2007

Novena entrega. El silencio es mal conductor de información

(Útil para las mujeres)

Las que estudiasteis física recordaréis que cada sustancia presenta una mayor o menor conductividad eléctrica y también que el sonido se transmite mejor cuanto más denso sea el medio. Pues al silencio le pasa con la comunicación lo mismo que a la madera con la electricidad -que es mala conductora.

Todos sabemos que se pueden transmitir órdenes, ideas, sentimientos y emociones mediante multitud de sistemas no verbales, pero ya que nuestra especie ha desarrollado tan extraordinaria capacidad para crear conceptos y manifestarlos a través del lenguaje, os sugiero que hagáis todo el uso posible de esa facilidad tan eminentemente humana y para la que en general estáis tan bien dotadas.
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Papá, dame una monedita para comprarme una historia

En el centro comercial hay una zona con caballitos de colores, aviones, coches, helicópteros…que funcionan con una moneda.

¿Por qué le gustan tanto? Me lo pregunto hasta el momento en que fijo con detenimiento en cómo está construido el caballito de fibra policromada. Con todo detalle, con su rienda de cuero, rodeado de otros animalitos y de un cactus. La niña me los señala como parte del juego. Ella sí los había visto desde el principio.

Solo se balancea un poco adelante y atrás mientras suena la música del Far West y el relincho mecánico del caballo. Suficiente para crear un minúsculo mundo de fantasía que le sirve a mi hija para contarse a sí misma una historia de aventuras, de galopadas al viento y de animalitos del desierto, todo en medio de un pasillo atestado de gente con sus bolsas y sus prisas.

Tres años. Tan pequeña y ya sabe contarse historias. El ser humano lo es sólo porque necesita crear narraciones. No sabe limitarse al mundo que tiene delante y no puede vivir sin imaginar otros mundos. Mundos tan ciertos como ese desierto por el que galopa el caballito que vive en el pasillo del centro comercial.

Una historia por un euro.

Una para ti, diez para mí

Si usted quiere organizar un desfile de moda bien frívolo, solo tiene que decir que “los beneficios” irán a un orfanato del tercer mundo. Si se trata de una rifa de bagatelas que les sobran a las damas de la alta sociedad, bastará con que diga que es por los niños sin hogar.

Siempre me ha producido un cierto escándalo moral que se utilice a las organizaciones benéficas como coartada para la frivolidad o para los beneficios. Debo de ser un poco rarito porque cuando lo he expresado amigos cercanos me han reprochado ser un aguafiestas.

Pero a mi cuando una cadena de televisión lleva a unos “famosos” a dar brillo a uno de esos concursos y el presentador se desgañita diciendo que “lo que ganen” será para una ONG es que estomaga. Nunca les he oído decir que los ingresos por publicidad en esa franja horaria vayan a ser para otra organización distinta de la propia cadena. Jamás.

Este fin de semana he oído cómo entrevistaban a un señor que se ha pasado una semana encerrado en un camión sin más comunicación con el exterior que una conexión a Internet a través de su teléfono móvil. El juego tiene por objeto exclusivo y evidente la promoción de los nuevos servicios de una compañía telefónica pero, por supuesto, no ha faltado la alusión a una ONG. Todo lo que consiga el fulano en su deambular por España será donado a una organización de ayuda para que sea subastado y vendido con el fin de conseguir fondos.

Es decir, que cuando haya terminado la campaña publicitaria les van a regalar la basura que les sobre (seguro que ni siquiera les donan el camión). Y ahí está el tío tan feliz mientras le entrevistan por teléfono –excepción permitida para que la campaña tenga éxito- diciendo que lo más importante de la experiencia es que se trata de un acto solidario.

Vete a cagar!

Nuevos conceptos inmobiliarios

Hace ya algunos años mi amiga Miriam estuvo buscando piso. Como solíamos volver juntos a casa tuvo oportunidad de iniciarme en el lenguaje de los anuncios inmobiliarios, que ella iba descubriendo cada día entre asombrada e indignada.

Así fui aprendiendo un nuevo idioma, que hasta entonces desconocía:

«Buena altura» se traduce por «no es un bajo».
«Entrar a vivir» significa en realidad «necesita reformas».
«Necesita reformas» quiere decir «es un escombro que se cae»
«Luminoso» quiere decir siempre, sin excepción, «interior»

Pero la creatividad publicitaria es un universo en expasión y la prueba es esta volatina que reproduzco y que le fue entregada a mi amigo Julio en Bilbao. Julio es filólogo y no pudo evitar quedarse asombrado, como yo, por el novedoso concepto que he marcado con un recuadro. Juzguen ustedes.

M.C.Escher

Cuando era jóven llegó a mis manos un libro de curiosidades en el que se hablaba de M.C. Escher. Allí ví sus primeros dibujos y mi asombro de entonces sigue igual de vivo muchos años después. Pude ver en su día la exposición que se le dedicó en Madrid, en la sala del Canal de Isabel II. Muy interesante, en particular la propia concepción de la muestra, en la que el arquitecto Carlos Ferrater supo transmitir al propio espacio físico de la exposición las extrañas paradojas visuales del grabador holandés.

Octava entrega. Venga vámonos

(Útil para los hombres)

Esta expresión es la que suelen utilizar las mujeres cuando aún faltan entre 20 y 45 minutos para salir del lugar en cuestión. El margen es amplio y crece especialmente cuando se dan dos circunstancias adicionales: la existencia de otras mujeres conocidas en el lugar y el hecho de que estés de compras en una tienda. Es muy común que el “venga vámonos” se repita varias veces a lo largo del largo proceso de abandono del local. Creer que tal aseveración, incluso repetida, va a ir seguida de un movimiento inmediato, franco y directo hacia la puerta del local es un gravísimo error que conviene evitar.
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El cepillo sabio. Un cuento útil

No tenía nombre, claro. Ningún cepillo de dientes lo tiene y éste tampoco. Porque esta historia habla, precisamente, de un cepillo de dientes. De un cepillo sin nombre. Por eso en este cuento tendremos que llamarle “el cepillo” o “él”. Seguro que nos acostumbraremos. Vamos allá.

El cepillo tenía una marca comercial grabada en el mango, eso sí. Pero no servía como nombre porque era la misma que tenían todos los demás cepillos de la estantería. Estaban colgados en un expositor a un lado del mostrador de la farmacia. Todos ordenados y formados como un pequeño ejército dispuesto a luchar contra la caries. Los había de muchos colores diferentes pero en realidad todos eran iguales. Bueno, no. El cepillo de nuestro cuento era muy especial. No se le notaba nada al verlo pero en realidad era un cepillo sabio. Si, si, sabio.

Lo compró un señor, que, por supuesto, no se fijó en eso. Era imposible, nada lo distinguía de los demás y el cliente lo escogió por el color y porque era un cepillo muy bonito. Así que lo pagó y se lo llevó a casa para dárselo a su hija, que tenía cuatro años. Aunque, como hemos dicho, era un cepillo sabio, en realidad por fuera era como todos los demás. Nadie podía notar que aquel cepillo sabía limpiar los dientes. Ni siquiera sus compañeros de estantería. Me diréis ¡hombre! Que bobada, todos los cepillos sirven para limpiarse los dientes. Es cierto, pero éste sabía cómo hacerlo y los demás no. Ahí estaba la diferencia. Los otros se limitaban a frotar según los manejara su dueño y no podían saber si lo estaba haciendo bien o no. Nuestro cepillo, en cambio, sabía hacer su trabajo.

Es un misterio cómo aquel cepillo había llegado a saber lo que sabía, pero los cuentos son así, pasan cosas misteriosas y nunca sabemos cómo ni por qué. Aunque el cepillo de nuestro cuento era muy listo, bueno, vale, sabio. Había un problema. Él también necesitaba una mano que lo manejase y si lo hacía mal, nuestro cepillo no podía hacer nada para evitarlo. Fijaos qué rabia ver que alguien está haciendo mal las cosas y no poder hacer o decir nada. Es difícil imaginarlo porque vosotros sois personas y podéis hablar y explicar las cosas, pero él no era más que un cepillo de dientes, sabio, pero cepillo, así que no podía hacer nada de lo que hubierais hecho vosotros.

Por lo demás ya hemos dicho que era un cepillo estupendo. Tenía un mango casi transparente y unas cerdas de dos colores. ¿Sabíais que los pelos de los cepillos se llaman cerdas?. Pues es verdad, se llaman así ¿vaya nombre, eh?. Las cerdas azules de la parte de fuera de nuestro cepillo eran más largas y blanditas, para que no hicieran daño al frotar las encías. Las de dentro eran blancas y más rígidas, para limpiar bien entre los dientes. Era un cepillo muy bien pensado y, claro, él lo sabía. Para eso era un cepillo sabio.

A Celia, que es como se llamaba la hija del señor, le gustó mucho su nuevo cepillo y prometió a su padre que se limpiaría los dientes con él todos los días después de comer y de cenar. Era una niña muy responsable y lo cumplía casi siempre, aunque alguna vez se le olvidaba. Nuestro cepillo se ponía muy contento cuando Celia lo utilizaba, porque sabía que eso era muy bueno para ella y, porque al fin y al cabo, a él le gustaba hacer su trabajo. Además la niña lo cuidaba y lo limpiaba muy bien después de usarlo. Después de enjuagado le colocaba una funda que tenía para que no se le estropearan las cerdas y lo dejaba en un vaso de plástico muy bonito que tenía junto al lavabo.

Nuestro cepillo hubiera sido feliz del todo si no fuese porque Celia no sabía utilizarlo bien. Ella se frotaba los dientes de derecha a izquierda y por más que lo intentaba, el cepillo no podía llegar a los pequeños huecos entre los dientes. Ni siquiera usando las cerdas más largas podía hacerlo. La niña se limpiaba los dientes todos los días pero nuestro cepillo veía cómo siempre quedaba un poquito de azúcar de las gominolas, una pequeña cáscara de palomitas o algún pedacito minúsculo de comida que nunca podía alcanzar a limpiar. Así pasaron muchos días, semanas, y nuestro cepillo se desesperaba poco a poco. Ya no estaba tan contento como al principio. Él, que era un profesional, no podía estar tranquilo viendo cómo se hacía tan mal el trabajo. Los demás cepillos, que se guardaban en el mismo vaso, no se daban cuenta de nada pero él sí.

Cada vez que Celia se lavaba los dientes, el cepillo intentaba llegar a esos huequecitos estrechos que hay entre ellos pero como la niña se frotaba de un lado a otro, nunca podía conseguirlo del todo. El cepillo estaba cada día más triste. Una noche pasó algo muy raro. Celia y su papá entraron en el baño y se lavaron los dientes juntos, uno a cada lado del lavabo. Nunca lo hacían porque los padres de Celia se iban a la cama mucho más tarde que ella pero aquel día sí lo hicieron.

El padre tenía un cepillo muy largo y muy aburrido, que no sabía nada de nada, como les pasaba a todos los demás cepillos. Antes de lavarse, Celia y su papá estuvieron hablando de la visita que habían hecho a un dentista. El cepillo sabía muy bien lo que era un dentista, ya hemos dicho que era un buen profesional de lo suyo, y estuvo muy atento a lo que dijeron. Por lo que hablaron antes de empezar a limpiarse los dientes, el cepillo pudo saber que a Celia le había impresionado mucho la consulta del dentista. Le oyó decir que lo que más le había gustado era una silla que se podía subir, bajar y tumbar con un motor que hacía un ruidito muy divertido. Pero lo más importante vino luego.

El cepillo escuchó al padre de Celia recordarle a su hija que el dentista le había explicado cómo debía mover el cepillo de arriba hacia abajo una y otra vez, y no de un lado a otro como hacía hasta entonces. Ella empezó a hacerlo y muestro cepillo vio que esta vez sí que llegaba a los huecos entre los dientes. Celia se frotaba despacito, porque el movimiento arriba y abajo le resultaba algo más difícil que aquel al que estaba acostumbrada pero el cepillo arrastraba así lo que antes nunca había podido. Estaba encantado. De vez en cuando la niña se olvidaba y volvía a hacerlo como antes, de lado a lado, pero su padre le recordaba lo que había dicho el dentista y ella volvía a hacerlo bien enseguida. ¡Cómo se lo estaba pasando nuestro cepillo¡. Aquello era lo que estaba deseando hacía tanto tiempo. ¡Era una noche estupenda!.

Y así fue que Celia se acostumbró, poco a poco, a limpiarse los dientes bien, con cuidado, de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba. El cepillo, por fin, podía hacer bien su trabajo y volvió a ser feliz, porque ahora sí que estaba ayudando a la niña a cuidar sus dientes. El cepillo sabio volvía a ser un gran profesional, orgulloso de su importante tarea.

Celia fue creciendo y como se limpiaba los dientes todos los días, excepto alguno que se le olvidaba, tuvo una boca sana y bonita que era la mayor alegría para su amigo silencioso, nuestro cepillo sabio, trabajador y con cerdas de dos colores.

Y colorín colorado éste cuento se ha acabado.

Séptima entrega. La caducidad de las conversaciones

(Útil para las mujeres)

Importantísimo aspecto de la comunicación con varones. Para los hombres una frase interrumpida a medias tiende a morir y a ser olvidada. Tomad buena nota de esto: cualquier reflexión o comunicación inacabada caduca definitivamente si transcurre un tiempo de silencio mayor de un minuto. Ese plazo, muy generoso, se reduce drásticamente si en el intervalo de ese minuto se inicia otra u otras conversaciones. Esta es una ley inapelable en el trato con hombres que es preciso que tengáis en cuenta siempre.
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Sexta entrega. Los pronombres tienen antecedente. Pregunta por él

(Útil para los hombres)

A las mujeres les encanta abreviar. Ella le dijo al otro que su hermana sabía que esta gente no podía hacerse con los niños.
En medio de una conversación te puedes encontrar perfectamente con una frase como esta, o parecida. No te alarmes. Ella cree que por el contexto de la conversación (a veces de muchos minutos o incluso de días pasados) vas a entender perfectamente de quien está hablando en cada caso. No lo cree porque sí sino porque, naturalmente, casi cualquier otra mujer le habría entendido a la perfección.
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Quinta entrega. La partición del disco duro. Cerebros masculinos

(Útil para las mujeres)

Si habéis tenido contacto con el mundo de la informática alguna vez habréis oído hablar de este concepto, aplicado a los ordenadores. Se utiliza como sistema de seguridad para que en caso de fallar el sistema operativo, instalado en una de las dos partes del disco duro, al reinstalarlo no se pierdan datos que quedan contenidos en la otra mitad. No sé si es una definición atinada pero a los efectos de lo que quiero explicar nos va a valer.

Es como si los hombres tuviéramos un disco duro para los temas de trabajo y otro, diferente, para los asuntos personales y familiares.
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