En Madrid, “rompeolas de todas las Españas” que dijera Antonio Machado, la pasión identitaria es mucho menor que la que arde en otras partes pero alguna sí que hay, y no faltan quienes se sienten orgullosos de considerarse “gatos”, que es el sobrenombre coloquial de los oriundos de la ciudad.
Procedan de donde procedan hay una raza de conductores en Madrid cuya actitud en los aparcamientos recuerda a la de esos felinos ya que adopta, como ella, la paciente e inteligente táctica del depredador.
Suele vérseles sobre todo en zonas de aparcamiento no regulado, explanadas, solares cercanos a hospitales y otros espacios con los que la ciudad palía malamente sus desesperantes problemas de aparcamiento.
En lugar de deambular con el coche por entre las filas a la búsqueda de una bendita plaza, como hacemos los demás “pringaos” antes de rendirnos a la evidencia de que en esta cuarta o quinta vuelta “tampoco se va nadie”, ellos se agazapan con el vehículo en un rincón. Parados. En silencio. Con el motor apagado. Inmóviles como el felino que acecha un ratón.
Quietos y en silencio pero atentos a los movimientos de su alrededor. Un peatón que entra, el tintineo de unas llaves, el sonido de una puerta allí al fondo son señales que los activan al instante y su instinto cazador se desencadena de forma que, en segundos ya están parados junto al coche que acaba de iniciar su maniobra. Los primeros para hacerse con el codiciado hueco. Mientras tú que ya es la sexta vuelta que das te preguntas: ¿de dónde ha salido ese tío?
Sirvan estas líneas como homenaje a estos profesionales del aparcamiento, cuya elegancia, destreza y paciencia hacen honor al apelativo de los aborígenes de la ciudad y que nos pone en ridículo a los paletos como usted y yo.