marzo 2011

El diccionario maldito. Primera entrega: El Konflikto

El ser humano es un animal social. Vivimos en un entorno colectivo férreamente ordenado y nuestra realidad la determina inevitablemente la sociedad de la que formamos parte.
El lenguaje y los conceptos que creamos y manejamos a través de él son la herramienta principal para la creación de la realidad social. Por eso es tan importante conocer y revisar el uso fraudulento o interesado del lenguaje. Porque quien domina los conceptos domina el tablero de juego social y también las reglas. Cuando es otro quien establece el significado de lo que tú estás pronunciando estás perdido, juegas en su terreno y con sus reglas y, además, éstas cambian a cada momento según su conveniencia:
Cuando yo uso una palabra -insistió Humpty Dumpty con un tono de voz más bien desdeñoso- quiere decir lo que yo quiero que diga…, ni más ni menos.
-La cuestión -insistió Alicia- es si se puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.
-La cuestión -zanjó Humpty Dumpty- es saber quién es el que manda…, eso es todo.
Alicia a través del espejo (Lewis Caroll)
La economía y la política son campos abonados, aunque no únicos, para esta utilización perversa del lenguaje. Es posible que manejar venenos lingüísticos sea parte del trabajo de quienes estamos en política. Pero precisamente  por eso conviene manejarse con cuidado, como siempre que se tiene entre manos algo tóxico.
Para conseguirlo he pensado en iniciar hoy una nueva sección en este blog que voy a llamar “El diccionario maldito” en el que iré publicando y comentando una relación que siempre será incompleta de palabras y expresiones políticas y económicas envenenadas. Apreciaré las sugerencias.
Comienzo por el concepto más notable y primigenio de la manipulación que ha sufrido la política en Euskadi: El Conflicto histórico o “el Konflikto” para entendernos.
En Euskadi los conflictos que vivimos: laborales, económicos, sociales, familiares y de toda índole palidecen ante el brillo cegador de El Konflikto, que significa que “los vascos” tendríamos algo así como un choque histórico irresuelto con “los españoles” del que procederían las más de nuestras dificultades. Choque histórico que explicaría -además- muchísimos escollos en nuestra vida política y social en pleno siglo XXI, desde la fusión de las cajas hasta el asesinato.
Esta madre omniabarcadora de todos los conceptos patrios del nacionalismo vasco que es el konflikto, busca dar por axiomas indiscutibles, como decía, cosas tan absurdas y peligrosas como estas:
  • Solo se podría ser vasco si se es nacionalista (puesto que el konflikto no puede darse por definición sino entre vascos y españoles, nunca entre unos y otros vascos)
  • Cada vasco tendría obligaciones morales, patrióticas y de opinión que irían más allá de las de un ciudadano cualquiera (y se autoexcluiría de su pueblo si dimite de ellas y opta por opinar a su bola)
  • Nada que diga ninguna ley podría contradecir legítimamente unos derechos “históricos”, cuya defensa sería la raíz misma del Konflikto, pese a que resulten convenientemente nebulosos para que los verdaderos vascos puedan determinar a cada momento en qué consisten exactamente.
  • Muy ligada a la anterior, ninguna ley o decisión podría aceptarse como democráticamente válida en Euskadi si va en contra de la opinión o conveniencia de los nacionalistas no siendo más que un nuevo agravamiento del Konflikto. (Nótese aquí la ineludible conveniencia de que no puedan ser vascos los no nacionalistas para así evitar que sus erróneos votos pudieran contar como válidos y estropear el arbolito)
  • Es comprensible que algunos vascos, hartos de esperar, lleguen a matar a españoles o a personas que habiendo nacido vascos se nieguen a admitir sus “obligaciones” como tales y por tanto hayan perdido “de facto” su derecho a ser considerados vascos. Una pena pero… sería una manifestación más de El Konflikto.
Como en los libros de Lewis Caroll los conceptos son puertas que se abren a mundos que funcionan según sus lógicas propias y la puerta de el Konflikto se abre a un jardín con flores tan venenosas o más que estas pocas que he descrito.

¿Agua y jabón?

Todos hemos visto imágenes estremecedoras de la destrucción causada en Japón por el tsunami que siguió a un seísmo devastador. La policía habla cautelosamente de 2.000 muertos y 3.000 desaparecidos y dice que se han rescatado a unas 15.000 personas, que son las que ha podido contar. Hay todavía una enorme confusión y las autoridades provinciales de Miyagi, una de las zonas más afectadas, apuntan a unas 9.500 personas sin localizar solo en el pueblo de Minamisanriku, lo que supone la mitad de su población.

Pero a nuestros medios locales lo único que parece importarles es el indudable peligro nuclear en la central de Fukushima. Abren todos los informativos con ello, dan toda clase de informaciones y de detalles sobre de las maniobras que, al parecer, se están haciendo y aunque desconocemos aún el número de muertos definitivo del terremoto y de la ola gigante, estamos perfectamente informados de que los dos reactores afectados son el 1 y el 3, de la opinión de la agencia nuclear de la ONU, de los 11 trabajadores heridos en la última explosión, de los dos metros que los operarios han conseguido elevar el nivel de refrigerante de la piscina, eso sí con agua de mar… y ya para que no falte detalle, el Pentágono ha informado de que 17 militares que participan en las labores de asistencia en Japón han dado positivo a «bajos niveles» de radiactividad, pese a ello se encuentran en buen estado y al tratarse de un nivel mínimo de contaminación el personal afectado pudo eliminar la radiactividad con agua y jabón.

Me da mucha vergüenza que las alusiones a posibles peligros en nuestra cercana central de Garoña precedan a las informaciones sobre el aún desconocido número de muertos ciertos, de heridos reales, de personas vivas que lo han perdido todo, de ciudades efectivamente arrasadas. Solo al final del tiempo dedicado a esta catástrofe, tras las inevitables reflexiones sobre que en Europa se reabre el debate nuclear, en una breve lectura final, el corresponsal o el locutor “se acuerda” de informarnos de las víctimas, de la destrucción, del miedo, de la muerte y habla unos segundos de ello antes de pasar a la noticia siguiente.

No sé si se han superado en mucho o en poco los límites de radiación legalmente admitidos pero sí sé que se han superado con creces los límites, si existen, de destrucción de viviendas, de arrastre de coches por riadas, de barcos arrastrados bajo los puentes, de olas negras sumergiendo pueblos y valles, de desolación muerte y dolor. Esos seguro que se han superado. Y a veces pienso que se han superado también los límites de egoísmo local, de indecencia y de inhumanidad en nuestros medios de comunicación.

Me temo que vamos a necesitar mucha más agua y jabón que en Fukushima.

Rumaseando

Parece que Ruiz Mateos no se ha enterado de que vivimos en una época diferente a aquella en que empezó con sus chanchullos. Su inveterada afición por los tarjetones le ha jugado una mala pasada y ha puesto al descubierto que era plenamente consciente del engaño al que estaba sometiendo a los inversores a los que pedía dinero.

Esto le escribía, de su puño y letra al presidente del Banco Santander:

«Quiero también que sepas que mucha de la publicidad y comentarios que de vez en cuando salen en los medios de comunicación, sobre inversiones y puestos de trabajo, forman parte del «marketing» de cara a la opinión pública, pues a la hora de la verdad, si lo analizas bien, cuando llevamos a efecto alguna operación mercantil, es porque recibimos más de lo que invertimos…»

«Los tiempos no están para invertir, sino para recoger… a veces es bueno aparentar de cara a sostener un clima de confianza y seguridad ante nuestros proveedores y clientes».

Lo que más me molesta es que a la mentira consciente, directa y pensada para engañar, en lugar de llamarla “pecado”, que es lo que le pega a este personaje, la llame “marketing. Me molesta a mí y seguramente a tantos otros profesionales que viven honestamente de eso que Ruiz Mateos utiliza para esconder sus intenciones.

A partir de ahora voy a sustituir el término estafar por “rumasear”.

Yo rumaseo, tu rumaseas, José Mª rumasea…

-Madoff está en la cárcel por el mayor rumaseo de la historia-
-Denuncian una oleada de rumaseos de la estampita-
-Alertan de la existencia de rumaseadores de los billetes tintados-…¡Tendrá cara dura el tío!

8 de marzo ¿Son los cambios demasiado lentos o es que vivimos demasiado poco tiempo?

La incorporación de las mujeres a la vida civil es si duda la revolución más importante que estamos viviendo. Creo que es un cambio tan decisivo como lo fue la revolución neolítica que, a través de la domesticación de animales y el cultivo de alimentos, sustrajo al ser humano de su dependencia del azar de la naturaleza y lo convirtió en lo que hoy somos. Parece una broma pero no lo es.

La píldora y la revolución sexual, junto con los cambios culturales del último siglo, han liberado a las mujeres de la servidumbre reproductiva y han abierto un nuevo horizonte de participación en sociedad para esa mitad de los seres humanos, lo que es lo mismo que decir para la humanidad entera, porque nadie puede quedar al margen de un cambio de tal envergadura.

Pero bajando la vista un poco hacia nuestro día a día hoy, 8 de marzo, es una buena ocasión para repensar y repasar lo muchísimo que hemos avanzado y los obstáculos que quedan, que también son muchos. Muchos obstáculos en nuestra autocomplaciente y confortable sociedad occidental y muchos más en las sociedades que aún mantienen más vivas sus propias tradiciones sexistas que, no obstante, también son día a día minadas por esta revolución que es mundial.

No podemos olvidar ni tolerar los abusos terribles que las mujeres sufren en otras partes del mundo pero tampoco pueden servirnos para relativizar o disculpar las injusticias cotidianas que nos rodean aquí mismo: la discriminación salarial o de promoción profesional, la invisibilidad del trabajo de las mujeres, su muchísima mayor precariedad laboral, la pérdida de talento obligada por los roles sociales. Obstáculos insidiosos y cotidianos a los que me he referido alguna otra vez en este blog.

Y, por supuesto, está la violencia sexista. La manifestación cruda y aplastante de la persistencia de un modelo cultural basado en la supremacía del varón en el ejercicio de la violencia. Es muy probable que esa brutalidad sea tan difícil de erradicar porque la fuerza física haya sido en el fondo la única “razón” en la que se ha sustentado una sociedad que margina a las mujeres. Eso y nada más que eso.

Las verdaderas revoluciones avanzan paso a paso, imparables, desesperantemente lentas para quienes las impulsan pero tan imposibles de evitar como la deriva de los continentes. Lo que pasa es que nos resulta insoportable darnos cuenta de que en esto, como en todo, nuestra aportación equivale a un suspiro. Porque -como decía el tango- “es un soplo la vida”. Así que hoy 8 de marzo, a soplar todas y todos.

Príncipes, tiranos o imanes

Opulentos príncipes, incómodos tiranos o inquietantes imanes. Para la mentalidad de occidente los países árabes, del Magreb o de Oriente medio, tenían reducidas sus formas de gobierno a estos tres formatos. No parecía haber más opciones.
Los príncipes obscenamente ricos eran, y siguen siendo, los más confortables para nuestra mentalidad (y para nuestros intereses). Son exóticos, elegantes (aunque algo kistch) y, aunque mantienen a sus países anclados en sistemas políticos y sociales del Medievo, es tanta la riqueza  que acumulan que se pueden permitir un nivel de bienestar razonable incluso para los más pobres y marginados de sus propios súbditos. La enorme abundancia en la mesa de esos ricos hace que las migajas que caen de ella resulten suficientes para mantener tranquilos a los pobres.
Tales condiciones de bienestar material disimulan bien las obvias carencias de libertad de sus poblaciones. Mientras mantenemos la boca abierta, asombrados al mirar sus hoteles, sus palacios, sus islas artificiales, sus circuitos de carreras, sus puertos deportivos, etc. las prohibiciones indignas que, por ejemplo, sufren sus mujeres las vemos algo así como una curiosa peculiaridad cultural.
Cosa muy distinta sucede con los tiranos laicos como Mubarak, Ben Ali o Gadafi, que estos días están protagonizando la actualidad. Por supuesto que estos ni de lejos nos resultan tan glamurosos. Se trata de personajes a caballo entre la tradición tribal/local y el comunismo revolucionario. Resultan algo rudos y generalmente son muy opacos en sus actividades lucrativas pero también son de enorme utilidad para occidente, que con ellos se asegura  que, mientras se les deje hacer su voluntad, en esos países no habrá problemas. Mejor dicho no habrá problemas que nos puedan afectar a los occidentales, lo que pase con sus ciudadanos es harina de costal ajeno.
Estos personajes resultan tan convenientes para nuestros intereses económicos e industriales que hasta se les acepta que alimenten internamente su imagen de revolucionarios arabistas y pongan a bajar de un burro las corruptas democracias de occidente, cosa que hacen muy de boquilla y con escasas consecuencias ya que saben que su riqueza (la suya de ellos no la de sus países) depende de esos repugnantes clientes que somos nosotros. Admitimos en silencio ese tipo de regímenes para evitar las siempre temidas teocracias islamistas, que se nos presentan como la reencarnación del principal “peligro infiel” que durante siglos aterrorizó a Europa.

Cómoda para nosotros e injusta para las sociedades de esos países, esa simplificación tiene flancos tan débiles que en pocos días se está derrumbando ante nuestros ojos. En Túnez, Egipto, Argelia, Libia, Bahréin… lo mismo que en Europa y América, la sociedad cambia, evoluciona y lo hace seguramente con enorme rapidez. Impulsada a la vez por el huracán Internet, que es un motor de cambio mundial, y por la presión y el empuje de una generación de jóvenes que es allí tan enorme que no podemos ni recordar en Europa.
Es una buena noticia que las sociedades árabes depongan ahora a esos tiranos, protesten y pidan libertad, trabajo, bienestar, futuro, esperanza… más o menos lo mismo que nosotros deseamos y que tenemos en mucha mayor medida que ellos. Pero antes de sumarme al coro de los justicieros solidarios que claman ahora (ni un día antes) contra el intolerable cinismo y la hipocresía de nuestros gobiernos voy a hacer un sano ejercicio: mirarme en el espejo de las ventajas que todos hemos ido obteniendo de esa política internacional que con tanto brío se critica ahora. Me lo iré pensando con calma mientras conduzco a 110 km por hora para ahorrar gasolina.