2014

Condenar el asesinato

Uno de los síntomas de esta sociedad tan enferma como la que formamos los españoles es el deterioro de algunas importantes perspectivas morales básicas.

Noticias Cuatro

Buen ejemplo de ello es que el asesinato de la Presidenta de la Diputación de León ha desatado un alud de “condenas” y de “repulsas”. Parece que hay cola para apuntarse en la lista de aquellos a quienes “les parece muy mal” que se asesine a una persona y nadie quiere quedarse fuera del círculo de los que lo manifiestan con vehemencia y rotundidad.

Después de tantos años de terrorismo, de tanta sangre y de tanta manipulación por parte de quienes la derramaban, hemos debido olvidar que el asesinato no es, ni ha sido nunca, una opción ante la que uno decide si está a favor o en contra.

Ocurre igual que con el maltrato hacia las mujeres, o con el secuestro de niñas o con el fraude fiscal. Por supuesto que podremos manifestar el impacto emocional que nos produce, pero no nuestra condena, puesto que el hecho es inaceptable en sí mismo y nadie, al menos nadie en sus cabales, va a salir a aplaudirlo. Y si alguien entre nosotros lo hiciera, se le aplicaría la Ley o se le administraría el tratamiento médico que, sin duda, ha debido de abandonar.

Sin embargo esta sociedad convalece aún de tiempos cercanos en los que el crimen se aplaudía por parte de amplios sectores de población o se “deploraba” por grupos aún más numerosos. Es decir, que matar era una opción ante la que, incluso, cabían matices y estados intermedios.

De esas posiciones tan asombrosas como inmorales surgió la costumbre -la mala costumbre- de condenar expresamente los asesinatos. Digo mala costumbre porque, tantas manifestaciones contrarias a los asesinatos lograron que se perdiera la perspectiva de que esa es la única opción aceptable, llegando a convertirla en una elección más de entre las posibles, lo que inevitablemente abría hueco para la existencia de las otras, de las que loaban a los asesinos o de las que manifestaban su “incomodidad”.

Se ve que en esas seguimos. Que nos queda mucha rehabilitación social y moral por delante y que los viejos tics de la enfermedad que nos inoculó el nacionalismo vasco radical, siguen ahí, instalados en el imaginario colectivo de la política española, impidiendo que nos movamos con soltura moral o con la simple decencia de las sociedades sanas.

De esto mismo puedes leer aquí y aquí.

Un nuevo consenso sobre el euskera

Uriarte y Baztarrika. Foto EFE

La V encuesta sociolingüística que recientemente presentaron públicamente la consejera Cristina Uriarte y el viceconsejero Patxi Baztarrika ha dado lugar a bastantes comentarios, muchos de ellos en la línea habitual de resaltar los indudables avances del euskera y la mucha importancia de la acción de los poderes públicos en su progresión.

Sin embargo en esta ocasión hay alguna novedad destacable. El propio estudio señala dificultades inesperadas que se refieren no al conocimiento del idioma sino a su uso en el ámbito privado, donde parece ser que el euskera no avanza en proporción al gran incremento del número de sus hablantes. Incluso hay un dato que ha llamado poderosamente la atención: el descenso porcentual de su uso en el hogar por parte de las personas que lo tienen como lengua materna (euskaldunzaharrak). Sorprendentemente en el espacio que fue durante siglos su refugio, el euskera no avanza sino que retrocede, y así lo ha destacado el viceconsejero.

El estudio muestra claramente que estamos entrando en una nueva etapa. El propio Baztarrika, que no es ningún indocumentado en este aspecto, ha dado en el clavo al concluir que «el futuro del euskera se encuentra, hoy mas que nunca, en nuestras manos». Efectivamente, esta expresión no solo es una llamada a la acción sino, sobre todo, es la constatación de que las posibilidades de tutela de los poderes públicos hacia el idioma empiezan a alcanzar su límite: el ámbito privado, donde la acción administrativa no puede llegar y donde lo que actúa es la voluntad libre de las personas.

El punto de inflexión al que nos estamos acercando no es en absoluto producto de ninguna crisis agónica de supervivencia del idioma como pretenden los muchos partidarios de mantener al euskera en permanente estado de excepción sino, todo lo contrario, es resultado del éxito en el crecimiento del número de sus hablantes, de su relativa normalización y de la aparición consiguiente de un nuevo escenario muy distinto al que existía cuando la actual política lingüística dio sus primeros pasos a partir de aquellos consensos originarios.

Todo es ahora mucho más complejo que entonces. De entrada el euskera ha abandonado la peligrosa situación en que se encontraba hace 30 años, cuando existían dudas fundadas sobre su continuidad. La urgencia percibida entonces allanó muchos obstáculos y facilitó acuerdos, sin embargo ese escalón está ahora superado con creces. No solo eso sino que la política lingüística ha logrado que hoy haya cientos de miles de nuevos vascohablantes, que el idioma se haya reforzado allí donde ya se hablaba y que haya ganado presencia en otros muchos espacios geográficos, culturales y educativos de los que estaba completamente ausente hace tres décadas. Ni que decir tiene que su presencia en entornos formales (sobre todo aquellos en los que la Administración Pública tiene poder) es incomparable con la de aquellos momentos.

El sistema educativo, clave en este éxito, está volcado en favor de la educación en euskera y son centenares de miles las familias castellanoparlantes que han (hemos) renunciado a que nuestros hijos estudiasen en su lengua materna para que lo hicieran en aquella que en casa desconocíamos. Precisamente una de las personas que han recordado y destacado en ocasiones esta actitud es el propio señor Baztarrika que, como digo, no es nuevo en estas lides.

La situación sí que es nueva, y mejor. Por tanto, la política lingüística debe ser también objeto de revisión para que se adapte a la realidad actual y no siga respondiendo a la que fue pero ya no es.

Del mismo modo que los bomberos cuando deben intervenir en un edificio no actúan de la misma forma en que lo hacen los interioristas, el consenso que ahora necesitamos sobre el euskera debe ser mucho más fino, más de pincel que de brocha. Superada la emergencia lo que necesitamos es un acuerdo que tenga en cuenta los detalles complejos de la realidad actual y que sea capaz, además, de definir un objetivo compartido.

Esto de definir el objetivo hacia el que nos dirigimos es, ciertamente, una asignatura pendiente. Nunca lo hicimos. Había demasiada prisa. Lo importante era empezar a andar en la preservación del euskera y quedó para otro momento definir cual iba a ser exactamente el destino final.

Es a causa de esa indefinición sobre a dónde queríamos llegar por lo que ahora nos resulta tan difícil el acuerdo sobre si la política lingüística ha sido un éxito o un fracaso. Si bien el idioma está ahora fuera de peligro también es cierto que ese era solo un primer objetivo y que quienes diseñaron la política lingüística y los modelos educativos pretendían alcanzar cotas muchísimo más ambiciosas. Eso sí: nunca hemos sabido bien cuáles. De forma que lo que la última encuesta nos muestra no podemos decir si es un gran éxito, un motivo de moderada satisfacción o un fracaso. Tan aficionados como hemos sido los vascos a documentar los objetivos, a los procedimientos, la calidad y las certificaciones varias, choca que hayamos dejado al euskera fuera de estas disciplinas pero así ha sido y al no haber establecido el destino, no podemos saber cómo de cerca o de lejos estamos ahora de él.

Ha dicho la Consejera que «el euskara debe ocupar el lugar que le corresponde en un entorno de bilingüismo equilibrado» (sic). Y eso, ¿qué es exactamente lo que significa? ¿que toda la población debe ser diestra en el manejo de ambas lenguas por igual? Si ese fuera el objetivo, que no lo sé, vamos mal. Sería la primera sociedad que ya cuenta con una lengua franca y que, sin embargo, añade a ella una segunda. Es decir, estaríamos frente a un objetivo muy difícil de lograr, poco realista y único en el mundo. Es muy dudoso que logremos convertir ese deseo en un objetivo común así que mejor sería que buscásemos otro que resulte mas realista, alcanzable y, sobre todo, compartido.

El castellano sigue siendo la lengua de la mayoría de los vascos y es innegable que la lengua materna (que no es la que ahora llaman «lengua propia» sino la que aprendemos en casa en la niñez) tiene tanta fuerza en cada hablante que es imposible de vencer si no es mediante el abuso y la imposición, y aun así…, como lo demuestran las familias vascoparlantes que mantuvieron su lengua durante siglos contra viento y marea, dictaduras, castigos y desprecios.

Descartados, pues, el abuso y la imposición, y viendo como vemos que el asunto se dilucida ya en los entornos y las actitudes privadas, toca revisar con cuidado y lealtad los objetivos ya que es evidente que el euskera no se puede permitir el lujo de que se extinga la reserva de complicidad y apoyo que ha obtenido de los vascos castellanoparlantes, como tampoco puede fiar su futuro a la pura militancia lingüística de los euskaldunes, que a menudo dominan no solo el español sino también el inglés y otros idiomas muy atractivos cultural y socialmente.

Cómo mantener la tensión positiva hacia el euskera en esta nueva situación, cómo recrear un consenso leal que evite tensiones y cómo facilitar su avance «civil» son las cuestiones más importantes que debería solventar una nueva política lingüística que sin duda alguna, y a la vista de los datos que vamos conociendo, debe repensarse.

Ahora que tanto se reprocha a los políticos su incapacidad para detectar a tiempo los problemas y aportar soluciones y respuestas, ésta es una buena ocasión para que alguno levante la voz, rompa el tabú y demuestre que los hay que sí saben ejercer la función para la que se les eligió, aunque no será nada fácil. Nadie dijo que lo fuera.

De lo que sí me acuerdo

El Mundo del País Vasco. Miltxi

Yo tampoco recordaba que esta semana se han cumplido 5 años desde el pacto entre el PP vasco y el PSE-PSOE, que hizo posible que Euskadi tuviera un Lehendakari no nacionalista. Y resulta mi olvido criticable porque de aquella firma se derivó algo tan cercano como que fui miembro del Parlamento Vasco durante una legislatura inolvidable.

Olvidé la fecha, cierto, pero no olvido las cosas importantes que pasaron a partir de aquel momento. Y de las que tuve la suerte de ser testigo.

A mi sí me gustó, y mucho, el pacto entre los populares y los socialistas vascos. Me gustó porque, de entrada, sacó al país del callejón ciego al que lo había arrastrado el anterior lehendakari. De eso hay quien se ha olvidado pero yo me acuerdo.

Y me acuerdo también de cómo reventaron las costuras de una sociedad acomodada a la rutina, sorprendida, incómoda, desazonada, que se consideraba a sí misma democráticamente superior a las de su entorno pero que no digirió fácilmente el relevo democrático producto de una nueva mayoría parlamentaria.

En medio de aquella “desazón” recuerdo bien que destacó la reacción desaforada del nacionalismo vasco, que consideró tan intolerable la nueva mayoría, que hizo falta que alguien de dentro pusiese cordura para evitar que al Lehendakari López le negasen los jeltzales el tratamiento propio de su cargo. La cara oculta del nacionalismo institucional, democrático y prudente asomó entonces, justo mientras gobernaban dos diputaciones siendo minoría en ambas. De eso también me acuerdo yo.

Como me acuerdo bien el asesinato de Eduardo Puelles, antiguo compañero del Instituto, y de cómo la voz del Lehendakari condenando a sus asesinos se notó aquella vez que no salía de su boca sino de su corazón.

Recuerdo también cómo la democracia decidió no avergonzarse de sí misma y se ocupó de retirar las amenazas y las bravatas que eran “decoración” habitual en las calles del País Vasco. De eso también me acuerdo y, por supuesto, de quienes se escandalizaron por considerar aquello una provocación.

No me olvido tampoco del día en que escuché cómo un nacionalista nos dijo desde la tribuna del Parlamento (estará en el acta) que a quien “objetivamente” perjudicaba ETA era al nacionalismo. Mientras hablaba, a todos los parlamentarios no nacionalistas nos esperaban en la puerta nuestros escoltas. Eso no lo voy a olvidar.

Es larga la lista de recuerdos, buenos y malos, de aquella legislatura. Pero tal vez el peor fue comprobar cómo la vasca se mostró claramente como una sociedad partida, en la que muchísima gente partidaria de cambios radicales e inmediatos reprochó -decepcionada- al Gobierno de López su supuesta inacción mientras otros muchísimos partidarios de no tocar absolutamente nada clamaban alarmados por la práctica desaparición de la Euskadi misma si se tocaba la boina a los ertzainas.

Desde luego lo bueno que siempre recordaré de aquella legislatura vasca fue el momento en que la democracia venció a ETA y terminó, por fin, con el principal problema que los vascos hemos tenido en toda nuestra historia. Un final que estoy seguro que se prolongará, como pasa con todas las convalecencias, pero cuyo momento clave se produjo en aquel momento.

Así que, aunque tenga mala memoria para fechas y cumpleaños, como es el caso, no quiero que me pongan en la lista de los olvidadizos, sino de los encantados por haber participado con alguna responsabilidad en aquella mayoría parlamentaria que, sin faltarle errores, sirvió para levantar algunos tabúes, destapó algunas hipocresías y evitó algunos males que otros olvidadizos sí parece que han borrado cuidadosamente de su memoria.

Cuántos Suarez hay hoy?

Foto EFE

Procurador en las Cortes franquistas, Gobernador Civil de Segovia, Director General de Radiotelevisión Española, Consejero Nacional y después Ministro Secretario General del “Movimiento”. Suarez era, sin ninguna duda, un hombre del “régimen”. Sin embargo aquel hombre fue el líder innegable de una transición inequívoca, decidida y vertiginosa hacia la democracia parlamentaria, esa de la que su “régimen” abominaba solo un poco menos que del comunismo.

Fue aquel hombre el que puso en marcha una amnistía, disolvió el “Movimiento Nacional” que tan bien conocía, legalizó los partidos y sindicatos de izquierda, singularmente al PCE, recibió al exiliado Tarradellas en Moncloa, ganó las primeras elecciones democráticas, presentó la primera candidatura oficial para el ingreso de España en la entonces Comunidad Económica Europea, constituyó las Cortes Constituyentes y firmó los Pactos de la Moncloa. Una enumeración casi jadeante de cambios y decisiones profundas.

Pero sobre todo tuvo la osadía de desmontar el régimen al que él mismo pertenecía porque estaba convencido de que era eso lo que había que hacer y lo hizo. Por si fuera poco en unas condiciones económicas, y no solo económicas, terribles.

Como si fuera una broma del destino, Suarez ha fallecido justo cuando el sistema que él echó a andar hace aguas de forma evidente. Cuando la ciudadanía, más ruidosa que la de entonces pero igualmente deseosa de cambios, reclama una renovación profunda de la política, una revisión del propio régimen democrático de la transición.

No voy a comparar la legitimidad de los políticos electos de hoy con la de los que formaban el núcleo del régimen de Franco pero nadie me negará que el alejamiento entre la ciudadanía y el sistema político es extrañamente similar hoy y entonces.

Sabiendo que fue desde dentro de la estructura del Estado desde donde Suarez impulsó aquel cambio, no puedo evitar pensar que tal vez en algún escaño actual, despacho oficial o sede de partido esté esa persona atrevida, resuelta y capaz de impulsar una renovación de la política que hoy, como entonces, nos hace tanta falta. Aunque también soy consciente de que la historia no se repite y de que lo que en un régimen autoritario podía ser impulsado por una persona, en democracia necesita de muchas cabezas distintas. Habrá que empezar a buscarlas, rápidamente. Porque seguro que las hay.

Tres cuartos de pollo

Es bien conocido el ejemplo de que si yo me como un pollo y usted ninguno, la estadística dirá que el consumo por persona es de medio pollo…y no faltarán quienes deduzcan de ese dato que todos estamos razonablemente alimentados.

Más tarde, si en una crisis a mí me quitan un cuarto del pollo y usted se muere por fin de hambre, como cabía esperar, el dato estadístico aún mejorará y el resultado será que habremos pasado a consumir tres cuartos de pollo por barba porque usted, simplemente habrá desparecido del cómputo y su ausencia disimulará mi propia pérdida. Albricias, dirán entonces los mismos de antes.

Los mismos de antes y también El Correo de Bilbao que hoy dedica parte de su portada y una amplia información a resaltar que el costo salarial ha aumentado en España y más aún lo ha hecho en Euskadi. Reconozco que la información en sí está bien trabajada pero, como seguirla requiere cierta atención y criterio, la propia página se acoge a la facilona deducción de que tanta queja y reivindicación laboral es contraria a la realidad. El propio Banco de España, nada sospechoso de veleidades sindical-revolucionarias, advierte de que esta estadística está falseada por la asoladora realidad de que ahora tenemos más de 6 millones de muertos laborales que ya no cuentan. Pero esa advertencia, tan incómoda para la demagogia antisindical, se ignora cuidadosamente al opinar.

Si usted es de los que aún trabaja y cobra en torno a los 2.409 euros mensuales de retribución media en Euskadi, que es lo que la estadística nos descubre, o de los 1.996 euros de la media española, debe saber que bastará con que se vayan al paro (se mueran salarialmente) otro milloncito de quienes cobran menos de eso para que le puedan bajar a usted su propio sueldo y que, sin embargo, la estadística reflejará un notorio incremento en los costes salariales. No faltará entonces algún “pollo” que, como hoy, se lo restriegue para que no se queje porque, supuestamente, habrán subido los sueldos. Y lo peor es que lo hará en contra de la demagogia, que ya es el colmo.

Menos humos!

Verán que cuatro de las cinco fotos que acompañan a este texto son en blanco y negro. Ciertamente la poco higiénica costumbre de fumar en lugares públicos estaba más extendida antaño. Ha sido la propia sociedad la que ha ido evolucionando hacia costumbres más sanas y respetuosas con el aire ajeno. De ahí la antigüedad de estas imágenes.

Seguramente fruto de ese cambio social, los legisladores pudieron establecer hace unos años prohibiciones de fumar en lugares públicos que hubiesen sido imposibles en los tiempos en que se tomaron algunas de estas fotos.

Aunque soy poco radical, también en esto, me parece muy bien que la ley evite que los fumadores dañen la salud ajena, la de las personas que no fuman o de las que un bendito día decidimos no seguir haciéndolo, como yo mismo. Pero no debemos olvidar que la única razón admisible para prohibir el consumo de un producto dañino, sin duda, pero legal, en un espacio público es preservar la salud no del fumador sino de las personas que le rodean.

Viene todo este rollo a la intención que parece que hay ahora de prohibir el uso de unos extraños adminículos llamados cigarrillos electrónicos, que parece que no emiten hacia el ambiente que rodea al usuario ninguna sustancia nociva. Se ve que una vez prohibido el tabaco en espacios públicos alguien ha pensado en que «ya puestos» vamos a prohibir también cualquier cosa que se le asemeje.

Es evidente que nuestra concepción de lo que es la democracia se ha debilitado mucho, en todos los sentidos. Las libertades individuales suenan casi a egoísmo, hasta el punto de que las voces justicieras y redentoras, también en todos los sentidos, parecen sentirse ahora con fuerza para «ya puestos» reclamar prohibiciones dirigidas a otras malas costumbres, la de estos cigarrillos… y otras. ¡Que miedo me da ese sendero de virtud!

Médicos como aquellos que te recibían fumando en la consulta (en los tiempos en que se tomaron algunas de estas fotografías) andan por ahí diciendo, seguramente con toda razón, que «vapear» nicotina es también muy malo para la salud de quien lo hace y que no le ayuda al síndrome de abstinencia ni a dejar el tabaco y que, aunque menos que la planta, algunos componentes bien venenosos ya tienen los chismes esos. Bueno ¿y que?

Reconozco a estas personas toda la autoridad para expresar esas certezas médicas pero de ellas no se deduce ninguna razón para prohibir en público una actividad que únicamente perjudica a quien libre y conscientemente la ejerce. No dudo que sea hábito muy malo para el «vapeador» y aceptaría de muy buen grado que estos profesionales solicitasen clara y rotundamente su prohibición total (en público y en privado) como pasa con otras drogas. Pero mucho ojo cuando hablamos de lo que se puede o no se puede hacer en el espacio público. Porque desde el punto de vista de la libertad la única pregunta válida para su prohibición, absolutamente la única es: ¿contamina el aire que respiran las demás personas? No les he leído ni una sola línea que diga que es así, por lo que no me queda otro remedio que pensar que se trata de una cruzada, de otra más, en favor de la rectitud y las buenas costumbres.

Pues mucho ojo. No sé usted pero yo, cuando alguien se siente legitimado para prohibirnos algo «por nuestro bien», no puedo evitar que se me vengan a la memoria, amenazantes como espectros zombies, todos los ataques a la libertad que en la historia de la humanidad han sido, desde los perpetrados por la Santa Inquisición hasta las purgas falangistas o las reeducaciones al disidente del comunismo real.

La lista de las actividades inadecuadas o reprobables es tan larga como la imaginación humana y tan peligrosa como ella. La democracia y el derecho que trajo consigo vinieron precisamente a limitar y regular el poder que puede ejercer el Estado en nombre de la sociedad, fijando claramente sus límites y dejando libre al ciudadano para seguir sus propias costumbres y hábitos mientras no perjudique a los demás, y eso incluye tanto lo que les parezca bien a sus vecinos como lo que les parezca mal. Si tiene usted alguna duda de en dónde está esta frontera que hoy se quiere traspasar con tanta ligereza pregunte a cualquier no cristiano, a cualquier homosexual, a cualquier mujer. Ellos y ellas le explicarán.

La democracia y la bolsa de hielo

La democracia es un sistema de gobierno alternativo a cualquier forma de tiranía. Apuesta por la inteligencia colectiva en lugar de por la genialidad individual. Su gran arma es la estadística, que confirma que sus resultados a largo plazo son incontestablemente mejores. Por tanto es el mejor sistema de gobierno pero no es el sistema perfecto. La perfección no está al alcance del ser humano.

Por tanto no debemos confundir la democracia, como pasa a menudo, con cosas como:

  • Certezacracia
  • Verumcracia
  • Verdadverdaderacracia
  • Iustitiacracia
  • Benditocracia
  • Communicatiocracia
  • Bienestarcracia
  • Miderechocracia

Y menos aún con:

  • Loqueyodigocracia (que también pasa a menudo)
(La bolsa de hielo está indicada contra las hinchazones y sobrecalentamientos cotidianos. Imprescindible para reflexionar con claridad. Manténgase al alcance de los adultos)

Monumento a Sísifo

En mi barrio hay un gran bulevar y en él, alguien diseñó un riachuelo artificial por el que el agua discurre saltarina, de escalón en escalón, hasta desembocar en una bonita alberca final. El rumor resulta agradable y, además, los servicios municipales mantienen tanto el estanque como el riachuelo impecablemente. Tres o cuatro veces al mes los operarios, vacían completamente el agua del sistema, limpian a conciencia las hojas y restos del fondo, y dejan todo como los chorros (nunca mejor dicho) del oro. Y ahí está el problema.

Aunque la limpieza es muy frecuente, en pocos días -horas incluso cuando hace viento- ese monumento a Sísifo vuelve a llenarse de restos, de hojas, ramitas, algún papel… que cubren el agua y, a las pocas horas, también el fondo.

Me apena ver el zafarrancho que montan operarios tan eficaces a sabiendas del poco tiempo que va brillar su esfuerzo así que he llegado a la conclusión de que no se trata de un elemento decorativo más sino que, a sabiendas de que iba a ser un barrio con muchas parejas jóvenes, alguien pensó que le venía al pelo un monumento a Sísifo, que es el patrono pagano de las personas con hijos pequeños y adolescentes.

La mitología griega asigna a Sísifo el castigo de empujar una gran piedra hasta la cumbre de un monte, desde donde ésta volvía a rodar hasta la base. El condenado debía así repetir el enorme e inútil esfuerzo una y otra vez, eternamente, como pasa en el estanque y con bastante probabilidad en muchas de las viviendas que se asoman a él.

Audiencia y notoriedad, a toda costa

Tal vez eran actores bien maquillados y falte el desmentido

También Mercedes Milá pretendió disfrazar su programa de “experimento sociológico” cuando no era otra cosa que voyerismo televisado, y del cutre. Con el tiempo y la inestimable ayuda de las bandas de chonis y macarras cuidadosamente seleccionados para gloria tan efímera, la realidad se impuso, el programa se trasladó al ya atestado barrio de “mierda con audiencia” que todas las teles tienen y las pretendidas veleidades científicas de los primeros días se esfumaron.

Lo mismo ha pretendido Évole con su engaño sobre el 23F. Cuando la TV exige cada día un espectáculo mayor y cuando la rebeldía vende tanto, la realidad puede no ser capaz de sostener tan agotador maratón y, en ese caso, se opta por inventársela. El periodismo de investigación se trastoca así en periodismo del “imagínate que” y cuando al final hay que explicar que todo era falso, no queda otro remedio que poner en marcha la patraña del supuesto experimento sociológico-mediático, para tapar el desatino profesional y moral montado para conseguir audiencia, anunciantes y…dinero. Eso es todo.

Bueno, todo exactamente no. Porque el engaño de la Sexta no es tan inocente como el de Mercedes Milá, que solo quería blanquear la mala conciencia de su audiencia cotilla. La simulación de una conspiración relacionada con el 23F se ha hecho sabiendo perfectamente que se riega en campo fácil, abonado. A sabiendas de que, a estas alturas de deterioro de la credibilidad de las instituciones del Estado, cualquier cosa mala que se diga de ellas, sea falsa, cierta o mediopensionista será aplaudida con entusiasmo y rebotada sin cuento. Si, como toda buena mentira, se apoya en datos o imágenes ciertas para manipularlas convenientemente el riesgo para el impostor resulta mínimo y se convierte en nulo si se cuenta, además, con la inagotable vanidad de políticos y protagonistas reales de aquel momento, dispuestos a decir lo que haga falta para verse por un día en pantalla.

Hasta ahora el periodismo de calidad tenía muchos enemigos, como los profesionales sectarios, que se creen sus propias mentiras, los falsarios que mienten a sabiendas y lo hacen a pecho descubierto, tratando de engañar y enredar a la opinión pública para su causa pero veo que aparece un nuevo enemigo: el que inventa lo que muchos quisieran que fuese cierto y lanza la bola para correr a esconderse en el «burladero de la experimentación», pero que lo que busca es, de entrada su propia notoriedad, por supuesto, y después saber hasta dónde llegó la mentira que lanzó; hasta dónde es de tonta la gente  de la que vive y a la que, evidentemente, desprecia. Solo espero que el autobús que lleva al barrio de la basura aún tenga plazas libres. Seguro que sí.

¿Estética policial?

Todo blanco, en perfecto orden, inmaculado, ni rastro de grasa protectora o del barro que se supondría inherente a algo recién sacado de algún bidón enterrado.
Presidido por el cuadro que la República Española encargó al genial artista malagueño, el silencioso vídeo que hemos visto hoy, tras una intensa campaña de generación de expectativas, no sé si muestra la mitad, unas pocas o todas las armas que le quedan a ETA, pero lo que sí muestra es, desde luego, muy poca imaginación a la hora de diseñar una estética propia.
A falta de ella se ha tirado de lo que más se conoce que, paradójicamente, son las imágenes que suelen enseñar la Policía y la Guardia Civil cuando decomisan alijos de drogas o de armas como esas mismas. Incluso está el inevitable logotipo sobre la mesa. ¡Que paradojas! Solo faltan los fajos de billetes.