Anda el Gobierno de España enredando con la posibilidad de permitir que en algunas autopistas, y siempre que se den determinadas condiciones de seguridad, se pueda circular a 130 Km/h en lugar de los 120 actuales. Bonita polémica. Todavía recuerdo la algarabía cuando se bajó la velocidad máxima a 110 Km/h y se nos previno entonces de toda clase de males que vendrían, algunos tan pintorescos como un supuesto aumento del gasto y de los accidentes. Finalmente el saldo económico fue de 230.000 euros invertidos en nuevas señales y 450 millones de ahorro energético (casi 2.000 veces lo gastado).
Dicen que esta nueva propuesta tiene como único objetivo contentar a los propietarios de buenos coches y a las concesionarias de las ruinosas autopistas de peaje que se construyeron con muchísimo entusiasmo y poquísimo cálculo. De hecho el partido que sustenta al actual gobierno lo reconocía así con toda claridad cuando, estando en la oposición, propuso subir el límite a 140 para “incentivar al usuario” y mejorar así la situación de tales vías de peaje.
Naturalmente las asociaciones de accidentados han replicado con datos que señalan el incremento demostrado de muertes cuando se aceptan velocidades mayores. Son cosas de la estadística, una ciencia nada proclive a la negociación o al trapicheo y por eso mismo, principal enemiga de opinadores y tertulianos como yo mismo.
Sin pretender competir con ella y limitándome, por tanto, a mi percepción personal sí diré que una buena parte de quienes abogan entusiastas por que se eleve a 130 Km/h el límite no lo hacen para respetarlo sino para poder seguir conduciendo muy por encima de esa velocidad, como es su costumbre, y que su único objetivo es que las sanciones que les apliquen si les sorprendieran sean menores. O incluso que pagando lo mismo puedan correr aún más. Son los mismos que te dan luces enfurecidos para protestar cuando adelantas legalmente a un camión coartándoles a ellos el que creen que es su derecho a seguir lanzados.
Recuerdo el día en que un buen amigo, bastante prudente en carretera por cierto, expresó con indignación pero con ingenua simplicidad esta percepción popular tan perversa y dijo: “¡No, si al final vamos a tener que ir a lo que marca!”.
