2014

Cerebro humano vs. Stack Ranking

No se ponen de acuerdo los antropólogos en explicarse la razón por la que unos primates, razonablemente bien adaptados a su ecosistema, se empeñaron en desarrollar un carísimo órgano, el cerebro, que consume él solo en torno al 20% de toda la energía de los individuos que lo poseen. Conocedores de que la evolución solo se produce allí donde las condiciones cambian y obligan a adaptarse a los seres que las sufren, no aciertan los científicos a encontrar qué cambió, qué fue aquello tan importante como para que nuestros antepasados tirasen la casa por la ventana, apostando por cargar con un cerebro tan complejo y derrochador.

Sin poder afirmarlo con absoluta seguridad (como casi todo en ciencia) apuntan a que semejante dispendio solo se podría entender si aquellos seres se tuvieran que haber enfrentado a algo nuevo, omnipresente y asombroso. A una realidad agotadoramente compleja, ante la que no quedó otra opción que esa especie de órdago biológico que llevamos dentro del cráneo.

No fue el clima, ni la dieta, ni la caza. Esa realidad por la que muchos explican una apuesta tan rotunda fuimos nosotros mismos. Fueron las relaciones entre los propios humanos, fue la sociedad liosa y difícil que hemos ido creando, no de hoy, sino desde hace cientos de miles de años, donde cada individuo interrelaciona con los demás a cada instante y en todas las facetas de su vida. Ese parece ser que fue el reto al que tuvimos que enfrentarnos y por el que no nos quedó otra que cargar con este hipercerebro. Albert Camus apuntó en esa misma dirección afirmando: “El infierno existe. Son los demás”.

Sin embargo, como es habitual, todas estas cuitas les resultaron irrelevantes a algunos gurús de la organización empresarial y de los “Recursos Humanos”. Debieron pensar que ¿para qué necesitamos un cerebro si tenemos cuadros, gráficas y tablas de calificación?

Leo ahora acerca de los desastres que en algunas empresas ha causado la aplicación de sistemas supuestamente objetivos (Stack Ranking) para la valoración de las personas que en ellas trabajaban: la cosa consiste en que los empleados se autocalifiquen unos a otros, de forma que quienes obtienen mejores puntuaciones que los demás medran, los normalitos se quedan donde están y los peor calificados se van a la calle. Todo muy objetivo y muy parametrizable, oiga.

Todo, menos una cosa que olvidaron. Y es que los recursos humanos se empeñan en cargar cada uno de ellos con uno de esos complejos y carísimos cerebros a los que me refería. Y acostumbrados como están a lidiar con maridos, esposas, suegras, cuñados, hijos adolescentes y vecinos de la comunidad, lo de adaptarse al nuevo sistema de evaluación resultó pan comido. Solo que a lo que dedicaron las neuronas aquellos espabilados Recursos Humanos a los que se pretendía juzgar, fue a salvarse del sistema y no a mejorar los resultados de la empresa. La colaboración desaparecía y la competencia no se dirigía al mercado sino al compañero de mesa. El resultado es que, tras el destrozo, grandes empresas como Microsoft, Enron, Motorola y otras han tenido que desmontar a toda prisa el bonito sistema de clasificación de las personas en listas y tontas porque se les iba por el desagüe la rentabilidad que les prometió alguien que creía que el único cerebro era el suyo y que, obviamente, no era el más listo.

Millones de años de evolución han hecho la inteligencia humana muy compleja, muy retorcida, muy creativa y muy poco previsible. Solo así son posibles cosas como el arte, la generosidad, la tortura, el amor, la envidia, la curiosidad, el teatro… entre otras. Tratar de medir todo lo que somos es una tentación absurda y signo de poca inteligencia. No hay cesta que contenga nuestra creatividad, tan absurda como irresistible. Ya lo decía Javier Krahe, aunque en referencia a un órgano distinto al cerebro: “Es mísero, sórdido y aun diría tétrico, someterlo todo al sistema métrico”. Si no lo conocen escúchenlo, Es divertido, lleno de matices, dobles sentidos y expresiones equívocas. Inteligente en definitiva.

La imposible unidad de la izquierda

El PSOE ha celebrado elecciones y sus militantes han escogido, en urnas secretas, a su máximo dirigente. Casi al instante los opinadores que se arrogan para sí mismos la condición de legítimos (y únicos) representantes de “la izquierda” han deplorado el resultado de la elección y alguno, en pleno calentón, el proceso mismo.

Parece que los votos directos, secretos y personales, la máxima expresión democrática posible, solo les vale si el resultado final es el que ellos desean. Y lo más asombroso es que tras hincharse a exigir democracia a los socialistas, con ínfulas de predicadores, no les asalta la menor intranquilidad al ver que la gente vota distinto a lo que a ellos les gustaría. No se les mueve un pelo, ni se les tambalea una idea. Oiga!

Cuando el verdadero ejercicio de la democracia determina otra cosa distinta a sus democráticos deseos, le hurtan instantáneamente tal condición de democrático, que es virtud que parece que solo podría ser «otorgada» por ellos. Recuerdan enseguida al Napoleón de Orwell y su «Animal Farm«.

Yo, que soy tan demócrata –parecen pensar– exijo que democráticamente se decida lo que yo quiero, ya que de otro modo la decisión no podrá ser democrática, al no corresponderse con lo que piensa alguien tan demócrata como yo.

No se ría. Hay mucha gente en la izquierda que considera que ser demócrata es ser de los suyos. Y, además, que ser de los suyos es la única forma de ser “de izquierda de verdad”.

Porque hay que reconocer que en una cosa sí que tiene esta izquierda tan rocosa éxito indiscutible: en su habilidad para hacerse con el grial de la autenticidad. La ventanilla de reparto de carnets de izquierdista auténtico y el púlpito desde el que arrojar admoniciones a los felones socialdemócratas les han funcionado siempre a pleno rendimiento. Ahora incluso lo hacen por internet.

Quizás en compensación por la gran ventaja de esta izquierda auténtica en el debate ideológico, la socialdemocracia, esa otra izquierda así como dubitativa, es la que suele contar con un apoyo popular incomparablemente mayor, que le permite, con el tiempo, hacer cambios políticos profundos desde el poder y el Boletín Oficial.

No deja de asombrar el contraste entre la tibia consideración que la socialdemocracia suele tener acerca de sí misma y el orgullo y seguridad con que la izquierda revolucionaria se muestra. Más aún cuando la primera tiene en su haber la gran revolución que en Europa acabó con la miseria de los humildes y creó esas clases medias tan odiadas por los esencialistas, mientras que las certezas de la izquierda auténtica e irreductible tienen el dudoso honor de estar en el origen de algunos de los regímenes más espantosos y de las tiranías más atroces contra sus camaradas trabajadores.

Decía Bertrand Russell que “El gran problema del mundo es que los fanáticos están siempre seguros de sí mismos, mientras que las personas sabias están llenas de dudas”. Seguramente tenia razón también en esto.

Lo que hace imposible el mito de la unidad de la izquierda es la pretensión ruidosa de los menos de que seamos siempre los más quienes nos movamos hasta donde ellos nos dicen.

Por eso creo que es mejor que aceptemos de una vez que tal unidad de la izquierda nunca se producirá, que lo más que cabe esperar es que haya trasvases de votos entre la socialdemocracia grande, institucional y útil y la izquierda auténtica, esencialista y periférica. Algunas veces la marea llenará los caladeros de la primera y otras, como ahora, llevará el apoyo hacia los de la izquierda más radical. Es ley de vida pero el mito de la unidad de la izquierda nunca se cumplirá. Cuanto antes lo entendamos, mejor.

Lo que sí resulta muy conveniente es que la socialdemocracia se quite un poco los complejos. La cosa está muy mal pero, por ahora, en España el único partido que ha puesto en marcha una renovación democrática profunda, dando la palabra uno a uno a sus afiliados, ha sido el PSOE. Veremos hasta dónde llega, pero de momento ya ha arrancado, y los defensores de la “auténtica democracia” ya la han condenado, como cabía imaginar.

Elogio de las puertas giratorias

Todo el mundo parece convencido de que uno de los grandes problemas de la política española es la gran escasez de buenos profesionales que se dediquen a ella y la sobreabundancia de quienes, a falta de otro currículo, se convierten en políticos profesionales. Hacen falta profesionales en la política y no profesionales de la política, se ha dicho muchas veces. Y no sin razón.

Algunos, claro, blanden este argumento no para mejorar la acción política sino para expulsar de ella a quienes no tienen “una formación técnica suficiente” pretendiendo que los técnicos (normalmente ellos mismos) son quienes deben hacerse cargo de todas las decisiones. Esa falacia da para otro post.

El caso es que, ciertamente, la política española se ha nutrido mucho de personas que han ido construyendo su vida laboral en paralelo a sus responsabilidades políticas. Eso ha tenido consecuencias que hoy se denuncian como una de las principales causas del deterioro de la credibilidad y la calidad de la política. Para referirse a ese gran grupo de quienes han sostenido los partidos y se han sostenido en ellos durante 30 años hace ahora furor el calificativo de “casta”.

Sin embargo, mientras se exige con pasión la renovación de la “clase política” (por lo común trayendo gente más joven, no más experta) se quiere regular cada vez con más detalle y minucia todo lo relativo a la relación entre la política y la vida profesional, laboral y empresarial. Para evitar las “puertas giratorias” -se dice- para que los políticos (y sus familiares) no puedan aprovecharse de su cargo cuando lo abandonan.

Sospecho que tal vez sea este el momento de darle un restyling al aforismo atribuido a Bertolt Brecht y modificar su sentido, quizás de esta forma:

“Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y ya son un poco peligrosos. Pero los hay que luchan toda la vida: esos son los que no queremos ver ni en pintura.”

Dice mi amigo Fermín, y yo lo comparto, que el problema de las puertas giratorias es, precisamente, que giran demasiado poco, que lo hacen demasiado despacio y que, como consecuencia, se impide una relación sana entre la política y la vida civil, académica, científica y profesional que tanto se reclama, que debería existir y que contribuiría a aumentar la calidad de las decisiones y la credibilidad de los políticos.

Es cuando no existe esa posibilidad ágil de entrada y salida de la vida pública cuando los pocos casos que se dan despiertan tantas sospechas. Sin embargo lo caro no es que algún profesional indecente se pueda, en algún caso, aprovechar de su paso por la política, lo caro está siendo que todos los políticos tengan que quedarse indefinidamente donde están (si quieren un empleo), taponen cualquier renovación y alimenten así la desconfianza.

Tanta desconfianza hay que, para contentar a la opinión pública, se toman decisiones, muy populares, que tendrán consecuencias exactamente contrarias a las que se dicen pretender.

Es el caso del Parlamento Vasco, que esta semana ha aprobado una ley que endurece el acceso y, sobre todo, la salida de la política para cualquier profesional que tenga la osadía de asomarse a ella. Todos los grupos, unánimemente han decidido que los cargos públicos durante los dos años siguientes al abandono de su cargo, no podrán prestar ningún tipo de servicio ni mantener relación laboral o mercantil con las empresas, sociedades o cualquier otra entidad de naturaleza privada con las que hubiera tenido relación directa desde su puesto. Tampoco podrán tener, ni los cargos, ni sus parejas, ni sus hijos, participaciones directas o indirectas superiores a un 10 % en empresas que tengan conciertos o contratos con el sector público.

Menos mal que Rubalcaba era de la Complutense (que es pública), porque con esta Ley no hubiese podido regresar a ninguna Universidad privada. Ahora ya sabemos que nunca podremos contar en educación con ningún profesor de Deusto o de Mondragón (salvo que piensen abandonar sus carreras) y, solo como ejemplo, el Consejero de Sanidad Jon Darpón, no podrá regresar ya a su puesto de experto en gestión sanitaria en el IMQ.

Los arquitectos o urbanistas no podrán acceder a cargos públicos relacionados con su especialidad, a no ser que se jubilen o monten una pescadería al abandonar el cargo. Los expertos en seguridad deberán pasarse a comercio textil (siempre que no vendan uniformes) y los gestores educativos tienen abierta la opción de abrir alguna casa rural (siempre que no organicen allí colonias infantiles).

El mensaje a los profesionales que tanto se dice necesitar es bien nítido: «si tiene usted la tentación de dedicarse a la política, sepa que debe abandonar toda esperanza de regresar con tranquilidad a ese empleo o actividad que le hicieron interesante para la política (salvo que sea usted funcionario o rico)». La reacción de esas personas cabe imaginarla con idéntica nitidez.

El resultado de esta pírrica victoria es que los profesionales de la política han contentado a la opinión pública pero alejando un poco más de la política a los profesionales que les podrían hacer sombra. No me extraña que alguno aplaudiera ¡Menudo éxito!

Faltan analistas. Sobran enteraos

Se ha repetido tantísimas veces que en España no dimite nadie que, en realidad parece que lo que se espera es que, en efecto, así sea; que los lideres se agarren a sus cargos como gato a las cortinas, de forma que la crítica pueda seguir su curso “natural” sin sobresaltos.

Así que cuando se produjeron las dimisiones de Alfredo Pérez Rubalcaba y de otros líderes socialistas surgió un curioso fenómeno entre quienes ya tenían preparadas las invectivas más rotundas y las columnas más incendiarias. Lo escrito con tanto ardor como previsión se vino abajo y si no llega a ser por aquel invento improvisado de que la dimisión no era tal dimisión y que era «una dimisión en diferido» y otras patochadas de semejante cariz, esas plumas y micrófonos justicieros que tanto abundan en España se habrían visto ante un problema: habrían tenido que pensar, y que pensar rápido.

El invento de la dimisión diferida fue eso, un subterfugio para ganar tiempo y poder recolocarse apresuradamente después del susto de ver que ya no servían las críticas de siempre. Resulta que Rubalcaba y sus compañeros incumplían el pacto no escrito de no dimitir para que así se les pueda poner a parir por no dimitir.

Pasado el mal rato y una vez recompuesta la figura, se pasó a asegurar con total certeza que el congreso socialista lo iba a manejar un “aparato” aterrado ante la posibilidad de dar la voz a los militantes. Eso lo sabían todos “de fijo” hasta que Eduardo Madina dijo que solo se presentaría si votaban los militantes. La dimisionaria dirección socialista, tan torticera ella, tardó pocas horas en aceptarlo y volvió a incumplir así con su obligación de negarse a toda apertura para que le puedan poner a parir por negarse a toda apertura.

¡Es que así no puede ser! Otra vez las lenguas más avisadas a recomponer el gesto. Menos mal que en su ayuda acudió la certeza indiscutible de que Susana Díaz, la Presidenta de Andalucía, sería con impepinable seguridad la nueva Secretaria General y que, por tanto, siendo una “barona”, el discurso de que el PSOE es y será siempre incapaz de repensarse y renovarse seguía sirviendo. El “aparato” del PSOE pareció que cumplía por fin con su obligación de cerrar el paso a cualquier renovación y que así pudiera atacársele por cerrar el paso a cualquier renovación.

Pero hete aquí que la segurísima candidata Díaz se descuelga un día diciendo que su sitio está en Andalucía y que no va a optar a la secretaría general del PSOE, que muchas gracias. ¡Y vuelta la burra a los trigos! Por si fuera poco, aquellos nombres que a última hora, ya a la desesperada, sonaban como seguros sustitutos de Díaz, no hicieron acto de presencia y de nuevo se volvió a incumplir el acuerdo tácito de que el PSOE debe mostrarse incapaz de recuperar su pulso para que se le pueda censurar por mostrarse incapaz de recuperar su pulso.

Y ahora resulta que los únicos candidatos que hay son los que hasta hace nada no eran del “aparato”, aunque ya les buscarán amigos, no le quepa a usted duda. Ahora resulta que los militantes van a votar. Resulta que, semana tras semana, se han ido derrumbando las malísimas noticias que se aseguraban como ciertísimas semana tras semana.

Pero lo más asombroso es que los que han afirmado con tan ignorante vehemencia tales cosas, los mismos que dijeron que Rubalcaba no dimitiría, y dimitió; que no habría elección directa, y es el próximo día 13; que Patxi López iba seguro, y no fue; que Susana Díaz acudiría al rescate de Ferraz, y no lo hizo; que era inminente el desembarco de Juan Fernando López Aguilar o de Soraya Rodríguez y no los hubo. Esos mismos que se dicen sesudos analistas y a los que la realidad del PSOE les ha metido más goles que a la selección en Brasil, ahí siguen –impasible el ademán- como si no hubiera pasado nada, como infalibles oráculos, como si alguna vez hubieran dado en algún clavo.

Qué pocos analistas tenemos ¡Y cuánto “enterao”!.

Más sobre esta fauna

¿Desde cuándo es el PSOE republicano?

Mi abuelo, que no era socialista, tenía estas fotos en el salón

Aunque el titular parezca una pregunta retórica, no lo es. Es más, conviene hacerse de verdad esa pregunta ahora que todo el mundo proclama que el PSOE es un partido republicano “desde siempre”.

El PSOE se hace republicano en 1930. Es decir 51 años después de su fundación. Esa es la respuesta a la pregunta.

¿Quiere eso decir que el PSOE era antes de eso un partido monárquico? Obviamente no. Lo que quiere decir es que las preocupaciones de los socialistas desde su misma fundación no fueron dirigidas a la forma de Estado sino a las condiciones de vida de los trabajadores. La auténtica continuidad que puede verse en la historia del socialismo español no es el republicanismo sino el empoderamiento de los humildes, la modernización y la democratización efectiva del país.

Es cierto que el PSOE fue un elemento clave en la Segunda República Española, como lo había sido antes en otros periodos, pero de ningún modo estuvo entre sus promotores. El PSOE estuvo ausente del llamado Pacto de San Sebastián, que fue el pistoletazo de salida de la Segunda República y que se acordó en la sede donostiarra de Unión Republicana.

Allí estuvieron Lerroux, Azaña, Marcelino Domingo, Álvaro de Albornoz, Niceto Alcalá-Zamora y Casares Quiroga, entre otros; todos en representación de los partidos republicanos de toda condición pero el PSOE faltó. Solo Indalecio Prieto, bestia negra de los segmentos más izquierdistas del partido, asistió a aquella cita a título exclusivamente personal. Alguno querría expulsarle por ello.

Porque tal ausencia no fue ningún descuido. La corriente mayoritaria del Partido Socialista seguía considerando aquella propuesta antimonárquica como un asunto exclusivo de la burguesía, en el que no se debía entrar bajo ningún concepto. Tanto fue así que el Presidente del PSOE, Julián Besteiro, ferozmente opuesto a cualquier compromiso con los republicanos, al verse sobrepasado por las tesis favorables al acuerdo de Prieto y de Largo Caballero, dimitió de su cargo junto con buena parte de la dirección y se montó un buen lío.

Ciertamente una vez proclamada la Segunda República, el PSOE se adhirió de forma completa al nuevo régimen hasta el punto de que el propio Besteiro sería el primer Presidente de las Cortes republicanas.

Tampoco puede ocultarse que el levantamiento del General Franco, la guerra y la dictadura rompieron cruelmente la legitimidad de la República y que la traumática desaparición del régimen que había sido esperanza cierta de modernidad y democracia, contribuyó a generar una visión bastante mitológica de aquella época que es la que, me temo, está sustentando tanto agitar de banderas de estos días.

O sea que, para que nos entendamos: fueron los heterodoxos socialistas los que vieron entonces que la República iba a ser el inicio de un nuevo tiempo en el que había que estar. Así lo había dicho Prieto en el Ateneo de Madrid aquel mismo año de 1930: “es una hora de definiciones… hay que estar con el Rey o contra el Rey» y fueron justamente los socialistas ortodoxos, los defensores de las doctrinas más esenciales, los que se opusieron a aquel compromiso con la República que creían que no iba con el socialismo.

Algo no muy distinto ocurrió muchos años después, en mayo de 1979, en el 28º congreso del PSOE, en el que de nuevo se enfrentaron la ortodoxia socialista y un líder que veía, también esta vez, que los socialistas debían cambiar para convertirse en un partido socialdemócrata europeo al uso y comprometerse en primera línea en aquel nuevo régimen de democracia parlamentaria que se estaba estrenando con el reinado de Juan Carlos I. Lo que Felipe González dijo entonces aún resuena “hay que ser socialistas antes que marxistas

Ahora que el republicanismo del PSOE se da por supuestísimo, es buena paradoja recordar que fueron los “socialistas impuros” quienes “pastelearon” para que llegase la República y lo hicieron contra la opinión enardecida y los reproches de los puristas y que -¡qué cosas!- hoy son estos últimos los que enarbolan aquellas banderas tricolores como emblemas de autenticidad socialista contra los pragmáticos.

Ahora que, nuevamente, España se encuentra en un momento crítico (y el PSOE aún más) y que se van a tomar decisiones que marcarán el futuro del país, va a hacer mucha falta que el Partido Socialista vuelva a mirar por encima del humo y cambie de arriba abajo pero para renovar su capacidad para seguir en la senda del que ha sido su auténtico itinerario histórico, que es el de ser útil a la sociedad que necesita de un partido progresista con poder, que esté presente allí donde se deciden las cosas. Tal y como ha hecho durante el reinado de Juan Carlos I.

Es evidente que la tentación de agarrarse a la confortable seguridad emocional de la ortodoxia, sea ésta obrerista, marxista o republicana ha estado siempre ahí y, por supuesto, sigue estándolo hoy. Pero es que el cambio y la renovación siempre han pasado por superar esa permanente tentación esencialista para hacer algo mucho más incómodo pero más importante: ser útil en lugar de puro.

Otro referéndum para ejercer «el derecho a no decidir»

Foto Juan Luis Sanchez. El diario.es

La abdicación del Rey, en medio de la efervescencia desatada por la crisis económica y política del país ha puesto en el candelero la reivindicación de que se pregunte a la ciudadanía por la forma de Estado; iba a escribir la “discusión o el debate” pero he corregido enseguida porque no hay discusión ni debate alguno sobre Monarquía o República sino simple reivindicación. Una discusión requiere propuestas, contrapropuestas, matices, correcciones, previsiones, argumentos…para diseñar una solución que tendrá una forma u otra, pero que será algo concreto, producto de esa discusión y de ese debate ahora inexistentes.

Lo peor no es que no haya una sola propuesta de cómo sería la República que se quiere. Lo peor es que no parece que a nadie se le haya ocurrido que tal concreción pueda ser necesaria. Pasa lo mismo que con el referéndum sobre la independencia de Cataluña: que nadie dice cómo será esa Cataluña que se desea.

Se sabe bien lo que significa que Cataluña sea una de las Comunidades Autónomas de España porque está legislado y porque está probado durante décadas, pero nadie dice cómo será la Cataluña independiente. Todo se supone y nada se aclara. No sabemos, porque nadie lo ha dicho, ni qué forma de Estado adoptará el país, ni cuáles serán sus idiomas oficiales, ni si todos los habitantes de Cataluña serán catalanes y si podrán votar o no todos ellos, cómo se pagarán los déficit actuales o los que se generen… Al menos a los vascos, en la única ocasión en que un nacionalista (moderado) explicó cómo sería su Euskadi independiente ya se nos aclaró, de entrada, que no todos los vascos tendríamos iguales derechos políticos. Estas precisiones se agradecen mucho siempre, pero resultan por completo ineludibles cuando se trata de hacer propuestas de cambio tan profundas y duraderas como la independencia de un territorio o el cambio en la forma de Estado.

Se supone que habrá un Presidente o Presidenta de la República -digo yo- pero ni se habla de cuáles serán sus funciones y poderes. Es más ¿el nuevo jefe del Estado ¿tendrá algún poder o se limitará, como hace el Rey, a firmar lo que le digan el Gobierno y las Cortes? Ya veremos. ¿Seguiremos siendo un régimen parlamentario o pasaremos a un sistema presidencialista, con un Primer Ministro supeditado al Presidente? Ya veremos ¿Tendrá el Presidente derecho de veto como tenía en la Segunda República? Ya veremos ¿Se mantendrá el sistema político autonómico o se hará como en la Segunda República? Ya veremos. ¿O tal vez como en la primera; o sea, ninguna autonomía? Ya veremos. Esa República ¿intentará serlo de todos los ciudadanos de la España actual o se conformará con sus incondicionales?

Si le dedicase más de dos minutos se me ocurrirían mil preguntas fundamentales más pero veo, asombrado, que nadie parece haberle dedicado a esto ni 120 segundos.

Cuando una persona cambia su estado civil de casado a separado o divorciado, incluso cuando la separación es amistosa, se firman muchísimos documentos, algunos bastante incómodos. Y se hace así porque la vida va a seguir al día siguiente de la separación: los hijos van a seguir necesitando ayuda, el banco seguirá exigiendo la hipoteca o el casero el alquiler, llegarán los fines de semana y las vacaciones, habrá que ir a la compra, en fin todo eso que forma la vida cotidiana y sobre lo que hay que decidir. La incertidumbre existe, por supuesto, pero no puede ser completa y total. Por eso en ningún juzgado ofrecen a la firma el formulario “Ya Veremos”.

Sin embargo tenemos ahora en la calle dos movimientos multitudinarios, movidos por la emoción de su legítimo deseo, que parecen creen que lo que resulta obligado cuando se rompe un sencillo matrimonio de dos personas puede ser mágicamente obviado cuando se trata de cambiar de arriba abajo las complejísimas circunstancias de un país de millones de habitantes. O de dos.

No sé por qué insisten tanto en llamarle “derecho a decidir” cuando resulta obvio que lo que se nos propone es justo lo contrario: suprimir lo que hay para después aplicar el “ya veremos”, que es exactamente lo que todos decimos cuando no queremos decidir.

EL PSOE se refunda en servilletas

¿Te imaginas en cuántos bares y Casas del Pueblo habrá gente haciendo esto mismo? -se preguntaba ayer mi amiga Marisa Sánchez- mientras en una servilleta, efectivamente, dibujábamos algunas ideas para el cambio en la organización del PSOE.

Veo a muchos columnistas asombrarse, con razón, de cómo el Partido Socialista se “abre en canal” en cada una de sus crisis. Alguno ha dicho, incluso, que en este momento el PSOE es una olla a presión. A mí me parece todo lo contrario: que es una olla abierta, sin tapa, hirviendo a la vista de todo el mundo, rebosando espuma pero desde luego no parece una olla a presión, ni mucho menos. Seguro que este no es el método más profesional para reformarlo ni, desde luego, el más discreto pero a mí me gusta así.

Quizás el próximo congreso de los socialistas deba aceptar propuestas escritas sobre servilletas. No se rían, cuentan que el diseño del museo Guggenheim de mi ciudad nació en una de ellas.

Ha nacido el molismo

El molismo es ya el nuevo y fresco movimiento político que se abre paso entre las anticuadas y obsoletas ideologías, cuya extrema debilidad solo les permite ya apartarse avergonzadas ante el ímpetu, la fuerza mediática y la provocadora y juvenil irreverencia de los representantes de la nueva tendencia.

El molismo es la ideología perfecta para un inmenso sector de la ciudadanía. Un segmento de población que en absoluto percibe lo que rodea su vida como el resultado de una compleja e intrincadísima red de servicios, tecnologías, de relaciones económicas y, naturalmente, de tensiones, equilibrios e intereses muy diversos y enmarañados.

Que el wifi funcione sin cortes, que haya pan en la panadería y naranjas en el súper (incluso en julio) les parece no solo lo más normal del mundo sino el suelo mismo a partir del que uno empieza a hablar de lo que sea.

Los coches eléctricos no contaminan –alegan sinceros- como si llegasen a los concesionarios por arte de magia, desapareciesen del mismo modo de los desguaces y la electricidad que consumiesen se creara en los enchufes de los garajes.

Cuando suben a una máquina de varias toneladas que les lleva a 900 km/h por un entorno a 40 o 50 grados bajo cero, con una presión exterior letal para cualquier ser vivo, solo apreciarán la mayor o menor calidad del catering y será eso lo que les moverá a la queja o al aplauso.

Consumidores antes que ciudadanos, los molistas gozan de una envidiable simplicidad en sus preocupaciones pero, desde luego, no carecen de ellas. Aunque, como ignoran y desdeñan cualquier complejidad, absolutamente todo lo explican en términos de unos malos malísimos que hay y que abusan siempre de todos los demás, ellos incluidos. Encantador.

De hecho el molismo es el paraíso de la simplicidad también en sus reacciones ante todas las cosas que, o “molan” o “no molan”.  Si se les apura pueden incrementar la escala con dos conceptos superlativos “mola mazo” en el extremo positivo o “raya” en el negativo. (me disculpará el lector pero al tratarse esta última de una palabra exclusivamente oral no puedo garantizar su ortografía correcta)

Ni se le ocurra a usted pretender obtener explicación alguna sobre las razones por las que algo mola o no mola y menos aún les hable de consecuencias o efectos negativos que podrían no molar al molista. Lo que mola, mola y si hay alguna mala consecuencia pues esa no molará y fin del razonamiento. Asombrosamente, su mayor o menor preparación académica les servirá para enmarañar más o menos esa simple respuesta pero para nada más.

Es una triste paradoja que la ilustrada admiración humana por la ciencia y el progreso haya ido desapareciendo justo cuando la tecnología explotaba en un big bang de novedades, posibilidades y éxitos. El asombrado ciudadano don Hilarión, que cantaba aquello de “hoy las ciencias adelantan…que es una barbaridad”, se ha visto finalmente sobrepasado por tantos avances y sustituido por una casta (esa sí) de partidarios de explicaciones fáciles y de soluciones tan instantáneas como el cacao que conocen desde niños.

Arthur C. Clarke, autor de la novela que Kubrick convertiría en la inolvidable “2001: Una odisea del Espacio” dijo que «toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” y, sospecho que no hizo otra cosa que predecir la aparición de una sociedad nueva que responde perfectamente a esa descripción y que precisaba también de una ideología nueva. Ya la tiene.

El nido revuelto del PSOE

Nido de aguililla calzada

Leyendo y escuchando esta polémica dentro del PSOE sobre si deben celebrarse primero las primarias abiertas que elijan el candidato o candidata a la Moncloa o, por el contrario, si debe ser primero el congreso que elija la nueva dirección me he acordado de un fenómeno natural común entre las aves.

Se llama cainismo y consiste en que, en momentos de escasez, el primer pollo en salir del huevo, en cuanto adquiere cierto tamaño mata a su hermano para así quedarse para sí con toda la atención y el alimento que aportan los padres.

El PSOE ha decidido que va a tener dos líderes, uno elegido en primarias abiertas para ser su cartel electoral y otro elegido en congreso para dirigir el partido desde Ferraz. Es una situación novedosa, que a mi me gusta, pero no se me escapa que esta fórmula no tiene tradición entre los socialistas.

Sin embargo la mucha acritud con que veo que se está discutiendo sobre esta prioridad me hace sospechar que aquí hay algo más que un simple criterio de oportunidad y que tal vez no todos los socialistas hayan entendido del todo bien lo que significa tener simultáneamente dos líderes distintos, con legitimidades distintas y con funciones también diferentes. Esa sospecha y mi afición por la ornitología quizás me estén jugando una mala pasada a la hora de valorar tanta vehemencia sobre quién debe “nacer” primero.

Euskadi se atraganta con 30 millones de dosis de europeísmo

Las instituciones europeas nos han puesto a los vascos y vascas una multa de 30 millones de euros por una razón muy fundamental: porque pueden.

Por si esa razón no fuera suficiente, el motivo de la sanción resulta bastante humillante, ya que la multa se ha justificado no ya en el error de las “vacaciones fiscales” sino en la contumacia de nuestros responsables políticos que, con toda clase de subterfugios, demoras e ignorancias retrasaron más de una década la reparación que se nos exigía.

No es plato de gusto de nuestras cercanísimas instituciones pasar por aro alguno. Acostumbradas, como están, a que su voluntad sea Ley, no les ha hecho ninguna gracia que Europa se muestre en esto tan implacable como acostumbran a serlo ellas mismas cuando un ciudadano “se hace el orejas” con sus propias normas. Algo que también suele terminar con la devolución de lo distraído y una multa adicional; por “listo”.

Para quien no esté al corriente de las peculiaridades institucionales vascas, recordaré una figura jurídica antigua y muy pintoresca llamada “pase foral”, que consistía en “acatar” pero no cumplir las leyes de la Corona Española. A ejercer esa figura tan atractiva y ventajosa la gente del común también le llamamos “pasar” pero vinculando la acción con algunas partes de nuestra anatomía que no queda bien citar. No puedo evitar pensar que habrá habido quien creyese íntimamente que ese supuesto derecho a “pasar” iba a colar también con los aburridos y ocupadísimos funcionarios de Bruselas pero no ha sido así, naturalmente. El término “jacobino” que aquí se usa tan a menudo como insulto, en los despachos europeos es, simplemente, lo normal.

Ahora que estamos a punto de votar en unas elecciones europeas puede ser un buen momento para darnos cuenta de que la construcción europea, tan aplaudida, tan legendaria y tan poco comprendida no es otra cosa que el camino hacia la creación de un gran poder único en el Continente. Y el poder se tiene para ejercerlo, no para otra cosa. Por eso lo más sorprendente de todo es la propia sorpresa con que ha sido acogida la noticia de la muy previsible multa.

Hay muchas paradojas en este episodio. La primera es que los nacionalistas vascos, a los que nada molesta tanto como tener a nadie mandando por encima de ellos, hayan apostado siempre por las instituciones europeas. Tal vez su error fue creer que cualquier debilitamiento del Estado que sienten como opresor era bienvenido, sin darse cuenta de que el poder que pierden los Estados tradicionales se traslada a un gran Estado europeo, más grande, más moderno, más alejado, más poderoso y seguramente más frío. Quizás también más jacobino. Donde, desde luego, ni entienden nuestra “particular idiosincrasia”, ni les preocupa lo más mínimo ignorarla.

Pero en esta indigestión de realidad europea los nacionalistas no han estado solos, ni mucho menos. Aquí no caben airadas críticas ni vocerío de indignación de ninguno de los grandes partidos vascos que, conscientes de que los votantes están más cerca que los despachos europeos, siempre han sido entusiastas de toda clase de ayudas de Estado y lo que es peor, de disimular cuando, al verlas, nos reprendían desde Europa.

La multa nos llega justo en el peor momento para la imagen de la Unión, que ha pasado de ser vista como una ventana de esperanza a percibirse como una institución enemiga y “sin alma”, como ha dicho el Lehendakari. Y encima, para mayor recochineo, en plena campaña electoral ¡lo que son las cosas!

De todos modos el próximo lunes me temo que nadie más que nosotros va a acordarse de la multa a las instituciones vascas porque las portadas de los medios se llenarán seguramente con la explosión del populismo antieuropeo, que amenaza con ganar las elecciones en Francia y en otros países con un discurso claro, inequívoco, nítidamente partidario de la destrucción del euro y de lo construido en Europa.

Aunque veamos a Europa como fuente de muchos de nuestros males, parece que en España todavía mantenemos cierto grado de respeto por un proyecto fuera del cual sabemos que no hay ninguna opción. Sin embargo no es imposible que esa marea nos acabe llegando y, como ha pasado siempre con las cosas que nos vienen de fuera, que nos hagamos tan euroescépticos como ellos o más aunque, eso sí, con el retraso habitual. ¿Quién asegura que vayamos a ser europeístas siempre? Desde luego ver que desde Bruselas o Estrasburgo no solo deciden sobre nuestra economía, nuestra moneda o nuestro sector naval sino que, además, se permiten la osadía de sacarnos el talonario de multas, no va a ayudar.

Mientas los movimientos antieuropeistas crecen y mientras decae el prestigio de la Unión Europea es cuando, paradójicamente, ésta gana más poder. Así que hasta no ver cómo evoluciona la cosa: si gana el populismo y pierde Europa o si, por el contrario, vuelve la cordura y la Unión recupera su impulso y su poder, yo pagaría discretamente la multa y procuraría no llamar mucho más la atención de los funcionarios europeos, por si acaso. Y, desde luego ahora que se oye hablar tanto de unión financiera y fiscal no iría enseñando y alardeando por ahí del Concierto Económico. No vayamos a tener otro disgusto.