cualquier maniobra ilegal, sea o no peligrosa pero siempre inverosímil, que se hace para ahorrar un incómodo trayecto a la que uno estaría obligado de haber respetado las direcciones y giros establecidos. El ahorro de tiempo y distancia son variables y pueden ir desde evitar una simple vuelta a la manzana hasta hacerlo a la comunidad autónoma entera, dependiendo de si se trata de un giro en una calle céntrica o si bordea usted el peligro de caer en el cinturón de asteroides de las M30, 40, 45, 50 o de las radiales de pago (de las que hablaremos otro día).

Las obras en la vía y los frecuentes cortes alimentan esta costumbre de nombre tan evocador. Evocador de no se sabe qué pero en todo caso muy acendrado en la movilidad urbana de la corte.

4.- El claxon
Ya no es lo que era pero aún se usa con profusión. El claxon en Madrid significa “¡oye tú!”, que como todo el mundo sabe quiere decir…lo que sea que quiera decir el pitador.

Cuando lo que ha hecho usted ¡Alma de Dios! ha sido cometer la osadía de atentar contra el principio básico NIFOM y pretendía, por tanto, ocupar el carril por el que viene alguien (siempre viene alguien) es muy fácil deducir el motivo del enfado, ¿qué otra cosa si no? Da igual que el indignado se acerque a 100 ó 200 metros por detrás. Pitará. Fijo.

Sin embargo el claxon tiene en Madrid dos usos particularmente llamativos que son el concierto y el duelo. El primero se da cuando en medio de un tapón de tráfico, por definición lleno de cerebros incómodos con sus amígdalas sobrestimuladas, alguien empieza a pitar por cualquier motivo. Como si se abriese entonces algún tipo de válvula aliviadora pronto los conductores contiguos “se animan” a dirimir sus propias cuitas con quienes les rodean y tiran de claxon ellos también, con lo que queda inaugurado el concierto.

El duelo, en cambio, es más íntimo y aparece cuando dos conductores en un conflicto de tráfico se pelean por ser “quien tenga la última palabra”, siendo así que ninguno renuncia a pujar detrás del contrincante en un intento de hacerse con una supuesta razón que le daría ser el último en pitar. Inmovilizados uno junto al otro, soltando ira por sus gargantas mecánicas (y a menudo por las otras) recuerdan el “Duelo a garrotazos” de Goya. Las tradiciones más profundas, ya se sabe, siempre acechan bajo la fina piel de la civilidad.

Usted conduzca razonablemente, por supuesto, pero nunca dude de que habrá mil y un motivos ignotos por los que se puede sufrir un bocinazo airado en las calles o autovías de Madrid. No vale la pena intentarlo pero si quiere molestarse en adivinarlo no descarte que el motivo sea simplemente el hecho de que usted exista: “¡Oye tú!”.

Y a Goya, mejor véalo en El Prado. Por supuesto.

Próxima entrega:
Los semáforos

Conducir en Madrid. Guía para paletos. 1ª entrega

Aunque llevo muchos años moviéndome por Madrid, es reciente mi incorporación a la vida cotidiana de la villa. Cotidianeidad que incluye, naturalmente, la de moverse por sus calles en un vehículo en horas punta, que son casi todas, y en horas valle, que son casi ninguna.

No creo que el tráfico de esta ciudad sea peor de lo que inevitablemente corresponde a una gran urbe, pero lo que sí he visto son algunas actitudes muy propias y características de la cultura del tráfico local que siempre han llamado mi atención como foráneo. Son esas las que, tomadas con un poco de humor, constituyen el material que he seleccionado para esta pequeña serie de posts que inicio hoy.

OJO: Visto cómo está el patio y que estos textos podrían ser rebotados y reenviados por esas redes sociales de Dios, donde uno no sabe ni quién los leerá ni cómo los interpretará, igual conviene que incluya una nota legal, del mismo tipo de las que se leen en las bolsas de plástico advirtiendo de que si te las pones por la cabeza y las cierras bien por el cuello, te podrías ahogar. Que nunca se sabe.

Allá va: Esta guía está compuesta de textos fundamentalmente HUMORISTICOS (que quiere decir que tratan de provocar alguna sonrisa) y no sirven como guía de conducción, ni su aplicación sirve como eximente a las opiniones, siempre tan bien fundadas en derecho, de los agentes de la autoridad competente, ni mucho menos deberían utilizarse como textos en autoescuelas. Digo, por si acaso.

Hecha esta increíble pero tal vez necesaria aclaración, procedo con las dos primeras entregas de esta guía:

1. El principio básico NIFOM (Que nadie se me ponga delante)
Todo el comportamiento de los conductores de Madrid se rige por esta ley primigenia, omnipresente y fuente absoluta de la verdad al volante en Madrid: “Que nadie se me ponga delante” cuyas siglas en inglés NIFOM (Nobody In Front Of Me) me acabo de inventar.

Esto es lo más importante que debe usted conocer y entender porque su aplicación es universal y de su ejercicio militante se desprenden la mayor parte de los conceptos que se explicarán en los post de más adelante.

Pensará usted que preferir que el espacio delante de nosotros esté despejado es algo lógico y normal para cualquier conductor en cualquier lugar. Es así, en efecto, solo que en Madrid este deseo adquiere rango de exigencia, es algo obsesivo y se cuida casi como si se tratase de una cuestión de honor. El conductor que se distrae, como la oveja que bala, parece que pierde el jugoso bocado de su lugar en el atasco.

Es así que la pulsión defensiva de los conductores madrileños hacia el espacio que hay delante de ellos no admite rendición. Por atestada que esté la calle o la autovía y por evidente que sea que tal cosa no va a cambiar en un buen rato, la tensión en la preservación del espacio que les separa del coche precedente jamás se alivia. Aparentemente el terror de verse relegados poco a poco hacia atrás en la cola es tal que no hay lugar al desistimiento, a la cobarde e indigna renuncia.

Puede que se trate de un residuo del histórico y muy madrileño “No pasarán” ¿Quién sabe?, lo cierto es que si es usted capaz de entender el principio NIFOM, tiene andada la mitad del camino para comprender cómo debe moverse por las calles de Madrid y qué cabe esperar de sus compañeros de atasco. Que nadie se le ponga delante, pringao!

2. El vals de la M-30
Uno de los frutos característicos del principio áulico NIFOM es esta vistosa maniobra, que no se baila solo en esa autovía llamada tramposamente “calle”, sino que es típico de todas las vías rápidas de Madrid. Es un espectáculo muy bonito, que disfrutan los que más los matemáticos expertos en teoría de colas.

Para apreciarlo en todo su esplendor nada como una leve pendiente cuesta abajo que le permitirá ver cómo docenas de coches delante de usted se cambian de carril a cada instante de uno a otro lado, ahora a la derecha, ora a la izquierda, otra vez a la derecha para volver al carril izquierdo al momento, unos delante y otros detrás, cruzando sus trayectorias, como persiguiéndose, como si estuvieran dibujando alguna trenza imaginaria de rodadas sobre el asfalto. Precioso, oiga, es de verlo.

Naturalmente la maniobra tiene como consecuencia final que el coche danzarín que al inicio le acompañaba, cinco kilómetros después de su circense actuación se encontrará dos o a lo sumo tres puestos por delante de usted en el mismo atasco. Pero: ¿Lo que ha disfrutado y lo satisfecho que se le ve de todo lo que ha adelantado? ¿Eh?

Próximas entregas:
Hacer un trece-catorce
El claxon

Occidente es malo pero muy importante

Hay quien cree que las pirámides de Egipto y de Mesoamérica son obra de extraterrestres, simplemente porque no imaginan que un pueblo no europeo-blanco fuese capaz de tales obras. Es el mismo eurocentrismo de quienes creen ingenuamente que impedir una guerra es pan comido para las “potencias occidentales”, que basta con que llegue un comandante de la ONU y mande a parar.

El asombroso complejo de creernos estrellas rutilantes en un mundo de actores secundarios y extras nos obliga al agotador trabajo de convertirnos en protagonistas indiscutibles de todo lo que pase en el mundo, del que seríamos siempre el centro, tanto de lo poco bueno como, sobre todo, de lo mucho malo.

Así que cada vez que alguien en cualquier país inicia una guerra o comete una atrocidad, como la ablación femenina, la ejecución de prisioneros, la destrucción de Palmira, la exterminación de una etnia rival o la lapidación de adúlteras, la primera preocupación de la opinión pública occidental es buscar una explicación para que seamos nosotros quienes tengamos la culpa de todo ello. Solo entonces descansamos.

Necesitamos la confirmación de que, como siempre, es nuestra influencia satánica –pero nuestra y de nadie más- la que ha llevado al horror a esos “buenos salvajes rousseaunianos”, que nos rodearían y cuya infantil y benéfica humanidad sólo puede torcerse forzada por nosotros.

Lo indudable es que para hacer una guerra, como la que asola Siria y como cualquiera de las que el ser humano viene haciendo desde que lo es, hacen falta tres cosas: un motivo de odio (que es algo que sobra por todo el mundo), gente dispuesta a matar por ese motivo (que tampoco suele faltar) y muchísimo dinero (que es lo más difícil de conseguir). Por eso las guerras suelen hacerlas los Estados, que son los que disponen de medios económicos para meterse en tan crueles pero rentables aventuras.

En la actualidad esto ha cambiado un poco porque si uno tiene la suerte (y sus vecinos la desgracia) de tener acceso a algún producto con gran demanda en el mercado internacional, puede conseguir el dinero que necesita para mantener un ejército con el que machacar a sus enemigos y hacerse con el poder.

Resulta horrible saber que es nuestra demanda de petróleo, oro, gas, pesca, coltán, cocaína, etc. lo que financia las guerras y otros conflictos que tanto nos escandalizan, pero de ahí a pensar que es el motivo que las provoca hay un tramo que solo se puede recorrer por la senda del engreimiento, de la creencia de que los occidentales tenemos que ser el ombligo de todo y que el resto de la humanidad se mantendría en un estadio de inmadurez subordinado a nuestra voluntad, maligna por supuesto, pero la única adulta. Así lo describía Jon Stuart Mill hace siglo y medio:


“Los que están todavía en una situación que exige sean cuidados por otros deben ser protegidos contra sus propios actos, tanto como contra los daños exteriores. Por la misma razón podemos prescindir de considerar aquellos estados atrasados de la sociedad en los que la misma raza puede ser considerada como en su minoría de edad”

¡Tela! Eso lo escribía uno de los grandes pensadores de la libertad humana. Eso sí, en su tiempo. Lo malo es que sigamos pensando así en 2015. Y aún peor, que lo hagamos arropados en una supuesta modernidad tan estupenda y liberadora.

Es muy difícil que haya una guerra si alguien no la paga, cierto, pero es imposible que exista si los contendientes carecieran del odio, el fanatismo y la inhumanidad que hacen falta para sacarle las tripas al vecino o rebanarle el cuello a un prisionero, aunque el cuchillo se haya fabricado en Eibar o la cámara con que se grabe el vídeo venga de Taiwán.

El dinero de las zonas oscuras de occidente ayuda a financiar guerras, sin duda, pero sin las ideologías agresivas y la codicia de los contendientes tampoco las habría. Los asesinos, fanáticos y genocidas pueden ser todo eso pero no son tontos. Creerlo no deja de ser una prolongación de la mentalidad colonial de los europeos hacia el resto del mundo, por muy disfrazada de buena voluntad y de progresismo que se nos presente.

Tal vez ese complejo de superioridad sea nuestro modo de manejar la desazón que nos causa un mundo tan lleno de maldad inabarcable. Por eso preferiríamos pensar que todo el mal está en nosotros. Al menos así mantenemos la esperanza de que tal vez un día pudiéramos remediarlo. La realidad es mucho peor y ya la describía bien el gran José Sazatornil: “¡Esto es un Sindiós!”.

Publicado en eldiarionorte.es el 7 de setiembre de 2015

Apátridas en su propio país. (En República Dominicana, claro)

El terremoto de 2010 levantó una ola de solidaridad en todo el mundo

No falla. No hay ninguna forma de nacionalismo al que no le sobre una parte de sus ciudadanos. Pasa siempre porque ninguno renuncia jamás a establecer un paquete cerrado de requisitos para ser “un buen…lo que sea” (el kit suele incluir una o varias de estas variables: idioma, religión, ideología, origen, raza, color de piel, tradiciones, etc.). La diversidad es lo que más incomoda a los patriotas.

Recuerdo bien la coplilla:

Quien al oír: ¡Arriba España!…con un ¡Arriba! no responde…si es hombre no es español,…si es español, no es hombre.

…que a la dura exigencia ideológica del nacionalismo fascista español añadía un provocador tufo homófobo.

El pastoso y cálido concepto de “pueblo” siempre es más exigente que el frío e individualista “ciudadano” y cuando se pone en marcha la cosa patriótica la única duda que cabe es cuándo y con qué intensidad se aplicará la limpieza a los “ajenos”, si en un futuro lejano, próximamente o de forma inmediata.

El futuro lejano ya ha llegado a la isla caribeña de La Española donde el Presidente Dominicano, Danilo Medina, se dispone a poner en marcha la deportación de cientos de miles de sus propios ciudadanos que incumplen los requisitos para ser “un buen dominicano”. Se trata de las personas que carecen del requisito de origen por ser haitianos, hijos de haitianos o nietos de haitianos.

Da igual que hayan nacido en República Dominicana, que ese sea su país y el de sus hijos, que hablen su idioma, que no conozcan otro. Serán ciudadanos pero, al faltarles el requerimiento étnico, ya no son parte del “pueblo dominicano”. Así se ha decidido y así lo ratificó el propio Tribunal Supremo al determinar que las familias de padres haitianos estaban “temporalmente” en el país, aunque la realidad sea que llevan ahí tres generaciones. Como consecuencia, el objetivo declarado es deportarlos a todos.

Entre los afectados que han descubierto súbitamente que no eran compatriotas de sus vecinos hay muchos miles de personas, que nacieron en el que creían su país y que no tienen ninguna otra patria, cualquier cosa que eso signifique.

Haití, a donde quieren enviar a cientos de miles de personas, no solo es uno de los países más pobres de la tierra sino que aún no se ha recuperado del terremoto que, en enero de 2010, prácticamente destruyó el país, mató a más de 300.000 personas y dejó a más de millón y medio sin hogar. Una de las catástrofes mayores de la historia reciente, puede que aún lo recuerden, el humorista Forges hizo todo lo posible para que no nos olvidásemos.

Lo curioso es que el 95% de la población de aquel país tiene su origen étnico en los miles de esclavos llevados allí desde África para trabajar en las plantaciones de caña, supongo que “temporalmente” según la doctrina del Tribunal Supremo de la patria vecina.

Qué cosas pasan en el Caribe ¿verdad?


NOTA:
Este artículo recibió una réplica por parte de la Embajada de la República Dominicana en España que puede usted consultar aquí.

Legislar, antes de que se enfríe …

Resulta difícil reflexionar sin apasionamiento en medio de tanta indignación como están causando estos días los asesinatos de Leyre Rodríguez, en La Peña o los de Marina Okarynska y Laura del Pozo, en Cuenca, lo mismo que las agresiones contra mujeres que se han producido en fiestas populares.

Así que no sorprende nada que incluso personas de mucho conocimiento sobre el drama de la violencia contra las mujeres, se expresen ahora más movidas por la cólera que por la reflexión. Solo así se puede entender que se lleguen a decir cosas como que la sociedad sigue “tan campante” en medio de este horror o que se desprecie y banalice el esfuerzo que se ha realizado durante años, política y también socialmente, contra esta lacra. Cada asesinato es, ciertamente, un fracaso del sistema -terrible sin duda- pero es un fracaso, no supone un argumento para desmontar a toda prisa lo realizado sino una razón más para mejorarlo.

Una de las propuestas que se han escuchado estos días es la de retirar a las mujeres maltratadas el derecho que hoy tienen a no declarar contra sus familiares agresores. Ciertamente tal derecho procede una concepción muy trasnochada y también peligrosa de “la familia”, pero antes de dar esta solución por buena tal vez haya que mirarla con calma.

Comprendo que subleva a cualquiera ver cómo un maltratador cierto escapa de su castigo porque su víctima -aterrorizada- se acoge a su derecho a no declarar contra él. Si la mujer declarase su palabra adquiriría un gran peso que, sumado al resto de pruebas, facilitaría la condena. Resulta indudable.

Como indudable resulta también que si obligamos a declarar a esa mujer que hoy evita subir al estrado -insisto- aterrorizada por su maltratador, no serán uno ni dos los casos en que el miedo la haga mentir y negar de raíz cualquier maltrato.

En tal caso, por obvio, y por humanamente comprensible, que pueda ser para todo el mundo en la sala que la testigo miente (cosa que hoy puede evitar no declarando), su testimonio, efectuado solemnemente en sede judicial y ante el tribunal adquirirá la misma fuerza para exculpar que la que se pretende que tenga para condenar. Por tanto nos encontraríamos con casos (sospecho que no pocos) en los que la declaración de una mujer destruida emocional, personal y humanamente por su pareja será lo que salve a su maltratador, tal vez a su futuro asesino.

¿Por qué hemos de creer que, de pronto, tantas mujeres machacadas, esas que vuelven con su verdugo, que le reciben de nuevo, que retiran las denuncias, que rompen las cautelas de seguridad que la Justicia les facilitaba, y que, por supuesto, se acogen por miedo al derecho de no declarar, van a transformarse súbitamente en firmes, equilibradas, razonables, valientes y poderosas y van a mirar a la cara de su maltratador delante del juez acusándole públicamente? ¿De verdad nadie ha pensado en eso?¿Nadie ha pensado que puede suceder justo lo contrario de lo que se pretende?

De modo que si las pruebas no resultan concluyentes podríamos encontrarnos con que el testimonio, prestado a la fuerza, de una mujer destruida y aterrorizada suponga la libertad para su verdugo. Por el contrario, y aún peor, si la mujer victimizada negase los hechos en un caso con pruebas irrefutables podría verse acusada del delito de perjurio. Solo eso le faltaba cuando lo que precisa es protección, apoyo y seguimiento.

Un ejemplo cercanísimo de lo malas que son las ocurrencias en caliente es que la mal llamada “Prisión Permanente Revisable”, que en realidad debiera llamarse “Cadena Perpetua para Crímenes que Generen Grandes Titulares” al parecer no va a poder aplicarse al presunto pero casi seguro asesino de las dos mujeres de Cuenca. Nos encontramos así con que una ley creada ex-profeso para apaciguar la ira popular, falla justo cuando más falta hacía.

Por difícil que sea mantener la calma ante injusticias tan flagrantes, el esfuerzo merece la pena si queremos buscar soluciones reales y no solo titulares. La ira es tan comprensible como inútil.

La «mano invisible» tiene sede en Alcalá 47

Adam Smith

Si lo prefiere, también puede usted dirigirse a Carrer de Bolivia, 56, en Barcelona. Muchas facilidades me parecen para acceder a lo invisible, ¿no cree?

En pleno siglo XVIII, Adam Smith publicó su obra “An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations”, más conocida como “La riqueza de las naciones”. Una obra fundamental en teoría económica en la que aparece la metáfora de la “mano invisible” con la que el autor trata de hacer ver que el capitalismo gozaría de una ventaja derivada de tratarse de un supuesto “sistema de libertad natural”. Según Smith, esta mano bienhechora fomentaría de forma automática el bien común como consecuencia de la suma de las actuaciones de los agentes que operan en un mercado libre, aun cuando cada uno de ellos trabaje de forma egoísta y a la búsqueda de su exclusivo beneficio.

Tal automatismo benefactor del mercado desaconsejaría, claro está, que el Estado se inmiscuyese, puesto que la regulación “natural” haría el ajuste mejor que cualquier funcionario.

Esta pequeña parte de todo lo escrito por Smith es el cimiento sobre el que los neoliberales construyen a cada momento su ideario económico, reclamando así la abstención del Estado, de manera que ellos puedan ejercer su poder sin limitaciones, ya que la suma de sus reconocidos egoísmos llevaría automáticamente a la virtud de la creación de bienes, empleos y riqueza colectiva.

Y una mierda.

El propio Adam Smith, que sí era liberal, no como los neoliberales de hoy, no ignoraba que tan natural como la competencia en un mercado libre es que quienes ya han accedido a él se ocupen activamente de acabar con esa libre competencia en el mercado en el que ya están. Yo añadiría que cuanto más grandes y poderosos, más esfuerzo dedicaran a evitar la competencia y menos a competir ellos mismos.

Sea impidiendo el acceso de nuevos agentes o evitando el enfrentamiento entre ellos, la actitud que el neofeudalismo económico defiende en realidad, aunque la enmascare tras la metáfora del noble Sr. Smith, es la consigna de “el libre mercado somos nosotros y aquí no entra ni Dios”.

Por si eso no fuese suficiente para que fuesen expulsados del paraíso liberal, está también su otro pecado: la indisimulada reclamación de que el Estado gane agilidad no para defender mejor a la población de sus abusos sino para ser más rápido a la hora de darles a ellos dinero contante y sonante. Extraña forma -oiga- de ejercer la libre competencia, que sin duda habría asombrado al bueno de Smith.

La Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC) ha tenido que contrariar al sabio escocés y hacerse cargo de la labor de su “mano invisible” pero a plena luz del día y ejerciendo precisamente el “monopolio de la coacción” que Max Weber le asignaba al Estado, ha impuesto una multa histórica de 171 millones de euros a los fabricantes y distribuidores de vehículos por el intercambio sistemático de información confidencial que hacían para evitarse la incómoda competencia a la que tanto apelan con la boca grande. Se han puesto como hidras pero todas las compañías de automóviles estaban implicadas y si alguna se ha librado de la multa no ha sido por haber actuado con “liberal honestidad” sino por haber colaborado en desenmascarar la trama anticompetitiva de la que también formaba parte.

Que estas mismas empresas sean las que han obtenido dinerito fresco de los gobiernos para vender sus vehículos a través de planes RENOVE y PIVE hace que el abuso aún sea más inmoral y sangrante. Los 171 millones de euros que tendrán que apoquinar ahora ni se acercan a los 445 millones de dinero público que los ciudadanos les hemos pasado directamente en los últimos años para que vendan sus coches a precios más bajos. Estos liberales trileros mientras cobraban con una mano hacían las trampas con la otra.

Está visto que de 1776 a esta parte, la ingenua “mano invisible” de Smith ha perdido el pulso contra la auténtica “mano escondida” de los “señores feudales del capital”, de esa “aristocracia del mercado”, tan liberal ella cuando habla de ideología como partidaria de acogerse al plan quinquenal sin el menor disimulo en cuanto las previsiones de beneficio se tuercen.

El español, que ya ha aportado al lenguaje económico internacional el término “corralito” debería pensar en proponer también el de “capitalismo de estraperlo” que, como se ve, es algo tan nuestro como la siesta, la fiesta, la paella o el torero.