2012

Obama. Política de otros colores

Mitt Romney. Foto La Vanguardia

Barack Obama seguirá siendo Presidente de los Estados Unidos. Es verdad que el enorme espectáculo de la política americana nos ha llegado siempre pero también es cierto que en esta ocasión hemos tenido un especial interés a juzgar por los enormes espacios y programas dedicados en los medios a la campaña y a la propia elección. Puede que sea por el propio carisma del Presidente o tal vez porque buscamos al otro lado del mar un modelo político y económico alternativo al triste y desolador que nos ofrece Europa para salir de esta crisis. Quién sabe!

Lo que no me negarán es que tanta pasión de ahora contrasta con la actitud tradicional que muchas personas progresistas solían tener respecto a la política americana, sobre la que acostumbraban a hacer comentarios displicentes, emitidos desde una actitud de superioridad arrogante y engreída que a duras penas podía ocultar su extrema ignorancia de la compleja sociedad americana.

Y esa sociedad compleja es, precisamente, la que ha demostrado que los viejos tópicos están llenos de grietas, que ya hay muchos americanos que no se creen aquello de la América libre de hombres libres que buscan y encuentran su oportunidad. Los jóvenes, las mujeres, los urbanitas, los negros y muy especialmente los hispanos le han dado la victoria a Obama. Es decir justo los que se saben excluidos de la épica del hombre hecho a sí mismo que no necesita del Estado y se basta con su rifle. Justo esos.

Las sociedades cambian lenta pero inexorablemente. Las crisis no solo afectan a la economía sino que también están en la vida cotidiana, sobre todo en sociedades tan dinámicas y tan plurales como las que vivimos allí y aquí. Cambios que –atención- hacen que las viejas ideas ya no signifiquen nada para muchísima gente. Obama es un gran líder pero no es él quien ha traído el cambio, es el cambio social lo que lo ha traído a él.

Hemos visto que en América los demócratas han sido capaces de conectar con esa sociedad que evoluciona, mientras que los republicanos se han quedado con sus viejas historias de siempre. Veremos aquí, en nuestra tierra, quiénes son capaces de entender los cambios sociales que también están pasando a nuestro alrededor y quiénes prefieren quedarse sentados en sus rancias pero confortables certezas. Al loro.

Publicado en Danok Bizkaia el 9 de noviembre de 2012

La culpa es del IVA

“La subida del IVA desploma el consumo”. “El IVA da la puntilla al comercio”. ”La subida del IVA hunde al minorista”. Son titulares recientes. Parece que ya ha aparecido el culpable de las penas de nuestros comerciantes, ya sabemos sobre lo que disparar. Hemos hallado enseguida la simple y confortable explicación de al menos esa parte de nuestras penas: ¡Ha sido el IVA!

Las soluciones rápidas y sencillas tienen enorme éxito entre nosotros. No debe extrañar; siempre será más fácil adelgazar tomándose una pastilla que tener que pasar por el largo y agotador proceso de comer menos y sudar más. Con los problemas pasa lo mismo: encontrar un culpable y señalarlo es tan tranquilizador que nadie se resiste a hacerlo: “Muerto el perro se acabó la rabia”, decía el viejo refrán.

Sin duda la espectacular subida del impuesto que mejor conocemos todos no habrá ayudado al negocio de los tenderos (caída del 10,9% de ventas respecto a setiembre 2011) pero la realidad es que, mes tras mes, ya llevan soportando 4 años de caídas en las ventas. Algo tendrá que ver nuestro odiado IVA pero sin duda hay mucho más. Por supuesto que lo hay, solo que es aún más incómodo y doloroso que el footing o el gimnasio.

Más inflación, rebaja de los salarios ya bajos, aumento de los precios de transporte, copago sanitario, reducción de becas, menos actividad económica y más incertidumbre, una de cada cuatro personas que quiere trabajar no puede hacerlo, no hay crédito pero sí desahucios, las familias empiezan a reducir su consumo incluso en alimentación básica (donde el IVA se mantiene, por cierto).

No es el IVA. Es mucho peor. Es la desconfianza y la pobreza. La de quienes ya la sufren y la de quienes temen caer en ella. Los servicios públicos que hoy se destruyen no solo atendían a los más desafortunados sino que eran la red que permitía a la clase media seguir siéndolo y por consiguiente seguir siendo también consumidores. Ahora los suprimen porque dicen que son caros pero hoy pagamos más impuestos y no menos. Sin embargo vamos perdiendo aquel colchón público que, en caso de necesidad, nos protegía. Es una sociedad que hiberna, que se cierra, en donde el grito y la protesta conviven con el miedo.

Hace meses escribí en esta misma columna que quienes aplaudían entonces fervorosos las reformas tal vez necesitasen las manos para cavar las tumbas de sus negocios. Pero como todo esto es muy incómodo y a nadie gusta ser agorero, huyamos de la realidad y vayamos todos juntos, y yo el primero, con las teas encendidas a por el malvado IVA: ¡Ha sido el IVA!…¡Ha sido el IVA!…¡A él!…¡Que no escape!

Que España funcione

© Manuel López. Madrid, 1977

Cuando en los 80’s la izquierda accedió al Gobierno de España por primera vez le preguntaron a su entonces candidato Felipe González en qué consistía «el cambio» que propugnaba su campaña y él respondió «el cambio es que España funcione». Ganó las elecciones.

España empezó, efectivamente, a funcionar pese a que nos encontrábamos en una crisis enorme y con una inflación desbocada. Aun así, se reconoció el derecho de todas y todos a la educación y a la salud (hasta entonces eran servicios pero no derechos) se hizo una dolorosa reconversión industrial, se reformaron las leyes y se impulsó la construcción del Estado autonómico. España entró definitivamente en la OTAN y más tarde en la Unión Europea. No fue un camino de rosas pero España empezó a funcionar como un país normal, que era lo que muchos envidiábamos: la simple pero valiosísima normalidad. Hubo hasta momentos cumbre, como la Expo o los Juegos de Barcelona. Se llegó a decir en Europa que los españoles éramos los «alemanes del sur».

Hoy la desafección popular tiene que ver, precisamente, con que España ha dejado de funcionar. Cierto es que por fin estalló la burbuja inmobiliaria y nos destapó la mentira que todos sospechábamos. No menos cierto es que el resto del mundo vivía de otras mentiras financieras que también estallaron pero lo evidente ahora es que con los mimbres que nos quedan hay que pensar en hacernos otra cesta diferente, pero es seguro que tenemos que construirnos una y que no podemos renunciar al futuro.

No puede ser que la izquierda se considere ajena a las formas de creación de riqueza y se preocupe solo de su reparto equitativo, no puede ser que la derecha crea que salvará al país destruyendo su clase media. No puede ser que esa misma clase media ignore que los servicios públicos que paga son justo los que le permiten no caer en la miseria cuando vienen mal dadas. No puede ser que la primera opción de nuestros universitarios sea irse fuera. No puede ser que consideremos cualquier impuesto un abuso. Desde luego que no animaremos a las personas excelentes a que sustituyan a los actuales políticos gritando consignas insultantes contra todos porque creerán, no sin razón, que solo buscamos carne fresca para alimentar la demagogia callejera y mediática.

Revisemos nuestros partidos, todos. Repensemos las estructuras territoriales que en su momento nos sirvieron. Podemos empezar por buscar más la verdad y menos el titular, por escuchar más a los que hablan y menos a los que gritan. Hay gente cabal en todas partes. En las universidades hay mucha, en las empresas bastantes, en la banca aún quedan, en el funcionariado hay gente extraordinaria y también hay materia gris -por supuesto- en los partidos y en los sindicatos. Incluso ahí.

Este no es ya el tiempo de Adolfo Suarez o de Felipe González. Es el nuestro. Tendremos que revisar sus decisiones y adoptar las nuestras pero lo que no podemos permitirnos es que España siga sin funcionar. Por favor no nos creemos ahora una nueva burbuja pero ésta de tristeza.

Publicado en Danok Bizkaia el 26 de octubre de 2012

25 de octubre. Día de San Crispín

Batalla de Agincourt. Miniatura S XV



Me recuerda mi compañero José Antonio Delgado que hoy, 25 de octubre, no solo ha sido el día de Euskadi sino también el día de San Crispín, en el que franceses e ingleses se enfrentaron en la batalla de Azincourt (o Agincourt), que nadie como Shakespeare inmortalizó en su obra Henry the fifth.

El Estatuto que votamos democráticamente aquel día es el acto fundacional de la Euskadi que conocemos y el inicio definitivo de nuestro autogobierno democrático (porque hay otros).

Entonces el pueblo vasco consiguió su propio Parlamento (que hemos renovado hace días), su Gobierno, sus instituciones y su misma existencia como realidad política. No hay fecha más importante en nuestra historia y justo es que así se recuerde. Fue el Estatuto y ninguna determinación telúrica lo que hizo del País Vasco un entorno político y un espacio de reconocimiento mutuo y de convivencia.

Fue, por tanto, un acto cívico y no un mito lo que nos hizo sociedad. Y quienes tuvimos la ocasión de estar allí tenemos derecho a conmemorar aquel momento con orgullo. Si alguno es amante de la épica, puede aprovechar la coincidencia de fechas y sentir que perfectamente podría ser él o ella uno de aquellos soldados del rey inglés a los que dirigía la famosa arenga:

Nosotros pocos, felices pocos, nosotros, grupo de hermanos;
Pues el que hoy vierta conmigo su sangre
Será mi hermano; por villano que sea,
Este día le hará de noble rango:
Y muchos caballeros de Inglaterra, que ahora están en la cama
Se considerarán malditos por no haber estado aquí,


Igual que en Azincourt aquel 25 de octubre de 1415, en Euskadi la sangre y el miedo también han estado presentes en una batalla victoriosa al fin como aquella, pero que ha durado mucho más. A quienes lucharon por nuestra Euskadi democrática entonces y durante todos estos años; Agur eta Ohore.

Usted decide

Atribuyen a Winston Churchill la cínica expresión “la democracia es el peor sistema político…si exceptuamos todos los demás”. Efectivamente la democracia es un método de gobierno que, de entrada, nace de la desconfianza profunda en el ser humano. Ya empezamos mal ¿verdad?. Pues así es. La democracia desconfía tanto del gobernante que le pone constantes barreras y controles, desde los parlamentos a las leyes, pasando por la justicia, la opinión libre y la prensa. Pero no contenta con eso obliga al dirigente a pasar reválida cada tantos años, demasiados para aguantar algunas decisiones y demasiado pocos para juzgar otras más profundas. En efecto: un desastre, como decía Churchill.

De tan desconfiada como es, la democracia corre el riesgo cierto de no elegir a los mejores, o peor aún, de expulsarlos cuando estaban a mitad del buen camino. Es un precio alto que pagamos a cambio de evitar cualquier tiranía. La imperfecta democracia sacrifica la brillantez del líder indiscutible y apuesta por la insegura inteligencia colectiva, a sabiendas de que tropezará en muchas ocasiones.

Todas estas taras evidentes chocan con el confortable mito de que la democracia ha de ser siempre un paraíso político y social. Y como a nadie le gusta que le desmonten los mitos muchos han reaccionado sustituyéndolo por otro mito aún más asombroso e insostenible: que si no participan en esta defectuosa democracia y si manifiestan su descontento no votando, las decisiones no se tomarán, que el sistema les esperará a ellos y que la democracia se regenerará sola para que vuelvan a brillar la felicidad, la prosperidad y la justicia.

Nada de eso va a ocurrir, por supuesto. El sistema democrático solo cambiará mediante el voto y yo prefiero sumarme al cinismo del mandatario británico para recordar que, sean unas u otras, hay muchas decisiones que tomar. Así que yo no voy a renunciar jamás a manifestar mi opinión, no permitiré que las decisiones que se tomen se hagan sin contar con mi opción, sea al fin mayoritaria o no lo sea. Por eso pasado mañana iré a la urna. Y si usted no acude las decisiones se tomarán sin contar con usted, pero se tomarán, de eso que no le quepa duda. Usted decide.

Publicado en Danok Bizkaia el 19 de octubre de 2012

Espíritu de pobre

Hubo un tiempo en que parecía que el honor de nuestro país se medía por la calidad del zumo de naranja de su aerolínea de bandera. La indignación y los chistes sobre aquel refresco que nos ofrecían gratuitamente eran constantes y crueles, pero sobre todo denotaban un concepto del avión como un espacio en el que el pasaje sentía que tenía derecho indiscutible al lujo.

No parece que hayamos cambiado mucho. Ahora que el avión es enormemente popular y que hay compañías que ofrecen viajes a precios no ya bajos sino asombrosamente ridículos, la manía de valorar el vuelo por su catering parece que se mantiene absurdamente intacta y, claro, las muestras de indignación se han hecho más habituales y virulentas. Tanto es así que un puñado de incidentes menores en una aerolínea low cost han hecho pronunciarse incluso a miembros del Gobierno, silenciados en cuando se conocieron que los datos estadísticos eran iguales o mejores que los de los grandes operadores.

Hay quien se subleva porque sólo le dejen llevar en la cabina una única maleta, pese a que se lo hayan explicado antes con todo detalle. Cuando he viajado en compañías baratas y cuando lo he hecho en las que me han cobrado 10 o 15 veces más por el mismo viaje yo no he apreciado las asombrosas diferencias en el espacio entre asientos que otros denuncian airados, todos me han parecido igualmente estrechos. Conozco a quien le enfurece sin límites tener que imprimirse la tarjeta de embarque en su propia impresora pero que no duda en pasar a papel hasta los e-mails.

Confieso que me sorprende que me cobren una alta comisión por pagar con tarjeta de crédito aunque con todo, el viaje siga siendo barato. Por el contrario, aprecio la tranquilidad y falta de estrés de los pequeños aeropuertos de segundo orden y la rapidez de embarque en vuelos en los que apenas hay que tramitar maletas. Desde luego prefiero la fría y austera eficiencia de unos a tener aguantar horas de retraso de otros, aunque alguna vez haya sido lujosamente atendido en la VIP lounge (para una vez que va uno en business)

Debo tener espíritu de pobre porque no me ofende pagar el periódico cuando me cobran mucho menos por el viaje en el que alguna vez incluso he llegado antes de la hora. Y ya para colmo, les confieso que a mí no me disgustaba aquel zumo. Lo dicho: un pringao.

Publicado en Danok Bizkaia el 11 de octubre de 2012

Daños colaterales

ABAO

El terrorismo vasco utilizó a menudo la expresión que da título a este artículo para tratar de justificar las heridas o la muerte de personas que, o bien pasaban por ahí al estallido de una bomba, o que “arteramente” vivían en las mismas casas-cuarteles que sus familiares guardias civiles y, consiguientemente, morían por ello. De entre las muchas indignidades que formaron parte del lenguaje político vasco hasta hace menos de un año ésta de los “daños colaterales” será una más de las muchas que nos causarán vergüenza colectiva como pueblo. Todo llegará.

Pero hoy apelo a ese concepto a cuenta de los “destrozos” que la crisis está causando en otros aspectos de la vida menos apremiantes que la creciente pobreza de las familias y que, por eso, pasan más desapercibidos.

Reconozco que, en medio de tanta escasez, es muy difícil justificar el uso de dinero público para sostener la cultura, sobre todo cuando ésta se percibe con especiales tintes elitistas. Es el caso de la Quincena Musical Donostiarra, que ya no tendrá ayuda alguna del Ministerio de Cultura, o de la Temporada de Ópera de la ABAO, a la que se le recorta nada menos que el 71,5% de la subvención que le venía aportando el Gobierno de España.

Contrariamente a lo que mucha gente cree, la extraordinaria temporada de ópera en Bilbao se sostiene muy mayoritariamente por sus propios medios económicos (entradas, abonos y patrocinios privados) y las ayudas suponen menos del 30% del presupuesto. Pero también es cierto que un recorte brusco, de hoy para hoy, del que siempre ha sido su principal patrocinador, pone en riesgo serio la continuidad de una manifestación cultural tan destacada. Si a esto añadimos la subida de 8 puntos en el IVA y la previsible caída en el gasto de las familias aficionadas (que en absoluto se corresponden con la tópica imagen del potentado de chistera y bastón de plata) tenemos todos los ingredientes para que Bilbao y San Sebastián se hagan ciudades más pequeñas y provincianas al perder una parte de su histórica y valiosa herencia cultural.

Son los daños colaterales de la crisis a los que me refería. En medio de la emergencia comprendo que a pocos les importe que el “lujo” del arte sea el primero en caer, pero temo que detrás de él puedan caer también el “lujo” de la salud, el “lujo” de la educación pública, el “lujo” de la libertad y, al fin, el “lujo” de la esperanza.

Cuentan que Sócrates, prisionero en Atenas y a punto de ser ajusticiado, quiso aprender a tocar la flauta. Tal vez porque sabía muy bien que la música, el arte y la cultura en general es aquello que nos hace auténticamente humanos y de esa forma demostraba que él ni por un momento consintió en dejar de serlo. Ya veremos si aquí somos capaces de entenderlo también así.

Publicado en Danok Bizkaia el 5 de octubre de 2012

La ley del más fuerte

Para que alguien pueda imponerte una conducta necesita, de entrada, ser más grande o más fuerte que tú. En caso contrario tendrá muchas dificultades para conseguir que hagas algo que no harías de forma voluntaria. Comprendo que suena un poco salvaje pero así ha sido siempre, lo es ahora y lo seguirá siendo.

Descartada la seducción, que trata de despertar tu propia voluntad, los Estados Nacionales que conocemos (democráticos o no) nacieron para que existiera una autoridad colectiva y reglada que fuera más fuerte que la de los particulares y así poder imponer normas y establecer reglas. Max Weber lo describió como el “monopolio legítimo de la violencia y de la coacción”. También esto suena terrible pero no por ello es menos cierto.

Los mercados, que son ahora mundiales, instantáneos y cuajados de intereses privados, se han hecho ya demasiado grandes y poderosos para que ningún Estado les tosa, ni siquiera los más consolidados. Ellos ponen sus normas, o sea sus no normas, deciden lo que les importa y lo que no y toman sus decisiones, a veces en segundos, sin otro límite que su deseo. No hay leyes en el planeta que deban respetar porque no hay nadie en el planeta más fuerte que los propios mercados. La consecuencia es el espectáculo de desorientación que están dando incluso los gobiernos de países que fueron poderosos. Del nuestro mejor ni hablamos, que ya he escrito bastantes crueldades es un texto tan pequeño.

Quienes siempre quisieron crear Estados Nacionales a su medida; más pequeños y familiares, más uniformes, menos plurales y -dicen- más “auténticos” están presentando ahora su vieja aspiración como salida a los desastres de la crisis. El último ejemplo es Cataluña. No criticaré yo los sentimientos legítimos de nadie pero es evidente que, tratándose de la economía, si los grandes Estados ya no son suficientemente poderosos para imponerse al capitalismo especulador mundial, el camino para defender los intereses de la gente normal debería ser crear algo que sea más fuerte que los mercados, que pueda imponerles normas como hacen los Estados actuales con nosotros. Y para eso habría que acelerar la creación de, al menos, una Europa más unida, compacta y poderosa y no trocear los Estados actuales.

Sin duda podremos discutir con todo respeto sobre identidades, culturas, idiomas, tradiciones…pero la economía y la crisis por favor que ni las nombren, que a la gente ya la han engañado bastante.
Publicado en Danok Bizkaia el 28 de setiembre de 2012

Respeto, memoria y olvidos

Foto El Mundo

Los grandes protagonistas históricos de la que se llamó Transición Española nos van dejando por ley natural. El martes supimos que había fallecido Santiago Carrillo y los medios se han llenado estos días de epitafios y reseñas sobre su incansable, compleja y, por eso mismo, controvertida biografía.

Es probable que muchas personas jóvenes que lean estas líneas no conozcan ni la figura ni la trayectoria de un hombre que protagonizó casi un siglo de historia de España. Si es así, les recomiendo que aprovechen la ocasión de informarse en los numerosos repasos históricos y políticos que todos los medios están haciendo con motivo de la muerte del líder comunista.

Verán que en esos 97 años de historia que Carrillo vivió, España ha sido escenario de grandes avances y de terribles desgracias. Leerán acerca de su impagable contribución a la recuperación de la democracia en España, de su valentía ante los golpistas, de su compromiso con las libertades y contra el fascismo (no el del insulto callejero, sino el de verdad) y también sabrán de su evolución heterodoxa dentro del comunismo. Y, por supuesto, leerán acerca de sus errores, particularmente sobre aquellos vinculados a una guerra en la que nuestros abuelos se mataron unos a otros con gran crueldad y en la que él participó activamente, del lado del bando legítimo, por cierto.

Ante la muerte suele ser norma referirse sólo a los momentos más admirables de la persona fallecida y dejar de lado lo desagradable pero estoy viendo que tal cosa no va a suceder con Carrillo. No me parece mal que así sea, porque creo que es bueno saber que todos aquellos que han tenido una responsabilidad importante en la torturada historia de España se han visto arrastrados alguna vez por sus luces y por sus sombras. Pero ese valioso ejercicio de ecuanimidad histórica me resultaría más creíble si algunos que con tanto detalle recuerdan aún hoy lo ocurrido en plena guerra no hubieran olvidado tan convenientemente las muchas y muchísimo más recientes sombras de otros grandes políticos fallecidos, sin duda tan valiosísimos como el propio Carrillo para nuestra democracia, pero que en tiempos también muy negros para España impulsaron la tiranía y la muerte, doblegaron a los humildes desde el poder y pelearon contra la libertad de todos.

Mostremos nuestro respeto por todos los muertos, especialmente por aquellos de cuyas largas y complejas vidas podemos aprender algo. Tengamos memoria para que no nos arrastren los errores terribles de nuestra historia, pero jamás aceptemos el olvido selectivo, consciente y culpable que los indignos nos quieren imponer.

Publicado en Danok Bizkaia el 21 de setiembre de 2012

Cataluña tiene un problema

En relación con la manifestación independentista de la Diada quizás convendría poner un poco de hielo para rebajar el calentón general que parece que se está produciendo.

Aclaremos que la manifestación ha sido muy multitudinaria y que merece ser tomada en serio sobre todo porque, siendo tan masiva, ha resultado bastante más nítida y concreta en sus reclamaciones de lo que haya sido antes ninguna otra. Los muchísimos miles y miles de asistentes querían un Estado independiente y separado de España y se les entendió muy bien cuando lo dijeron, sin titubeos ni matices.

Tan nítida ha sido que le ha pasado por encima al Presidente Mas, que se ha quedado descolocado allí con su pacto fiscal temblándole en la mano y sin saber muy bien cómo evitar que se le derramase mientras se subía al huracán que habían planteado sus compañeros de viaje independentista.

Después de tantos siglos de formar parte fundamental del país, el movimiento de desafección manifiesto de buena parte de los catalanes es, desde luego, un problema muy serio para el resto de España pero es una auténtica bomba social y política para Cataluña, que es la que va a sufrir los problemas más graves en su propio tejido humano, empresarial, económico y también cultural. Por mucho que diga Mas, que se equivoca también en eso, la pelota está ahora en el tejado del independentismo. Y no va a bajar sola.

Planteado ya con toda claridad que su objetivo es la separación, están ahora obligados a explicarles cuidadosamente al resto de catalanes que no fueron a la manifestación -sobre todo a ellos pero de paso también al resto de españoles- cómo se sustancia el proceso de gestación de la Cataluña independiente que desean y cómo será ésta una vez en marcha. Están en su derecho de querer irse y ningún Estado democrático puede negarse a escucharles del mismo modo que ellos no pueden tampoco negar a los catalanes no independentistas una explicación detallada y concreta de qué clase de país les proponen compartir con ellos en caso de que su sueño salga adelante.

Y no estoy hablando de economía, que también, sino de nacionalidad y ciudadanía compartidas o no, de sufragio universal o no, de cómo se articularían los derechos a la identidad, culturales y lingüísticos de los catalanes que querrán seguir siendo españoles y no por eso dejar su tierra, de qué tipo de relación desean tener con la España a la que aquellos se sentirán vinculados… mil cosas. Y todas ellas deberán explicarlas con sumo cuidado, detalle y honestidad porque los antecedentes de países creados en contra del sentimiento de buena parte de sus habitantes han acabado todos como el rosario de la aurora.

Por eso es muy preocupante que parezca como si esta tarea se diera por hecha y que el siguiente paso fuera ya simplemente hablar con España en nombre de “toda Cataluña” para ver cómo se sigue adelante con sus planes. No puede ser. La etapa de explicación y “seducción” de los millones de compatriotas que no son hoy independentistas no solo es ineludible sino que será la más larga, compleja y difícil de todas. Y la más decisiva para que el resto del mundo al que quieren pertenecer se convenza de que esta vez no se repetirán los episodios de secesión que hemos conocido hace no tanto en Europa.

Mucho antes de hablar de la liquidación ordenada de los bienes vinculados durante siglos con el resto de España, de los servicios e infraestructuras comunes o de la Unión Europea, del euro y -¡por favor!- del Barcelona y sus ligas, hay que empezar con lo más importante: aclarar y traducir al papel y al compromiso concreto la emoción de la Diada 2012. Y que se entienda todo tan bien como el se les entendió el pasado día 11. Aunque pasar de las musas al teatro no será cosa sencilla, así que paciencia.