2010

Presiones y frustraciones

Los papeles de Wikileaks siguen aportando más titulares que noticias, aunque no faltan de estas últimas. Cada día se va viendo que los servicios secretos y la red diplomática americana hacen lo que buenamente pueden y opinan más de lo que influyen.
La imagen del Imperio como poseedor de la única información realmente valiosa y sin cuya voluntad no se mueve un papel en el mundo, se va derrumbando a medida que se van desgranando las informaciones.
Cuenta un periódico de esos que el Sr. Assange seleccionó para ser receptores de sus filtraciones que “La Embajada de EE UU en Panamá abogó implacablemente para que la estadounidense Bechtel ganase el concurso de la ampliación del Canal, en el que compitió con las españolas ACS y Sacyr”.
A estas alturas ya no es una sorpresa saber del desapego de la administración americana hacia el sistema de libre empresa cuando la libre empresa es de otro. Pasa a menudo también aquí pero eso es para comentarlo otro día. Lo que me parece más llamativo de la noticia de hoy es que aquella presión que los “cables” de Wikileaks describen como tan intensa tuvo como consecuencia la adjudicación del contrato a la española Sacyr por un importe de 2.350 millones de euros, precisamente a la empresa que los norteamericanos no querían. A juzgar por lo filtrado, la frustración de los diplomáticos de EEUU fue grande y también lo fue su preocupación por “un creciente apogeo de la influencia española en Panamá».
En fin, que cable a cable vamos viendo que el león no es tan fiero como lo pintan y que si bien los intentos de influencia internacional de los EEUU son muchos e intensos, sus éxitos son bastante más escasos.
Parece una buena noticia que se vaya marchitando el gran axioma de un mundo controlado y dirigido desde el despacho oval, pero la sonrisa se me congela un poco cuando pienso que no estoy seguro de qué es lo que lo sustituirá.

A Javier Vizcaíno le traiciona la costumbre

Al columnista de Deia, antes conductor de programas en ETB, se le ha escapado un revelador lapsus linguae en su columna de hoy: A cuenta de la entrevista que ayer le hizo EiTB a Rufi Etxeberría nos llama “chuflistas” a los socialistas vascos porque ayer votamos en el Parlamento contra la sucesión fraudulenta de Batasuna mientras -escribe de nosotros- “solo hacía dos horas que habían dado la bendición mediática a los presuntos sucesores fraudulentos”.
Vizcaíno da por hecho aquello a lo que seguramente estaba acostumbrado de siempre: A que el partido del poder le dijese a EiTB lo que tenía que emitir y lo que no.
El verdadero y profundo cambio que supone la dirección de Alberto Surio es precisamente que ya no pasa nada de eso, sino que es la propia EiTB y no el partido que “manda” quien decide qué información es relevante. Vizcaino nos reprocha a los socialistas la entrevista seguramente porque estaba tan acostumbrado a la injerencia que da por bueno que no sean los periodistas quienes deciden. Las inercias son poderosas.

El PNV mira a EiTB con desazón.

Foto Telepress

El Presidente del PNV ha escrito en su blog cosas que ayudan a entender cómo concibe el PNV la radiotelevisión vasca y cuál es la estrategia que ha desplegado contra ella. El Sr. Urkullu sabe, pero oculta, que la salida del PNV de la dirección de lo que siempre consideró su casa solariega electrónica coincidió más o menos con el despliegue de la TDT. Ustedes sí se acordarán de aquellos anuncios que nos instaban a que comprásemos los decodificadores. Y ya puestos, puede que recuerden también que su televisión ha pasado de tener 6 cadenas a tener 60 o más.
Las cadenas temáticas, que eran una rareza en 2005 con un 7% de share (porcentaje sobre todos los que ven la tele), han alcanzado este mismo mes un 29,3%, que naturalmente solo es posible obtener de la audiencia de las demás.
De ese modo la exitosa TVE1 ha pasado en ese periodo del 20,5% al 14,9% actual y Antena3 ha caído de casi el 25 al 12,2% cediendo el liderazgo a Tele5 que, pese a todo, cae del 21,2 al 13,9%. Las autonómicas han pasado del 16,2 al 11%; ni tan mal. Todas las televisiones cerrarán este año con los peores resultados de su historia, no solo ETB, como pretende hacernos ver el Presidente del PNV en su blog. Los “viejos tiempos” no volverán a ninguna televisión.
En definitiva, que el mundo de la televisión está atravesando dificultades evidentes que nadie niega pero que el PNV quiere presentar como si fuesen exclusivas de EiTB y causadas por la primera dirección no partidista de su historia. En definitiva conflictos: sí, recortes: sin duda, inercias: muchas, errores: por supuesto. Pero de desastres, cataclismos, fiascos, nefastas gestiones y demás catástrofes, nada de nada.
¿A qué viene entonces tanta insistencia en presentar esta tormenta como si fuese el inicio del diluvio universal en EiTB? Pues viene a que el PNV teme que una televisión plural, profesional instalada en la modernidad, consciente de su papel al servicio de la Euskadi real, de la de todos, no tenga ya vuelta atrás, no pueda ser revertida jamás en el poderoso instrumento del imaginario nacionalista que era. Eso es lo que teme y lo que reclama Iñigo Urkullu cuando dice que “ETB debería ser la misma que hace año y medio”, aunque sospecho que lo que quiere es que siguiese siendo para siempre la misma paleotelevisión que ellos manejaban.
No va a ser así. No hay vuelta atrás en un mundo tan dinámico como el audiovisual. EiTB no tiene otra salida que reinventarse en esta nueva etapa que ya está aquí, tiene que saber llegar a públicos diversísimos, que consumen productos audiovisuales al estilo de siempre pero que también los hacen por internet, a la carta o en canales especializados, tiene que estar en plataformas distintas del televisor del salón, como los propios móviles o “tablets”, tiene que seguir creando redes sociales y encontrar su espacio en la calle, en la cultura y en la creación de contenidos de calidad que aporten esa innovación en la que los grupos privados nunca (o casi nunca) arriesgarán. No es sólo una elección complicada, es la única opción. 
Y en ese recorrido tan difícil lo que parece obvio es que no vamos a poder contar con el PNV. Urkullu y los suyos miran a EiTB con indisimulada desazón y no ayudarán sino que pondrán cuantos palos puedan en las ruedas. Lo han demostrado estos días y seguramente van a seguir en lo mismo. Una lástima.
Por cierto, no todo van a ser problemas: Felicidades a Radio Euskadi y a eitb.com, que están que se salen, batiendo records en audiencias y visitas.

WikiLeaks y el Botox de Gadafi

“Esto va a dar para meses y años”. Así se referían esta semana algunos opinadores a las revelaciones que Wikileaks ha destapado suministrando miles de documentos a algunos periódicos “serios” de todo el mundo.
De momento esos “meses” o esos “años” de grandes revelaciones empezaron por las informaciones más cotillas. Parece que quienes han tenido en sus manos tan magro material han considerado que, de entrada, lo más importante eran las fiestas de Berlusconi o la afición del líder libio a aplicarse antiarrugas cuando está en esas jaimas con las que recorre el mundo.
Dicen los responsables de los grandes periódicos que han sido seleccionados por Wikileaks para recibir tan importante información que están revisando cuidadosamente su contenido para valorar con responsabilidad el equilibrio entre interés informativo y seguridad. Me alegro de que así sea porque la información valiosa requiere tiempo y esfuerzo para comprobarla y para aportarle valor.
Sin embargo, o los cotilleos que hemos visto rebotar en todos los medios estaban todos en las primeras páginas de lo filtrado o fueron lo que más gustó a los primeros redactores. Tengo que decir que en las horas siguientes otras revelaciones empiezan a surgir pero también diré que lo hacen con menos fuerza y con impacto más dudoso.
La propia Casa Blanca ha dicho que se trata de opiniones subjetivas, que no representan la posición del Estado norteamericano. Sea esto muy cierto o sea menos cierto, lo innegable es que esas declaraciones introducen grandes dudas sobre si lo publicado es realidad, es opinión o es certificación de los que se intentó y no de lo que se consiguió. Llegados a este punto buena parte de lo que tenemos son grandes titulares imposibles de comprobar o directamente desmentidos.
Eso aparte de las obviedades: Decir que los espías consideraban que el presidente Zapatero es persona “de visión cortoplacista” y que “se supedita a las necesidades electorales” solo certifica que los agentes americanos leían en España los mismos periódicos que leemos todos. La cosa no puede ir más allá, salvo que esta vez queramos atribuir a los servicios de inteligencia americanos el valor de un oráculo infalible. Algo que casa mal con la asentada tradición de nuestro país de pensar que “los americanos no se enteran de nada”.
Lo que me parece más relevante es que un “espía civil” sea quien, a su gusto, provea de información a los periódicos de más prestigio. Algo que debería hacer reflexionar a estos medios, salvo que solo les importe su titular de mañana, que todo podría ser.
Además, que esa “garganta abisal” nos avise ya de que tiene preparadas nuevas revelaciones sobre bancos americanos en forma de miles de documentos de los que nos proveerá en enero me recuerda a El Corte Inglés cuando publicita sus inminentes rebajas ¡qué quieren que les diga!
El gran cambio de nuestro tiempo es que no importa tanto quién tiene la información, porque la realidad es que cualquiera puede acceder a ella (incluso a la clasificada). Hoy lo decisivo es la capacidad inevitablemente humana de discernir lo que es importante de lo banal dentro de montañas de datos. La destreza y la inteligencia para dar valor a la inmensa información accesible en la web o en WikiLeaks o donde sea. De momento lo más notable ha sido el Botox de Gadafi. Veremos hasta dónde se llega en los próximos “meses” y “años”.

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Pugilismo electoral

¿Escogería usted al Consejero Delegado de su empresa mediante un combate de boxeo entre dos candidatos? Yo no, desde luego. No me parece que la habilidad para dar guantazos garantice la idoneidad de quien debe gestionar la complejidad de una empresa.

Cataluña se quedó sin toros hace unos meses y ahora se ha quedado frustrada sin su pelea de gallos electoral entre Mas y Montilla. La Junta electoral, después de horas de debate entre sesudos juristas ha decidido que existía un defecto de forma y ha sacado pañuelo verde a los candidatos, devolviéndolos al corral.

Nunca me han gustado los debates electorales en televisión. Me parece que en ellos la teatralización y la puesta en escena son tan importantes que el mensaje que se supone que se querría transmitir queda arrumbado por el espectáculo. Por consiguiente en los pocos que he podido soportar nunca he oído nada que me pudiera haber iluminado en caso de haber tenido dudas sobre el sentido de mi voto.

Pero lo que más me ha indignado siempre ha sido el descaro indisimulado con que los medios de comunicación han reclamado la celebración de ese pasatiempo que tanta audiencia y tantos titulares les garantiza: Se han llegado a decir desmesuras como que una democracia no lo es del todo si no se producen esos combates mediáticos. Lo han presentado como si fuese un “derecho” de los electores, para no decir que se trata de una jugosa oportunidad de conseguir notoriedad y audiencia. Y, por supuesto, se han valorado los resultados de los mismos como si se tratase de un combate de boxeo: que si fulano ha noqueado a menganito o si aquello que se dijo fue un golpe bajo, o que si la victoria ha sido a los puntos, etc.

Al día siguiente ¡cómo no! se han hecho encuestas en la calle o por internet, ha habido editoriales y comentarios de columnistas a mansalva y algunos medios que se dicen serios han hecho descansar derrotas o victorias sobre lo que se dijo o no se dijo, sobre la cara que se puso y sobre los gestos que se hicieron ante las cámaras.

En fin, no sé si es que hay demasiada afición por lo superficial, demasiada creencia en que la gente en la calle es tonta o sencillamente lo que pasa es que el gusto por los espectáculos de gladiadores está más grabado en nuestras neuronas de lo que creemos.

Peras al olmo o la presión internacional

 
Hemos mamado los estados-nación; nos los inculcaron de niños y no solo nos hicieron aprender aquellos mapas de colores y las capitales del mundo sino que también nos transmitieron todos los tópicos del nacionalismo correspondiente a nuestro propio estado. A mí, por ejemplo, tanto me los transmitieron aquellos nacionalistas añorantes de la “España imperial” que me vacunaron contra toda clase de nacionalismos, pero esa es otra historia.

Los estados–nación surgieron en distintos momentos históricos impulsados por algunas clases dirigentes: El caso más nítido, aunque no el único, es el de la Revolución Francesa; y tuvieron que imponerse a las concepciones sociales, económicas, culturales y lingüísticas que estaban instaladas en de aquel momento del modo en que se hacían las cosas entonces: a lo bestia. La unificación de religión, de leyes, el ejército y la escuela, junto con la imposición de un idioma “patrio”, fueron las principales armas de los nuevos Estados.

Esta tarea dio sus frutos, para mal y para bien (en ese orden) y pretender ahora que en pocas décadas y sin aquel adoctrinamiento brutal nos broten hacia Europa las mismas actitudes de cercanía e identificación que tenemos con nuestros correspondientes países es una tarea ilusoria, no por imposible sino por precipitada.

Imaginen ustedes que se presentasen en plena Edad Media a contarle a la gente todo eso de la democracia y de la separación de poderes, del imperio de la ley, del monopolio legítimo de la violencia, de la libertad de pensamiento, de empresa y todos esos conceptos. Simplemente nadie entendería de lo que estaría hablándoles, identificados ellos con la religión verdadera, el diezmo de la Iglesia, el Rey, los vasallos hijosdalgo, el Señor, el feudo, el linaje y la reliquia. Le mirarían a usted como vacas a la carreta (ni siquiera al tren).

A nosotros nos pasa algo parecido, que estamos tan acostumbrados a las estructuras políticas en las que nos hemos desenvuelto durante generaciones que nos cuesta entender que pueda haber otras. Europa es también ahora un proyecto de las clases dirigentes del continente y a los europeos de a pie nos resulta más fácil percibir las imposiciones europeas que sus ventajas. No existe aún un relato de Europa porque es difícil desaprender lo que nos inculcaron desde niños; no olvidemos que las últimas degollinas mundiales se originaron en Europa y en ellas participaron, matando o muriendo, nuestros mismos abuelos.

Y si nos es difícil entender la Unión Europea, para la que incluso votamos cada pocos años, ni les digo lo cuesta arriba que se nos hace lo de las instituciones internacionales:

Cuando la injusticia se extiende ignorante de fronteras, exigimos que la ONU y la UE tengan ese poder que no tienen pero que es el que nosotros entendemos mejor: El poder coercitivo de los Estados. En cada crisis con connotaciones humanitarias brotan las opiniones que reclaman una acción inmediata y, sobre todo, eficaz de las instituciones internacionales.

Y como nuestro marco sigue dominado por el Estado–Nación, celoso de su soberanía y dispuesto a ejercerla dentro de sus propias fronteras, atribuimos irreflexivamente esos mismos poderes a la ONU y a otros organismos aunque, eso sí, entendiéndolos con “cobertura planetaria”. Nos confortan los Cascos azules, porque los asimilamos a una policía mundial aunque sepamos que son en realidad soldados de algún Estado colaborador, como España.

La herramienta milagrosa que se esgrime siempre en estos casos es “la presión internacional” ante la que los estados soberanos se plegarían aterrados. En cuanto un problema irrumpe en nuestra prensa o en nuestras pantallas planas de TV, salta como un resorte la exigencia de esa “presión” a la que concedemos poderes casi milagrosos. Si un conflicto, que puede tener 10, 30 o 600 años de historia, no se ha solucionado en pocos días concluimos que «la Comunidad Internacional no presiona lo suficiente” o que “oscuros intereses bloquean la presión internacional”.

Exigimos que las instituciones internacionales actúen como si fueran de verdad una policía mundial que no son, y las despreciamos tontamente cuando no cumplen nuestras, hoy por hoy, absurdas expectativas. El mundo es muy pero que muy injusto, aunque seguramente menos injusto de lo que lo ha sido nunca a lo largo de su historia. Existen instituciones internacionales que levantan la voz pero que no tienen, ni se lo permitiríamos tampoco, el poder violento y dominador que en algunos momentos les exigimos que tengan.

Pese a todo, la labor de la ONU, de la Unión Europea y de la cooperación pública o privada es, no obstante, enorme. Por mucho que, encerrados en nuestro concepto mental de Estado soberano, nos cueste comprender que a menudo la presión de instituciones que no son depositarias de soberanía alguna no puede ir mucho más allá que “mirar mal” al país infractor y por eso se nos escapa eso tan injusto de “no sirven para nada”.

EiTB. Viejas inercias y nuevos tiempos.

Foto todotvnews

La semana pasada, se celebró en la sede de EiTB en Bilbao una interesante jornada de reflexión sobre la televisión pública: sus problemas, sus oportunidades y su posible futuro. Directivos de televisiones autonómicas, profesionales y expertos académicos señalaron de forma clara, honesta y hasta descarnada, los muchos retos y dificultades que atraviesan las televisiones en España y en toda Europa. Se habló de atomización de las audiencias, de financiación, de los contenidos, de las oportunidades tecnológicas e incluso de la redefinición misma de lo que es el servicio público.

Debates oportunos e importantes para nuestra radiotelevisión pública que, sin embargo, contrastaban vivamente con nuestras polémicas cotidianas. Mientras los demás se ocupan de las televisiones públicas mirando al futuro con sinceridad y aprendiendo de lo que pasa en el mundo, EiTB tiene que afrontar todavía las dificultades creadas por quienes pretenden mantener la vieja televisión del pasado.
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Memoria selectiva. No se libra ni el Papa

Todos tenemos memoria selectiva. Recordamos con todo detalle aquello que nos conviene y tendemos a olvidar los episodios un tanto enojosos que nos han pasado a lo largo de la vida, especialmente si en ellos no hicimos un papel demasiado brillante.

Esta debilidad tan humana es más disculpable cuando lo ignorado es algo que queda dentro del mundo privado y más condenable cuando lo olvidado afecta a otras personas. Pero cuando han sido miles las personas a las que se ha hecho un daño terrible el olvido es imposible y el disimulo, indecente.

Joseph Ratzinger, máxima autoridad de la Iglesia Católica Romana, ha venido a criticar el “laicismo agresivo” que al parecer detecta en la sociedad española y que dice que le recuerda al anticlericalismo de los años treinta. También ha reivindicado el papel clave del Camino de Santiago en la fundación de Europa.

Qué buena memoria tiene Benedicto XVI…para lo que quiere. Y que mala para lo que le incomoda. Suponiendo que le incomode que su iglesia haya sido a lo largo de toda la historia de España la perseguidora principal, decisiva  arma de los poderosos contra los humildes, rémora de cualquier progreso y que durante siglos su crueldad fuese tan legendaria como cierta.

Durante  los siglos en que los peregrinos crearon esa tradición tan europea del camino, que bien recuerda el Papa, la persecución de la Inquisición era parte del paisaje que podían contemplar durante su viaje. Algo que Ratzinger olvida cuidadosamente.

Lo que en otras partes de Europa dependía de revueltas o de episodios más o menos espaciados, aunque de enorme crueldad, en España era toda una industria: la de la Iglesia Católica persiguiendo a cualquiera que no fuese de los suyos y también a los suyos si se desviaban un ápice del pensamiento oficial y obligatorio para, después de quemarlos vivos, quedarse con sus bienes, que aquí antes no se tiraba nada.

La última víctima de la inquisición española fue un maestro de escuela que, en 1826 (sí, en pleno siglo XIX) acusado de no llevar a sus alumnos a misa y de otros actos así de horribles, fue ahorcado en Valencia. Ya que no le dejaban que fueran de verdad, el arzobispo católico se empeño en pintar unas llamas falsas en un barril bajo el pobre desgraciado, cuyos restos sí fueron quemados en el antiguo Cremador de la Inquisició (crematorio de la Inquisición) junto al río Turia.

Así de “agresiva” fue la iglesia católica en España y aunque todo esto pasó hace mucho tiempo y es muy desagradable de recordar, resulta que la actitud del Papa en Santiago de Compostela, tan alusiva a la historia me lo ha revivido. ¡Qué  le vamos a hacer! yo también tengo mi propia memoria selectiva. Y ella siempre me recuerda la sentencia del Conde de Montalambert, que tan eficaz como obstinadamente ha practicado la Iglesia de Benedicto XVI hasta hace poco, «Cuando soy débil os reclamo la libertad en nombre de vuestros principios; cuando soy fuerte os la niego en nombre de los míos».

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La Ye vasca

Ya tenemos en Euskadi un problema menos. Veníamos denominando a nuestra principal obra pública “la Y griega vasca” y claro, la cosa quedaba confusa. ¿Era griega o era vasca? ¿Era más griega que vasca? ¿Más vasca que griega?¿Igual de vasca que de griega?.
No crean ustedes que la cosa es baladí, preguntas parecidas a estas son norma habitual del trabajo de los servicios sociológicos públicos en Euskadi.  Ya decía Sabino Arana: -¿Cómo quieres que una luz…alumbre dos aposentos?…¿Cómo quieres que yo sea….vasco y español a un tiempo?. Se ve que nadie le explicó que se pueden tirar los tabiques y asunto arreglado. Incluso que basta no levantar tabiques donde no los hay y el problema de la luz ni siquiera se presenta. En fin, ni sé lo que hubiera dicho de ser vasco y griego a la vez.
Pero a lo que iba, han venido las 22 academias de la lengua española y nos han sacado del apuro
reconociendo con única denominación válida de la “Y” el que es su nombre inmensamente mayoritario entre los hablantes del Español, esto es ”la ye”.

A partir ahora se acabó la confusión, el consejero Arriola hablará de la “ye vasca” y todos tan contentos. Aunque no sé si le veo yo a Iñaki Arriola hablando con acento distinto al suyo, tan guipuzcoano. Veremos.
Lo que me gusta es que las 22 academias se ocupen de ir reconociendo y modificando el idioma atendiendo tanto a la etimología de cada término o expresión como a su uso por parte del pueblo soberano del Español del que, por cierto, los peninsulares somos una pequeña minoría.

En 1714 se publicó la primera Orthographía, nombre que, como ven, también ha ido adaptándose a los tiempos. Y hace pocos meses, el 27 de junio de 2010, se aceptaron los términos de uso habitualísimo como “cultureta”, “muslamen”, “rojillo” o “antiespañol”, término este último que hubiese hecho las delicias de Sabino.
Bromas aparte, es una bendición que las personas que forman parte de las academias del Español unan a su inmenso bagaje cultural la humildad de reconocer que ellos son solo* notarios de un idioma vivo y cambiante y que su trabajo es conseguir que cientos de millones de personas nos sigamos entendiendo. A ver si otros aprendemos un poquito de esa lección.
(*) Desde ahora para siempre sin tilde.
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