Las tres emociones de Vox
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El ardiente deseo de discurrir con novedad
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Un día las campanadas de la Puerta del Sol anunciarán la llegada del año 2031, en que el asesino García Gaztelu saldrá definitivamente a la calle, con toda su condena cumplida.
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El pavor a mentar la bicha que más se teme: el sexo para las monjitas y el salario para las empresas, a veces mueve al ridículo.
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Los fenómenos PIMTI
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Seguramente la ultraderecha de Le Pen ganará las elecciones legislativas de este domingo en Francia, como ganó de calle las europeas del pasado 9 de junio. El convencimiento de que eso es lo más probable ha hecho que al Presidente de la República se le haya criticado duramente por disolver la Asamblea Nacional y convocar elecciones. No han faltado quienes le reprocharon haberlo hecho en el peor momento, abriendo la puerta a un Gobierno que muy probablemente será presidido por la Agrupación Nacional (RN).
Sin embargo, las razones de Macrón son poderosas y democráticamente intachables. Como él mismo dijo tras el resultado de las Europeas en Francia “no podemos hacer como si no hubiera pasado nada». Efectivamente, así es. Macron no ha hecho otra cosa que cumplir con su deber. Escuchar la voz de la ciudadanía expresada en las urnas y actuar en consecuencia. Porque los franceses han dado una victoria electoral contundente e indiscutible a una opción electoral abiertamente contraria a las políticas europeístas y liberales que hasta ahora han movido la gobernanza en Francia, justo las que ha apoyado el Gobierno del presidente Macron. No se trata de un matiz, sino de una censura nítida y rotunda a la política actual por lo que hubiera sido faltar a su deber como presidente ignorar el mensaje de la ciudadanía.
Comprendo a quienes le critican por dar una oportunidad tan obvia a los enemigos de la democracia y de la construcción europea pero también creo que buena parte del desprestigio de la política viene, precisamente, de quienes la entienden como un juego superficial, como si se tratase de una serie televisiva o de un entretenido libro por entregas. Por supuesto que en el ejercicio de la política hay artimañas más o menos imaginativas, presentables unas e indecentes otras (tengo de tonto lo normal) pero nunca se debería pensar que eso es lo único que hay. Hacerlo es lo que abre la puerta a los enemigos de la democracia, a los que se carga de razones para despreciarla y, al cabo, de votos.
Por el contrario, la clave de la política democrática, su verdadero valor, es entender que no se trata de ningún juego sino de la vida de las personas, de su libertad y de sus derechos. La política de verdad no se hace con una calculadora en la mano, ni con el reloj o el calendario sino con la honestidad y con el respeto a la voluntad de los electores. Le guste o no, le convenga o no al político que esté en ese momento al frente. Macron se ha tomado en serio el mensaje popular y ha cumplido con su obligación. Ahora toca que los electores decidan lo que quieren para Francia.
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«No es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio interés».
Adam Smith. La Riqueza de las Naciones, 1776
El dinero que se dedica a publicidad no es una subvención a la libertad ni un reparto de la Gracia de Dios. Por el contrario, es una inversión que, como todas, busca obtener beneficios. Con la publicidad institucional ocurre exactamente lo mismo. O debería.
Olvidar este principio básico que cualquier publicitario conoce: que la publicidad se hace para vender, es lo que lleva a cometer errores como los que les leo a algunas asociaciones de periodistas cuando reclaman un “reparto equitativo” de la inversión publicitaria institucional, ya que -según los firmantes- echan en falta “un modelo de ayudas y publicidad institucional capaz de asegurar la integridad y libertad del periodismo”.
Nótese cómo se ha perdido el norte y cómo se asimila lo que debería ser una inversión comercial, pública o no, con una ayuda económica a los medios. Los periodistas sinceramente preocupados por su independencia no deberían olvidar que los medios más libres siempre han sido aquellos a cuyos anunciantes solo les importaba vender más y a sus dueños solo ganar audiencia y, con ella, dinero. Cuando el interés ha sido cualquier otro las cosas de la libertad empiezan a torcerse.
Por supuesto que la inversión publicitaria tiene “efectos secundarios” como dicen que tan atinadamente señalaba el asesor de una presidenta autonómica: “No hace falta comprar un medio de comunicación. Basta con ser su mejor cliente”. Pero ya imagino que no es ese el modelo que reclaman las asociaciones de prensa.
Imaginen -no sé- que hubiera empresas que pagasen a los medios sin que por ello estos tuvieran que publicar anuncio alguno de sus ofertas o de su marca. Eso sí que sería una subvención y, desde luego, ni usted ni yo pensaríamos que tales pagos iban a ser a cambio de nada ¿verdad? Ese sí que sería un “auténtico reparto” ¿cree algún periodista que eso ayudaría a su libertad o todo lo contrario? Menos mal que eso no pasa ¿a qué no?
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El manifiesto de la FAPE es un soplo de esperanza y la demostración de que la profesión periodística mantiene su valor
Hoy es el día de la libertad de prensa y menudean los comunicados y las declaraciones a favor de ese derecho básico en cualquier democracia. También leo informaciones y condenas a la persecución física de los periodistas por el mundo; desde luego, saber que solo en Gaza han muerto ya 135 periodistas hace palidecer los indudables problemas que tenemos aquí.
Entre todas las declaraciones de hoy leo con especial interés el manifiesto de la última Asamblea que la Federación de Asociaciones de Periodistas de España (FAPE), sobre todo porque contiene afirmaciones valientes por encima de lo esperable. Al menos por encima de lo que esperaba yo.
Por supuesto que la Asociación levanta su voz para defender los derechos de los informadores a su integridad, al libre ejercicio de la profesión, a la libertad de expresión y contra la creciente precariedad laboral y salarial. Faltaría más. Pero lo que me ha sorprendido y hecho pensar que algo está pasando en el periodismo son las autoapelaciones que el manifiesto hace hacia los propios profesionales:
“Pedimos a los profesionales del periodismo que cumplan los principios éticos y deontológicos que rigen nuestra profesión y que no difundan mentiras, bulos o cualquier información que no haya sido confirmada y contrastada”
Lo que significa reconocer abiertamente que se difunde información no contrastada y hasta mentiras y bulos.
“estar vigilantes y ser críticos con lo que hacen los gobernantes y no colocarse en trincheras de uno u otro lado”…“no se conviertan en activistas al servicio de causas ajenas a la información.
Porque hay periodistas de trinchera.
Hay un párrafo en el que se reconoce que los periodistas habrían perdido una parte de la confianza de los ciudadanos debido, precisamente al descuido de los principios éticos y deontológicos. Lean:
Pedimos a los profesionales del periodismo que se preocupen por asegurar la regeneración de los principios éticos y deontológicos, única vía para recuperar la confianza en los ciudadanos.
Incluso reconoce el manifiesto que la profesión no debe entenderse como un reducto de impunidad:
Cualquier vulneración de derechos que se registre en una información o cualquier exceso realizado en aras de la libertad de expresión pueden ser llevados a los tribunales.
Y, por último, los periodistas españoles se conjuran para liderar ellos mismos la regeneración que piden:
Si la prensa no encabeza la lucha contra la polarización y la desinformación se facilitará la manipulación de la ciudadanía y los ataques a los periodistas. Si no hacemos de muro de contención, los bulos y las mentiras crecerán sin freno.
Dicen que el primer paso para solucionar un problema es reconocer que existe. Por eso creo que el manifiesto de Talavera de la FAPE es un soplo de esperanza y la demostración de que en la profesión periodística no se ha perdido definitivamente ni el valor de ver las cosas, ni la dignidad de contarlas, ni la profesionalidad ni la decencia. Insisto, más de lo que esperaba.
Un alivio para todos y un aplauso para la profesión.