2015

Una conversación pintoresca … por ahora

Mira Mariano:

Cuando estuvimos juntos en la primera ronda de contactos, cuando te correspondía a ti la iniciativa, te limitaste a repetirme que simplemente el PSOE debía abstenerse en la votación de investidura para que pudieses ser Presidente de nuevo, puesto que habías ganado las elecciones. Ahí te quedaste. Cuando te preguntaba cuáles serían los siguientes pasos te limitabas a decir que “serías generoso”.

Te confieso que me resultó asombroso que no tuvieses nada más que ofrecer, incluso aunque yo te pudiera haber dicho que no, pero ¡algo!, tío. Si la estabilidad y la gobernabilidad de España te importaban tanto no entiendo por qué no pusiste sobre la mesa una propuesta completa, o al menos amplia, de pacto.

Nada dijiste sobre cómo gobernarías en absoluta minoría después de que los socialistas nos abstuviésemos, como querías. Ni sobre cuáles serían tus propuestas, con quién y cómo las pensabas acordar. Nada.

Tu silencio fue tan clamoroso que durante todos este tiempo todo el mundo ha estado hablando de mí y no de ti, que ganaste las elecciones y que se supone que debías ser el protagonista del momento.

No sé cómo es posible que ni siquiera en tu entorno político, mediático o empresarial hayan surgido propuestas concretas de cómo se podría avanzar. Sé que en tu partido hay mucha gente a la que le resulta difícil acordar nada con nadie y solo entienden el ordeno y mando pero ese es justamente el tiempo que se ha pasado y no me puedo creer que no tengas a tu alrededor gente cabal, con la que se pueda hablar y acordar. Otra cosa es que no sean tan ruidosos y no estén todos los días en danza. Yo también tengo de esos en mi partido, y también suelen ser discretos.

No te creas, como yo he tenido un resultado malísimo, también tengo mis problemas internos, y goooordos, como dice José Mota, pero no por eso me quedo paralizado –Mariano- que para eso estamos metidos en este lío.

Así que ahora que el Rey me ha encargado a mi la posibilidad de formar mayoría yo sí te voy a hacer a ti una propuesta. Muy generosa y muy arriesgada, sobre todo para mí. Es esta:

Tu, Mariano, no puedes ser ya Presidente del Gobierno. Y, con mis resultados, tampoco yo así que te propongo:

· Escoger un candidato a Presidente de tu partido que no nos chirríe a los socialistas.

· Nosotros escogeremos un Vicepresidente que no os cause urticarias a vosotros. Ninguna de las dos elecciones serán fáciles, sospecho que más la segunda que la primera, porque tienes un montón de hipersensibles gritadores. Pero esa es mi percepción, claro.

· Una vez escogidos, serán ellos dos (o ellas) quienes escogerán al resto de ministros. Ni tú ni yo, ni tampoco la dirección de nuestros partidos. Nos consultarán pero decidirán finalmente ellos por acuerdo mutuo.

· Marcaremos un protocolo de relación entre ambos que impida que el primero se prevalga de su jerarquía para imponerse.

· Establecerán un acuerdo escrito de programa de mínimos razonable para que el país marche, sobre todo en materia financiero-fiscal, de servicios públicos, de infraestructuras y de regulación justa del mercado laboral. Nada más pero nada menos.

· Establecerán también un listado de discrepancias serias sobre las que ni hay acuerdo ni se lo espera.

· Y con ese programa, que apoyaremos los dos, formarán un Gobierno que ambos partidos nos comprometeremos a mantener al menos durante la legislatura. Luego si quiere el de Ciudadanos que apoye también ese acuerdo, eso es cosa suya.

Con esa solución la mayoría está más que garantizada y se puede empezar a arreglar cosas pero desde el acuerdo. Tendríamos cuatro años de paz relativa pero de paz activa. Sería como una segunda transición que, como la primera, tendría un coro ruidosísimo alrededor que, no nos engañemos, soportaría sobre todo mi partido. Pero que sería eso: ruido. El poder desgasta pero la eterna oposición mata.

Además, piensa que eso de que los dirigentes del Gobierno no sean los mismos que quienes dirigimos los partidos puede ser una buena idea para estudiar como norma de aquí en adelante. Serviría para que los dirigentes pudiéramos hablar con la voz de nuestro partido pero para que los gobernantes tuvieran más cintura a la hora de negociar y acordar. Fíjate en el PNV que lo hace así desde siempre y le va muy bien.

No se te oculta que esta propuesta significa la creación de dos líderes que nos harán sombra a ti y a mí y quién sabe si también la cama, pero es lo que hay, Mariano. Además me reconocerás que te hago una propuesta supergenerosa con la que, encima, a mí me van a poner de chupa de domine después de haber dicho y repetido que no a la “gran coalición”.

Pero es que la otra salida son las elecciones anticipadas que pueden dar un resultado parecido, tú volverás a ganar sin mayoría, yo puede que pierda o que gane unos votos, depende de si Iglesias consigue mantener su autoridad omnímoda durante meses en esa ensaladilla que tiene de grupos y medios que cree que le apoyan pero que solo buscan audiencia. Rivera supongo que seguirá encelado con su ley D´Hont y en Cataluña te confieso que no sé lo que estará pasando para entonces. Seguro que poco bueno.

Es decir, que esta propuesta que te hago podría resultar muy parecida a la que tengamos que enfrentar en primavera. Pero para entonces será más difícil y tal vez la hagan otros porque haya sido el fin para nosotros dos.

Va a ser muy difícil pero hasta podría salir bien. ¿Qué me dices? Mariano.

Ya tenemos los bueyes

La feria ha sido entretenidísima, con sus regateos, los sustos de que me lo quitan, los voceros de cada ganadería proclamando las bondades de su producto, la música, los colores, la fiesta, hasta los bailes…todo ha ido como nunca y no hemos tenido un momento de aburrimiento. En una democracia televisada y sobre todo, televisiva, como la que vivimos, estas elecciones han sido un éxito sin precedentes. Un éxito de audiencia, ¿de qué otra cosa puede ser un éxito en la tele-ciber-política?

Nos hemos sacudido como nunca el aburrimiento, las parrillas han estado petadas. La definitivamente obsoleta ciudadanía se ha transformado por fin en brillante, dinámico y participativo “share”, ¡que no me vaya usted a comparar!

Pasado tan brillante espectáculo hoy podemos decir que regresamos a casa con un bonito ramillete de bueyes de diferentes colores, de distintas razas y con caracteres, fuerza y fiereza muy diversos también. ¡Una gloria de verlos oiga!, Aunque haya quien lamente que por culpa de la maligna ley D´Hont la variedad no sea aún mayor.

Con todo, el concurso ha sido reñido y, lo que es mejor para la caja mediática, la algarabía amenaza con prolongarse durante tiempo. Como digo: un éxito televisivo inapelable.

Ahora hay que arar. Aunque se nos despiste en medio de la euforia de esta fiesta de la democracia, era justamente para eso para lo que fuimos a escoger los bueyes ¿no? Para arar, y además en terrenos duros y pedregosos como no lo han sido nunca o casi nunca.

Habrá que elegir un presidente del Gobierno, no dos ni tres, solo uno. Habrá que aprobar un Presupuesto nuevo puesto que la Unión Europea ya ha dicho que el de Rajoy no vale, habrá que ofrecer alguna alternativa a esta recuperación empobrecedora, y habrá que conseguir financiación en los mercados para hacer esas tantas cosas que se han proclamado en la feria como inminentes e irrenunciables ¿ok?. Tan irrenunciables como el inicio de un proceso constituyente que tan solo necesita un simple acuerdo entre los nuevos electos que puedan presentarnos a la ciudadanía toda (perdón: a la audiencia). Pan comido.

Soy persona de imaginación escasa, cada día de menos, pero aún mantengo mi capacidad de asombro intacta, de forma que quedo, expectante, a la espera de la brillantez de las propuestas y soluciones que sin duda me aportarán los recién electos y que yo, cautivo de mi torpeza de heredero generacional de la “oprobiosa transición”, ni imagino por ahora.

No tengo duda alguna de la voluntad benéfica de ninguno de los electos. Es más tengo toda la confianza en su imaginación, destreza y capacidad para ofrecernos “algo” que no sean solo palabras, titulares y vehementes tertulias, cuyo tiempo ya terminó el domingo. Algo real que, además, deberán poner encima de la mesa antes de que llegue el frío y triste invierno político de la gran coalición o de la repetición de elecciones. Que ese descorazonador horizonte sí que lo imagino.

Siempre dispuesto a aprender, estoy deseando saber cómo lo van a hacer.

Un mensaje de la ciudadanía?

El ser humano, más que nada por la importancia que se da a sí mismo, tiene dificultades para entender la ciencia de la estadística que, por definición, desprecia el valor de lo individual y solo tiene en cuenta los resultados agregados, la muy desabrida.

El error más patético y común es creer que lo que yo conozco es representativo del todo, que lo que dice mi mujer es lo que piensan “las mujeres” y que mi cuñado, que es un hombre “de la calle”, representa él solo lo que piensa el “hombre de la calle”.

Pero sin llegar a esos extremos ridículos, pasa a menudo que detrás de los grandes números todos caemos en el error de ver una voluntad, un trazado o un itinerario hacia alguna supuesta “meta”, cuando lo cierto es que no hay tal, que no hay ninguna voluntad sabia y colectiva sino una mera agregación de intentos privados y, por lo común, egoístas.

    Pondré tres ejemplos:

1.- La evolución del ser humano se suele representar como un camino evolutivo “a mejor”, siendo nosotros, por supuesto, los últimos y los más guáis. Falso. Lo cierto es que cada especie fue la mejor adaptada a su momento (un momento de cientos de miles de años, por supuesto) pero ninguna fue superior ni mejor, solo que en cada época y en cada lugar alguna funcionaba mejor y por eso sobrevivió mientras lo hizo. De hecho lo normal ha sido que coexistiesen varias especies: antepasados idénticos a los que hemos votado el domingo vivieron a la vez que lo hacían el Homo erectus, el Homo neanderthalensis y el Homo floresiensis. Lo excepcional es que ahora estemos solos. Pero no es así porque seamos “mejores” sino por nuestra mejor capacidad de adaptación al entorno que nos tocó. Justo por la misma razón por la que se mantuvieron nuestros antepasados y “primos” en su propio entorno.

2.- Quienes hablan de la capacidad de generación de empleo y riqueza colectiva de las empresas suelen engañarnos haciendo ver como si ese fuese su objetivo. No hay tal. Como señala Adam SmithNo es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero de lo que esperamos nuestra comida, sino de la consideración de su propio interés”. De forma que la virtud colectiva nace de la actitud egoísta de cada uno. Así es. Cada empresa busca su propio y exclusivo beneficio y las demás como si desaparecen. Es más: si son la competencia no solo aplaudirá su ruina sino que buscará provocarla a no ser que el Estado tenga suficiente poder para impedírselo. A los feudalistas del capital les gusta mucho la primera parte de las ideas de Smith pero abominan siempre de este corolario arbitral. Ningún poderoso quiere reglas.

3.- Tras las elecciones vuelvo a leer chorradas como que “Los ciudadanos quieren que se consensúen las políticas principales”, “el mensaje de las urnas” o “la voluntad del electorado”. Tontadas: tanto los que manifestamos respeto a quienes votan distinto a nosotros como quienes alardean de despreciarlos: “que parece mentira que haya gente que vote a esos”, todos, unos y otros, hemos votado para que ganen “los míos” o “los que yo quiero que ganen” y lo que hay es una suma estadística, un dato colectivo, una tendencia social pero nada que se parezca ni se acerque a una voluntad colectiva consciente.


Sería estupendo que fuese así porque eso nos convertiría en sabios por agregación. Solo que es mentira. Luce en los titulares y alimenta el ego colectivo pero es tan falso como que haya un camino de perfección en la evolución de los homínidos o que las empresas se esfuercen por el interés colectivo y la libre competencia. ¡Qué risa!

La izquierda yerma

Mi amiga Teresa suele decir que lo que auténticamente diferencia la vida de las personas es si tienen hijos o si no los tienen. No es una división moral, ni mucho menos. No tener hijos es una posición tan digna como la contraria y no hace a nadie ni mejor ni peor. Pero lo que sí hace es librarles de un buen montón de dificultades concretas que los padres y madres afrontamos cada día, a menudo con más voluntad que acierto.

Los niños (y las niñas) no vienen con un pan sino con el caos mismo debajo del brazo. La vida, imprevisible para todos, se complica y agrava sin cuento con esos locos bajitos; mientras son bajitos y también cuando crecen. Es así. No hay remedio y la cosa se va sobrellevando. Algunas veces tiene hasta gracia.

De todas las situaciones chuscas que enfrentamos los que somos padres no es rara la de tener que escucharles a nuestros amigos sin hijos estupendos consejos sobre la crianza adecuada de nuestras bestezuelas, demostrando un conocimiento teórico y una conciencia educativa encomiables que brillan especialmente alrededor de una mesa de adultos a la hora de los gin-tonics. La realidad suele ser menos lucida y desde luego las certezas, los métodos pedagógicos más vanguardistas y el aplomo se tambalean en cuanto llegan las llantinas nocturnas, las rabietas, las gamberradas, los suspensos, los accidentes, la primera borrachera, etc. Sobre todo mucho etcétera.

Igual que esas personas, hay una izquierda segura de sí misma, que sabe siempre cómo hacerlo, que da lecciones a cada momento, que concede y retira carnets de progresía. Es una izquierda que dice mantenerse intacta pese a que ha cambiado como nadie, pasando del estalinismo más feroz a defender con igual estruendo nada menos que la socialdemocracia, justo lo que siempre despreciaron.

Dice Torres Mora (sociólogo y socialista ¡qué le vamos a hacer!) que quienes acusaban a los traidores socialdemócratas de engañar al proletariado alejándolo de su destino histórico a cambio de un plato de lentejas (pensiones, educación, derechos, sanidad…y otras bagatelas) han pasado a presentarse ahora como los mejores defensores del plato de lentejas. Lo que hay que ver. Últimamente el marketing les ha acelerado y ya no hace falta retrotraerse a los tiempos del comunismo: hasta hace un año aplaudían orgullosos el régimen de Venezuela, del que ya no hablan y hace nada babeaban mirando a Tsipras, al que ahora ni mentan.

Solo hay una cosa realmente inamovible en esa izquierda pura, que no se casa con nadie, siempre segura de poseer la verdad (la que sea en cada momento), siempre a la vanguardia, siempre despreciando a la “clase trabajadora tonta”, que no les vota, siempre creyéndose la última cocacola del desierto. Es una cosa en la que ciertamente no han cambiado. Y es que nunca han conseguido nada. Nunca se ha enfrentado a la complejidad del caos de una sociedad como la que vivimos y sufrimos. Siempre se han movido en la reivindicación brillante y jamás en la pringosa y lenta gestión de lo cotidiano. Mientras despreciaban las “migajas” que consiguieron los blandengues del PSOE, ellos han podido presumir orgullosos de haber conseguido…???

En esta ocasión, en cambio, sí están a punto de lograr algo muy importante para ellos: que el Partido Popular vuelva a ganar las elecciones. Un éxito que les garantizará otra larga temporada de reivindicaciones contra una injusticia que, sin ninguna duda, vendrá.

Solo una cosa diferencia a esta izquierda de mis amigos sin hijos y es que éstos, hacia la segunda copa, suelen aceptar que sus consejos podrían no ser tan mágicos mientras que la izquierda yerma es, por el contrario, inasequible al desaliento y jamás duda de sus certezas (las que correspondan en cada momento, claro está).

Libres de todo compromiso de lograr algo alguna vez, pero implacables en la denuncia de lo que hayan hecho los demás, puede que debamos esperar un tiempo hasta que la izquierda fértil, la que -titubeante y llena de errores- avanza a pequeños pasos cotidianos hacia un mundo un poco más justo, vuelva a tener el apoyo y el poder para hacerlo. Cosa diferente es que la gente que peor lo está pasando pueda esperar tanto.

8ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

14. – Gatos a la caza de aparcamiento

En Madrid, “rompeolas de todas las Españas” que dijera Antonio Machado, la pasión identitaria es mucho menor que la que arde en otras partes pero alguna sí que hay, y no faltan quienes se sienten orgullosos de considerarse “gatos”, que es el sobrenombre coloquial de los oriundos de la ciudad.

Procedan de donde procedan hay una raza de conductores en Madrid cuya actitud en los aparcamientos recuerda a la de esos felinos ya que adopta, como ella, la paciente e inteligente táctica del depredador.

Suele vérseles sobre todo en zonas de aparcamiento no regulado, explanadas, solares y otros espacios con los que la ciudad palía malamente sus desesperantes problemas de aparcamiento.

En lugar de deambular con el coche por entre las filas a la búsqueda de una bendita plaza, como hacemos los demás “pringaos” antes de rendirnos a la evidencia de que en esta cuarta o quinta vuelta “tampoco se va nadie”, ellos se agazapan con el vehículo en un rincón. Parados. En silencio. Con el motor apagado. Inmóviles como el felino que acecha un ratón.

Quietos y en silencio pero atentos a los movimientos de su alrededor. Un peatón que entra, el tintineo de unas llaves, el sonido de una puerta allí al fondo son señales que los activan al instante y su instinto cazador se desencadena de forma que, en segundos ya están parados junto al coche que acaba de iniciar su maniobra. Los primeros para hacerse con el codiciado hueco. Mientras tú que ya es la sexta vuelta que das te preguntas: ¿de dónde ha salido ese tío?

Sirvan estas líneas como homenaje a estos profesionales del aparcamiento, cuya elegancia, destreza y paciencia hacen honor al apelativo de los aborígenes de la ciudad y que nos pone en ridículo a los paletos como usted y yo.

15.- Incorporarse a carriles atestados. El dilema moral

Madrid está lleno de coches y cada día los atascos paralizan el tráfico en las que supuestamente se concibieron como vías rápidas. Pero no me pararé en lo ya sabido sino en algunos aspectos casi “filosóficos” de ese problema.

Uno de ellos es el dilema moral de “Me meto ya – Sigo adelante”, inevitable cuando hay que incorporarse a un carril que ya está atestado. Lo habitual es que la cola de coches parados que colmatan la vía sea tan larga que usted, paleto en Madrid, ni se imaginaba que allá atrás es donde tenía que haberse incorporado al carril deseado.

Entre el momento en que debía haber tomado el carril (de haberlo sabido) y el instante final en que se tiene que meter sí o sí, hay un enfrentamiento íntimo muy duro entre integrarse en la cola en cuanto sea posible (lo que no le salvará de algún pitido o alguna mala cara) o apurar y “ya puestos” saltarse la cola entera, tomando el desvío que corresponda en el puñetero último metro, en una atrevida “maniobra guas”.

Naturalmente mientras avanza con el carril libre junto a los coches detenidos la tensión irá aumentando. A medida que se acerca al punto crítico los gestos se endurecen. La probabilidad de bocinazos aumenta mientras que disminuye el hueco entre vehículos, incluso cuando están en marcha, justamente para evitar que nadie haga lo que está usted pensando en hacer, ¡piratilla…!

Tampoco es buena idea detenerse en seco en el carril que ocupa para esperar cívicamente a que le cedan el paso porque puede que no se lo permitan fácilmente y, lo que es peor, se hará usted muy impopular entre los conductores que le siguen por la vía que aún corre y que usted acaba de bloquear.

La desazón interior que le corroe en esos momentos se incrementa con la certeza de que, tanto si se trata de un despiste como si nunca tuvo siquiera la ocasión de sumarse al final de la cola, los conductores a los que está sobrepasando estarán convencidos de que es usted un jeta, y no faltarán quienes se lo hagan saber, ya sabe

¡Qué mal rato! ¿Eh? Bueno, pues pasarlo es una de las pruebas de madurez del conductor capitalino y una excelente forma ¡Ay! de conocerse a sí mismo. De ahí que empezase hablando de filosofía.

El disidente no vende

August Landmesser en Hamburgo en 1936

José Antonio Marina manifestó hace unos días su opinión de que al sistema educativo le vendría bien una evaluación del profesorado. No gustó tal propuesta al respetable e inmediatamente el filósofo se vio envuelto en un tumulto. Me molesté en seguir algunos de los comentarios en las redes sociales y no pude encontrar un solo razonamiento en contra de su propuesta. Atinado o no, no había ni uno. Solamente pude leer descalificaciones ad hominem que atacaban al autor. Marina se había transformado en un pispás de intelectual imprescindible en persona non grata y cuanto dijera quedaba, por consiguiente, invalidado.

Leo esta semana a John Carlin un artículo acerca de cómo los estudiantes de la Universidad de Cardiff exigieron que se prohibiese a la feminista Germaine Greer dar una conferencia en su centro, alegando que es en realidad una misógina y que perturbaría a los estudiantes.

Acabo de saber que Miguel Ángel Aguilar ha visto suprimida su columna en El País, tras más de dos décadas de colaboración. Su pecado ha sido incomodar a los responsables de la editora.

Antes tenía la costumbre de leer siempre varios periódicos distintos. Ya no hace falta. La sorpresa no cabe porque se ha terminado confundiendo la línea editorial con una línea férrea, en la que salirse del carril lleva a una segura catástrofe. Hasta los chistes son previsibles.

Ahora que las plazas públicas y los cafés han sido sustituidos por centros comerciales y franquicias, las manchetas han devenido también en simples marcas y como tales se espera que se comporten: con previsibilidad, sin sorpresas, sin productos ajenos al interés del público exacto y concreto al que se dirigen.

Se ha dicho siempre que la libertad de prensa es sobre todo para quienes pueden pagarse una prensa. Y para pagarla hay que vender cuanto se pueda. El resultado está siendo que lo que la tiranía política no pudo conseguir lo está logrando tranquilamente el mercado, cuya única preocupación es vender. Ni informar, ni propiciar debate, ni ayudar a la formación de la opinión. Mucho menos aún incomodar a quien pueda suponer una fuente de ingresos.

El gran éxito de los medios de hoy es ser como IKEA, L&M, Burger King o Zara. Donde unos van siempre y otros no entrarán jamás, pero donde quien entra sabe perfectamente lo que va a encontrar y donde tan bien nos conocen.

El antiguo y crítico lector, hoy transformado en exigente pero simple público, sabe lo que quiere ver y eso es exactamente lo que se le da. No queremos sorpresas y por eso mismo somos cómplices de que todo se haya convertido en un espectáculo en el que el cliente paga y en el que, por tanto, se nos ofrece aquello que queremos y ninguna otra cosa. Desde luego nada que nos moleste o contraríe. Insisto: hay que vender.

Ya no se trata, por tanto, de contribuir a la creación de opinión, ofreciendo puntos de vista y enfoques diversos o contrastando datos reales. Ahora lo que importa es ofrecernos argumentos que refuercen la opinión que ya tenemos, faltaría más. Perturbarnos con opiniones o reflexiones que nos disgusten o nos obliguen a la agotadora tarea de pensar está comercialmente prohibido y por tanto, prohibido de hecho. Cuestionar las convicciones de los clientes es un insulto a su inteligencia y, por tanto, se evita a toda costa. Sería como un mueble carísimo en IKEA o como un abrigo de visón en Stradivarius:¿Qué pinta eso ahí?

7ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

13.- Las radiales: antes muerto

Así como la M30 y la M40 cumplen la función social de que los madrileños entren a trabajar todos a la misma hora y traten de hacerlo todos con su coche, las radiales, unas vías de peaje que se construyeron hace ya algunos años, tienen una utilidad ignota.

Unos lo achacan al precio, otros al diseño de los accesos y las expropiaciones mal llevadas también llevan parte de culpa del fracaso. Será, pero a mí me parece que hay, además, una cierta rebelión soterrada entre los conductores madrileños. Incluso en operaciones retorno ver a tantos vehículos que se mantienen impertérritos en medio del atasco mientras se cuentan con los dedos de una oreja los que toman la entrada a la radial, hace pensar en que se trate más de un asunto de honor que de dinero. “Antes morir, de pie, en el atasco que circular pagando de rodillas el infame peaje” parecen pensar los conductores madrileños.

Lo cierto es que el uso de estas vías es tan escaso que las pocas veces que las he usado me ha dado la sensación de estar abandonado en medio de sus amplios y desérticos carriles. Daba hasta miedo. Por el contrario, en otras ocasiones, tratando de aprovecharlas en plena operación salida, me he visto atascado durante muchísimo rato en los peajes de pago, perdiendo así el tiempo que supuestamente me iban a hacer ganar.

Algo tiene esto de las radiales que a los foráneos nos cuesta captar en su justa medida. Por eso sospecho de una cuestión de honor, que siempre es una cosa muy de la Corte.

Este mismo mes hemos sabido que ha quebrado la autopista de peaje que conectaba con el aeropuerto de Barajas y que sus concesionarias están ya en liquidación. Soy ya ocho en proceso concursal. El fracaso es tan innegable y tan abrumador que está extendidísimo el convencimiento de que se habrían construido de forma deliberada, sabiendo que serían un fracaso económico pero para que los constructores amigos hiciesen mucho dinero. La obligación del erario público de hacerse cargo de las pérdidas en caso de que las hubiera, como así ha sido, parece dar la razón a los malpensados.

Me llamarán ingenuo pero yo creo que no fue así, que fue mucho peor: que creyeron de verdad que serían negocio y que así se demostraría la idoneidad virtuosa de lo privado en contra de la cutrez e ineficiencia de lo público. Por tanto no creo que fuese la maldad torticera sino la más completa ineptitud lo que había detrás. Insisto: mucho peor, porque la maldad requiere inteligencia, mientras que la ineptitud, no.

El supuesto argumento de la garantía de que las pérdidas serían cubiertas con dinero público no es tal, puesto que es norma básica del alto capitalismo español, de aplicación en ésta y en todas sus aventuras. Como es bien sabido, en este país no hay nadie con dinero que crea de verdad en la libertad de empresa.

El resultado en que Madrid cuenta con dobles accesos al atasco central: los libres, que pagamos entre todos, y los de pago, que pagaremos también entre todos.

14.- Llueve en Madrid

Ya me avisaron de lo que pasaba en las calles de Madrid cuando llovía pero lo he podido comprobar asombrado y lo tengo que contar.

Lo más importante es entender, sobre todo para quienes venimos del norte, que en Madrid no hace falta que caiga agua para que “esté lloviendo”. Aunque les cueste creerlo, es así. En Madrid la interpretación sociológica de “hoy está lloviendo” empieza cuando el hombre del tiempo anuncia que mañana puede llover o que lloverá. A partir de ese momento, aunque al fin no caiga una gota o caiga agua durante 20 minutos en todo el día, la ciudadanía toda entiende que “está lloviendo” y actúa en consecuencia,

Actuar en consecuencia sobre todo es sacar el coche. Cuando llueve todo el mundo saca el coche, sobre todo si es primeros de mes y aún se puede pagar la gasolina del depósito. Así que si “está lloviendo” (insisto, aunque no caiga una gota) ya sabe usted, paleto como yo, que el tráfico se pondrá imposible. Téngalo en cuenta y ármese de paciencia.

La parte buena es que cuando llueve de verdad, o sea cuando cae agua del cielo en cantidad suficiente para mojarte (que es lo que los norteños llamamos llover) la velocidad media baja extraordinariamente, para comodidad y también sorpresa de quienes venimos de zonas más lluviosas.

Próximas entregas:
Gatos a la caza de aparcamiento
Incorporarse a carriles atestados. El dilema moral

6ª entrega. Conducir en Madrid. Guía para paletos

Bus de la EMT (Empresa Municipal de Transportes)
11.-       Los túneles sorpresa

Hay muchas avenidas en Madrid que alivian sus cruces con túneles bajo la calzada. Se nota que no son nuevos porque, aunque prácticos, suelen ser estrechos y un poco tétricos. Si es la primera vez, utilizarlos resulta toda una experiencia de conducción.

Usted va por una avenida y, de pronto, se le anuncia un túnel a unos cientos de metros, a veces menos de cien. Tiene unos pocos segundos para decidir si cambia o no de carril para tomarlo o para evitarlo (tic, tac, tic, tac) ¡Qué momento de tensión! ¡qué desazón! Justo cuando creía, ingenuo, que iba fenomenal.

Naturalmente el túnel suele tener un cartel indicador, a veces con una auténtica ensalada de siglas, abreviaturas y nombres de calles, imposible de leer en el corto tramo que le queda para decidir. Así que allí va, ciego de información y a menudo ciego también a secas, sobre todo si entra en la penumbra desde uno de esos luminosos días de verano de la villa.

Una vez dentro todo parece acelerarse, como nos pasaba de niños en la parte oscura del tren chuchú. Si tiene usted suerte el túnel solo tendrá una salida. En tal caso ni tan mal. Pero a menudo sucede que empieza a dividirse y a darle opciones varias, todas en escasísimos metros. En tal caso lo tiene claro: siga adelante sin cambios bruscos y tenga paciencia, cuando salga de la cueva ya se enterará de dónde demonios ha salido. ¡Sorpresa!

12.-       El autobusero ciego

Si a los que vamos en coche por la ciudad nos hacen pirulas y se nos cuelan por aquí y por allá, imagine lo que no les harán a los autobuses urbanos. No sé siquiera cómo es posible conducir un monstruo por las calles atestadas de coches y motos, mientras todo el mundo pelea por un palmo de espacio.

Sin embargo los autobuseros lo hacen todos los días y a todas horas, parando a cada momento y volviendo a incorporarse al tráfico una y otra vez. Asombroso.

Así que no les ha quedado más remedio que adaptarse con algunos trucos, sin los cuales no harían el recorrido de su línea ni una vez en todo el día. Traiciono la confianza de mi amigo Ángel, que es uno de tales conductores, contándoles una de esas pequeñas mañas.

La cosa consiste en hacer como que no han visto el coche que se les acerca raudo, dispuesto a meterse por algún hueco, prevaliéndose de la supuesta falta de agilidad del bus. Naturalmente que el profesional de la EMT le ha visto pero el conductor del coche no podrá nunca saberlo con seguridad porque antes de que pueda comprobar si le está mirando, el autobusero ya habrá desviado deliberadamente la vista de su propio retrovisor.

Lo hacen porque saben bien que si un conductor de esos que se van colando se apercibe de que ha sido visto, se colará sin dudar, confiado en que mi amigo Ángel y sus compañeros de volante no serán capaces de impedirle la maniobra ya iniciada a riesgo de un golpe, como así ocurre.

Por el contrario, el chofer del bus sabe que el conductor del turismo se cuidará muy mucho de hacerle cualquier trampa si no está bien seguro de haber sido visto, de ahí su estratégica ceguera, que le sirve para defender su espacio en un auténtico duelo silencioso de “no te atreverás” parecido al del póker, en donde la mirada es ventana de debilidad.

Así que, ya lo sabe, no espere que el autobusero le muestre sus cartas. Si quiere, puede usted meterse -valiente- apostándose la carrocería a que le ha visto pero no olvide una cosa: que los normales miden 12 metros y los articulados hasta 18. Usted mismo.

Próximas entregas:
Las radiales. Antes muerto.
Llueve en Madrid

No echemos la culpa a los demás, Sr. Guibelalde

El diario norte.es

El presidente de la patronal guipuzcoana ha corregido el evidente patinazo de haber dicho que nuestros jóvenes no tienen hambre, para manifestar su preocupación por la falta de estímulo y de iniciativa que demuestra, a su juicio, esa generación.

Aunque, como él mismo ha reconocido, la expresión era muy desafortunada el Sr. Guibelalde tiene razón cuando dice “No echemos la culpa a los demás, el problema lo tenemos en casa”.

Así es. Tenemos una sociedad con empresas que no son capaces de ofertar empleos aceptables para los jóvenes que esa misma sociedad ha procreado. ¡Vaya si tenemos el problema en casa!

Hemos apostado claramente por competir en precio, empeorando las condiciones laborales por debajo de lo que les dijimos a los jóvenes que encontrarían si se esforzaban. La mujer de mi amigo Damián lo resume muy bien: “les hemos engañado” dice. Y ahora que vamos viendo sólo las primeras consecuencias de la pérdida de esperanza, resulta que nuestros empresarios se asustan. No sé qué otra cosa creían que podía pasar.

No solamente es que no haya vocaciones empresariales, como señala con preocupación, sino algo más que el presidente de los empresarios debería haber visto: tampoco hay vocación de montar familias y de tener hijos. Si no que mire los datos demográficos de su provincia. Los jóvenes dejan pasar el tiempo, y el arroz, mientras piensan: ¿Para qué? ¿para meterme en problemas cuando no sé si tendré o no algún ingreso mañana?

Si eres mujer, ni hablamos. Una vez desmontados los derechos laborales (con gran contento de nuestras empresas que aún querrían apretar más) ampliadas las jornadas laborales (las más no declaradas) y dinamitados los tímidos balbuceos de conciliación, cada vez serán menos las que estarán dispuestas a tirar por el desagüe sus años de carrera y de esfuerzos en formación. Porque, chicas listas, saben bien que tener hijos no les permitirá competir en una carrera profesional ya inmisericorde, de la que una jornada reducida o una baja larga les suponen de hecho su exclusión definitiva.

Con lo que no estoy de acuerdo con el presidente de los empresarios es con que la educación y la universidad no se hayan adaptado a las necesidades de las empresas. Lo han hecho bastante bien, atendiendo a lo que el mercado demandaba y olvidando otros lujos “absurdos” en los que antes se perdía tanto tiempo y esfuerzo. La prueba más evidente de ello son los textos llenos de impresionantes faltas de ortografía y con sintaxis imposibles que escriben nuestros licenciados, ingenieros y también muchos de nuestros directivos de empresa. Desde luego que la educación se ha adaptado.

Así que, puesto que hemos escogido crecer y competir en base a la generalización de trabajadores pobres, ahora a las empresas les toca apechugar y no quejarse tanto. Esa decisión viene muy bien para crear empleo mal pagado y sin esperanza, justo lo que ellas hacen y lo que nuestros jóvenes que, “viven tan bien y que tienen el futuro asegurado” no aceptan.

Pero tranquilidad. Es cuestión de esperar un poco y no ponerse nerviosos porque el periodo de transición pasará rápido. De entre nuestros jóvenes preparados, unos aceptarán la frustración, se limitarán a prolongar su adolescencia indefinidamente y a consumir al momento los bienes que puedan pagarse ¿para qué ahorrar? Mientras otros se irán fuera, a una hora de vuelo o a quince, y volverán de turistas de vez en cuando.

Lo peor es que, de seguir así, la próxima generación ya habrá perdido todo estímulo para estudiar y prepararse. Al fin y al cabo el mercado laboral no apunta intención alguna de recompensarles por ese esfuerzo y, consecuentemente, no lo harán. Del mismo modo que los salarios se han adaptado a las exigencias de un mercado que no está dispuesto ya a pagar lo que antes pagaba, los trabajadores adaptarán su formación a lo que al fin y al cabo van a recibir. El resultado en productividad de este círculo vicioso es evidente: If you pay peanuts, you get monkeys.

La buena noticia es que aquellos y aquellas que, teniendo todo en contra, se empeñen en una formación de alto nivel será por vocación, sin esperanza de vivir de ello, así que tal vez estudien Latín y humanidades. No le servirán de mucho a las empresas guipuzcoanas que queden en pie pero, veamos la parte buena, no harán faltas de ortografía.

Un poco de respeto a los catalanes

Foto Reuters/Albert Gea

Tras las elecciones autonómicas en Cataluña y a la vista del resultado no hago más que escuchar interpretaciones y propuestas para que se empiece cuanto antes un diálogo, una negociación a la búsqueda de algún acuerdo con Cataluña.

Asombrosamente queda en una nebulosa oscura, como si no tuviera importancia, el asunto de quiénes deberían dialogar: si los dirigentes de Cataluña con los del Gobierno de España o acaso los dirigentes independentistas catalanes con los dirigentes catalanes no independentistas o todos a una en asambleas como las de la CUP o qué demonios. Obviamente si no se señala a los dialogadores, menos aún se van a explicar las cosas sobre las que habría que dialogar, que se dan por evidentes, ahorrándose así la incómoda tarea de concretarlas.

Una vez más nuestro concepto de diálogo se disuelve en el inefable “que alguien haga algo”, aforismo que a mí me ha parecido siempre el súmmum de la inteligencia vacía, que disimula la inexistencia de criterio alguno tras una máscara de exigencia.

Pero no me resulta tan irritante eso como la evidencia de que tantas mentes biempensantes, preocupadas por la difícil situación, dan por hecho que el resultado de los independentistas (me abstendré de calificarlo como victoria o derrota) es un aldabonazo, un aviso, una amenaza…todo menos una opinión nítida de ciudadanos adultos que han metido una papeleta en la urna manifestando con toda claridad y sin ningún tipo de duda que quieren que su país, Cataluña, sea uno nuevo y diferente de España y que quieren expresamente que se produzca la separación ente ambos cuanto antes.

Aunque no lleguen al insulto expreso y directo que ha proferido Albiol, el candidato del PP, y que se comenta solo ¿Quiénes se creen que son esos opinadores para faltar al respeto a los votantes independentistas catalanes, haciendo ver que lo suyo sería una especie de rabieta infantil, una protesta o un órdago? Pocas veces creo que habrá habido una manifestación tan clara y tan indiscutible de la voluntad política de un segmento tan grande de votantes: quieren irse. Punto. Y se les entiende fenomenal. ¡No, es No! decía el slogan antiviolencia de género en las fiestas de este verano en Euskadi. ¡Pues eso mismo!

Por tanto, sobran las interpretaciones paternalistas. Se podrá estar de acuerdo o no con los independentistas, de hecho hay otra mitad de catalanes, adultos también, que parecen no estarlo así que el problema sobre todo lo tienen allí y enseguida tendrán que empezar a roerlo, pero los votantes catalanes merecen ser tratados como personas cabales y adultas, tanto si gusta su opinión como si no.

Si la situación política de España es mala, que lo es, si la sociedad española y su clase política en especial no hemos sido capaces de que las estructuras políticas y los modos democráticos de la transición hayan crecido y mejorado en casi 40 años y hemos optado, en cambio, por dejarlos caducar y pudrir, como es el caso, es evidente que tenemos un problema. Tenemos un problema en Barcelona, en Madrid, en Cuenca, en Almería, en Guipúzcoa y en Vigo.

Tendremos que repensar las cosas, regenerar las formas de la política, suprimir instituciones y estructuras que ya no sirven y ajustar el funcionamiento de las que sigan siendo útiles. Tal vez haya que crear otras, tal vez no. Puede que haya que cambiar lo que dice la Constitución o puede que baste con que actuemos con más sentido común y menos sectarismo. Seguramente ambas cosas. Fíjense si hay campo para ese “diálogo” que tanto se reclama.

En todo caso estos problemas habrá que abordarlos porque son reales, no porque incomoden a los catalanes independentistas. Ellos ya saben lo que quieren, cosa distinta es que lo consigan, pero ese es sobre todo problema de ellos. El nuestro es la regeneración política de España, que es urgente y que hay que hacerla en todo caso, tanto si les parece bien a quienes ya
han dicho que quieren irse como si no.

Tenemos problemas que arreglar, como sin duda los van a empezar a tener, y gooordos, los independentistas catalanes, pero que ellos se ocupen de los que se les vienen encima mientras el resto de españoles (incluidos los catalanes que quieran serlo) nos deberíamos ocupar de los que tenemos: del funcionamiento envenenado de los partidos políticos, de la idoneidad o no de nuestra estructura y competencias territoriales, de la ineficiencia de las administraciones públicas, de nuestra aparente incapacidad para entender el Estado como algo a compartir y no a conquistar, de nuestro íntimo y cainita deseo de que el adversario desaparezca “de una vez por todas”. Entre la “Gran Refundación” y la “chapa y pintura” seguro que encontramos el punto medio. Nos hace mucha falta pero no para contentar a los independentistas sino para empezar a estar más contentos quienes no lo somos.