2010
A Javier Vizcaíno le traiciona la costumbre
El PNV mira a EiTB con desazón.
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| Foto Telepress |
WikiLeaks y el Botox de Gadafi
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Pugilismo electoral
¿Escogería usted al Consejero Delegado de su empresa mediante un combate de boxeo entre dos candidatos? Yo no, desde luego. No me parece que la habilidad para dar guantazos garantice la idoneidad de quien debe gestionar la complejidad de una empresa.
Nunca me han gustado los debates electorales en televisión. Me parece que en ellos la teatralización y la puesta en escena son tan importantes que el mensaje que se supone que se querría transmitir queda arrumbado por el espectáculo. Por consiguiente en los pocos que he podido soportar nunca he oído nada que me pudiera haber iluminado en caso de haber tenido dudas sobre el sentido de mi voto.
Pero lo que más me ha indignado siempre ha sido el descaro indisimulado con que los medios de comunicación han reclamado la celebración de ese pasatiempo que tanta audiencia y tantos titulares les garantiza: Se han llegado a decir desmesuras como que una democracia no lo es del todo si no se producen esos combates mediáticos. Lo han presentado como si fuese un “derecho” de los electores, para no decir que se trata de una jugosa oportunidad de conseguir notoriedad y audiencia. Y, por supuesto, se han valorado los resultados de los mismos como si se tratase de un combate de boxeo: que si fulano ha noqueado a menganito o si aquello que se dijo fue un golpe bajo, o que si la victoria ha sido a los puntos, etc.
Al día siguiente ¡cómo no! se han hecho encuestas en la calle o por internet, ha habido editoriales y comentarios de columnistas a mansalva y algunos medios que se dicen serios han hecho descansar derrotas o victorias sobre lo que se dijo o no se dijo, sobre la cara que se puso y sobre los gestos que se hicieron ante las cámaras.
En fin, no sé si es que hay demasiada afición por lo superficial, demasiada creencia en que la gente en la calle es tonta o sencillamente lo que pasa es que el gusto por los espectáculos de gladiadores está más grabado en nuestras neuronas de lo que creemos.
Peras al olmo o la presión internacional
Hemos mamado los estados-nación; nos los inculcaron de niños y no solo nos hicieron aprender aquellos mapas de colores y las capitales del mundo sino que también nos transmitieron todos los tópicos del nacionalismo correspondiente a nuestro propio estado. A mí, por ejemplo, tanto me los transmitieron aquellos nacionalistas añorantes de la “España imperial” que me vacunaron contra toda clase de nacionalismos, pero esa es otra historia.
Los estados–nación surgieron en distintos momentos históricos impulsados por algunas clases dirigentes: El caso más nítido, aunque no el único, es el de la Revolución Francesa; y tuvieron que imponerse a las concepciones sociales, económicas, culturales y lingüísticas que estaban instaladas en de aquel momento del modo en que se hacían las cosas entonces: a lo bestia. La unificación de religión, de leyes, el ejército y la escuela, junto con la imposición de un idioma “patrio”, fueron las principales armas de los nuevos Estados.
Esta tarea dio sus frutos, para mal y para bien (en ese orden) y pretender ahora que en pocas décadas y sin aquel adoctrinamiento brutal nos broten hacia Europa las mismas actitudes de cercanía e identificación que tenemos con nuestros correspondientes países es una tarea ilusoria, no por imposible sino por precipitada.
Imaginen ustedes que se presentasen en plena Edad Media a contarle a la gente todo eso de la democracia y de la separación de poderes, del imperio de la ley, del monopolio legítimo de la violencia, de la libertad de pensamiento, de empresa y todos esos conceptos. Simplemente nadie entendería de lo que estaría hablándoles, identificados ellos con la religión verdadera, el diezmo de la Iglesia, el Rey, los vasallos hijosdalgo, el Señor, el feudo, el linaje y la reliquia. Le mirarían a usted como vacas a la carreta (ni siquiera al tren).
A nosotros nos pasa algo parecido, que estamos tan acostumbrados a las estructuras políticas en las que nos hemos desenvuelto durante generaciones que nos cuesta entender que pueda haber otras. Europa es también ahora un proyecto de las clases dirigentes del continente y a los europeos de a pie nos resulta más fácil percibir las imposiciones europeas que sus ventajas. No existe aún un relato de Europa porque es difícil desaprender lo que nos inculcaron desde niños; no olvidemos que las últimas degollinas mundiales se originaron en Europa y en ellas participaron, matando o muriendo, nuestros mismos abuelos.
Y si nos es difícil entender la Unión Europea, para la que incluso votamos cada pocos años, ni les digo lo cuesta arriba que se nos hace lo de las instituciones internacionales:
Cuando la injusticia se extiende ignorante de fronteras, exigimos que la ONU y la UE tengan ese poder que no tienen pero que es el que nosotros entendemos mejor: El poder coercitivo de los Estados. En cada crisis con connotaciones humanitarias brotan las opiniones que reclaman una acción inmediata y, sobre todo, eficaz de las instituciones internacionales.
Y como nuestro marco sigue dominado por el Estado–Nación, celoso de su soberanía y dispuesto a ejercerla dentro de sus propias fronteras, atribuimos irreflexivamente esos mismos poderes a la ONU y a otros organismos aunque, eso sí, entendiéndolos con “cobertura planetaria”. Nos confortan los Cascos azules, porque los asimilamos a una policía mundial aunque sepamos que son en realidad soldados de algún Estado colaborador, como España.
La herramienta milagrosa que se esgrime siempre en estos casos es “la presión internacional” ante la que los estados soberanos se plegarían aterrados. En cuanto un problema irrumpe en nuestra prensa o en nuestras pantallas planas de TV, salta como un resorte la exigencia de esa “presión” a la que concedemos poderes casi milagrosos. Si un conflicto, que puede tener 10, 30 o 600 años de historia, no se ha solucionado en pocos días concluimos que «la Comunidad Internacional no presiona lo suficiente” o que “oscuros intereses bloquean la presión internacional”.
Exigimos que las instituciones internacionales actúen como si fueran de verdad una policía mundial que no son, y las despreciamos tontamente cuando no cumplen nuestras, hoy por hoy, absurdas expectativas. El mundo es muy pero que muy injusto, aunque seguramente menos injusto de lo que lo ha sido nunca a lo largo de su historia. Existen instituciones internacionales que levantan la voz pero que no tienen, ni se lo permitiríamos tampoco, el poder violento y dominador que en algunos momentos les exigimos que tengan.
Pese a todo, la labor de la ONU, de la Unión Europea y de la cooperación pública o privada es, no obstante, enorme. Por mucho que, encerrados en nuestro concepto mental de Estado soberano, nos cueste comprender que a menudo la presión de instituciones que no son depositarias de soberanía alguna no puede ir mucho más allá que “mirar mal” al país infractor y por eso se nos escapa eso tan injusto de “no sirven para nada”.
Eguiguren da las espalda a las víctimas
Qué facil es la demagogia y qué difícil es la sabiduría y la integridad.
EiTB. Viejas inercias y nuevos tiempos.
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| Foto todotvnews |
La semana pasada, se celebró en la sede de EiTB en Bilbao una interesante jornada de reflexión sobre la televisión pública: sus problemas, sus oportunidades y su posible futuro. Directivos de televisiones autonómicas, profesionales y expertos académicos señalaron de forma clara, honesta y hasta descarnada, los muchos retos y dificultades que atraviesan las televisiones en España y en toda Europa. Se habló de atomización de las audiencias, de financiación, de los contenidos, de las oportunidades tecnológicas e incluso de la redefinición misma de lo que es el servicio público.
Debates oportunos e importantes para nuestra radiotelevisión pública que, sin embargo, contrastaban vivamente con nuestras polémicas cotidianas. Mientras los demás se ocupan de las televisiones públicas mirando al futuro con sinceridad y aprendiendo de lo que pasa en el mundo, EiTB tiene que afrontar todavía las dificultades creadas por quienes pretenden mantener la vieja televisión del pasado.
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Memoria selectiva. No se libra ni el Papa
Todos tenemos memoria selectiva. Recordamos con todo detalle aquello que nos conviene y tendemos a olvidar los episodios un tanto enojosos que nos han pasado a lo largo de la vida, especialmente si en ellos no hicimos un papel demasiado brillante.
Esta debilidad tan humana es más disculpable cuando lo ignorado es algo que queda dentro del mundo privado y más condenable cuando lo olvidado afecta a otras personas. Pero cuando han sido miles las personas a las que se ha hecho un daño terrible el olvido es imposible y el disimulo, indecente.
Joseph Ratzinger, máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, ha venido a criticar el “laicismo agresivo” que al parecer detecta en la sociedad española y que dice que le recuerda al anticlericalismo de los años treinta. También ha reivindicado el papel clave del Camino de Santiago en la fundación de Europa.
Qué buena memoria tiene Benedicto XVI…para lo que quiere. Y que mala para lo que le incomoda. Suponiendo que le incomode que su iglesia haya sido a lo largo de toda la historia de España la perseguidora principal, decisiva arma de los poderosos contra los humildes, rémora de cualquier progreso y que durante siglos su crueldad fuese tan legendaria como cierta.
Durante los siglos en que los peregrinos crearon esa tradición tan europea del camino, que bien recuerda el Papa, la persecución de la Inquisición era parte del paisaje que podían contemplar durante su viaje. Algo que Ratzinger olvida cuidadosamente.
Lo que en otras partes de Europa dependía de revueltas o de episodios más o menos espaciados, aunque de enorme crueldad, en España era toda una industria: la de la Iglesia Católica persiguiendo a cualquiera que no fuese de los suyos y también a los suyos si se desviaban un ápice del pensamiento oficial y obligatorio para, después de quemarlos vivos, quedarse con sus bienes, que aquí antes no se tiraba nada.
La última víctima de la inquisición española fue un maestro de escuela que, en 1826 (sí, en pleno siglo XIX) acusado de no llevar a sus alumnos a misa y de otros actos así de horribles, fue ahorcado en Valencia. Ya que no le dejaban que fueran de verdad, el arzobispo católico se empeño en pintar unas llamas falsas en un barril bajo el pobre desgraciado, cuyos restos sí fueron quemados en el antiguo Cremador de la Inquisició (crematorio de la Inquisición) junto al río Turia.
Así de “agresiva” fue la iglesia católica en España y aunque todo esto pasó hace mucho tiempo y es muy desagradable de recordar, resulta que la actitud del Papa en Santiago de Compostela, tan alusiva a la historia me lo ha revivido. ¡Qué le vamos a hacer! yo también tengo mi propia memoria selectiva. Y ella siempre me recuerda la sentencia del Conde de Montalambert, que tan eficaz como obstinadamente ha practicado la Iglesia de Benedicto XVI hasta hace poco, «Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando soy fuerte os la niego en nombre de los míos».
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La Ye vasca
Ya tenemos en Euskadi un problema menos. Veníamos denominando a nuestra principal obra pública “la Y griega vasca” y claro, la cosa quedaba confusa. ¿Era griega o era vasca? ¿Era más griega que vasca? ¿Más vasca que griega?¿Igual de vasca que de griega?.reconociendo con única denominación válida de la “Y” el que es su nombre inmensamente mayoritario entre los hablantes del Español, esto es ”la ye”.
En 1714 se publicó la primera Orthographía, nombre que, como ven, también ha ido adaptándose a los tiempos. Y hace pocos meses, el 27 de junio de 2010, se aceptaron los términos de uso habitualísimo como “cultureta”, “muslamen”, “rojillo” o “antiespañol”, término este último que hubiese hecho las delicias de Sabino.












