octubre 2011

La última de todas las últimas

Yanko design

Ya tienen la percha. Su gente se la ha preparado cuidadosamente.

  • Que cuelguen el comunicado de una vez. 
  • Que lo cuelguen y que lo cuelguen ya.

Ya lo ha dicho el Lehendakari, que aprovechen esta oportunidad porque como dice mi hija pequeña, “es la última de todas las últimas”.

¿Seguro que es inevitable?

Se habla mucho de las profundas transformaciones que está experimentando la televisión, yo también lo hago, pero Andrés Rábago en su artículo gráfico de El País de ayer lo resume magistralmente, como es habitual en él.

El Roto. El País

En defensa de las TV públicas autonómicas

En medio de la tormenta y de los huracanes privatizadores que soplan con la fuerza siempre impetuosa de la demagogia, conviene tener claras algunas evidencias sobre la importancia que tiene lo público, también en materia de medios de comunicación. Al fin y al cabo hay que hablar no solo del derecho a la libre empresa sino sobre todo del derecho a la información libre y veraz que recoge la Constitución Española ¿O no?.


Estas fueron las conclusiones del seminario Las TV autonomicas y el futuro del sector audiovisual en España, organizado por AEGA los pasados 29 y 30 de setiembre en Santiago de Compostela

Los asistentes al Seminario constatan lo siguiente:

  1. Que en un entorno de cambio de modelo audiovisual, de fragmentación de canales y de audiencias, de crisis económica generalizada y de incertidumbres, se hace necesario reforzar el papel de las TVs Públicas Autonómicas españolas con el fin de que cumplan las funciones de promoción cultural y lingüística, de cohesión social y mantenimiento del pluralismo, de motor generador del tejido industrial en sus zonas de influencia, con vocación de permanencia. Este papel debe ser adaptado a las circunstancias del nuevo modelo, que viene determinado por el cambio tecnológico y social producido en los años recientes.
  2. Que en estas circunstancias, se generan tentaciones privatizadoras e incluso de cierre, sin análisis rigurosos sobre un tema de tanta transcendencia social, generalmente basados en discursos demagógicos sobre el déficit y los recursos, además de ataques no disimulados de los lobbies comerciales, no solo para la obtención de las cuotas publicitarias sino para la captación de la audiencia que permanece fiel a los canales públicos autonómicos.
  3. Las TVs públicas autonómicas deben basar su gestión en prácticas transparentes, de buena gobernanza y financiación sostenible, apostando por la calidad de los contenidos, siendo fieles a la línea editorial, información de proximidad, potenciando su visión comercial y global hasta reconvertir los medios de servicio público en plataformas para la comunicación social abierta.
  4. El servicio público en la era digital esta avalado por el Protocolo de Amsterdam de la UE y también por el Parlamento Europeo, el Consejo de Europa y la propia Comisión. El Consejo de Regiones, apoya de forma explícita la identidad cultural y la diversidad lingüística en Europa.
  5. En España, dada la estructura de Estado autonómico que nos hemos dado, las TVs públicas autonómicas desempeñan un papel crucial de servicio público de cohesión social y están llamadas a jugar un papel dinamizador de las nuevas oportunidades de la era digital.
  6. Entre las fortalezas de las TV autonómicas se identifican su papel como instrumento para la normalización de las lenguas, como elemento de descentralización audiovisual y cultural, elemento de articulación regional, impulsoras de la industria audiovisual, como factor de identificación y proyección de talento, de creación de empleo y de crecimiento económico.
  7. Entre las debilidades se identifican la inestabilidad en la dirección, la precariedad financiera, el inmovilismo en la estructura organizativa interna y, en general, la no adecuación a la era digital.
  8. Que las TVs autonómicas tienen que orientarse no solo hacia la emisión de TV de flujo tradicional, sino hacia la puesta a disposición de los espectadores, de contenidos de interés en repositorios de todo tipo: webs, plataformas IPTV y redes sociales, que faciliten el nuevo modelo de consumo basado en el “cuando, donde y lo que“ el espectador desee, en un marco de coexistencia de audiencias masivas, fragmentadas, segmentadas, individualizadas y conectadas.
  9. Que con el objeto de flexibilizar las estructuras operativas y reducir costes, la externalizacion ordenada de servicios aparece como una de las formulas de viabilidad de futuro para las TVs autonómicas, siempre que esté basada en un mapa específico de capacidades que tenga en cuenta las asimetrías que existan, manteniendo la línea editorial, la estrategia, la dirección y el control del canal de que se trate.
  10. Que una sociedad moderna que apueste por sectores de futuro, no puede prescindir de un medio de la transcendencia social, cultural, económica, como corresponde a las TVs autonómicas españolas.

Santiago de Compostela, 30 de septiembre de 2011.

Carrera de dislates

Txiki Muñoz Foto El Correo

Los medios de comunicación son una de las herramientas básicas en un régimen democrático donde la discusión pública de las cosas forma parte de la misma raiz del sistema. Prensa, radio y televisión cuentan lo que pasa, y para ello seleccionan lo que creen que es noticia y lo que no. De ahí que se les haya llamado, con justicia, “el cuarto poder”.

Son los medios los que deciden de facto quién existe (aquel del que hablan) y quién no. Y es por eso por lo que estar entre los escuchados ha llegado a ser una obsesión, hasta el punto de que hay quien no para en barras para conseguirlo a cualquier precio. Es este un grave defecto que mina la calidad de la misma democracia porque para conseguirlo se convierte en espectáculo lo que debería ser discusión prudente y respetuosa, se hace pasar por simple y fácil lo que es complejo y enmarañado y –sobre todo- se busca la declaración o la imagen que resulte irresistible para los periodistas, a sabiendas de que irán a ella como polillas a la luz.

El resultado es una enorme falta de respeto a los ciudadanos, a los que se trata como si fueran personas sin criterio, incapaces de entender nada y dispuestas a acudir enardecidas allí donde el griterío sea mayor. Todo lo contrario de la forma en que debería tratarse a quien en una democracia es el origen de todo poder.

Ayer mismo el ex presidente Aznar hizo una declaración incendiaria respecto a la política antiterrorista que, independientemente de lo que usted o yo pensemos, cumplió perfectamente su función de atraer la atención pública a cualquier precio.

Y hoy he escuchado a Txiki Muñoz, secretario general de ELA, el primer sindicato vasco, decir nada menos que en la historia “en ningún imperio se ha esquilmado jamás como ahora a las clases trabajadoras”. Eso ha dicho. El problema del estruendo es que para destacar en él es preciso subir el nivel de desmesura y se corre así el riesgo de, queriendo parecer un visionario rotundo, se quede uno en simple ignorante.

¿Nos faltó un telediario?

Decir que a alguien le quedan dos telediarios suele ser aviso de un cambio inminente, por lo común a peor. Tan coloquial forma de medir el tiempo a base de informativos es una muestra de la omnipresencia de la televisión, que marca hoy nuestros ritmos cotidianos como el Sol y la Luna lo hicieron durante milenios. No estoy seguro de que hayamos salido ganando con ese cambio…pero en fin.

Si Felipe González quiso señalar en la conferencia política del PSOE el poquito tiempo de campaña que nos faltó a los socialistas en 1996 para dar la vuelta a los también entonces adversos pronósticos, lo cierto es que no estuvo acertado y bien que lo siento porque es de las personas cuyas opiniones más aprecio por expresarlas con firmeza, claridad y lucidez.

Digo que no estuvo acertado porque la expresión “nos faltó un telediario” no solo evoca un corto lapso de tiempo, como digo, sino también la errónea y peligrosa creencia de que los informativos de la televisión son una herramienta para cambiar la opinión y hasta el voto de las personas.

Como ya he escrito, creo que esa errada opinión es una de las dos principales dificultades con las que tienen que lidiar nuestras televisiones públicas así que, ahora que tanto se habla de pedagogía política, lo conveniente sería ir acabando cuanto antes con ese convencimiento tan extendido. Evocarlo fue, por tanto, un error de discurso. Salvo que piense, efectivamente, que la televisión pública tiene esa función, en cuyo caso el error no es de discurso sino de concepto. Cielos.

A la televisión pública le ha llegado la hora

Durante muchísimos años la televisión pública generalista era simplemente la televisión. No había otra. Ni lo permitía la Ley ni nuestra atrasada economía daba tampoco para que nadie se metiese en un lío tan grande y tan caro. Desde 1983 los vascos tuvimos ETB pero no fue hasta 1988 cuando por fin pudimos escoger otras opciones privadas.

Tantos años de monopolio tuvieron consecuencias; dos sobre todo: La dependencia política y la gratuidad. Características ambas que siguen grabadas a fuego en el imaginario de los españoles por mucho que haya cambiado completamente la realidad.

Obviamente una dictadura no era el mejor entorno para que creciese un medio libre e independiente y nuestra televisión no lo fue, aunque haya que reconocer el esfuerzo de muchos periodistas y profesionales excelentes que, apoyados en la potencia y complejidad del medio, abrieron algunas ventanas a despecho del régimen.

Desde el punto de vista económico TVE era un chollo. Los anuncios eran una enorme e inagotable fuente de ingresos en una emisora en la que no tenían restricción alguna (al contrario que en sus homólogas europeas). La tele crecía sin problemas económicos y la gratuidad se consolidó, hasta el punto de que la mayoría de los televidentes ni siquiera saben que nuestro sistema de financiación es la excepción y que lo normal en Europa es pagar un canon por tener televisor en casa.

Llegó la democracia, llegaron las privadas, conocimos a las mamachichos, las ruedas de prensa se llenaron de micrófonos de colores, vino la guerra aquella del “fútbol de interés general”, las versiones de concursos americanos y también los realitys. Las opciones crecieron. En cuanto a la calidad que iba a venir de la mano de la competencia…pues eso.

Muchas cosas empezaron a cambiar pero aquellos dos convencimientos: la gratuidad y el control gubernamental de la tele se mantuvieron incólumes en la opinión pública. Y ahí siguen, impermeables también a la tormenta que viene ahora con la TDT, internet y la crisis económica.

Pero lo que antes pudo ser ya no es posible. El modelo de televisión generalista nacional, adoctrinadora, grande, influyente, masiva, gratuita para el televidente y poco consumidora de presupuesto público se extinguió. Hace muchos años que se sostiene con dinero público ese viejo modelo y mal que bien aguanta pero es evidente que lo hace cada día con más dificultades, entre ellas la de explicar el uso de recursos económicos en algo que aún sigue percibiéndose como que debería ser “gratis total” como lo fue siempre.

La realidad, sin embargo, ha cambiado y es ya hora de que cambiemos el registro. Invertir en televisión pública no solo es garantizar una herramienta del derecho a la información sino que es también una oportunidad de desarrollo económico de primer orden. El mayor valor añadido es hoy el talento y una televisión pública es su parque tecnológico; la ventana a la creatividad que alimenta el sector audiovisual, cultural y publicitario, entre otros.

Cada vez se consumen más productos audiovisuales y la gran riqueza que generan se irá a los lugares donde se produzcan. Quien no produzca cultura tendrá que comprar cultura, y pagarla. Quien no invierta en talento y creatividad tendrá que competir en precio, o sea en salarios. Y seguramente lo pagará caro.

Es, por tanto, la hora de repensar a fondo la televisión pública del mismo modo que se está haciendo, por ejemplo, con la banca pública que son las cajas. Es la hora de que la televisión pública encuentre un espacio propio que se le reconozca socialmente, en el que no se vea constantemente obligada a competir con las privadas en pura cantidad y se le permita competir con todos los demás medios en calidad y servicio. Ni que decir tiene que a estas alturas son simplemente ridículas las pretensiones de que nuestra televisión retroceda y vuelva a ser instrumento de un ideario político concreto para la creación eficaz de ciudadanos afines.

Es la hora de tener una televisión pública austera y eficiente, por supuesto, pero también dinámica, puntera, arriesgada, pionera en la red y capaz de ir un paso por delante. Una televisión pública más ciudadana y en nuestro caso (ETB) menos nacional, que nos espabile un poco en lugar de adormecernos tanto. Que se adapte a los nuevos modos de consumo audiovisual con canales y productos específicos.

Es la hora de una TV pública que huya de los productos comunes y experimente modos de producción nuevos y nuevas rutinas de trabajo. Las privadas no tienen obligación de innovar ni de marcar tendencia. Las públicas sí deben hacerlo. Igual que deben ser medios competitivos no en cantidad sino en valor y en segmentación, en la seguridad de que no solo los ciudadanos sino también los anunciantes lo apreciarán.

Pero si queremos todo esto, primero debemos soltarnos de aquellos dos viejos tópicos de la gratuidad y el control político porque hoy se han convertido en dos salvavidas de plomo. Las cosas cambian muy rápido en el sector audiovisual y la escasez no es solo de dinero sino también de tiempo.

Publicado en diario El País (Edición País Vasco) el 3 de octubre de 2011